Consumidos

Sobre el blog

El consumo configura nuestro estar en el mundo. Cómo nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás y con el planeta. Analizar nuestra relación con marcas y productos nos ayuda a comprender qué lugar ocupamos en la sociedad de consumo. Y, sobre todo, nos ayuda a no caer anestesiados cuando comience la revolución.

Sobre los autores

Somos un grupo de personas que creemos que el modelo capitalista actual es insostenible, que el consumo es uno de los síntomas de lo que está pasando y que es una de las palancas de cambio.

Alberto Knapp Bjerén, fundador de una consultora de internet, inversor en startups, enemigo del crédito.

Luis Montero. Autor de Artrópodos, Feliz Año Nuevo y Clon. Consultor en Cero23.

Felipe Romero, psicólogo, investigador de mercados.

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¿Estamos viviendo una crisis o esto será siempre así?

Por: | 27 de marzo de 2012

Son muchas las personas que desde perspectivas muy diferentes están señalando la descomposición del capitalismo tal y como lo creíamos conocer. Una de las que más me ha interesado últimamente es la de Slavoj Zizek, pensador esloveno que se ha convertido en una estrella de los medios con su discurso caótico y desbordante. Traduzco libremente un párrafo de su libro Living in the end of times, una de sus obras mas interesantes (y de difícil lectura, sin duda):

"Nos acercamos hoy a una nueva época de tiempos interesantes. Tras décadas del Estado de Bienestar, en el que los recortes financieros estaban limitados a periodos cortos y mantenidos por la promesa de que pronto todo volvería a la normalidad, estamos entrando en un nuevo periodo en el que la crisis económica se ha hecho permanente, simplemente un modo de vida. Además, hoy la crisis ocurre en ambos extremos de la vida económica -ecología y pura especulación financiera- no en el centro del proceso productivo. Por eso es crucial evitar la simple solución de sentido común: "tenemos que librarnos de los especuladores, poner orden, y la producción real continuara de nuevo"- la lección del capitalismo es que estas especulaciones "irreales" son lo real y cotidiano; si las quitamos, la realidad productiva sufre".

La crisis se ha convertido en un modo de vida y no se arregla corrigiendo el sistema. Hay que repensarlo. Las cosas no volverán a la normalidad porque dicha normalidad no existe, porque la precariedad es ya la norma y porque la capacidad personal de cambiar la realidad se ha visto dramáticamente reducida.

Sin embargo es también una oportunidad para replantearnos cada uno nuestro papel en la sociedad de consumo, qué queremos ser, dónde queremos llegar y qué estamos dispuestos a sacrificar por ello. Es un periodo donde el esfuerzo, el estudio, la formación y los valores cobran más importancia gracias a que el consumo, necesariamente, disminuye. Porque con menos créditos se tiene un coche menos fardón y ropa sin logos de animales, pero se tiene otras cosas. ¿O no? Solo planteárselo es ya constructivo.

 

 

La magia del capitalismo

Por: | 25 de marzo de 2012

Toda tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia, decía Arthur C. Clarke, el autor de ciencia ficción. Y la buena tecnología es la que pasa desapercibida, suelen decir los diseñadores de interfaces digitales (realizaba Zizek, en otro terreno, una afirmación muy similar: La ideología funciona cuando es invisible). El capitalismo es esencialmente una tecnología: de producción -de bienes-, de reproducción -de sí mismo. Increíblemente exitosa y desarrollada, logra pasar inadvertida a la vez que resulta fascinantemente mágica: mágica en sus procesos, mágica en sus resultados.

El paso de la producción al consumo es un gran ejemplo del carácter mágico del capitalismo, quizás su truco más logrado. En él, hace desaparecer el factor trabajo (y lo hace desaparecer en todos los planos: en sus teorías económicas, en sus intenciones legislativas, en su ejercicio publicitario –excepto en el caso de los productos de alimentación-,…) para presentar un producto seductor sin rastro del factor trabajo incorporado. La experiencia de compra, con su íntima satisfacción psicológica (la compra viene siempre a aportar un equilibrio emocional, cubriendo una ausencia, enarbolando una promesa, ocultando una ansiedad,.. ), tiene lugar desvinculándose al máximo del proceso de producción, que mancharía, ensuciaría, ese momento de fantasía, de disfrute anticipado, de satisfacción, que es la compra. Así, desmaterializa y desproblematiza la producción, hace desaparecer la distribución…, y quita así, en momentos de bonanza, cualquier posible sensación de culpa al consumidor.

