‘El carro de heno’, de El Bosco, deja España por primera vez en 450 años

Por: | 30 de agosto de 2015

El Carro de Heno
Por primera vez desde que Felipe II lo comprara en 1570 a Felipe de Guevara, El carro de heno, una obra maestra de El Bosco (1450/1460-1516), sale de España. Se marcha a los Países Bajos. Es una de las maravillas que el año próximo celebra los 500 años de la muerte del maestro flamenco. Se trata de un acontecimiento capital. Resulta muy difícil que el Museo del Prado preste esta clase de obras. El Bosco no suele viajar como no viajan las pinturas negras de Goya o ciertos lienzos de Velázquez.

El tríptico, una de las mejores obras de madurez de El Bosco, estará seis meses lejos de casa. Este otoño será una de las piezas centrales de la exposición Descubriendo la vida diaria: Del Bosco a Bruegel que celebra el museo Boijmans Van Beuningen de Róterdam. Más tarde, entre el 13 de febrero y el 8 de mayo 2016, podrá disfrutarse en el Noordbrabants Museum, en la que promete ser la exposición más completa del artista hasta la fecha. Jheronimus Bosch: Visiones de un genio propone nada menos que 20 pinturas y 19 dibujos.

 

Ahí estará El carro de heno, un tríptico que si se contempla abierto está dedicado al pecado. El panel de la izquierda narra su origen en el mundo. Desde los ángeles caídos, representados por el más bello de todos, Luzbel, hasta el pecado primigenio de Adán y Eva. Y su expulsión del paraíso.

En el centro se contempla a la humanidad subsumida por el pecado. Para ello El Bosco recurre a la metáfora bíblica del carro de heno, que revela lo perecedero y lo efímero de las cosas terrenales. Es una mirada que enfrenta el paso del tiempo y la certeza de la muerte. “Toda carne es como el heno y todo esplendor como la flor de los campos. El heno se seca, la flor se cae” se puede leer en el versículo de Isaías. El maestro tiene presente esta idea y recrea un proverbio flamenco en esa pieza central. “El mundo es como un carro de heno y cada uno coge lo que puede”.

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Detalle de 'El carro de heno', tríptico de El Bosco.

Esa rapiña atrae a todas las clases sociales, todos los estamentos. Gobernantes, clero, reyes, emperadores… Nadie falta, todos se suben, también la avaricia y la lujuria, que se sitúan en la parte superior.
Todo vale por estar ahí arriba. Incluso el asesinato. Además hay un rechazo a ciertos personajes de la época como los charlatanes o los sacamuelas, que representan el fraude y el engaño frente a la sabiduría y la razón. A la derecha, en la última pieza de la tabla, el infierno. El destino final de los pecadores. El mundo maniqueo. El bien frente al mal. La maravilla de El Bosco.


Foto de apertura: 'El carro de heno', obra de El Bosco. La imagen se amplía con un clic sobre ella.

 

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Un mal olor exquisito de artista.



