Jose Reinoso

Si el cielo de Pekín fuera azul y los taxistas no tuvieran que trabajar tanto

Por: | 07 de julio de 2012

La contaminación envuelve la sede de la televisión china en Pekin este invierno. (AFP)
Hace unos días he regresado a Pekín tras haber estado en España y me he vuelto a encontrar con ese cielo ceniciento, cargado de contaminación, polvo y en esta época del año también humedad, tan característico de la capital china.

Cuando se vive en Pekín, sorprende el azul profundo, nítido y transparente del cielo madrileño, a pesar de polémicas no lejanas sobre la polución existente en la capital de España. Pero a los pocos días de volver a China, uno se olvida de aquel tono entre marino y turquesa y acaba acostumbrándose a los pardos, ocres y grises.

Un poco frecuente cielo azul con nubes blancas en Pekín. J.R.No es que quiera comparar ambas ciudades, ya que no juegan en la misma división, pero cuando Pekín nos deleita con uno de esos escasos días de firmamento azul y nubes blancas, como uno que recuerdo hace varias semanas, la ciudad se hace hermosa y los ánimos encrespados de sus habitantes se suavizan.

Hablo de ánimos encrespados porque es lo primero que me encuentro con frecuencia cuando aterrizo en Pekín, ya sea en la antigua terminal o en la flamante número 3, diseño del británico Norman Foster, quien se olvidó que en los aeropuertos no sólo hacen falta vestíbulos en los que quepan varias catedrales sino también trenecillos que no traqueteen y ascensores suficientes para que los viajeros no tengan que esperar largos minutos con los carros cargados de bultos para bajar a coger un taxi.

Agrada, comparado con Madrid, lo rápido que llegan las maletas a las cintas en la zona de recogida de equipajes, donde en ocasiones un empleado solícito las pone de pie para facilitar la maniobra del viajero. Pero esa alegría y la de volver a casa se ven ofuscadas por la primera persona con la que uno habla: el taxista de aeropuerto.

Tras recoger el equipaje y pasar el control de aduanas, me dirigí al ascensor del que hablaba antes, donde, si entran dos carros, cabe poca gente más, y que, a pesar de la espera, es preferible a la rampa zigzagueante, interminable y aún más lenta que la caja de cristal que sube y baja.

Una vez abajo, allí, al final de una sala vacía por la que corretean los pasajeros tirando de sus maletas para ganar un par de puestos en la cola, estaban los guardas, quienes, como en otros países, forman parte obligada del paisaje para poner en contacto de forma civilizada a pasajeros y taxistas.

El viajero de avión parece tener siempre más prisa por abordar el taxi que el del tren o el autobús, y, por supuesto, que el del barco. Debe de ser que lleva metida aún la velocidad en el cuerpo, a pesar de haber puesto pie en tierra. Por su parte, muchos taxistas parecen creer que se harán ricos en el aeropuerto.

Mi conductor era un hombre de unos 40 años, con aire expectante. Pero en vez de enojarse cuando le dije la dirección y cayó en que la carrera no le reportaría los 20 o 30 euros que hubiera deseado, se volvió hacia mi y me dijo casi con una orden cuando nos acercábamos a otro guarda que apuntaba el destino de los coches: “Usted no hable”. Todo lo debía decir él, y lo que dijo fue simplemente que yo iba a un lugar mucho más cercano de lo que en realidad iba para poder regresar al aeropuerto sin hacer la cola de rigor.

Hasta ahí, pase. El problema es que, a partir de ese momento, el buen hombre parecía tener mucha prisa en soltarme y durante todo el trayecto hasta casa condujo como un poseso; algo muy extraño en Pekín, donde los taxistas desesperan a veces con su parsimonia por miedo a la policía. Aceleraba, frenaba, daba volantazos para pasar de un carril a otro y adelantaba por el arcén como si fuera el pasillo de su casa. Yo, cansado por un viaje de más de 14 horas, no abrí la boca mientras el cielo grisáceo volvía a ocupar mis retinas y el calor húmedo se colaba por las ventanas del coche sin aire acondicionado (o con él desconectado para ahorrar combustible).