En ocasiones, a los malos magos, se les ve la trampa. Aunque quieran que miremos a su producto o servicio, y no atendamos a nada más, se les caen las cartas y aparecen unas trabajadoras de la limpieza mal pagadas o unos camareros que cobran en negro; al fondo del sombrero de copa se ven a los operadores precarios de un call center; al ir a hacer el truco del serrucho nos aparece en la camilla la cara de estafado de un deshauciado.

Dicen los magos (los de verdad, los que ilusionan, no los que engañan) que nunca se logra realizar el truco sin la colaboración del observador, que debe poner de su parte una “suspensión de la incredulidad”. Eso es la ideología, en dos niveles: en el más obvio, la publicidad, los medios de comunicación,.., son el paño para un truco ágil, el ale-hop, ahora está aquí la materia prima y ahora está allí el fascinante producto. Olvida las condiciones que permiten que el producto llegue a ese precio, olvida la insostenibilidad medioambiental,...

En las fortalezas del mercado el producto aparece mágicamente en el estante, entrando por dónde no se atiende (el escaparate en la calle de tránsito, la boca del almacén en la calleja sucia), y cuando no se atiende (la nocturnidad de los horarios de reposición). Pero en otro nivel, no basta con el ejercicio de prestidigitación del discurso publicitario y economicista,…. Cualquier consumidor sabe que productos low cost significan condiciones laborales low cost. No se trata, en absoluto, de una cuestión de “desconocimiento”, de que nos “engañen”, se trata de nuestra necesidad de ser engañados. Cuando el factor trabajo decide hacer ver los trucos del mago, lo que está haciendo es romper la magia del capitalismo. Vivir es caminar al borde del abismo, y necesitamos magia, fascinación y promesas para sostenernos. El capitalismo de consumo nos lo da. Una huelga (en general, dar centralidad al factor trabajo) nos lo quita: lo oculto aflora, lo fácil se vuelve complejo, lo desmaterializado se concreta, lo desproblematizado se problematiza,… Incluso, en una huelga general el espectador del truco debe replantearse a sí mismo como actor, ya que queda interpelado directamente: ¿haces o no haces? En buena parte del rechazo a la huelga hay un rechazo a la ruptura de la magia, al feísmo del conflicto, a que se desvelen los trucos y se acabe la seducción.

Nuestro mago está en crisis: la dificultad para abordar nuevos trucos, los trajes raídos, el material de segunda, ,… hacen cada vez más visible sus trucos. Los paños que lo enmascaran son transparentes. Sin embargo, y el capitalismo lo ha demostrado muchas veces, siempre puede aparecer con un: “y ahora, más difícil todavía…”, ese nuevo truco que vuelve a generar la fascinación final, y el público rompe en aplausos y estalla eufórico (y se lanza a comprar segundas viviendas, coches de lujo y gadgets tecnológicos). Sin duda, quedan ases en su manga.

Lo decisivo, como siempre, estará en nuestra mirada (una frase del sector publicitario dice: “el dinero está dónde se pone la mirada”, por eso cada vez hay más publicidad en el móvil), en si nos decidimos a apartarla de allí donde los magos quieren que miremos. La cuestión es si, a sabiendas de que significa quitar magia a nuestro día a día, ¿nos decidiremos a romper la “suspensión de la incredulidad”, romperemos la cuarta pared que separa la producción del consumo? Y más allá: ¿seríamos capaces de vivir sin esa magia? Cualquier proyecto de transformación social no podrá hacerse desde una supuesta "superioridad moral" ni desde el discurso bobalicón del desdén respecto al consumo: consumir fascina, y fascinarnos es imprescindible para sobrevivir. Hemos de encontrar otras formas de fascinar y de hacer magia.

Consumimos presente (2)

Por: | 22 de marzo de 2012

El consumo es una celebración del presente. Pero no sólo eso. El consumo también modifica la experiencia subjetiva del presente. La estira. La alarga. No la profundiza, porque eso supondría que existen jerarquías –la sociedad de consumo es fundamentalmente cuantitativa: la calidad, la intensidad de la experiencia es menos importante que el acceso a cuantas más posibilidades, a cuantas más identidades, mejor. No la profundiza pero sí la ensancha.

El consumo ha producido un cambio fundamental en nuestra manera de vivir el tiempo. Y en el tiempo. 

