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Cuatro Gatos

Sobre el blog

Un blog que dará las claves de lo que está sucediendo en la Comunidad de Madrid, haciendo especial hincapié en lo que se debate en la Asamblea regional, en los plenos municipales, en las asociaciones vecinales, culturales, empresariales o sindicales. Aquello que no llega a convertirse en un titular, pero que señala con claridad el rumbo de la región y de sus habitantes.

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, redactor jefe Madrid: , jefa de Madrid; y redactores (Comunidad), (Ayuntamiento), (Sucesos), (Tribunales), (Internet), (Economía), (Educación), (Medioambiente).

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Defíname el color rojo, señor concejal

Por: | 11 de abril de 2013

Lo imposible hay que desearlo, lo improbable hay que trabajárselo, lo fácil hay que conseguirlo, y lo obvio es mejor que nos lo pongan por escrito. Por si acaso. Por ejemplo: busque a su alrededor a alguien vestido con una prenda de color verde, y pregúntele si esa prenda es verde. Obvio, claro. Bien, ahora pregúntele por qué es verde. Lo obvio caerá entonces al abismo insondable de la subjetividad.

Un ejercicio simpático: trate de definir el color verde sin acudir a términos científicos. Trate de explicárselo a un niño de cuatro años. ¡Qué me traigan a un niño de cuatro años! Ahora, adelante, inténtelo. ¿No? Bueno, comodín de la Real Academia de la Lengua: verde es “de color semejante al de la hierba fresca, la esmeralda, el cardenillo, etc.”. ¿Y azul? “Del color del cielo sin nubes”. ¿Y amarillo? “De color semejante al del oro, la flor de la retama, etc.”.

Como ve, no hay nada más difícil de definir que lo obvio. El problema de las palabras es que, además de definir geografías cotidianas y objetos que hace años que dejaron de existir, también tienen que servir para asentar el entramado normativo que permite la convivencia. O lo que lo mismo: para meter a alguien en la cárcel si hace falta. Las leyes, en resumen, deben cubrir la realidad, limitando al máximo sus lagunas. ¿Significa eso que deben estipular lo obvio, como las matemáticas cifran sus axiomas?

El Ayuntamiento de Madrid no lo ve así. Quedó claro el pasado martes, en la séptima reunión para fijar el futuro reglamento del Pleno municipal, dentro del proceso de parlamentarización impulsado por Alberto Ruiz-Gallardón en 2011. El Pleno municipal es un órgano hermafrodita, a caballo entre el poder ejecutivo y el legislativo. Pero ésa es otra historia. El caso es que, el pasado martes, UPyD propuso incluir en el futuro reglamento una cláusula que asegure el acceso de los concejales a todos los edificios e instalaciones del Ayuntamiento de Madrid. Fue rechazada, no por inapropiada sino por obvia.

El Partido Popular, representado por el presidente del Pleno, Ángel Garrido; y los portavoces del Partido Socialista e Izquierda Unida lo consideraron innecesario. ¿A quién se le ocurriría, al fin y al cabo, obstaculizar de un concejal a una instalación municipal?

Al área municipal de Las Artes, Turismo y Deportes, según supimos al día siguiente, cuando dos concejales de UPyD tuvieron que pagar la entrada a una instalación municipal para poder realizar en ella el trabajo para el que han sido elegidos democráticamente en las urnas.

El líder de esta formación, David Ortega, llevaba días analizando documentación relativa a las facturas del Club de Campo Villa de Madrid, una empresa pública de mayoría municipal. Había pedido permiso para ello, siguiendo los cauces administrativos habituales, y se le había concedido. Pero claro, eso fue antes de que el Club de Campo se convirtiera en un campo de minas político a raíz de las informaciones publicadas por EL PAÍS y El Mundo.

Hasta entonces, la institución, que depende del área municipal de Las Artes, no había puesto ninguna pega a Ortega. Ayer, sin embargo, se le impidió el acceso a la documentación... y a la propia instalación. Pese a tener su tarjeta de concejal, tuvo que abonar la entrada como cualquier otro ciudadanos de a pie. Bueno, no como cualquiera: si hubiera sido familiar de algún político, miembros de la alta sociedad o tesorero del PP, podría haber entrado gratis con una tarjeta VIP. Política del Club de Campo.