Tras un par de situaciones de riesgo, no pude callarme más y le pedí que fuera más despacio. Le dije que de de nada servía correr si iba a tener un accidente, que no valía la pena. No sirvió de nada, me respondió que se había pasado dos horas y media esperando en el aeropuerto. Cuando llegamos a destino, dio un nuevo volantazo, esquivó por los pelos un triciclo, se detuvo en medio de la calzada y me pidió -por si colaba- que le pagara un 30% más de lo que costaba el viaje. Aceptó con pragmatismo mi negativa y arrancó a toda velocidad. Me compadecí de su próximo cliente.

Una amiga que vivía cerca del aeropuerto me contó cómo en una ocasión, a la vuelta de un viaje, un taxista la bajó del coche, con equipaje y todo, en medio de la autopista. Mi amiga, extranjera ella, habla perfectamente chino e intuyo que al sacrificado conductor no le gustó la respuesta que le dio cuando él le recriminó que viviera a tan corta distancia.

El mosqueo de mi taxista por lo que estimaba una pobre carrera no me ha ocurrido una vez ni dos ni tres sino alguna más, por lo cual considero que no es un hecho aislado. En China, la obsesión por ganar dinero, con frecuencia al precio que sea, inunda todas las capas de la sociedad y, por supuesto, a los abnegados empleados del transporte público.

Atasco en uno de los anillos de circunvalación de Pekín esste julio. (J.R.)Sé que el trabajo al volante es un trabajo duro, y en Pekín aún más, donde los taxistas se ven obligados a conducir jornadas interminables, frecuentemente sin descanso semanal, en medio de unos atascos de campeonato, para rentabilizar el vehículo. No les culpo por su obsesión monetaria. Es el sistema en el que les ha tocado vivir, un sistema en el que se han perdido los valores morales, al son de aquella famosa frase de Deng Xiaoping ‘Hacerse rico es glorioso’, pero que a cambio, y gracias a la gran capacidad de trabajo de los chinos, ha permitido a cientos de millones de personas salir de la pobreza.

Al entrar en casa y observar por la ventana el cielo gris y espeso, volví a acordarme del azul de Madrid. Pero también me vinieron a la cabeza las conversaciones sobre la crisis que atenaza a España, sobre el desempleo rampante, y los carteles colgados en tres tiendas de mi antiguo barrio, apenas separadas entre sí unos centenares de metros, que dicen ‘Liquidación por cierre de negocio’ -algo que nunca había visto-, cuando los que veo en China dicen:  'En obras, por próxima apertura de negocio'.

El cielo brillaba azul en Madrid, pero las perspectivas económicas eran grises. En Pekín, el cielo era gris, pero las perspectivas económicas pintaban azules. Al menos, así lo parece.

Sígueme en Twitter: @jreinosot

 

Hay 13 Comentarios

Parece que estoy leyendo un resumen de mi cuidad natal aqui en Cancún Q.Roo. lo mismo con los taxistas, lo unico diferente es el cielo azul...

Nice article there. Enjoyed it.

Apreciado José: Mantengo desde hace casi cuatro años
un blog sobre China "Poeta en China" en la Comunidad
de blogueros de este mismo periódico.
http://lacomunidad.elpais.com/poeta-en-china
Me he dedicado a dar un visión muy particular del día a día de un español en el Gigante Asiático mostrada desde dentro.
Hablo todo el día solo en Chino, no me relaciono con otros españoles ni extranjeros, y todo para hacer una verdadera inmersión.
Creo que soy muy crítico y nada políticamente correcto.
Me enfrasco a menudo en broncazos con estos chinos
que parecen sufrir de rabia para ganarse unos yuenes.
Sinceramente, yo creo que aunque conozco los motivos,
no es justo que sean tan agresivos, tan maleducados y tan
desconsiderados para ganarse su jornal. Me molestan las visiones paternalistas de muchos entendidos que lo achacan todo a la Revolución Cultural o a esos capítulos terribles de su historia. Yo he acabado por concluir que
es que algo que va con su carácter. Esa avaricia, ese
TODO VALE, ese ir a por tu pellejo a mi no me mola nada,
y no me voy de China porque tengo más moral que el alcoyano, me gustan los retos, como a tí, José,
y cuando el cielo está encapotado y todo está gris,
yo me pongo a bailar el "Aserejé" . No vale la pena deprimirse, por muchos taxistas desalmados que pululen por estas calles. Felicidades, compañero y feliz "re-entré"
en Pekín.
祝你好运! : tsu ni hao yun! : buena suerte!
Popochán.