Por dos tendencias que transcurren paralelas, si es que no hay relación causal entre ellas:

1.- Existe un mito, indiscutido hasta hace bien poco, que dicta que la experiencia subjetiva del tiempo es igualitaria. La misma para todos. Democrática. Más allá de la calidad de la vivencia, derivada del valor que cada individuo otorga a su propia experiencia temporal, el tiempo era un elemento unificador. Nos hacía iguales. Nos hacía humanos. Su pasar era el mismo para todos. Quizá hubo un tiempo en el que eso fue verdad, en aquellos tiempos premodernos en los que la experiencia subjetiva del tiempo estaba íntimamente ligada con la biología, con el 'reloj biológico' de cada uno de nosotros –interpretado, eso sí, siempre de forma cultural, pero biológico de todas formas. El tiempo interno era la base sobre la construía el tiempo común. El tiempo de mi cuerpo era idéntico al tiempo de los demás cuerpos.

Hoy esto ya no es así. Con la modernidad se produjo la erradicación de la corporeidad temporal y el fin del tiempo subjetivo como elemento regulador de la vida en común. El tiempo ya no es cosa de cada uno, sino que se ha convertido en algo administrado por factores externos. Ya no nos despertamos al amanecer sino que nos levantamos a las órdenes de un despertador. Ya no trabajamos en función de nuestras fuerzas o nuestras necesidades sino según el ritmo que marca la ficha. Vivimos en un mundo en el que la programación de la televisión marca la hora de irse a dormir. O más finamente: la enajenación del tiempo subjetivo supone la pérdida del anclaje identitario, en ese juego moderno que es la emancipación de la Naturaleza vía la tecnología. 

Hoy, enajenada la 'corporeidad', no nos queda otra cosa que un tiempo externo cuyo valor depende, también, de factores externos. Un tiempo experimentado como subjetivo que se valora en función de factores no-subjetivos y que da como resultado una ruptura de la experiencia temporal 'igualitaria'. Democrática

El tiempo y su experiencia subjetiva ya no son un atributo común, no construyen comunidad.

O, al menos, no como hasta ahora.

y 2.- Porque, y de forma simultánea, en la sociedad de consumo esa temporalidad enajenada se ha convertido en el objeto de consumo supremo, sobre el que se construye el sujeto y sus lazos con la comunidad. Con el Otro. El presente, y la cantidad de presente que se consume, se ha convertido en el primer factor de integración social. Y de exclusión, por ende. O, como explica Dominique Quessada, un ex-publicitario por cierto, en su libro La era del Siervo-Señor, la sociedad de consumo ha supuesto una superación de la dialéctica hegeliana mediante la cual se estructuraba la idea del individuo premoderno, el Ciudadano Ilustrado, vamos, y, con ella, la superación del tiempo como algo compartido.

O, dicho aún de otra manera, dejo aquí un estudio realizado por tres científicos sociales estadounidenses, Twenge, Catanese y Baumeister, de título farragoso pero de contenido esclarecedor: Social Exclusion and the Deconstructed State: Time Perception, Meaninglessness, Lethargy, Lack of Emotion, and Self-Awareness, en el que afirman que socially excluded individuals enter a defensive state of cognitive deconstruction that avoids meaningful thought, emotion, and self-awareness, and is characterized by lethargy and altered time flow.

Así, hoy, si fuera posible trazar un continuo de consumo temporal en el que en un extremo se encontraran aquellos cuyo nivel de vida (esto es, de ingresos) les permite acceder a cualquier presente posible y, en el otro extremo, aquellos cuyos sueldos, si es que perciben alguno, están excluídos de cualquier consumo temporal, no sería difícil establecer una dicotomía entre la 'nueva riqueza' y la 'nueva miseria'. En un lado estaría, por ejemplo, ese arquitipo pop en el que se ha convertido el Emilio Botín que puebla los medios, cuyos presentes transcurren entre Consejos de Administración y asesores personales, jets privados y paraísos, físicos y fiscales, entre casinos y la zona VIP de cualquier circuito de Fórmula 1, accediendo así a innumerables posibilidades identitarias; en el otro estaría el desheredado cuyo presente, único, se limita a rebuscar comida por las noches en los contenedores de basura. En un lado, estarían quienes rozan el 'paradigma de vida publicitario' –y digo rozan porque la naturaleza del tiempo de consumo es huidiza por definición: quienes disfrutan de todas las satisfacciones posibles de un mundo que ofrece multitud de personalidades posibles, simultáneas; frente a ellos, estarían aquellos que no pueden permitirse consumir nada. Ni siquiera presente.

 

(En el próximo capítulo: La integración de la temporalidad en el mercado)

 

FOMO: El miedo a perderse algo (Fear of Missing Out)

Por: | 20 de marzo de 2012

Estás tranquilo en casa un sabado por la tarde con tu pareja, disfrutando de una película, un libro, una conversación, feliz de poder disfrutar de tus cosas. Te conectas a Twitter y ves que dos amigos tuyos están de cañas por Malasaña, que otro acude una cena a la que no te han invitado, y que ese que tan mal te cae va a un estreno en el teatro.

