Consumidos

Sobre el blog

El consumo configura nuestro estar en el mundo. Cómo nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás y con el planeta. Analizar nuestra relación con marcas y productos nos ayuda a comprender qué lugar ocupamos en la sociedad de consumo. Y, sobre todo, nos ayuda a no caer anestesiados cuando comience la revolución.

Sobre los autores

Somos un grupo de personas que creemos que el modelo capitalista actual es insostenible, que el consumo es uno de los síntomas de lo que está pasando y que es una de las palancas de cambio.

Alberto Knapp Bjerén, fundador de una consultora de internet, inversor en startups, enemigo del crédito.

Luis Montero. Autor de Artrópodos, Feliz Año Nuevo y Clon. Consultor en Cero23.

Felipe Romero, psicólogo, investigador de mercados.

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Consumimos presente (4)

Por: | 31 de julio de 2012

El consumo es una celebración del presente. Sí. ¿Pero qué es, exactamente, ese presente que tanto celebramos?

Sin rodeos: 

El presente del consumo es el instante de satisfacción que genera el mercado. 

El presente es el ámbito temporal al que accedemos mediante la inversión en nuestro Capital Humano. Es  el resultado de la inversión que hacemos en nuestro propio rendimiento: en la mejora del medio de producción que somos; en los beneficios obtenidos a través del consumo. Cada nuevo título adquirido en nuestro afán infinito por perfeccionar el inglés, cada mejora en el equipamiento de nuestro coche, cada punto regalado del plan de fidelización de la aerolínea con la que viajamos. 

El presente del consumo es la plusvalía de nuestras inversiones en nosotros mismos como agentes económicos autónomos.

Así de claro. 

Somos los capitalistas del presente.

(En sus dos acepciones).

Así, por primera vez en la historia, el presente, además de ser un hecho ontológico, se convierte en la medida de valor económico. Esa satisfacción que es el presente se convierte en la respuesta, no ya a la pregunta sobre la que se levanta la modernidad, quiénes somos, sino sobre esa otra pregunta sobre la que se alza el mercado: cuánto valemos. Mediante la satisfacción accedemos a un presente, que pasa de ser el ámbito temporal donde se realiza la acción al ámbito temporal donde se realiza la transacción. La trans-acción. El presente, entonces, se transforma desde el ámbito donde el sujeto construye su identidad, en aquel del intercambio y la competencia. 

La satisfacción de ese momento presente, constituido en la medida del valor, se convierte en el criterio de validación. Porque estoy satisfecho, este momento es mi momento. Y desde él me reafirmo. En en mi reafirmación me constituyo en validador de mi mismo, de esas acciones, de esas transacciones que han generado mi satisfacción y, desde la cual, además construyo un criterio de validación para el otro. La satisfacción no sólo cimenta mi subjetividad, sino que filtra mi intersubjetividad, la valida.

El presente aparece, de pronto, como un mecanismo de autojustificación al que se accede por el simple hecho de acudir al mercado. Y, al revés: el presente es la puerta principal del gran Centro Comercial.

Y es que, por primera vez en la historia, ya no es un presente que se consigue: es un presente que se adquiere. 

Que se consume.

La satisfacción ya no es sólo una ontología que nos ancla en lo que somos, es que además se redime en términos mercantiles. 

Accedemos al presente vía contrato.

Y, ese mismo contrato, marca los límites de la satisfacción del presente.

Esa satisfacción se alcanza mediante la transacción y, por tanto, esta regulada por un contrato mercantil, sujeta a leyes mercantiles y susceptible de ser inscrita en un registro, también mercantil. Esto es, la satisfacción no es libre, no puede ser cualquier satisfacción, sino que, otra vez el bucle infinito, tiene que ser paquetizada, para que, metafóricamente, pueda ser expuesta en el lineal correspondiente del gran hipermercado del mundo.

Una satisfacción que sólo es posible por y para las posibilidades de estar en el presente que genera el mercado. O dicho de otra manera, el mercado es el límite de la satisfacción obtenida. Y, por tanto, es el límite del presente.

Crisis y datos, transparencia y decisiones

Por: | 18 de julio de 2012

Los momentos de crisis, por un lado, son dados a demagogias, a soluciones arbitrarias poco elaboradas, y por otro, requieren de toma de decisiones rápidas y ágiles. Para evitar la tentación de lo primero y poder acertar en lo segundo resultan imprescindibles los datos: de calidad, públicos, distribuidos y accesibles.

Estamos viendo referencias increíbles sobre el número de políticos, estamos leyendo aseveraciones sobre las CCAA y sus administraciones que parecen interesadas y poco justificadas, están justificándose decisiones que afectan a la representatividad ciudadana…, y faltan fuentes públicas que nos sitúen: sitúen a los decisores, sitúen a los creadores de opinión, sitúen sobre todo a la ciudadanía. 

Casi desde cualquier perspectiva disponer de datos es un requerimiento básico: ayudan a definir y construir mercados (en un mercado mal medido no se invierte, o se invierte mal), permite a los ciudadanos crearse opinión y controlar a las administraciones, permite a éstas devolver a la ciudadanía conocimiento (datos como servicio a cambio de impuestos: microdatos del CIS, sistemas de información cartográfica) e información sobre su desempeño.

Estamos echando en falta, y más que lo haremos, muchas cosas con la crisis. Habría que haber hecho tantas cosas de forma diferente…., y algunas de ellas tienen que ver con la gestión de la información pública: iniciativas de Open Data desde la Administración, organizaciones públicas y/o privadas de referencia que aporten conocimiento para la toma de decisiones sin verse siempre manchadas por la sospecha de partidismo, ....

El País

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