La imposibilidad física de la vida de un artista en Londres

Por: | 19 de octubre de 2015

Hirst

Tiempo de recapitulación. La feria londinense Frieze ha terminado como se esperaba. Muchísimo público y gran nivel de ventas. La satisfacción parece la moneda de cambio. En los predios que mezclan arte y dineros se van consolidando algunas tendencias. En clave española, Secundino Hernández vende todo lo que cuelga. Cinco telas de grandes dimensiones que presentó en su galería londinense Victoria Miro se adjudicaron en pocas horas. Los precios estaban en la horquilla que va desde las 25.000 a las 75.000 libras (de 34.000 a 100.000 euros). Buen momento también para el pintor Néstor Sanmiguel Diest, quien a sus 66 años está vendiendo todo lo que no había encontrado mercado durante décadas. Además pronto anunciará su fichaje por un marchante extranjero de primer nivel. El artista —rescatado del olvido por la galería Maisterravalbuena— ha vendido varias de sus recomendables telas y algunas piezas pequeñas. Sus precios no superan los 25.000 euros. “Estamos muy contentos tanto por las ventas en la feria como por la respuesta de comisarios e instituciones”, apunta Pedro Maisterra, codirector de la galería.

Maisterra Stand Imagen del stand de la galería Maisterravalbuena en la última edición de Frieze. En primer plano, varias obras de B.Wurtz. Al fondo, dos lienzos de Néstor Sanmiguel Diest.

En clave internacional, algunas cuestiones. Dos pintores, Sean Scully y Anselm Kiefer, van poco a poco camino de los grandes números. Esos que empiezan a partir de los 500.000 euros y se encaraman a cifras aún más elevadas. De hecho Stefan Simchowitz, el controvertido marchante con sede en Los Ángeles, lo tiene claro: “Kiefer está infravalorado, puedes comprar diez por el precio de una pintura de espátula de Gerhard Richter”. Desde esa lógica de mercado está adquiriendo obras de ambos artistas para sus millonarios clientes.

Secundino Hernández
El pintor Secundino Hernández vendió en Frieze cinco telas de gran tamaño que llevaba su galería londinense (Victoria Miro) en unas pocas horas.

Porque, de momento, la burbuja del arte ni se siente ni se ve. Durante la semana que ha durado Frieze se celebraron nueve subastas de arte y los números han sido bastante buenos. La puja de artistas italianos impulsada por Christie’s sumó 43,1 millones de libras (56 millones de euros). Una cifra muy elevada. Tampoco le fue nada mal a su subasta de arte contemporáneo, la cual cerró con 35,2 millones de libras (48 millones de euros). Pocos días antes, Phillips vendía todos los lotes de su sesión de la tarde de obra contemporánea y se embolsaba 51,3 millones de euros.

Todos esos números se logran gracias a las obras y a los artistas; sin embargo la realidad de la mayoría de los creadores está lejos de esa bonanza. 

El origen, al menos etimológicamente, de Frieze procede de la célebre exposición que en 1988 un grupo de estudiantes del Goldsmiths College —liderados por un desconocido entonces Damien Hirst— organizó cerca del río Támesis, en una zona denominada SE (South Eastern) 16. La muestra se tituló “Freeze” y en ella se exhibieron, además de piezas del propio Hirst, trabajos, entre otros, de Sara Lucas y Gary Hume.

Frieze Buenas ventas y satisfacción entre los galeristas definen la última edición de la feria Frieze. El arte se ha convertido en un juego de grandes números.

En aquellos días la zona (código postal) de SE16 era un espacio asequible para los artistas y se podían alquilar con facilidad estudios. Hoy, todo eso ha desaparecido. La fuerte especulación inmobiliaria que desde hace varios años vive la ciudad está expulsando a los creadores. Un apartamento de dos habitaciones en ese distrito, donde el artista británico y sus colegas empezaron a despuntar, cuesta, según la agencia inmobiliaria Foxtons, 975.000 libras (1.325.000 euros). En Londres las casas han subido un 42% desde 2012 y, a la fuerza, los artistas jóvenes se marchan a vivir, por ejemplo, a Gales o Berlín.


SE 16 En la zona (código postal) South Eastern 16 de Londres un apartamento de dos dormitorios cuesta 1.325.000 euros, según la agencia Foxtons.