Uno de éstos días he leído en El Pais un bonito artículo titulado "La misma mierda, pero exquisita", y me ha traído buenos recuerdos, de cuando éramos ingenuos, idealistas, y jóvenes, con talento y sin dinero.
En Roma, en la pasticceria Rosati de Piazza del Popolo, a los extravagantes pintores renovadores, los llamaban, " Giovani, belli e maledetti" y todo se quemaba muy rápido.
Muchos se murieron, a causa de una vida desordenada y bohemia, vivida a toda prisa.
Otros hemos sido unos sobrevivientes, por suerte, por casualidad, o por el destino.
El autor del artículo, que escribió hace unos meses otra obra literaria titulada “ Porno y baratijas del arte moderno” hace lo que sabe hacer, o sea periodismo. Cuenta cosas que sucedieron, aunque él no las haya visto nunca.
Basquiat se quemó joven, a Warhol lo quemaron, otros, y quedó sólo el dinero y la leyenda, y cientos de cuadros, que ahora están en los museos o en manos de coleccionistas.
Recuerdo cuando Andy llegó a Roma, y vino un día a visitar a Mario Schifano, en su casa de frente al Tévere. Le encantaba todo lo antiguo, y decadente. Dijo que le gustaría vivir en una casa como aquella. La vivienda estaba llena de antigüedades romanas, que fascinaban a Andy. Las llevaban allì marchantes de arte que intentaban conseguir a cambio algunas pinturas de Mario.
Warhol estaba filmando una de sus películas, con un contrato, con un guion y un argumento, en una villa al final de Appia Antica, acompañado de un grupo de insensatos exibicionistas, extranjeros, improvisados, y un realizador de cine americano serio y profesional. Hasta entonces las películas que había hecho en Nueva York, no tenían guion, ni director, ni movimiento, algo insólito en el cine.
Lo había llamado el productor Charles Bridge, que era el pseudónimo de Carlo Ponti, para que realizara algo innovador, con mucha fantasía y poco presupuesto. Andy inventó historias de vampiros, y vampiras, con algunas cosas bastante eróticas, ellos querían sangre, y ellas, esperma. Usaban pintura roja para unos y yogurt natural para otras.
Se levantaban muy tarde, con el maquillaje de la noche anterior, filmaban algunas escenas improvisadas, que no salían en el guion, inventaban de un momento a otro escenas grotescas, y trabajaban o se divertían hasta muy tarde, porque los vampiros viven de noche. Allí estábamos nosotros, sentados en un porche distante, mirando aquella creación en directo, entre discusiones y sándwiches. De cuando en cuando alguna actriz, desaparecía por media hora , para hacer un bochino, o tomar un bocconcino.
Llamaron a Helmut Berger , y les prometió que vendría, pero no llegó nunca. Era muy miedoso.
Un día que llegó el productor, con su secretario, un joven francés elegante, y después de ver aquel circo, lleno de imágenes delirantes, dentro y fuera del film, le propuso a Andy que en vez de hacer una película, filmara dos, de argumento muy parecido, con tantas imágenes absurdas acumuladas sin orden. Ellos se encargarían de montarlas.
Todo fue muy divertido, Mario aparecía de vez en cuando para aprender algo de técnica, para sus futuros experimentos, antes de filmar “Umano non Umano”,y al final se hicieron dos películas muy interesantes..
Aquella fue la única vez que Andy Warhol no ganó ni un céntimo con su talento, y sus ideas. En Norteamérica es impensable trabajar sin cobrar, pero en Roma sucede a menudo, con “il bidone”.
Las películas fueron un éxito, aunque Carmelo Bene dijo que eran una basura repugnante, pero el productor, que se reservó los derechos de la distribución, al final no les pagó ni una lira., a nadie del grupo, ni al director, ni a las actrices, ni a los vampiros.
Desde Nueva York, Andy llamó varias veces a Roma, y después envió a Malanga para intentar cobrar su parte, pero fue inútil, recibió sólo invitaciones, saludos, y promesas, pero se volvió a Nueva York sin un sólo dólar. En cambio, Carlo Ponti, le dijo a Andy que le enviara a Roma un retrato de Sofìa Loren, gratis. En el verano del 80, fui a verle a su estudio de Nueva York. Me llevó una chica muy alta, sueca, que estaba en mi mismo hotel, el Chelsea, de la calle 23,y me recibió como a todo el mundo. Por el suelo había una prueba en papel, de serigrafía, con una hoz y un martillo rojos. ¿Tú vas por Italia? Llévatelo, allí los usan mucho.
Viendo ahora aquellas fotos en blanco y negro, recordando las noches en el estudio de Mario, se siente una nostalgia enorme. Allí estaba, sentada en el suelo, María Schneider, con la melena muy rizada, falda corta, braguitas rosas, botas altas,y la cara ausente, estaban las jóvenes actrices, Sydne Rome, Eleonora Giorgi, Agostina Belli, un activista de Prima Línea, o de Lotta Continua, buscado por la policía, el famoso guitarrista inglés, Keith Richards, que después se casaría con la novia de Schifano, Anita Pallenberg, una chica delgada con un flequillo negro, que estaba siempre sentada sobre las rodillas de Mario. El poeta Sandro Penna, Tano Festa, Alberto Moravia, Marco Ferrerri, los bohemios viajeros, cosmopolitas, envueltos en un humo de olor inconfundible, pero que se confundía con el olor a pintura de esmalte industrial.
