Cosas que importan

Cosas que importan

No tan deprisa. Las cosas importantes no están solo en los grandes titulares de portada. A veces se esconden en pequeños repliegues de la realidad. En este espacio habrá mucho de búsqueda, de exploración, de reflexión sobre las cosas, pequeñas y grandes, que nos pasan. Y sobre algo que condiciona, cada vez más, la percepción que tenemos de lo que ocurre, la comunicación.

Romper el monopolio masculino

Por: | 12 de marzo de 2015

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Llega de nuevo el 8 de marzo, día Internacional de la Mujer, y de nuevo las estadísticas nos sitúan ante una realidad que no ofrece la más mínima posibilidad de complacencia. La brecha salarial entre hombres y mujeres no solo continúa siendo alta en toda la Unión Europea, sino que en algunos países como España, incluso se ha incrementado en los últimos años. Como ocurre con la desigualdad social, los costes de la crisis también se reparten de forma desigual entre los dos sexos.

Y no es por falta de normativa. Una directiva comunitaria obliga a la igualdad salarial desde 2006 y todos los países tienen normas que prohíben la discriminación salarial. Pero hecha la ley, hecha la trampa. Conforme avanzamos por la senda de la desregulación y el salario se descompone en partes fijas y variables, en complementos, bonos, incentivos y pagos en especie, se multiplican las ocasiones de discriminación. Por esa creciente variabilidad se cuela la más vieja de las leyes de la selva, la del dominio del fuerte sobre el débil.

Las mujeres cobran en España, según el último informe de Eurostat, un 19,3% menos que los hombres por el mismo trabajo, frente al 16,6% de la zona euro. Pero si se tiene en cuenta el conjunto de la vida laboral, la brecha es aún mayor pues, en igualdad de capacitación, ellas ocupan con frecuencia puestos inferiores y permanecen en general más tiempo en la misma categoría. Dicho de otro modo, ellos se promocionan antes y escalan mucho más. Y cuando se jubilan, ellas se van a casa con una pensión un 40% inferior a la de los hombres.

Sociedad del conocimiento

Pese a vivir en la llamada sociedad del conocimiento, en la que se supone que ya no cuenta tanto la fuerza física, la testosterona o la habilidad para guerrear, el predominio masculino sigue fuertemente anclado en todos los procesos, y muy especialmente en las posiciones de decisión.

Pero la brecha salarial es crecientemente injusta en la medida en que las mujeres cobran menos a pesar de llegar al mercado laboral cada vez mejor preparadas y estar incluso, en muchas profesiones, más cualificadas que los hombres. En estos momentos, el 60% de los licenciados en la Unión Europea son mujeres. Y hay ámbitos tan importantes e intensivos en fuerza de trabajo como la sanidad, la enseñanza o la justicia — profesiones que exigen además una larga preparación— en los que no solo las mujeres son mayoría sino que pueden acreditar en conjunto mejores calificaciones académicas que los hombres. Y sin embargo, apenas se ven mujeres en puestos de dirección.

Más de treinta años después de que el feminismo lograra imponer leyes de igualdad, la situación no mejora para las mujeres en la medida que cabía esperar. Y en algunos casos, incluso se retrocede. En muchos ámbitos, están más preparadas y peor pagadas que los hombres, cuando tendrían que cobrar más. ¿Qué más tienen que hacer las mujeres para que definitivamente puedan ocupar el puesto que les corresponde y ser retribuidas de acuerdo a su valía y sus méritos?

Del discurso a la realidad

La política oficial ha asumido el discurso de la igualdad, pero ahora vemos que ese discurso es tan falso como cínico. La vieja política ha demostrado tener una gran capacidad de engaño. Ha logrado hacer creer que asume el imperativo de la igualdad, pero no hace lo necesario para alcanzarla. Habrá que ver si quienes invocan la necesidad de una nueva política son capaces de cambiar también estas premisas. Las políticas basadas en la voluntariedad y la recomendación ya se ha visto lo que dan de sí. Si la voluntariedad no funciona, habrá que probar con la obligación.

En estos momentos se discute en Europa sobre la forma de aumentar la presencia de mujeres en los consejos de administración y puestos directivos de las empresas. Las grandes corporaciones que cotizan en bolsa apenas tienen un 18,6% de directivas. En España, aún menos: el 15,1%. Solo los países que aplican políticas de igualdad desde hace tiempo y con probada convicción, como Finlandia o Noruega, han logrado alcanzar porcentajes del 30% y el 40% respectivamente. Y esa convicción incluye una política de cuotas obligatorias.

La presidenta de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), Elvira Rodríguez, ha dicho que la presencia de las mujeres en los consejos de administración de las empresas ha de ser por carrera y no por ser mujer. ¡Por supuesto! Que no se preocupe la señora Rodríguez por esta cuestión: en un sistema de cuotas obligatorias, la carrera por méritos está asegurada, puesto que hay mujeres de sobra con preparación suficiente para asumir el reto. De hecho, si fuera solo por carrera y cualificación, las mujeres ya serían mayoría en muchos ámbitos. Por ejemplo en los órganos de gobierno de las universidades, de los hospitales, en las altas estructuras de la administración pública, en las cúpulas de los centros de investigación y hasta en las salas de los Tribunales Superiores de Justicia. Pero ella sabe que si no es así, no es por carrera, sino porque son mujeres. De modo que, desmontada la falacia de la falta de preparación, ha llegado la hora de darle la vuelta a la tortilla y acabar de una vez con el monopolio que los hombres ejercen sobre los puestos de decisión, muchos de ellos no porque estén más preparados, sino porque son hombres.