“No creo que exista ya una escena artística poderosa en Londres como en aquellos años. Es un teatro sin actores. Los artistas ya no están, pero las instituciones siguen ofreciendo exposiciones espantosas para los turistas”, comenta Michael Elmgreen, artista londinense que representa la mitad de la pareja creadora Elmgreen & Dragset, en el periódico The Guardian. En este proceso de disolución, Elmgreen regresa a Berlín, donde vive su otro 50%: Ingar Dragset. Mientras, el mercado, impasible, prosigue su marcha. El año pasado, acorde con la consultora inmobiliaria Knight Frank, se vendieron en Londres 1.638 propiedades por más de cinco millones de dólares (4,4 millones de euros). Más que en ninguna otra ciudad del mundo.

Tal vez es el momento adecuado para reformular el título del famoso tiburón conservado en formaldehído de Damien Hirst. Quiza se podría llamar: La imposibilidad física de la vida de un artista joven en Londres. Todo, eso sí, convenientemente preservado con dinero y especulación.

 

Imagen de apertura: 'La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo', de Damien Hirst. Cortesía: Damien Hirst/Catar Museum Authority.

 

 

Hay 2 Comentarios

¡¡¡¡Gracias Santiago!!!!


UN MAL OLOR EXQUISITO DE ARTISTA.