Sandro Penna , el poeta neovanguardista, decía que acababa de llegar de Barcelona, donde visitaba a los novísimos, y traía libros en catalán.
Allí se quedó, meses y meses, con Mario, Marianne Faithfull, ex novia de Mike Jagger. Decìan que les gustaban el sexo, las drogas, y el rock and roll, y en esta ocasión, esta chica tan agradable, eligió los dos primeros, y dejó que el rock se volviera a Londres, sólo.
Parecía que el futuro sería maravilloso, y nosotros podíamos cambiar el mundo. Todo era posible. La belleza, el amor y el placer eran gratis y fugaces, y el arte y el dinero circulaban en abundancia, era facilísimo obtenerlos.
En aquella ciudad tan divertida, y exhibicionista, sin embargo, había tres enigmas que han vivido siempre ocultándose: Alberto Burri, Cy Twomly,y Balthus.
Burri era el más esquivo, desde los tiempos de via Aurora, muy cerca de Villa Borghese, donde conoció a su mujer, Minsa, su àngel celestial, una maravillosa bailarina americana, que se hospedaba en un hostal del piso superior, justo detrás de via Veneto. Hasta el estudio de Passeggiata di Ripettta, cerca del Tèvere, y después al final, había huido finalmente hasta Grottarossa, un lugar inalcanzable, saliendo por la Cassia. En invierno, se escondía en Los Angeles. A veces, permanecía meses en una casa de piedra solitaria en medio de los bosques de las colinas sobre Città di Castello.
Nadie conocía los números de teléfono, secretos, ni su dirección, y muy pocos tenían acceso a estos artistas.
De cuando en cuando, algún coleccionista se aparecía, e intentaba comprar alguna obra, pero Burri casi siempre se negaba, a no ser que fuera un museo importante.
Sin embargo, casi nadie sabe que Twomly ha tenido por muchos años un almacén lleno de cuadros, justo al lado del enorme estudio loft de Schifano, al final de vía delle Mantellate, de frente a la cárcel, donde Mario pasó una temporada por culpa de una amiga que le traía un poco de su afición preferida, volviendo de Sudamèrica, apenas unos gramos, y un pequeño cactus de peyote, y se lo contó a los guardias de aduanas del aeropuerto de Fiumicino.
Allí, escondidos, había cuadros que los museos se habrìan disputado, a precios escandalosos. Pero Twomly, apenas permitía vender 5 o 6 al año. Desde Zurigo, a veces, venían a buscarlos.
Ni siquiera Mario lo sabía, que detrás del muro se amontonaban aquellos cuadros, hasta que se lo contó el noctámbulo artista conceptual Gino De Domenicis famoso por presentar en la Biennale di Venezia a un hombre mongólico handicapado, en persona, en estado puro, como una obra de arte única. Era un artista muy extravagante, que vivía de noche , y de día dormía. Había visto que de noche, allí traían o llevaban algunos cuadros.
Balthus vivía en la Accademia di Francia, y a veces, reunía a las 7 a un pequeño círculo de conocidos, entre ellos a Fellini. Nunca mostraba sus cuadros a nadie, y decía siempre que aún no estaban terminados. Después, se ocultó en un castillo de Suiza.
En cambio, no era difícil sentarse a charlar con Giorgio De Chirico, en el Antico Caffé Greco, siempre con corbata, serio, muy educado, y pasar a visitarlo, allí cerca, en Piazza di Spagna n|° 31, a su casa y estudio, situado en el quinto piso, con una ventana desde la que se veía una enorme palmera, del patio trasero, al lado de las escaleras, si tenías suerte y conseguías burlar la vigilancia de Isabelle Far, la terrible agregada militar del artista.
No había que hablarle del arte moderno, ni nombrarle a ningún artista abstracto, porque se exaltaba mucho. ”Parla piano, Giogio”, le ordenaba su mujer. Ella escribía artículos que firmaba con el nombre de Giogio De Chirico, y se publicaban en “Paese Sera”, que provocaban escándalo y polémica. Nadie sabía que no los había escrito él, cuando se lo comentaban en el café Greco. Apenas los había leído.
Mientras en las calles se organizaba la revolución y surgían las últimas vanguardias, que destruían la pintura tradicional, él se había vuelto más clásico, quería pintar como Tiziano, y ya no recordaba casi nada de la pintura Metafísica, ni de los cuadros surrealistas creados por su hermano, Alberto Savinio, cuando estaban en Parìs.
Mario tenía en el estudio, subiendo arriba por la escalera de caracol que llevaba al altillo, su refugio personal, un maletín negro lleno de cheques bancarios, debajo de la mesa, porque el fisco lo perseguía, y también una bolsa llena de polvo blanco, que tampoco olían a nada, aunque los pusieras en la nariz.
Pecunia non olet. Allí, a veces, se veía también a una chica, debajo de la misma mesa, sin permiso de Mario, que estaba distraído mirando los varios canales en los televisores y los fotografiaba con su polaroid, y ella hacía cosas que no se pueden decir a todo el mundo.