Cada vez son más las personas que sienten que su vida es mucho menos interesante que la de sus conocidos y que tienen siempre la sensación de estar perdiendose algo. Cualquier buen momento se rompe al descubrir que alguno de tus colegas está pasandoselo fenomenal en algo que tu desconocías. Las redes sociales, en las que solo se cuenta lo bueno, se están convirtiendo en un nuevo elemento de agobio que ya tiene nombre: FOMO, Fear of Missing Out.

FOMO es un miedo social que siempre ha existido: la exclusión, el saber que tus colegas van a algo o tienen algo mejor que tú. Pero gracias a los smartphones y a la ubicuidad e instantaneidad de las redes sociales, ese miedo se ha convertido en un acompañante habitual.

 

Personas con movil en salon

Al consumo clásico aspiracional, querer siempre algo que no tenemos y que creemos es imprescindible para nuestra felicidad, se une ahora la angustia de saber constántemente que nos estamos perdiendo algo, de no poder disfrutar lo que estas haciendo en un momento concreto porque a la vez sabes a ciencia cierta, gracias a tu móvil y twitter, que te estás perdiendo otra cosa. Ahora siempre sabes qué están haciendo tus amigos, y por lo tanto qué te estas perdiendo. Eso es lo que puede generar ansiedad y una sensación de falta de adaptación o exclusión.

Según un estudio de JWT (disponible aquí), 3 de cada 10 personas de entre 13 y 34 años han experimentado esta sensación, y generalmente cuando ven que sus amigos hacen cosas a las que no están invitados.

De pronto para mucha gente quedarse un fin de semana tranquilo en casa se convierte en motivo de ansiedad. El consumo de tiempo libre pasa a ser otro motivo de preocupación. Nadie dijo que fuese fácil sobrevivir en las redes sociales.

 

Foto: Ben Rollman en Flickr.

La fortaleza del mercado

Por: | 15 de marzo de 2012

La arquitectura de los Grandes Almacenes El Corte Inglés (y los de la extinta Galerías Preciados también, ya puestos) es la arquitectura de una fortaleza. Un bunker en pleno centro de nuestras ciudades. Un fortín racionalista, sin ventanas, tragaluces ni aperturas al exterior. Como una fortificación, protegida frente a cualquier agresión externa, cuyos muros no ofrecen ni la más mínima rendija por la que escurrir una fugaz mirada fisgona. Incluso los escaparates, esa frontera que en cualquier otro comercio permite al transeúnte vislumbrar el interior, promesa de lo que le espera dentro, en El Corte Inglés son opacos. Reservados. En ECI los escaparates son un espacio fronterizo tan sólo poblado por extraños seres de plástico disfrazados de maniquí. 

Dentro, bajo el calor de esas murallas, vive resguardado un espacio sin sobresaltos. Ajeno al ruido de la cuidad. Sin bocinas ni frenazos, sin atascos ni semáforos. Donde las señales de tráfico se han sustuido por la señalética comercial. Liberado de las inclemencias de la meteorología, con una temperatura constante de 22°, es un espacio atemporal, sin amaneceres ni ocasos. Y, sobre todo, sin relojes. Un espacio en el que el ahora, el presente, es eterno. Un espacio desterrado, libre de agresiones. Un espacio sin tiempo. Un no-espacio. 

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¿Por qué?

Se me ocurren dos respuestas. (Seguro que hay más; me encantaría leerlas en los comentarios)

La primera, histórica. Porque cuando, en 1962, ECI acometió los primeros pasos de su proceso de expansión con la construcción de los Grandes Almacenes de Preciados en Madrid y Plaza de Catalunya en Barcelona, no lo hizo emulando el estilo arquitectónico del Gran Almacén histórico, el modelo Bloomingdales, cuyos establecimientos tradicionalmente ocupaban edificios ya existentes, un edificio más rodeado de otros edificios iguales, todos tan plenamente integrados que sumados constituyen la ciudad; sino que siguió la tendencia que entonces empezaba a predominar en todo el mundo: El Centro Comercial. Lo que más tarde se conocería como el modelo Walmart: un bloque geométrico, aislado. Inconmovible. Pero a diferencia de los Mall, diseminados siempre por las afueras de las grandes ciudades, ECI decidió copar los centros urbanos, áreas aquí todavía vírgenes.