Uno de éstos días he leído en El Pais un bonito artículo titulado "La misma mierda, pero exquisita", y me ha traído buenos recuerdos, de cuando éramos ingenuos, idealistas, y jóvenes, con talento y sin dinero.
En Roma, en la pasticceria Rosati de Piazza del Popolo, a los extravagantes pintores renovadores, los llamaban, " Giovani, belli e maledetti" y todo se quemaba muy rápido.
Muchos se murieron, a causa de una vida desordenada y bohemia, vivida a toda prisa.
Otros hemos sido unos sobrevivientes, por suerte, por casualidad, o por el destino.
El autor del artículo, que escribió hace unos meses otra obra literaria titulada “ Porno y baratijas del arte moderno” hace lo que sabe hacer, o sea periodismo. Cuenta cosas que sucedieron, aunque él no las haya visto nunca.
Basquiat se quemó joven, a Warhol lo quemaron, otros, y quedó sólo el dinero y la leyenda, y cientos de cuadros, en los museos, o en las manos de coleccionistas.
Recuerdo cuando Andy llegó a Roma, y vino un día a visitar a Mario Schifano, en su casa de frente al Tévere. Le encantaba todo lo antiguo, y decadente. Dijo que le gustaría vivir en una casa como aquella. La vivienda estaba llena de antigüedades romanas, que fascinaban a Andy. Las llevaban allí marchantes de arte que intentaban conseguir a cambio algunas pinturas de Mario.
Warhol estaba filmando una de sus películas, con un contrato, con un guión y un argumento, en una villa al final de Appia Antica, acompañado de un grupo de insensatos exhibicionistas, extranjeros, improvisados, y un realizador de cine americano serio y profesional. Hasta entonces las películas que había hecho en Nueva York, no tenían guion, ni director, ni movimiento, algo insólito en el cine.
Lo había llamado el productor Charles Bridge, que era el pseudónimo de Carlo Ponti, para que realizara algo innovador, con mucha fantasía y poco presupuesto. Andy inventó historias de vampiros, y vampiras, con algunas cosas bastante eróticas, ellos querían sangre, y ellas, esperma. Usaban pintura roja para unos y yogourt natural para otras.
Se levantaban muy tarde, con el maquillaje de la noche anterior, filmaban algunas escenas improvisadas, que no salían en el guion, inventaban de un momento a otro, escenas grotescas, y trabajaban o se divertían hasta muy tarde, porque los vampiros viven de noche. Vinieron unos escenógrafos de Cinecittà, y pintaron de negro el sótano, tenebroso, con una luna fantasmagórica. En las paredes del salón, habían pintado las montañas de Transilvania, y el castillo de Dràcula, en lo alto Por fuera, unas piedras de cartón, simulaban el antiguo y ruinoso castillo.
Allí estábamos nosotros, sentados en un porche distante, mirando aquella creación en directo, entre discusiones y sándwiches. Andy estaba en la terraza, fotografiando todo. De cuando en cuando alguna actriz, desaparecía por media hora , para hacer un bochino, o tomar un bocconcino.
Llamaron a Helmut Berger , y les prometió que vendría, pero no llegó nunca. Era muy miedoso.
Un día que llegó el productor, con su secretario, un joven francés elegante, se hizo una proyección improvisada, y después de ver aquel circo, lleno de imágenes delirantes, dentro y fuera del film, le propuso a Andy que en vez de hacer una película, filmara dos, de argumento muy parecido, con tantas imágenes absurdas acumuladas sin orden. Ellos se encargarían de montarlas.
Todo fue muy divertido, Mario aparecía de vez en cuando para aprender algo de técnica, para sus futuros experimentos, de cine undergraund, después de filmar “Umano non Umano”,y al final se hicieron dos películas muy interesantes. Una se tituló “Frankestein”,creo, y la otra “Dràcula”, aunque los romanos la llamaron “dare in culo”
Aquella fue la única vez que Andy Warhol no ganó ni un céntimo con su talento, y sus ideas. En Norteamérica es impensable trabajar sin cobrar, pero en Roma sucede a menudo, con el càsico “ bidone”.
Las películas fueron un éxito, aunque Carmelo Bene dijo que eran una basura repugnante, pero el productor, que se reservó los derechos de la distribución, al final no les pagó ni una lira, a nadie del grupo, ni al director, ni a las actrices, ni a los vampiros, ni a Warhol.
Desde Nueva York, Andy llamó varias veces a Roma, y después envió a Malanga para intentar cobrar su parte, pero fue inútil, recibió sólo invitaciones, saludos, y promesas, pero se volvió a Nueva York sin un sólo dólar. En cambio, Carlo Ponti le dijo a Andy que le enviara un retrato de Sofía Loren, gratis.