Ortega, como concejal que es, tiene la prerrogativa de entrar en cualquier edificio municipal, evidentemente no para bañarse en la piscina o ver una ópera, sino para hacer su trabajo: controlar que todo se haga de acuerdo con la legalidad. Ahora bien, esa prerrogativa no viene reflejada en reglamento alguno. ¿Por qué? Porque resulta obvia. O eso parecía hasta ayer.

Al final, Ortega se fue sin ver los documentos, pese al carácter municipal del Club de Campo, y a que sus responsables aseguran que no tienen nada que ocultar. Al igual que el acto de Madrid 2020 que colmó la paciencia de Jaime Lissavetzky ese mismo día, el Club de Campo también es responsabilidad del delegado de Las Artes, Fernando Villalonga.

Ayer, Villalonga aseguró estar “cansado” de la política “baja y superficial” de UPyD. Vamos, que la culpa fue de Ortega por tratar de hacer su trabajo. El próximo día, concejal, si le piden una contraseña del tipo “¿Qué es el color rojo?”, responda: “Encarnado muy vivo”.

Los feos de Botella

Por: | 11 de abril de 2013

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Hablábamos ayer de cómo la oposición municipal quedaba atrapada en muchas ocasiones por las maneras melifluas de Alberto Ruiz-Gallardón. Valdría citar de memoria una frase de Oscar Wilde sobre lo relativamente fácil que resulta disfrazar una larga existencia como genio del mal frente a lo relativamente fácil que es caer en desgracia social por un solo deje de mala educación.

Y quien dice mala educación, dice descortesía parlamentaria. Los grupos municipales agradecen que la rivalidad política discurra por cauces de respeto, tanto personal como ideológico. Ni que decir tiene que en la mayoría de los casos es así, y quizá por ello las disonancias son vistas casi como una excentricidad. En una familia siempre hay un cuñado estridente.

El problema surge cuando es la institución la que, desde su poder omnímodo, descuida las formas. Ejemplos de lo contrario abundan, claro, porque es la regla general. El pleno municipal lo conduce Ángel Garrido con fina ironía y respeto exquisito (su cortesía se extiende incluso a los que protestan desde las gradas en contadas ocasiones).

La comisión de investigación de la tragedia del Madrid Arena la guió con idéntica mano izquierda el concejal Pedro Corral, y a fe que no fue tarea sencilla. ¿A qué viene este rollo patatero? Ayer se constituyó un foro empresarial del que forman parte como fundadoras las diez principales patrocinadoras de la candidatura olímpica madrileña. Es una iniciativa loable desde cualquier punto de vista, sirva finalmente de algo o no, eso el tiempo lo dirá. Y coincide además plenamente con los puntos de encuentro entre la alcaldesa, Ana Botella (PP), y el líder de la oposición, Jaime Lissavetzky.

Y sin embargo, por un error protocolario ridículo, la presentación fue un fracaso político. En el acto nunca estuvo previsto que Lissavetzky interviniera. Estaba invitado como asistente, y podría haberlo hecho, puesto que el apoyo del líder socialista a la candidatura olímpica está siendo firme, leal y fundamental para su éxito. Pero no se le invitó, y él tampoco protestó por ello. Sin embargo, horas antes del acto, el concejal socialista Gabriel Calles propuso a una alto cargo del área municipal de Las Artes, Turismo y Deportes que Lissavetzky hiciera una breve intervención (laudatoria). Se le respondió que, en principio, sí. Pero poco después, cuando el líder socialista ya tenía el discurso preparado, se le respondió que, al final, no. Que la alcaldesa no lo veía conveniente.

Lissavetzky considera que fue “vetado” por Botella. Que ese gesto es “la gota que colma el vaso”. Incluso puso como contraejemplo a Gallardón, “con el que sí había proyectos compartidos con la oposición”. El líder socialista se negó a posar en la foto de familia de empresarios y responsables municipales como convidado de piedra. Lo que, más allá del hecho puntual, es un gesto preocupante porque, lo quiera o no el Ayuntamiento, Lissavetzky seguirá siendo fundamental para la candidatura olímpica al menos hasta septiembre, cuando se conozca el desenlace final.

