El consumo, la culpa y la movilización (pensando en la Huelga General)

Por: | 13 de marzo de 2012

En 2010, junto a un grupo de investigadores sociales y de mercado, participé en un estudio sobre la percepción de la crisis entre los trabajadores del conocimiento: resumidamente, serían aquellos cuya materia prima de trabajo es la distribución de información: periodistas, diseñadores, profesionales del marketing y la web,...

Simplificando, su narrativa de la crisis venía a ser: "nos encontramos ante una crisis global de origen financiero pero con especificidades españolas (corrupción, burbuja y debilidad del sector productivo), en el que ningún actor despierta confianza (políticos, sindicatos, empresa, Estado, los "propios españoles"). Se ha llevado a cado una transición de crisis finaciera a crisis social, y ante la incapacidad/ineptitud de cualquiera de los actores y el carácter "inmanejable" de la crisis entramos en una actitud de desánimo, asumimos como inevitable el "coste social" de la crisis y únicamente podemos optar por salidas individuales ("mito del emprendedor" o emigración)".

En el discurso de los participantes observamos como una gran losa pesaba sobre cualquier posible proyecto de confrontación colectiva: el fantasma de la culpa. El discurso dominante en torno la crisis, aunque cita la crisis financiera estadounidense como origen "teórico", en la práctica identifica como origen efectivo una pauta previa de consumo desaforada y extendida en el conjunto de la sociedad. La crisis financiera se aleja y el origen de la crisis se atribuye a la suma de actos particualres de consumo. Así, se decían dos de los participantes en el estudio:

(A) “De todas formas, eso que estáis comentando de una burbuja de irrealidad de la que ahora nos estamos despertando, no sé si…. ¿nos hace eso a nosotros responsables de la… de crisis? Porque yo, personalmente, no me veo… [tono muy vacilante]… que yo haya sido responsable de la crisis…”
(B) “¿No te fuiste de viaje en los últimos 4 años? ¿Qué coche tienes?"

De este forma, cualquier acto de consumo, hasta el más normalizado y prácticamente irrenunciable en este contexto, culpabiliza. Al mismo tiempo, esta individualización máxima de de la crisis (si consumes, eres cúlpable), es un "arma de socialización masiva" que culpabiliza a todos y exime a actores específicos (como la banca). Así, los informantes decían:

“La culpa de estas cosas las tenemos todos los actores económicos, los de arriba y los de abajo, los más poderosos y los que menos”
“La culpa la tiene todo el mundo. Es una cuestión de intereses creados”
“Nosotros no somos responsables de que quiebren los bancos, seguramente, pero somos responsables, o sea, padecemos la crisis en mayor medida porque hemos generado parte de nuestra crisis. Hemos vivido en general por encima de…; o no hemos medido”

De esta forma, la posibilidad de abordar una confrontación explícita sobre la "responsabilidad" de la crisis, y sobre todo, quién debe "pagarla", se ve directamente atravesada por el consumo. La simple presencia en la sociedad supone consumir. Consumir ha venido significando para muchos, en los años de la burbuja, crédito. Y tanto crédito como compra significan decisión consciente. Decisión consciente significa responsabilidad. Y responsabilidad significa culpa. Cuando te sientes culpable, resulta difícil confrontar.

La culpa vinculada al consumo nos rodea: el catecismo católico, tan presente en la formulación de discursos sobre la crisis (de forma significativa, el vocabulario sobre la crisis remite permanentemente al universo de la religión punitiva: el castigo, la austeridad,..., ), hablaba de diversos tipos de culpa. Sea por acción o por omisión, por obra o por pensamiento, resulta imposible evitar el pecado. Como consumidores y ciudadanos, habríamos pecado de obra (vivir por encima de nuestras posibilidades), de pensamiento (aunque no siempre se lograba, se ha deseado incluso un consumo aún más intenso); se peca de palabra (mediante al voto a los políticos responsables de la crisis, pues el voto en democracia es la máxima expresión de "habla"); y se peca de omisión (por haber colaborado por dejación - a posteriori se entiende que la burbuja y su posterior estallido era previsible, y como ciudadano se reconoce no haber participado de ninguna opción de mínimo rechazo). Incluso se peca de omisión también por haber dejado de consumir, y paralizar así la economía.

Para abordar un ejercicio de rechazo como supone la Huelga General, el primer ejercicio es sacudirse la culpa: evitar la socialización masiva de la culpa, identificar responsables (banca o funcionarios; inmobiliarias o sindicatos; corruptos o parados sin prestación) y desde ahí definir quién debe pagar los costes sociales de la crisis.