Años después, en 1980, fui a Nueva York, y una tarde, pasamos a visitar a Andy , en su estudio, la Factory, con una chica muy alta, rubia, sueca, que estaba en el mismo hotel, el Chelsea, de la calle 23.La chica me avisó de que a veces le gustaba hacer sus fotos Polaroid de traseros de los visitantes, y no tenía que extrañarme, era sólo una tontería, que él coleccionaba. Me recibió como a todo el mundo, era siempre muy afectuoso, agradable, con una vocecita muy fina. Decía siempre oh! darling, Estaba todo el rato sentado en un sofá de color plata, mientras Gerard Malanga imprimía los cuadros. Por el suelo había una prueba en papel, estampada en serigrafía, con una hoz y un martillo rojos. Me dijo: "¿Tú no vas por Italia?, llévatelo, allí los usan mucho". Me senté sobre un cubo de madera, impreso con la marca del detergente Brillo. Estaba por allí una joven galerista de Milano, Gloria, que le encargaba algunos cuadros de pequeño formato. No costaban mucho, entonces, de 20 a 30 mil. Las grandes flores, valían 50 mil. Hacía retratos de 70x70, por 25 mil.
A veces, se levantaba, se iba a un rincón y hacía un pipì sobre una plancha metálica puesta en el suelo. A todos les parecía normal. El cuarto de baño lo usaban como cámara oscura, para revelar las fotos, y películas que grababan en las pantallas serigràficas. Había varias, apoyadas al muro. Bastaba poner el color, e imprimir sobre una tela. Eran 10 minutos. Se podían hacer varios cuadros, en colores diferentes, con la misma pantalla.
Unos años después, lo he visto de nuevo, en una exposición, en Milano, de cuadros con culos y otros con cojones. Eran los dos únicos temas de la muestra. Y años más tarde, presentó otra colección con retratos de Leonardo, frente a Santa María delle Grazie. Dijo que nos firmaría los posters publicitarios, y de un momento a otro desapareció, y lo encontramos en la oficina contigua, echado en un sofá, dormido y agotado.
Viendo ahora aquellas fotos de la época, en blanco y negro, recordando las noches en el estudio de Mario, se siente una nostalgia enorme. Vivíamos casi una ficción, afortunada, que ahora sería imposible. Allí estaba, sentada en el suelo, María Schneider, la chica del “último tango”, con la melena muy rizada, falda corta, braguitas rosas, botas altas, y la cara inocente, y ausente, estaban las jóvenes actrices, Sydne Rome, Eleonora Giorgi, Agostina Belli, un activista de Prima Línea, o de Lotta Continua, buscado por la policía, el famoso guitarrista inglés, Keith Richards, que después se casaría con la novia de Mario, Anita Pallenberg, una chica delgada con un flequillo negro, que estaba siempre sentada sobre las rodillas de Mario, el poeta Sandro Penna, Tano Festa, Alberto Moravia, Marco Ferrerri, los bohemios viajeros, cosmopolitas, envueltos en un humo de olor inconfundible, pero que se confundía con el olor a pintura de esmalte industrial.
Sandro Penna , el poeta neovanguardista, decía que acababa de llegar de Barcelona, donde visitaba a los poetas novísimos, y traía libros en catalán.
Allí se quedó, meses y meses, largas temporadas, con Mario, Marianne Faithfull, la novia de Mike Jagger. Decían que les gustaban el sexo, las drogas, y el rock and roll, y en esta ocasión, esta chica tan agradable, eligió los dos primeros, y dejó que el rock se volviera a Londres, solo.
Mario Pintaba a gran velocidad. Siempre estaba dispuesto a vender a un amigo 20 o 30 cuadros, que hacía en una semana, si le daban cinque milioni, anticipados. Su secretario asistente, Renzo, preparaba los fondos de las telas con colores de esmalte industrial, y después, Mario, de noche, bajaba precipitadamente las escaleras, y pintaba rápidamente, con tubos de colores acrílicos, directamente sobre las telas, con gestos veloces, unas líneas amarillas, naranjas, del “campo di grano” trigos amarillos, o garabatos de flores acuáticas, casi todos iguales. Sólo algunas veces, usaba un pincel atado a un palo largo de un metro, para dibujar algunas formas más lentamente, en una tela apoyada en al suelo.
Parecía que el futuro sería maravilloso, y nosotros podíamos cambiar el mundo. Todo era posible. La belleza, el amor y el placer eran gratis y fugaces, y el arte y el dinero circulaban en abundancia, era facilísimo obtenerlos.