El ERE del susto o muerte

Por: | 09 de abril de 2013

PeticionImagenCAKYKCOFAunque parezca de locos, Ignacio González recibió con satisfacción la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Madrid relativa al ERE de Telemadrid. Y eso que no era lo que se dice muy favorable para la Comunidad de Madrid. Sus señorías José Ramón Fernández Otero, María Luz García Paredes y María del Carmen Prieto Fernández entienden que el expediente de regulación de empleo que afectó a 861 trabajadores –inicialmente eran 925- de los 1.175 de la cadena no se ajustó a derecho.

El fallo, que es recurrible, conmina al Gobierno regional a readmitir a los despedidos o mejorar notablemente las condiciones de los despedidos, pasando de 20 a 45 días por año trabajado. Una de dos. Susto o muerte. ¿Una taza? Que sean dos. Lo tomas o lo dejas. Y sí, aunque parezca como decíamos una locura equinoccial que ni la de Lope de Aguirre, aquí nos encontramos la razón por la que en la sede del Ejecutivo autonómico estuvieran este martes tan contentos: el sol brillaba en lo alto donde la oposición veía unas nubes negras sobre la Administración del Partido Popular.

El alivio de la Comunidad se debe a que los jueces declararon improcedente, y no nulo, el despido colectivo. La versión más extrema hubiera colocado a González en el peor de los escenarios. Él mismo había dicho que, de declararse nulo, no podría asumirse la reincorporación de los casi mil periodistas y otros empleados despedidos. En definitiva, que Telemadrid estaría condenada a desaparecer. Y dejaría a la Comunidad arrinconada y, esgrime, sin margen de maniobra. Sin embargo, el despido improcedente sí da una salida al Ejecutivo madrileño. Aunque sea una salida dolorosa para el bolsillo. Misterios de la política, la sentencia fue igual de bien recibida en la Puerta del Sol –sede del Gobierno madrileño- y al otro extremo de la calle Preciados, en Callao, donde se encuentra el cuartel general del PSM.

Unas declaraciones la víspera del secretario general de los socialistas madrileños, Tomás Gómez, confiado en un fallo positivo para los trabajadores de la cadena, sembraron la angustia en la Comunidad. Escuchando a Gómez, viendo su seguridad, hubo quien llegó a pensar que la justicia declararía nulo el fallo, lo que hubiera sido una catástrofe para González. “Del susto o muerte, se quedó en el susto”, resumió una voz autorizada. Un susto, eso sí, de bastantes millones de euros... Y que podría mutar en muerte en función de lo que dictamine el Tribunal Supremo (no parece muy probable).

Fotografía: Protestas de trabajadores de Telemadrid frente a la sede del Gobierno regional en la Puerta del Sol. Autor: Juan Carlos Hidalgo (EFE).

Amistades y treguas en el Ayuntamiento de Madrid

Por: | 08 de abril de 2013

En su Diccionario del diablo, Ambrose Bierce definía así la amistad: “Es un barco lo bastante grande como para llevar a dos personas con buen tiempo, pero sólo a una en caso de tormenta”. Bierce era un tipo ingenioso. Tanto es así que sabemos su fecha de nacimiento (el 24 de junio de 1842, según la Wikipedia), pero no cuándo murió: con 71 años de edad, se unió al ejército de Pancho Villa (esto no es una metáfora) y lo siguió hasta la ciudad mexicana de Chihuahua. Desde allí, escribió una carta a un amigo, fechada el 26 de diciembre de 1913, y nunca más se supo de él. Así lo relata la Wikipedia, en un artículo en el que, tras dar todo esto por hecho, pone en duda que escribiera tal carta, que estuviera en México, y que se hubiera unido al ejército de Pancho Villa. Bierce estaría orgulloso.

El Diccionario del diablo define la política como un “conflicto de intereses disfrazados de lucha de principios”. Antaño, ese conflicto de intereses probablemente enfrentaba a partidos políticos. Ahora afecta sobre todo a miembros de una misma formación. Máxime, en Madrid.

En esta Comunidad, los partidos acostumbran a dividirse en familias divididas en sectores divididos en corrientes divididas en grupos divididas en sensibilidades. O viceversa. Hay partidos que, por su razonable número de diputados o concejales, se pueden permitir esa diversidad ideológica. En otros, en cambio, tocan a más sensibilidades, sectores o familias que miembros hay, de forma que algunos tienen que decir una cosa y la contraria según el día.