La culpa de omisión tiene otra lectura interesante: somos culpables de consumir, cierto, pero somos culpables por dejarnos hacer. El contexto no es favorable a la movilización colectiva. Sin embargo, y esto es crítico en relación a la narrativa sobre el origen y desarrollo de la crisis, existe un claro juicio ético: los culpables principales de la crisis están saliendo de ella sin verse afectados mientras trasladan los costes al conjunto de la población. Así, nos encontramos con la paradoja de que a pesar de un marco discursivo que frena cualquier impulso de movilización, en los mismos informantes aparece a la vez un cierto sentimiento de culpa en torno a dicha falta de movilización.

(A) “Porque no vamos a tener pensión nadie”
(B) “Porque todo el mundo traga”

“(…) hay una pasividad interiorizada de muchos años (…)”
“(…) No entiendo lo que hacen los políticos, con lo cual entiendo la desidia”
“(…) somos individualistas hasta decir basta”

(A) “Hay una parte de responsabilidad nuestra muy importante. Al final lo que queremos es evitar conflictos y evitar movilizarnos. Porque eso supone conflictos, trabajo, tiempo, esfuerzo... y lo mejor es decir que éste es un corrupto, no sé qué, y me quedo en casa”
(B) “Al final hay un aburguesamiento que te cagas”
(C) “Pero aburguesamiento sin ser burgueses, porque si fuéramos suecos...”
(D) “Hay un aburguesamiento de Burger King”

“Está claro que somos muy cómodos y estamos esperando a que nos lo solucionen y no hacemos nada”

“El efecto neto [de no protestar] es que somos idiotas”

“Yo tengo sentimiento como de excusa. Tomadura de pelo, no sé qué [en relación a la convocatoria del 29S]… pero si todo el mundo es como yo...”

El 15M fue un gran ejercicio de rechazo colectivo de la culpa. Se rechazaron dos sensaciones de culpa: la culpa activa por consumir, la culpa por omisión por dejar hacer (dejar hacer la crisis, dejar hacer que sea el conjunto de la sociedad la que pague las consecuencias de la crisis). La pelea por la hegemonía ideológica entre los de arriba y los de abajo supone la pugna por definir al culpable de la crisis: la culpa, al igual que el consumo, originada por el encadenamiento al consumo, rodea a los de abajo. Si se logra romper esta sensación (que quizás no pase tanto por dejar de consumir, sino por redefinir la experiencia y la conceptualización de la compra y el crédito), el primer paso para enfrentarnos al coste social de la crisis estará dado.

Hay 9 Comentarios

A mi me horrorizan, la gente parece alienada en esos espacios, como si les hubieran puesto un chip y borrado su capacidad de elección, es el lugar ideal para no pensar y dejarse llevar por los colores, los aromas, la música y la diversidad de gente, toda igual. El sitio perfecto para ocupar los ratos libres, para no tener que mantener una conversación con la pareja,la excusa perfecta para no tener que jugar con tus hijos, el plan es ir a pasar allí las tardes de los fines de semana, evitando toda comunicación familiar , la gente ya no sabe entretenerse, se aburren de si mismos y del entorno que han adquirido , seguramente en uno de esos espacios. El Centro Comercial les aporta anonimato y aunque nadie les ve desde fuera, ellos quieren verse entre ellos, así se reconocen por el número de bolsas acarreadas y sobre todo por el logo de la misma.

La lástima es que esa postura de consumidor estupido se la están transmitiendo a sus hijos, no dejandoles más opciones que participar en esa voragine, puedas o no permitirte consumir.........

El espectro de la máquina capitalista nos habita. Si consumimos somos culpables. Si no lo hacemos somos culpables. El cortocircuito tiene un resultado claro: la parálisis social y la aceptación de lo-que-hay.

Gran artículo!!!

A poco que se escarbe en la historia de estos últimos años, se ve la mano de la banca, la mano de los corruptos, la mano de los desreguladores ultraliberales. Manos con nombres y apellidos. Y no son la tuya ni la mía.

No nos salvan ni procesiones ni huelgas, hemos dejado irse de rositas a los ladrones y ya es tarde para recuperar lo robado y restituirlo.