En aquella ciudad tan divertida, y exhibicionista, sin embargo, había tres enigmas que han vivido siempre ocultándose: Alberto Burri, Cy Twomly, y Balthus.
Burri era el más esquivo, desde los tiempos de via Aurora, muy cerca de Villa Borghese, donde conoció a su mujer, Minsa, el àngel celestial, una bailarina americana, recién llegada,que se hospedaba en un hostal del piso superior, justo detrás de de Via Veneto. Minsa me contò que desde su balcón, veía a Burri salir al patio, y poner a secar al sol sus cuadros de “catrame”. De noche dormía allí por el suelo el poeta Emilio Villa, su amigo, pobre y genial. Después, estuvo en el estudio de Passeggiata di Ripettta, cerca del Tevere, y màs tarde había huido finalmente hasta Grottarossa, un lugar inalcanzable, saliendo por la Cassia..De invierno se iba a Los Angeles, vivía en una bellísima casa en la colina, y en primavera, solía estar a veces en una antigua casa solitaria de piedra de dos pisos, en medio de los bosques, entre los pinos y los castaños, sobre las montes de Città di Castello. No había un camino de acceso para llegar hasta allí.
A veces llegaba algún coleccionista, dispuesto a comprar alguno de sus célebres “sacco” y él respondía siempre que no tenía ninguno, porque había dejado de hacerlos en los años 50. Pero en su casa de Città di Castello, guardaba varios de ellos, para su museo.
En los últimos años , se escondió en Bealieu sur Mer, en una bella casa llamada “Marou te Poari”, en la colina, frente al mar, con un árbol de limones, y una bella trepadora bougainvilles de color lila, y sólo tres o cuatro personas tenían acceso. Hasta allí le llevè a Minsa unos cuantos cactus, de Collserola.
Nadie conocía los números de teléfono, secretos, ni su dirección, y muy pocos tenían acceso a estos artistas.
Balthus vivía en la Accademia di Francia, y alguna rara vez, a las siete de la tarde, se reunía con algunos selectos, entre ellos Federico Fellini. Nunca mostraba sus cuadros y decía casi siempre que no estaban terminados. Años después, se escondió en un castillo en Umbria, y màs tarde, en una inmensa mansión entre las montañas y lagos de Suiza, en un lugar apartado y desconocido.
Cy Twomly estaba en vìa Monserrato, cerca de Pizza Navona, en casa de los Franchetti, de antigua nobleza romana. Era prácticamente imposible visitarlo, si su secretario no te daba una cita. Su teléfono no respondía casi a nadie. Sólo dos o tres veces tuve esta oportunidad. Era un hombre alto, aristocrático, y tranquilo, muy educado, y discreto, que vivía en la privacidad del arte, con lentitud, en silencio, acompañado de su secretario, su mujer y su hijo.
Sin embargo, casi nadie sabe que Twomly ha tenido por muchos años un almacén lleno de cuadros, justo al lado del enorme estudio loft de Schifano, al final de Vía delle Mantellate, en el Trastèvere, de frente a la cárcel, donde Mario pasó una temporada por culpa de una amiga que le traía un poco de su afición preferida, volviendo de Sudamèrica, apenas unos gramos, y un pequeño cactus de peyote, y se lo contó todo a los guardias de aduanas del aeropuerto de Fiumicino.
Allì, en aquel almacén, había cuadros que los museos estaban dispuestos a comprar pagando precios escandalosos. Pero Twomly apenas permitía que se vendieran unos 5 o 6 cuadros al año.
Ni siquiera Mario lo sabía, hasta que se lo contó el noctámbulo artista conceptual Gino De Domenicis, famoso por presentar en la Biennale di Venezia a un hombre mongólico handicapado, en persona, en estado puro, como una obra de arte única. Años antes tuvo su estudio allí. Era un artista muy extravagante, que vivía de noche , y de día dormía. Había visto que de noche, allí traían o llevaban algunos cuadros, envueltos en plásticos de burbujas.
En cambio, no era difícil sentarse a charlar con Giorgio De Chirico, en el Antico Caffé Greco, siempre con corbata, serio, muy educado, y pasar a visitarlo, allí cerca, en Piazza di Spagna n|° 31,a su casa y estudio, situado en el quinto piso, si tenìas suerte y conseguías burlar la vigilancia de Isabelle Far, la terrible agregada militar del artista. En el estudio donde pintaba, siempre ordenado, limpio, sin una mancha, con un cuadro sobre el caballete, había una ventana desde la que se veía una enorme palmera, del patio trasero, al lado de la Scalinata di Trinità dei Monti. No sè que hubiera sucedido si los miles de turistas americanos y japoneses que allí estaban, hubieran sabido que a pocos metros se encontraba el célebre creador de la “Pittura Metafísica”.
No había que hablarle del arte moderno, ni nombrarle a ningún pintor abstracto, porque se exaltaba mucho. También hablaba pestes de los pintores españoles modernos, excepto de uno que había conocido de joven en Montparnasse, pero después dejaron de hablarse. ”Parla piano, Giogio”, le ordenaba su mujer. Ella escribía artículos que firmaba con el nombre de Giogio De Chirico,y se publicaban en “Paese Sera”, que provocaban escándalo y polémica. No sospechaban que no los había escrito él, cuando se lo comentaban en el café Greco. Apenas los había leído.
Mientras en las calles se organizaba la revolución y surgían las últimas vanguardias, que destruían la pintura tradicional, él se había vuelto más clásico, quería pintar como Tiziano, y ya no recordaba casi nada de la pintura Metafísica, ni de las escenas surrealistas creadas por su hermano, Alberto Savinio, cuando estaban en Parìs.
Mario tenía en el estudio, subiendo arriba por la escalera de caracol que llevaba al altillo, su refugio personal, un maletín negro lleno de cheques bancarios, debajo de la mesa, porque estaba perseguido por el fisco,y también una bolsa llena de polvo blanco, que tampoco olía a nada, aunque te lo pusieras en la nariz.
Pecunia non olet. Allí, a veces, se veía también a una chica, debajo de la misma mesa, sin permiso de Mario, que estaba distraído mirando los varios canales en los televisores y los fotografiaba con su Polaroid. Esta chica hacía cosas allí debajo, que no se pueden contar a todo el mundo. Llegaban muchas, sin avisar, porque èl tenía la manía de regalarles a varias un poco de marihuana, y prestarles su tarjeta de crédito, si tenía un buen día. Dos horas más tarde, ya estaban en la discoteca Easy Going o el Art Caffè, o el Piper Club, el Notorius, donde iban los actores, las modelos, los políticos, las actrices, las secretarias, las princesas, pero nunca vi a un pintor, ni a un escritor, o un poeta, bailando o bebiendo. Un día llegaron los actores y actrices de la película de Warhol, con sus vestidos y maquillajes de vampiros, y se organizó un show notable.
Resulta extraño leer a un periodista que escribe con desprecio de las obras de arte, y de los artistas, que no ha visto, ni conocido, ni comprendido. Es lógico que él no pueda entenderlos, porque para ello es necesario nacer con un don natural, una cualidad que ellos no poseen, la percepción estética visual, un instinto sensitivo, que no es razonable, ni lógico, una especie de sensación, de suaves cosquillas que se sienten en la frente, entre los dos ojos.