La segunda, más interesante, política. Porque cuando, en 1962, ECI acometió los primeros pasos de su proceso de expansión, lo hacía en un país todavía no mercantilizado. El mercado, entonces, era una cosa frágil que había que proteger de un entorno que no siempre acompañaba -una zona fronteriza semejante, salvando las distancias, a muchas zonas del extrarradio de las grandes cuidades de Estados Unidos. De ahí el modelo Centro Comercial y sus muros fortificados. De ahí esos mamotretos blindados de la Sociedad Civil. Por eso, frente a Sears o Macy’s, que siempre estuvieron integrados en la arquitectura de sus ciudades anfitrionas, ECI es una nave especial diseñada como un oasis de paz y tranquilidad en medio del caos, amenazante por irracional, de las ciudades que ocupa. Un espacio que había que diferenciar de excesos y tribulaciones del espacio exterior. 

Como si sólo dentro de aquellas paredes pudiera incubarse el mercado. Como si sólo en ese no-espacio pudiera desarrollarse en toda su plenitud.

Y tenían razón.

Eran, en versión local, los primeros escarceos de esa tendencia que no parará hasta convertir en Las Vegas a todo el planeta: espacios en los que no rige ni el tiempo ni la biología, un espacio enajenado en el que sólo transcurre una cosa: el acto para el que fueron diseñados. El hecho mercantil. El comercio. Bienvenidos a la lógica del casino. Bienvenidos a la arquitectura del presente.

Pero pasaron las décadas y llegamos a los año 80. El mercado empezó a expandirse por todo el país. Se estiró. Aparecieron los primeros Centros Comerciales, y con ellos los hipermercados de las multinacionales francesas de la distribución, Pryca, Alcampo y Contiente. Y, aunque con diferencias, sobre todo en cuanto a la localización -los centros urbanos ya eran tierra conquistada mientras que ahora resplandecía el territorio virgen de las nuevas periferias-, emularon el mismo proceder. Volvieron a proliferar los búnkeres, las estructuras monolíticas sin ventanas, sin otra apertura que las entradas, esta vez, para coches.

Pasaron aún más décadas y nos plantamos en el 2.000 (¿Siempre son años pares?). El mercado lo ha empapado todo. Tiendas y sucursales bancarias por todas partes. Cajeros automáticos y bolsas, de plástico antes, reciclables ahora, pero siempre con el eterno logotipo, han pasado a ser omnipresentes. La ciudad se ha convertido en un Centro Comercial Abierto. En Madrid, ese espacio que empieza en el Barrio de Salamanca y llega hasta el nuevo parque del Manzanares, pasando por Sol, Fuencarral y ese vaciado que llaman Triball. Ya no hay que preservar el mercado porque el mercado lo ha invadido todo. Ya no hay diferencias entre dentro y fuera. El modelo ha triunfado.

De la arquitectura del presente hemos pasado al urbanismo del presente. Cascos históricos sin historia, artificiales, restaurados a toda velocidad, de los que se ha erradicado cualquier vestigio del pasado, incluida su población autóctona, en los que el ahora, el presente se repite inmutable bajo el amparo de las nuevas leyes liberalizadoras de los horarios comerciales y en los que la idea de frontera, de escaparate se ha diluido porque están habitados por extraños seres de carne y hueso disfrazados de maniquí. 

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Así, no es de extrañar, un ECI por fin ha abierto ventanales, que no escaparates -eso siempre hubo, único interfaz con el ciudadano además del escaparate publicitario-, a través de los cuales compradores y paseantes pueden intercambiar miradas. Cómplices. Amigas. 

Un adelanto, supongo, de lo que se van a convertir nuestras ciudades en las próximas décadas, si es que no lo son ya. Será el asalto final del mercado a nuestro entorno. Las Vegas definitiva. Un no-espacio planetario.

 

En 2010, junto a un grupo de investigadores sociales y de mercado, participé en un estudio sobre la percepción de la crisis entre los trabajadores del conocimiento: resumidamente, serían aquellos cuya materia prima de trabajo es la distribución de información: periodistas, diseñadores, profesionales del marketing y la web,...

Simplificando, su narrativa de la crisis venía a ser: "nos encontramos ante una crisis global de origen financiero pero con especificidades españolas (corrupción, burbuja y debilidad del sector productivo), en el que ningún actor despierta confianza (políticos, sindicatos, empresa, Estado, los "propios españoles"). Se ha llevado a cado una transición de crisis finaciera a crisis social, y ante la incapacidad/ineptitud de cualquiera de los actores y el carácter "inmanejable" de la crisis entramos en una actitud de desánimo, asumimos como inevitable el "coste social" de la crisis y únicamente podemos optar por salidas individuales ("mito del emprendedor" o emigración)".

