Una exposición de grandes obras (falsas)

Por: | 05 de enero de 2014

Head

Todos los cuadros que aparecen en esta entrada son falsos. O, digamos, “pintados a la manera de…”. Una forma a medio camino para no incurrir en un delito. La historia del arte está plagada de falsificaciones. Algunas, por cierto, muy beneficiosas para él “estafado”. Miguel Ángel le vendió al papa Julio II esculturas suyas como si hubieran sido cinceladas por los griegos. Incluso Picasso encontró una nueva forma, cínica, de entender qué es eso de una obra falsa. De hecho, más de un coleccionista en su tiempo tuvo que vivir alguna situación singular, cuando, con el cuadro bajo el brazo, intententó que el genio se lo autentificara. Se negaba. No lo hacía. Aunque supiera, claro, que era suyo. Daba igual que se lo hubiera vendido él mismo. Seguramente la pieza ya no le gustaba y para negarse a firmarla recurría, ante el incrédulo propietario, a la ironía. “Es que yo, a veces, también pinto picassos falsos”, se justificaba.

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Odalisca de Elmyr de Hory pintada con el estilo de Henri Matisse.

El mundo del arte falso es, en ocasiones, tan apasionante como el real. No por las obras en sí, sino por las historias de quienes las han producido. Una exposición singular (Intent to Deceive: Fakes and Forgories in the Art World) rastrea este escenario que tiene un color azul oscuro, tirando a negro, en los Museos Springfield (Massachusetts, Estados Unidos). En concreto, en la galería Michel and Donald D'Amour.

La muestra recoge el “trabajo” de los mejores falsificadores de las últimas décadas. Ahí están Elmyr de Hory (a quien Orson Wells dedicó su célebre documental F For Fake), John Myatt, Mark Landis, Eric Hebborn y, sobre todo, el gran maestro de lo “pintado a la manera de”: Han van Meegeren (1889-1947).

Pero lo que de verdad da que pensar es cómo una obra “pintada a la manera de” retiene, a pesar de ser desenmascarada, su valor. O, al menos, un cierto valor. Si es falsa, razonarán muchos, debería tener una tasación cercana a cero. Sin embargo, a veces, la lógica del mundo del arte transita en dirección contraria.

Maurice Vlaminck

Obra de Elmyr de Hory concebida a la manera del fauvista Maurice de Vlaminck.

Una de las telas (imagen de apertura) de la muestra Intent to Deceive es The Head of Christ (Cabeza de Cristo). Es una de las falsificaciones más famosas del pasado siglo. Procede del museo holandés Boijmans Van Beuningen y ha llegado a Massachusetts escoltada por un miembro de la institución. Que no se ha separado de ella durante todo el viaje. De hecho, solo los gastos de seguridad han costado 31.000 dólares (23.000 euros). ¿Cómo se explica una cantidad tan elevada, en plena época de recortes, por vigilar una obra falsa?

Bueno, no es un falso cualquiera. Proviene del falsificador de vermeers más reconocido de la historia: Han van Meegeren. Y junto a la tela (que, seamos sinceros, hay que ponerle bastante buena voluntad para atribuirla a Vermeer), el verdadero interés reside en la vida de su autor.

Paul Signac
Acuarela sobre papel de Mark Landis siguiendo el estilo de Paul Signac.

Pintor de tercera, Van Meegeren descubrió durante los tiempos cercanos a la Segunda Guerra Mundial que había una gran demanda del maestro holandés. Apenas existían unos 40 cuadros reconocidos de su mano y coleccionistas de toda Europa porfiaban por poseer obra. Existía, pues, demanda, y “solo” era necesario proveer de oferta. Además, con los museos cerrados para proteger las colecciones de los bombardeos nazis no había piezas reales con las que comparar. El escenario resultaba inmejorable.