La diferencia entre un artista y un periodista, es que el artista posee un cerebro creador, que trabaja investigando enormes territorios desconocidos, y hace descubrimientos estéticos, inéditos, insólitos, islas, archipiélagos, paisajes submarinos, o subterráneos, cielos nocturnos de vivos colores situados más arriba del cielo, geologías inexistentes, mientras que un periodista, trabaja en un territorio conocido, en la descripción narrativa de las cosas que suceden, es decir, que reproduce, o representa la realidad, lo que ya existe, no crea nada, sólo recrea. Es lógico que un artista sea casi siempre incomprendido, hasta que su trabajo es asimilado.
Una obra de arte existe sólo a partir de que un artista la ha creado, y al principio, antes de ser vista repetidamente, con el tiempo, y asimilada, puede escandalizar a los puritanos. “Esto no es arte”.
Mario Schifano no escandalizaba a la gente, provocaba afecto, era un poco infantil, pero Piero Manzoni, Lucio Fontana y Alberto Burri, sí que escandalizaron a una burguesía adinerada, que después, acabó comprando sus cuadros con gran entusiasmo.
Piero Manzoni murió joven, como Basquiat. Un dìa lo encontraron muerto en el suelo de su estudio de vìa Fiorichiari, a pocos pasos de la Accademia Pinacoteca di Brera, la mejor escuela de Bellas Artes de Europa, donde Piero nunca puso los pies.
En Brera, y en la comunidad de artistas corrió el rumor de que Piero se había suicidado, y empezó su leyenda. En realidad, se murió de una cirrosis, según me contó su madre, la condesa Valerie.Apenas vendió ningún cuadro, mientras vivía. Un par de años después, sus obras preconceptuales empezaron a venderse, después los galeristas hacían subir los precios, y ahora cuestan muchísimo. Pero siguen siendo provocativos, escandalosos, y en España,hay algún periodista que escribe artículos denigrándolos.
Piero fuè uno más de los “Giovani, belli, e maledetti.”
Los periodistas italianos llamaban a Piero Manzoni “ Il pittore que non usa i pennelli”,el pintor que no usa los pinceles. Algunos lo llamaban “schiffoso”, y “ merdoso”, o “pazzo”.
De acuerdo, pero al menos, habían entendido que era un artista.
Santiago Palet

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Sobre el blog

En un mundo de liquidez casi ilimitada, en el que los bancos centrales dan al botón de imprimir billetes a la misma velocidad que Billy el Niño desenfundaba su revolver, los ahorradores (que hoy en día somos todos) han redescubierto el valor de los activos tangibles y limitados.
O sea, que empiezan y acaban. Metales preciosos, arte contemporáneo, antigüedades, vinos, coches de colección, diamantes. Bienes que a su escasez y potencial económico aportan su carácter material. Bienes con arte y sonantes.

Sobre el autor

Miguel Ángel García Vega

Periodista y modesto coleccionista de arte contemporáneo, Miguel Ángel García Vega lleva más de 15 años escribiendo en EL PAÍS. A veces de finanzas, a veces de sociedad, a veces de arte, pero siempre conectando la vida y los números. Este blog quiere ser una piedra de Rosetta con el que entender el universo de los bienes tangibles, que en ocasiones parece, como el mundo, ancho y ajeno.

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