En el discurso de los participantes observamos como una gran losa pesaba sobre cualquier posible proyecto de confrontación colectiva: el fantasma de la culpa. El discurso dominante en torno la crisis, aunque cita la crisis financiera estadounidense como origen "teórico", en la práctica identifica como origen efectivo una pauta previa de consumo desaforada y extendida en el conjunto de la sociedad. La crisis financiera se aleja y el origen de la crisis se atribuye a la suma de actos particualres de consumo. Así, se decían dos de los participantes en el estudio:

(A) “De todas formas, eso que estáis comentando de una burbuja de irrealidad de la que ahora nos estamos despertando, no sé si…. ¿nos hace eso a nosotros responsables de la… de crisis? Porque yo, personalmente, no me veo… [tono muy vacilante]… que yo haya sido responsable de la crisis…”
(B) “¿No te fuiste de viaje en los últimos 4 años? ¿Qué coche tienes?"

De este forma, cualquier acto de consumo, hasta el más normalizado y prácticamente irrenunciable en este contexto, culpabiliza. Al mismo tiempo, esta individualización máxima de de la crisis (si consumes, eres cúlpable), es un "arma de socialización masiva" que culpabiliza a todos y exime a actores específicos (como la banca). Así, los informantes decían:

“La culpa de estas cosas las tenemos todos los actores económicos, los de arriba y los de abajo, los más poderosos y los que menos”
“La culpa la tiene todo el mundo. Es una cuestión de intereses creados”
“Nosotros no somos responsables de que quiebren los bancos, seguramente, pero somos responsables, o sea, padecemos la crisis en mayor medida porque hemos generado parte de nuestra crisis. Hemos vivido en general por encima de…; o no hemos medido”

De esta forma, la posibilidad de abordar una confrontación explícita sobre la "responsabilidad" de la crisis, y sobre todo, quién debe "pagarla", se ve directamente atravesada por el consumo. La simple presencia en la sociedad supone consumir. Consumir ha venido significando para muchos, en los años de la burbuja, crédito. Y tanto crédito como compra significan decisión consciente. Decisión consciente significa responsabilidad. Y responsabilidad significa culpa. Cuando te sientes culpable, resulta difícil confrontar.

La culpa vinculada al consumo nos rodea: el catecismo católico, tan presente en la formulación de discursos sobre la crisis (de forma significativa, el vocabulario sobre la crisis remite permanentemente al universo de la religión punitiva: el castigo, la austeridad,..., ), hablaba de diversos tipos de culpa. Sea por acción o por omisión, por obra o por pensamiento, resulta imposible evitar el pecado. Como consumidores y ciudadanos, habríamos pecado de obra (vivir por encima de nuestras posibilidades), de pensamiento (aunque no siempre se lograba, se ha deseado incluso un consumo aún más intenso); se peca de palabra (mediante al voto a los políticos responsables de la crisis, pues el voto en democracia es la máxima expresión de "habla"); y se peca de omisión (por haber colaborado por dejación - a posteriori se entiende que la burbuja y su posterior estallido era previsible, y como ciudadano se reconoce no haber participado de ninguna opción de mínimo rechazo). Incluso se peca de omisión también por haber dejado de consumir, y paralizar así la economía.

Para abordar un ejercicio de rechazo como supone la Huelga General, el primer ejercicio es sacudirse la culpa: evitar la socialización masiva de la culpa, identificar responsables (banca o funcionarios; inmobiliarias o sindicatos; corruptos o parados sin prestación) y desde ahí definir quién debe pagar los costes sociales de la crisis.

La culpa de omisión tiene otra lectura interesante: somos culpables de consumir, cierto, pero somos culpables por dejarnos hacer. El contexto no es favorable a la movilización colectiva. Sin embargo, y esto es crítico en relación a la narrativa sobre el origen y desarrollo de la crisis, existe un claro juicio ético: los culpables principales de la crisis están saliendo de ella sin verse afectados mientras trasladan los costes al conjunto de la población. Así, nos encontramos con la paradoja de que a pesar de un marco discursivo que frena cualquier impulso de movilización, en los mismos informantes aparece a la vez un cierto sentimiento de culpa en torno a dicha falta de movilización.

(A) “Porque no vamos a tener pensión nadie”
(B) “Porque todo el mundo traga”

“(…) hay una pasividad interiorizada de muchos años (…)”
“(…) No entiendo lo que hacen los políticos, con lo cual entiendo la desidia”
“(…) somos individualistas hasta decir basta”

(A) “Hay una parte de responsabilidad nuestra muy importante. Al final lo que queremos es evitar conflictos y evitar movilizarnos. Porque eso supone conflictos, trabajo, tiempo, esfuerzo... y lo mejor es decir que éste es un corrupto, no sé qué, y me quedo en casa”
(B) “Al final hay un aburguesamiento que te cagas”
(C) “Pero aburguesamiento sin ser burgueses, porque si fuéramos suecos...”
(D) “Hay un aburguesamiento de Burger King”

“Está claro que somos muy cómodos y estamos esperando a que nos lo solucionen y no hacemos nada”

“El efecto neto [de no protestar] es que somos idiotas”

“Yo tengo sentimiento como de excusa. Tomadura de pelo, no sé qué [en relación a la convocatoria del 29S]… pero si todo el mundo es como yo...”