Quizá por todo esto, los líderes políticos madrileños suelen hacer buenas migas con sus antagonistas. El anterior alcalde y ahora ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, por ejemplo, era bien conocido por sus trifulcas con la entonces presidenta regional. Manuel Jabois lo explicó tan bien como habitúa: “Son los Rasca & Pica del Partido Popular, con Gallardón haciendo de Rasca & Pica, y Esperanza Aguirre haciendo de Bart Simpson”.

Quizá sea menos conocido lo bien que se llevaba Gallardón con todos los líderes de la oposición municipal. No sólo gozaba de mayoría absoluta: además tenía mayoría moral. Con Ana Botella las cosas han cambiado, pero no tanto. A la actual alcaldesa, por ejemplo, le cae en gracia el líder de Izquierda Unida, Ángel Pérez. Se lo pasa pipa escuchándole hablar en los plenos. Y aunque ninguno de los dos quiera hacer mucho hincapié en ello, coinciden muchas más veces de lo que cabría imaginar.

Quizá porque no hay nada que una más que un enemigo común. Tanto Izquierda Unida como el Partido Popular se llevan a caer de un burro con Unión Progreso y Democracia. El sentimiento, por lo demás, es mutuo. El líder de UPyD, David Ortega, profesor universitario, educado y comedido, pierde a veces el oremus cuando se le menta a la bicha. Tanto es así que, en una ocasión en la que Pérez le envió un mensaje de texto preocupándose por su salud (andaba dolorido de la espalda), ni le respondió. Quizá se le pasó.

¿Y Jaime Lissavetzky? El líder socialista bastante enemigo tiene con los suyos. Consciente de que su única posibilidad de alcanzar la alcaldía pasa por camelarse a tirios y troyanos, ha forjado una sólida relación de respeto mutuo y colaboración tanto con Pérez como con Ortega. Otra cosa es que, llegado el momento, logre meterlos en el mismo redil.

Con Botella, Lissavetzky da la sensación de que le gustaría llevarse peor. A veces parece que se esfuerza sin éxito en odiarla. A Botella, en cambio, sí le molesta alguna que otra salida airada del socialista. La alcaldesa, que ya de por sí es de oratoria indisciplinada, pierde los estribos con facilidad ante el líder socialista. A Lissavetzky, en cambio, no le hace falta estar frente a Botella para perderlos, es de natural levantisco.

En cualquier caso, recuerden: hacer un amigo, según Ambrose Bierce, significa “fabricar un ingrato”. Respecto a la amistad, Bierce tenía una definición más corta: “Tregua”.

Jugando a las siete diferencias

Por: | 05 de abril de 2013

PeticionImagenCAGTFWMFEl ring político de la Asamblea de Madrid deja situaciones más propias de una opereta de los Hermanos Marx que de una Cámara donde Gobierno y oposición trabajan en teoría por y para los ciudadanos. El exceso de celo del presidente del hemiciclo, José Ignacio Echeverría (Partido Popular), le metió este jueves en un charco del que salió a duras penas. Para entenderlo, hay que remontarse antes al pleno del 7 de marzo… Y buscar las siete diferencias.

Ese día, el diputado regional socialista Enrique Cascallana, que además es senador, tenía la siguiente pregunta: “¿Qué entiende el Gobierno regional por desarrollo regional en relación al Proyecto Eurovegas?”. En ver de leérsela tal cual al consejero de Economía y Hacienda, Enrique Ossorio, Cascallana ahorró tiempo y optó por “dar por formulada la pregunta”. Echeverría le llamó la atención al instante: “Señor Cascallana, no tiene más importancia ahora, pero sí se lo quiero decir en general a todos. Cuando hagamos preguntas, yo considero que por respeto a la Cámara, a nuestros propios invitados, el planteamiento de que se da por formulada la pregunta no es que no se pueda hacer, pero, por cortesía…”.