El otro día me tomé un te en China Yin, un bello restorant adornado con hermosas cortinas, situado a orillas del Mar Amarillo, y al siguiente, otro te, esta vez en China Yang, que compite en adornos de colores rojo y negro, situado en la otra orilla. Tuve la suerte de que no había taxis y por ello me llevaron en un burrito hasta el hotel de las Dos Chinas. Le cambiaron el nombre, antes se llamaba Tres Chinas (Yin Yang Yun).

Que los taxis de Pekin desesperan por su parsimonia? pues si que han cambiado las cosas desde que me mude al sur! hace 4 o 5 anyos los taxistas pekineses eran autenticos pilotos de F1!

Reinoso, te comprendo...vente a hacer senderismo los domingos por Mentogou, que la cosa está un poco mejor.

Por ahí hablan muy bien del transporte público,funciona perfectamente tanto el autobús que te lleva directamte a la Beijing Railway Station o un cercanías de alta velocidad que te deja ubicado en el centro de la ciudad por 25 Y.

Los taxistas, algunos de ellos, son estafadores, en Beijing, en Madrid y en Sebastopol. O no se hacen tour los taxistas madrileños a costa de guiris.

Para el que vive en China es "casi" imposible verse estafado por uno de ellos.

Y los cielos, pues una más, me gustaría leer un artículo que ubicara la evolución de las políticas medioambientales y sus resultados en algunas ciudades. O como en sólo una década las ciudades empiezan a ser más limpias y verdes.

Es obvio que muchas ciudades chinas están contaminadas, que sobre muchos residuos no se está trabajando lo suficiente pero obviar el resto hace que, como acostumbras en este medio, que quede un artículo bastante parcial.

No todo es gris perlado en los cielos de China, querido amigo Reinoso. También los cielos mejoran y la contaminación rampante va dando paso a unos colores más acordes con la naturaleza. Hablo de Cantón. Efectivamente también en China las cosas están cambiando y no siempre es a peor. Todo hay que decirlo. Así que le invito a un recorrido por un nuevo modelo de ciudad que se está gestando y que era en el pasado reciente uno de los peores del país. Anímese y salga de la ciudad isleña del norte, por favor y visite el sur. Atentamente Astolfo.

Ja ja ja...No sabes muchos de los que ponian ‘Liquidación por cierre de negocio’ se han sustituido por negocios nuevos chinos? la obsesión monetaria está extendiendo por todo el mundo.

el dia que en china haya una crisis,el mundo va temblar.

Yo siempre cojo los autobuses, o el metro... Paso de los taxis pequineses.

Podrían poner dos colas, una para carreras más largas y otra para carreras más cortas. En Madrid, también pasa. En su día, viviendo en Arturo Soria, se negaban incluso a hacer el viaje, y era un suplicio cada vez que había que tomar el taxi en el aeropuerto.
Yendo con una china, en Madrid, también la intentaron estafar no dándole el cambio al pagar.

Bienvenido de vuelta a China!

Como siempre, un verdadero placer leerte. Que te vaya bien de vuelta en la civilización de perfiles borrosos.

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Sobre el autor

es el corresponsal del diario EL PAÍS en China, lo que le ha permitido viajar de este a oeste y de sur a norte (dong xi nan bei) para escribir sobre lo que ocurre en este país de más de 1.300 millones de almas. También ha cubierto acontecimientos claves en otros lugares de Asia, una región hacia la cual se ha desplazado inexorablemente el centro de gravedad geopolítico del mundo en los últimos años.

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