Hay 5 Comentarios

Parece lógico el razonamiento de que los mejores puestos deberían ser para las personas mas preparadas, ya sean mujeres u hombres, pero cuando no es así solo cabe preguntarse a que se debe. Cuando insistentemente se elige a hombres en vez de a mujeres en sectores incluso donde ellas son mayoría hay que preguntarse a que se debe. Cuando hombres absolutamente mediocres ocupan puestos que deberían ser ocupados por mujeres competentes hay que preguntarse a que se debe. Y la respuesta es sencilla: a que los hombres que tienen poder siguen mirando a las mujeres por encima del hombro porque no forman parte de su club de amigos, su presencia les impide contar esos chistes zafios que les parecen tan graciosos y con ellas no se puede ir de caza a matar todos esos animales que sobran en el campo, según su parecer. Lo dicho, no forman parte de su chiringuito, pese a que de vez en cuando no quede mas remedio que incluir a alguna mujer o bien porque es súper lista o porque tampoco se puede dar imagen de arcaico.

La escasa presencia de la mujer en los consejos de administración no demuestra por sí sola que haya discriminación. Para que haya discriminación tendría que demostrarse que la mujer "quiso" entrar en ese consejo y fue vetada por el hecho de ser mujer. Lo importante es el "quiso entrar". Porque hay algunos estudios de sociólogas estadounidenses que demuestran (tras entrevistar a muchas mujeres del mundo empresarial americano) que las mujeres no querían optar a los altos cargos porque estos puestos les quitaban demasiado tiempo, absorbían demasiado y, en consecuencia, consideraban que no merecía la pena postularse a ellos pese al mayor poder y dinero que implicaban. Las mujeres no están discriminadas: sencillamente tienen otras prioridades. Prefieren vivir mejor antes que tener más poder.

Nuestra sociedad nacional somos el conjunto de todas las ciudadanas y ciudadanos que la conformamos, y que nos damos a nosotros mismos los derechos y normas que nos encajan en nuestras necesidades.
Siendo los movimientos lentos, una vez se detectan las necesidades o anomalías.
Sin empezar la casa por el tejado, se irán resolviendo las diferencias como ocurre con los vasos comunicantes desde la sintonía, y no desde el enfrentamiento.
Cuando haga falta una persona especialista ocupará el puesto quien tenga la credencial más idónea.
Pero aun en la práctica lo que ocurre es que partimos de unos cánones venidos de atrás, que no se pueden cambiar de la noche a la mañana, donde la familia era conceptuada de una forma, a la que hay que encontrar solución, para posibilitar que cualquier persona pueda ejercer su profesión sin tener que resolver en su casa la necesidad de cuidar de los niños, si se tienen.
Y ese cambio significa no solo de normas de igualdad, sino que somos las personas las que hemos que evolucionar en nuestro conjunto para aceptarnos en esos roles diferentes, sin perdernos de vista por el camino.
Sin deteriorarnos como entidades familiares más de lo necesario, en un cambio de mentalidad que nos exigirá saltar de los conceptos de machismo y feminismo a los conceptos de igualdad en función de las capacidades.
De la aceptación mutua tal cual.
Y ese cambio aun está por llegar al ciento por ciento en todo nuestro ámbito social. Empezando por la educación en las aulas, y en la calle.
En los medios de comunicación, en el comercio, en la publicidad, en las modas, en el lenguaje, etc. etc.
Seres humanos o personas.
Dejando atrás el concepto diferenciador de hombres o mujeres, que siempre marca diferencias o inferioridades arrastradas de otras épocas.

En algún momento habrá que decir que la estadística que se menciona de Eurostat no se sostiene, es imposible. Cualquier persona que trabaje en empresas con hombres y mujeres sabe que no existen diferencias de salarios entre hombres y mujeres para un mismo puesto. Pueden darse estas situaciones en algunas empresas pequeñas con dueños retrógrados pero no en cifras extrapolables. Yo animaría a señalar empresas donde se de esta discriminación, con esos porcentajes debe ser fácil, yo estaría dispuesto a manifestarme en la puerta.

Ay, que cansancio!

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Sobre el autor

Milagros Pérez Oliva. Me incorporé a la redacción de EL PAÍS en 1982 y como ya hace bastante tiempo de eso, he tenido la oportunidad de hacer de todo: redactora de guardia, reportera todoterreno, periodista especializada en salud y biomedicina, jefe de sección, redactora jefe, editorialista. Durante tres años he sido también Defensora del Lector y desde esa responsabilidad he podido reflexionar sobre la ética y la práctica del oficio. Me encanta escribir entrevistas, reportajes, columnas, informes y ahora también este blog. Gracias por leerme.

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