Van Meegeren empezó a perfeccionar su técnica. Creó pigmentos similares a los que usaba Vermeer; metía en el horno las telas para conseguir un craquelado parecido al del siglo XVII; usaba pinceles con pelos de comadreja, como en la época, con los que además conseguía dejar un rastro de tiempo antiguo sobre el lienzo; empleaba tinta china para cubrir las líneas craqueladas… De esta forma logró una ilusión, para muchos, perfecta.

Fake

Dos personas contemplan la obra del falsificador Han van Meegeren 'La cena de Emaús'. Mal atribuida a Vermeer, en su época se consideró la obra maestra del pintor holandés.

Cuando al finalizar la Guerra los belgas empezaron la caza de brujas contra los nazis, y los colaboracionistas, descubrieron que un banquero había vendido al mariscal Göring (lugarteniente de Hitler) un desconocido Vermeer titulado Mujeres sorprendidas en adulterio. Un título, por cierto, muy poco vermeeriano. El banquero, asustado, señaló a Han van Meegeren. Se lo había comprado a él, dijo. En mayo de 1945, el pintor fue detenido y condenado por traición. Temiendo por su vida confesó. No era un vermeer de verdad, aseguró, sino una falsificación, una de las muchas que había urdido durante años. Pero nadie le creyó. Los expertos consultados por el tribunal sostenían, pese a su confesión, que era auténtico. El farsante no daba crédito. Tuvo que pedir en su celda un lienzo y todos sus ungüentos y empezar a falsificar (pintar), delante de ellos, el cuadro de Vermeer titulado Jesús entre los doctores para que le creyeran. Van Meegeren moriría poco después de un infarto en la cárcel, y la enorme fortuna que consiguió ilícitamente fue confiscada para compensar a sus muchos estafados.

The Procuress
'La alcahueta' creada por Han van Meegeren siguiendo los modos de Dirck van Baburen.

Esta larga entrada nos devuelve a la Cabeza de Cristo, de Han van Meegeren, y a la reflexión de porqué un organismo público paga 23.000 euros por su seguridad dentro de una muestra donde buena parte de las telas son falsas. “No son obras originales, pero resultan tan prestigiosas que precisan las mismas medidas de seguridad que un trabajo auténtico”, explica, en conversación con The New York Times, Julia Courtney, directora artística de los Museos de Springfield.

La muestra incluye otras obras de Van Meegeren, que en su momento ya fueron mal atribuidas, como The Procuress (La alcahueta), perteneciente al museo londinense Courtland Gallery, y The Girl With the Blue Bow (La niña del lazo azul), que forma parte de la colección Hyde de Nueva York. Aunque también hay piezas de otros grandes falsificadores como Elmyr de Hory, un artista húngaro que vendió  telas y papeles por cientos, Mark A. Landis, un antiguo galerista el cual donó sus falsificaciones a más de 40 museos estadounidenses, y John Myatt, quien fuera capaz, junto con sus compinches, de acceder a los archivos de la Tate Gallery (Londres) y el Victoria Albert Museum para alterar documentos que justificaran la autenticidad de las piezas que vendían.

 

Porque como negocio era bastante lucrativo. Una las falsificaciones más famosas de Van Meegeren, La cena de Emaús, que en su día los expertos calificaron como la obra maestra (sic) de Vermeer, fue adquirida en 1938 por la Rembrandt Society de Róterdam para el museo Boijmans Van Beuningen por 4,7 millones de euros (al cambio actual). ¿Y qué pasó con nuestra Cabeza de Cristo? Pues como se consideró, erróneamente, claro, que era un estudio para La cena de Emaús se vendió en 3,2 millones de euros. De locos. Lo mejor que le puede suceder a una obra falsa es que los "especialistas" se empeñen en volverla verdadera.

 

   

 

 

 

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Miguel Ángel García Vega

Periodista y modesto coleccionista de arte contemporáneo, Miguel Ángel García Vega lleva más de 15 años escribiendo en EL PAÍS. A veces de finanzas, a veces de sociedad, a veces de arte, pero siempre conectando la vida y los números. Este blog quiere ser una piedra de Rosetta con el que entender el universo de los bienes tangibles, que en ocasiones parece, como el mundo, ancho y ajeno.

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