El 15M fue un gran ejercicio de rechazo colectivo de la culpa. Se rechazaron dos sensaciones de culpa: la culpa activa por consumir, la culpa por omisión por dejar hacer (dejar hacer la crisis, dejar hacer que sea el conjunto de la sociedad la que pague las consecuencias de la crisis). La pelea por la hegemonía ideológica entre los de arriba y los de abajo supone la pugna por definir al culpable de la crisis: la culpa, al igual que el consumo, originada por el encadenamiento al consumo, rodea a los de abajo. Si se logra romper esta sensación (que quizás no pase tanto por dejar de consumir, sino por redefinir la experiencia y la conceptualización de la compra y el crédito), el primer paso para enfrentarnos al coste social de la crisis estará dado.

La artista coreana Bona Park llena el New Museum de bolsas de supermercado

Por: | 09 de marzo de 2012

El New Museum de Nueva York titula este año su trienal The Ungovernables, y la dedica a artistas nacidos en los setenta y ochenta, una generación nacida después de los movimientos sociales de los sesenta y setenta.

Una obra que me llamó la atención fue la de Bona Park, artista coreana que pasó un cuestionario a los empleados que montaban la exposición (carpinteros, obreros, mantenimiento, ...) para saber qué cenaban, cómo (qué veían en la TV, de qué hablaban) y con quién.

La foto 3

Con esta información, preparó bolsas de supermercado para cada trabajador con su cena preferida para que las llevasen en la mano el día de la inauguración. Conseguía de esta forma hacer público un equipo que suele estar oculto, identificarlos a través de un momento de consumo muy privado y poco solemne, y establecer un dialogo entre el arte, su producción, y la triste realidad diaria, lo convencional.

¿Tú qué cenas? ¿Qué programa sueles ver cuando cenas? ¿Eres feliz cenando?

El coaching, más dosis del consumo del yo

Por: | 07 de marzo de 2012

Es un clásico de la teoría económica crítica señalar que las salidas a la crisis del capitalismo pasan por la incorporación a relaciones mercantilizadas de espacios/ámbitos no sujetos con anterioridad a la extracción de plusvalía. Casos que tienden a citarse son, por ejemplo, la apertura de mercados locales fuera del circuito internacional de intercambio de bienes, la privatización de servicios públicos o la mercantilización de espacios de interacción personal.

Durante todo el siglo pasado se procedió a colonizar un nuevo mundo objeto de transacción: la galaxia psi , el relativamente inexplorado terreno del yo hasta que Freud se constituye en su “descubridor” en 1899 al publicar La interpretación de los sueños. Tras él, pioneros (psicólogos/psiquiatras) y colonizadores (publicistas, pedagogos) trataron de hacerse con un terreno sobre el que se operaba con una única norma de edificabilidad, que podía resumirse en el imperativo de “conócete a ti mismo”. Ocurre que el terreno resultó ser resbaladizo, de difícil construcción, como es el inestable edificio del yo, fallida argamasa de flujo de consciencia, memoria, cuerpo y hábitos consolidados de respuesta (todo ello etiquetado bajo esa falsa promesa de estabilidad que es el constructo de la “personalidad”), que consume cualquier cemento que se vuelque. Una Venecia, siempre necesitada de apuntalarse, siempre a punto de hundirse en el fango del desequilibrio o el sufrimiento.

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Consumimos presente

Por: | 06 de marzo de 2012

El consumo es una celebración del presente. Como las velas de la tarta de cumpleaños, que hay que soplarlas rápido antes de que la cera gotee, todo lo que consumimos está diseñado para ser disfrutado ahora. Ya. Aquí. Envases de apertura fácil, productos modulares preparados para ser ensamblados. Polvos instantáneos. Plug & play. Basta enchufar una clavija, arrastrar un icono para que empiece lo bueno, el espectáculo. No tenemos tiempo que perder, no tenemos paciencia que educar. De hecho, muchas veces, la mejora de una generación a otra de producto es, sencillamente, que ahorra tiempo para empezar a disfrutar. Coches que arrancan siempre a la primera. Televisores que en segundos parpadean con tu programa favorito. Móviles que aprovechan el tiempo que el usuario invierte en escribir el PIN para arrancar.

