Jose Reinoso

Sobre el autor

es el corresponsal del diario EL PAÍS en China, lo que le ha permitido viajar de este a oeste y de sur a norte (dong xi nan bei) para escribir sobre lo que ocurre en este país de más de 1.300 millones de almas. También ha cubierto acontecimientos claves en otros lugares de Asia, una región hacia la cual se ha desplazado inexorablemente el centro de gravedad geopolítico del mundo en los últimos años.

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El misterio del 'electrocutador' de peces

Por: | 12 de febrero de 2012

La siguiente historia me la ha contado una chica de la provincia de Jiangxi llamada Xiao Hua, que desde hace unos años vive en Pekín. En ella habla de su prima campesina Li Li y de la familia de esta. La he reescrito, organizado y dejado en su boca, en primera persona, pero he cambiado los nombres de la gente y los lugares donde sucede porque lo que de verdad interesa no es cómo se llaman sus protagonistas sino los hechos. Es una historia real, tal y como la ha desgranado ella a partir de sus vivencias y de lo que le ha contado su prima, y refleja esa China desconocida tan alejada de los medios de comunicación. Es una historia tragicómica, que destila entre triste y divertida los grandes contrastes de este inmenso país, donde coexisten modernidad con tradiciones atávicas, donde se alternan paisajes futuristas con escenas medievales, donde es posible experimentar dos siglos al mismo tiempo.


Pintura tradiconal china 5
“La primera vez que vi a mi prima y a su marido fue en 2004. Habían ido a visitar a un familiar común que estaba enfermo en el hospital en la provincia de Jiangxi (sur de China). Mi prima se llama Li Li, y es la segunda hija de la segunda de mis tías. Su familia vive en la provincia de Shanxi, en el norte. Se había casado no hacía mucho tiempo con un hombre llamado Cheng de un pueblo cercano al suyo. Cuando la conocí, tenía 24 años; unos pocos más que yo. Su marido parecía tener unos 35, aunque mi tía y mi prima decían que tenía 28. Era un tipo achaparrado, de piel más oscura que el campesino chino normal, con profundas arrugas en las comisuras de los ojos y a ambos lados de la nariz. Me costó creer que tenía los años que decían ellas. Su edad era para mí algo místico, así que insistí a mi prima para que me dijera la verdad. Me contestó que no la sabía, que sus padres le habían dicho que tenía 28 años y que sus propias amigas tampoco se lo creían.

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La censura nuestra de cada día

Por: | 05 de febrero de 2012

Hace unos días estaba en un café-restaurante-sitio de encuentro de la nueva clase media china en Sanlitun (barrio de moda y tiendas de diseño en el centro de Pekín) cuando un joven extranjero se sentó en la mesa de al lado, sacó de la bolsa un ordenador y lo encendió. Al volver a levantar la cabeza, vi en la pantalla el logotipo del mismo programa de pago que utilizo yo para saltarme la censura en Internet con la que tan generosamente nos obsequia el Gobierno chino.

Internautas en un cibercafé en China. (AFP)Cada día empleo ese programa, sin el cual navegar en Internet en este país es como balandrear en el océano sin brújula ni estrellas. Pero, contemplado a tres metros de distancia, el logotipo me llamó mucho la atención y me hizo reflexionar sobre cómo las anomalías, con el barniz de la rutina, adquieren la capacidad de transformarse en algo normal.

Vivir con miles de páginas web bloqueadas, términos vetados por los buscadores, internautas cuyos nombres son prohibidos en los blogs o miles de ciberpolicías vigilando lo que escriben sus ciudadanos es nuestro pan de cada día en China, y lo sorprendente no es que los chinos no se rebelen contra ello –su pasado, su formación, sus referencias, sus prioridades son distintas- sino la facilidad con que algunos extranjeros acaban acostumbrándose a que les pongan un velo delante de los ojos; algo con lo que hay que tener cuidado en este país, sobre todo cuando se es periodista.

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