Felipe, te copio aquí lo que ya te dije: Tres comentarios, más corolario que otra cosa, y que van juntos:

1.- Al otro lado de la culpa individual hay alguien: el neoliberalismo y su aparato de consumo que se quieren escapar de rositas, alegando que el sistema de mercado funciona y que esta crisis no es más que un bache pasajero hacia un capitalismo 3.0 verdaderamente emancipador.

2.- Si no eres capaz de vislumbrar ese horizonte luminoso eres un excluido mental. Sólo un mindset adecuado puede liberarte para percibir la utopía mercantil que nos espera.... si no lo tienes, culpa tuya.

La narrativa neoliberal se parece mucho a la de aquellas películas sesenteras en las que un satélite iba a chocar con la tierra y destruirla y sólo unos cuantos elegidos cabían en el cohete de fuga. Sólo que ahora no cabes en el cohete no porque no pertenezcas a la élite, sino porque no estás capacitado para vislumbrar las posibilidades que te ofrece el sistema.

Y 3.- Somos un puto país católico proclive a echarse mierda.

Pero ya te digo que son tres apuntes, pq el post me parece maravilloso.

No nos salvan ni procesiones ni huelgas, hemos dejado irse de rositas a los ladrones y ya es tarde para recuperar lo robado y restituirlo.
La crisis estaba muy bien planeada y ha sido un éxitazo para sus autores. Los politicos solo han seguido sus directrices por dinero. Y ahora tenemos, para siempre lo que nos hemos merecido.

Extender la culpa a la colectividad para encubrir la culpa individual es un procedimiento muy viejo y muy burdo, pero muy efectivo. Sobre todo en tiempos de incertidumbre, de miedo, de falta de herramientas para entender lo que realmente ha pasado. Si todos somos culpables, los culpables de verdad se camuflan: esconden la mano que tiró la piedra, ponen en marcha el ventilador de la mugre y, en medio de la conmoción, se escabullen sin que nadie les pida pagar los platos rotos. Pero es un truco barato. A poco que se escarbe en la historia de estos últimos años, se ve la mano de la banca, la mano de los corruptos, la mano de los desreguladores ultraliberales. Manos con nombres y apellidos. Y no son la tuya ni la mía.

Ya que se ha aludido a la veta religiosa en la reunión a "La culpa vinculada al consumo nos rodea: el catecismo católico, tan presente en la formulación de discursos sobre la crisis........" sic. Convendría puntualizar, lo que el catecismo decia, sobre tener o no tener la culpa, decía...."el sentir no es consentir: el pensar mal no es querer: consentimiento ha de haber junto con el advertir". Asi que si no hubo consentimiento, no hay culpa por más que se haya pensado o sentido maldades contra esto lo otro y lo de más allá. Y la verdad es que si se consintió en adquirir una deuda, tendré culpa por el consentimiento prestado a la adquisión de la misma, pero no tendré la culpa der los que pensaron, sintieron y consistieron en ofrecerme la deuda. Como es claro que no tendré culpa por quedarme sin comer, porque el pan que me vendieron ahora se dice, que era para el panadero.

Una sociedad aburguesada de supermercado de barrio.
Una realidad actual.
El cuello duro y la corbata de colorines, no hace al burgués que maneja la pasta.
Somos una sociedad de apariencias con salarios mileuristas.
Pero la culpa de la crisis es seguro que no la tienen las familias que envían el niño a la guardería, o se van 10 días de vacaciones a la costa, o se hipotecan para comprarse un coche, o la lavadora, ajustando la paga para llegar a fin de mes.
Estos no tienen la culpa de casi nada.
Los precios de la vivienda por las nubes, la precariedad del empleo, la salida de la gente formada al extranjero, los productos tóxicos bancarios, la prevaricación rampante.
De eso no son culpables las familias que intentan sobrevivir con lo que tienen y mantenerse a flote.
Eso es seguro.

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Consumidos

Sobre el blog

El consumo configura nuestro estar en el mundo. Cómo nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás y con el planeta. Analizar nuestra relación con marcas y productos nos ayuda a comprender qué lugar ocupamos en la sociedad de consumo. Y, sobre todo, nos ayuda a no caer anestesiados cuando comience la revolución.

Sobre los autores

Somos un grupo de personas que creemos que el modelo capitalista actual es insostenible, que el consumo es uno de los síntomas de lo que está pasando y que es una de las palancas de cambio.

Alberto Knapp Bjerén, fundador de una consultora de internet, inversor en startups, enemigo del crédito.

Luis Montero. Autor de Artrópodos, Feliz Año Nuevo y Clon. Consultor en Cero23.

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