De hecho, esa es una de las diferencias fundamentales entre lo artificial y lo que no lo es tanto. Sólo la naturaleza se empeña en seguir produciendo envoltorios imposibles, desde las castañas a las ostras. Y sólo la naturaleza se obstina en hacernos usar algún tipo de utensilio, cuchillos, tenazas y navajas, para acceder al objeto de deseo. Diseñado por un ser humano para un ser humano, todo es inmediato. Pero ya tendremos tiempo de cambiarlo, si es que no están ya en ello los ingenieros genéticos.

Pero no sólo lo queremos todo y lo queremos ahora, como decía Jim Morrison. También queremos que el ahora dure para siempre. Leía el otro día que lo que invertimos todos los años para el cuidado del exterior de la cabeza, lociones, champús, perfumes, triplica lo que gastamos para el cuidado del interior. Queremos que el tiempo no pase. Que se mantenga estático. Extático. Queremos que cada experiencia no se sume, una detrás de otra, en esa cadena que llamamos vida. Queremos ser un cadáver joven y guapo. Protésico. La decadencia es de pobres. O de ancianos. (La vejez es otro tipo de pobreza hoy, pero de eso ya hablaré en otra entrada).

Y, como muestra, bien valen dos ejemplos de narrativas (palabro muy consumido ahora, muy actual), dos sagas familiares que han marcado sus tiempos respectivos: una decimonónica; otra presente, cómo no. Una transcurre en el mercado que describió Adam Smith; la otra, en el descrito por von Mises.

En 1901 Thomas Mann publicó Buddenbrooks, su primera novela. La historia de la decadencia de una familia que avanza, generación tras generación, hasta la ruina absoluta después de perseguir, durante años, el fantasma del éxito financiero: la familia desaparece cuando el último miembro muere aquejado de 'consumption' –que es como los angloparlantes llaman ahora al consumo, pero que era como llamaban entonces a la tuberculosis. En 1989 Matt Groening presentó Los Simpsons. La historia atemporal de una familia que ni avanza ni progresa ni falta que le hace. Bart va a al mismo curso desde que empezó la serie. Lisa aún le pega al saxo. Maggie nunca romperá a andar. El cardado de Marge sigue igual de erguido que el primer día. Y la lata de cerveza de Homer parece no tener fin. En la serie, el tiempo no es que no transcurra, es que no existe. De hecho, la única huella del paso del tiempo es la evolución de la técnica de animación: los primeros episodios hoy nos parecen de trazo grueso, bastos.

Los Simpsons viven en un eterno presente. Por eso son los auténticos héroes modernos.

 

(En el próximo capítulo: Sólo hay un problema, los excluídos, los que no consumen, viven fuera del tiempo, no tienen presente)

 

El consumo instantáneo

Por: | 06 de marzo de 2012

Hoy en día todos esperamos un acceso inmediato o casi inmediato al objeto de deseo. Los niños lloran desquiciados cuando no consiguen lo que quieren en horas. Cualquier empleado medio aspira a tener un coche un 40% por encima de sus posibilidades económicas, y el banco le ayuda encantado a conseguirlo. La gente lee un best seller (betseller, suelen decir) de gestión empresarial y se creen capaces de lidiar con una S.L.

Internet ayuda poco. Cuando el médico te diagnostica algo consultas Google y empiezas a opinar como un experto mientras lees cosas terribles relacionadas con tu padecimiento. Antes de viajar consultas todo tipo de información sobre el destino y sientes que llevas meses viviendo en la ciudad a la que te diriges. Lees opiniones sobre restaurantes a los que ningún amigo tuyo va o podría ir, y te sientes con criterio suficiente para poder decidir cuál prefieres.

Vivimos, en definitiva, de un consumo imaginario que queremos materializar al instante. Desde pequeños los niños de esta sociedad de consumo y bienestar se acostumbran a recibir lo que desean, y los adultos a pedírselo al banco. Un consumo imaginario que en la España franquista (¿alguien recuerda qué era eso?) jamas podía ser satisfecho, y que explica el hiperconsumo de los 80 cuando, tras décadas consumiendo en la imaginación, se abrieron por fin las fronteras y toda España pudo lanzarse a por la nevera, el tocadiscos y el coche soñados.

Pero se ha acabado. El banco ya no nos ayuda a cumplir los sueños. La crisis limita el crédito al consumo y obliga a tener lo que se puede pagar, cuándo se tiene el dinero para pagarlo. Con la crisis económica el consumidor va a tener que aceptar que se tarda más en satisfacer un deseo. Si de esta manera consigue darle su valor real, será fantástico.

El País

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