Era muy accesible, y sociable, y era capaz de venderle 50 cuadros a cualquiera, casi todos iguales, que pintaba en 15 días, palmeras, campos de trigo amarillos, siempre que estuvieran dispuestos a pagarle dieci milioni anticipados. Su secretario, Renzo, preparaba las telas, con los fondos, en esmalte industrial, y él bajaba precipitadamente, de noche, y pintaba encima trazos rápidos con mucho relieve, directamente con los tubos de acrílico, en las telas por el suelo, casi sin mirarlos. No le importaba mucho el resultado. Sólo a veces, utilizaba un pincel atado a un palo, de un metro de largo, y miraba lo que hacía.
Llegaban muchas chicas, sin avisar, porque él tenía la manía de regalarles a varias un poco de marihuana, y prestarles su tarjeta de crédito, si tenía un buen día. Dos horas más tarde, ya estaban en la discoteca Easy Going o el Art Caffè, o el Piper Club, donde iban los actores, las modelos, los políticos, las actrices, las secretarias, las princesas, pero nunca vi a un pintor, ni a un escritor, o un poeta, bailando o bebiendo.
Resulta extraño leer a un periodista que escribe con desprecio de las obras de arte, y de los artistas, que no ha visto, ni conocido, ni comprendido. Es lógico que él no pueda entenderlos, porque para ello es necesario nacer con un don natural, una cualidad que ellos no poseen, la percepción estética visual, un instinto sensitivo, que no es razonable, ni lógico, una especie de sensación, de suaves cosquillas que se sienten en la frente, entre los dos ojos.
Quizás se sienten rabiosos porque después de unos cuantos años la gente paga mucho dinero por algunas obras de arte, que aparentemente se han hecho en 5 minutos.
La diferencia entre un periodista y un artista, es que el artista posee un cerebro creador, que trabaja investigando enormes territorios desconocidos, y hace descubrimientos estéticos, inéditos, insólitos, islas, archipiélagos, paisajes submarinos, o subterráneos, cielos nocturnos de vivos colores situados más arriba del cielo, mientras que un periodista, trabaja en la descripción narrativa de las cosas que suceden, es decir, que reproduce, o representa la realidad, lo que ya existe, no crea nada, sólo recrea. Es lógico que un artista sea casi siempre incomprendido, hasta que su trabajo es asimilado.
Una obra de arte existe sólo a partir de que un artista la ha creado, y al principio, antes de ser vista repetidamente, con el tiempo, y asimilada, puede escandalizar a los puritanos. “Esto no es arte”. Mario Schifano no escandalizaba a la gente, provocaba afecto, era un poco infantil, pero Piero Manzoni, Lucio Fontana y Alberto Burri, sí que escandalizaron a una burguesía adinerada, que después , al final, acabó comprándolos todos.
Piero Manzoni murió joven, como Basquiat. Un día lo encontraron muerto en el suelo de su estudio de vìa Fiorichiari, a pocos pasos de la Accademia Pinacoteca di Brera.
En Brera corrió el rumor de que se había suicidado, y empezó su leyenda. En realidad, se murió de una cirrosis, según me contó su madre. Un par de años después, sus cuadros empezaron a venderse, después los galeristas hacían subir los precios, y ahora cuestan muchísimo. Pero siguen siendo provocativos, escandalosos, y en España algún periodista escribe artículos denigrándolos.
Los periodistas italianos llamaban a Piero Manzoni “ Il pittore que non usa i pennelli”,el pintor que no usa los pinceles. Algunos lo llamaban “schiffoso”, y “ merdoso”, o “pazzo”.
De acuerdo, pero al menos, habían entendido que era un artista.
Santiago Palet

Es tan rica la iconografía del tríptico que uno va saltando de motivo en motivo sin darse cuenta.
La ampliación del la foto es de agradecer.
Un saludo

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Con arte y sonante

Sobre el blog

En un mundo de liquidez casi ilimitada, en el que los bancos centrales dan al botón de imprimir billetes a la misma velocidad que Billy el Niño desenfundaba su revolver, los ahorradores (que hoy en día somos todos) han redescubierto el valor de los activos tangibles y limitados.
O sea, que empiezan y acaban. Metales preciosos, arte contemporáneo, antigüedades, vinos, coches de colección, diamantes. Bienes que a su escasez y potencial económico aportan su carácter material. Bienes con arte y sonantes.

Sobre el autor

Miguel Ángel García Vega

Periodista y modesto coleccionista de arte contemporáneo, Miguel Ángel García Vega lleva más de 15 años escribiendo en EL PAÍS. A veces de finanzas, a veces de sociedad, a veces de arte, pero siempre conectando la vida y los números. Este blog quiere ser una piedra de Rosetta con el que entender el universo de los bienes tangibles, que en ocasiones parece, como el mundo, ancho y ajeno.

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