La bancada socialista protestó ante lo que consideraba un tirón de orejas gratuito, pero Echeverría siguió imperturbable, con el piloto automático puesto: “Señorías, escúchenme. Cada vez que hablo intentan ustedes, como siempre, interrumpirme. Yo les pido, por favor, que cuando ustedes formulen una pregunta, por cortesía, no solo ante los demás diputados que no tienen las preguntas en su poder sino también ante los propios invitados, se lea, porque es un tema de dos segundos. No quita ningún tiempo que ahogue la intervención”.

“A partir de ahora, todo el mundo tendrá que leer su pregunta”, zanjó, sin dejar intervenir a Cascallana, entre apurado, indignado y azorado por la charla. Cuando pudo hacerlo, recordó a los presentes que en el Senado “se formulan así las preguntas”. Echeverría acabó con el motín avisando a su señoría del PSM que estaba corriendo el tiempo.

El déjà vu se repitió en el pleno de este jueves, pero con mucho más picante. En esta ocasión el intercambio verbal fue entre Echeverría y el parlamentario Juan Van Halen. También del Partido Popular. En su momento también presidente de la Asamblea. Con el extra de que Van Halen fue, antes de fichar por Génova, corresponsal de guerra en Vietnam, Suez y Pakistán. Es decir, que Van Halen tenía una pregunta de Educación para su consejera, Lucía Figar. Lean y comparen:

-Van Halen: “Doy por formulada la pregunta en los términos que figura en el orden del día”.

-Echeverría: “Señor Van Halen, perdone, pero ya dije en un Pleno que iba a exigir que se leyera la pregunta. Por tanto, le ruego que la lea”.

-Van Halen: “Eso no figura en el Reglamento”. (Una manera elegante de demostrar que uno se sabe de qué va la vaina porque, entre otras cosas, ha dirigido la vaina).

-Echeverría: “Sí, pero es una decisión del Presidente”. (Una réplica, en el no tantas veces subliminal lenguaje de la política, de que manda quien manda).

-Van Halen: “¿Qué valoración hace el Gobierno regional de la reciente sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Madrid sobre la orden de la Consejería de Educación que desarrolló los decretos de autonomía de los planes de estudio en educación primaria y secundaria de la Comunidad de Madrid? Como usted [Echeverría] comprenderá, era mejor darla por formulada”.

La oposición, en especial las filas del PSM, aplaudió a Van Halen a rabiar, con populares y socialistas intercambiando guiños de complicidad. Luego, unos y otros volvieron a sus puestos de combate.

 [Fotografía: El entonces consejero de Transportes, José Ignacio Echeverría, durante la inauguración del enlace de la M-503 y M-508 en marzo de 2011. Autor: Luis Sevillano]

¿Me pasas la encuesta?

Por: | 05 de abril de 2013

PeticionImagenCAG8T7FR
No es una, sino dos. De ellas todos hablan, y todos las han visto o les han comentado sus datos, pero nadie las tiene. Son las encuestas: una del Ayuntamiento y otra de la Comunidad. La Cámara de Comercio y una universidad madrileña, esta última a petición de un partido de la oposición, las realizaron, pero están encerradas en cajones bajo llave. Y así llevan desde enero.

"Me las pasas". "No", dice un dirigente del PP en la Comunidad, "aunque yo no tendría problema... Pero van a saber que soy yo. Si la pido y luego aparece en EL PAÍS...", afirma otro dirigente municipal popular. "Sí, es verdad que existe, pero tendría que ser la Ejecutiva la que diese el visto bueno para que la tengáis", explica un responsable de la Cámara. "Anda, pásame la encuesta, si la habéis encargados vosotros...". "No, no hemos sido, pero te cuento lo que dice...", señala un cargo de la oposición. Y así, uno tras otro.

¿Pero qué dicen las encuestas? Que Botella reduce su grupo municipal en cuatro concejales (ahora tiene mayoría por dos), que UPyD se queda con dos de los que pierde el PP, que el PSOE se lleva otro y que IU, el que queda.

¿Y en la Comunidad? El PP regional roza el larguero del 40%, pero no lo toca, el PSOE el 20% y ¿el resto?: pues entre UPyD, IU y otro partido. "¿Equo?, ¿los ecologistas?, ¿la extrema derecha?". "Pues no sé, no me acuerdo. Pero nosotros [el PP] no salimos demasiado mal con la que está cayendo... Y además todavía falta mucho para las elecciones". Unos dos años y muchas encuestas por delante.

 

El País

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