Yoani Sánchez

Sobre los autores

. Una vez me gradué como filóloga, pero el periodismo y la tecnología me han subyugado más que la fonética y la gramática. Vivo en La Habana y fantaseo con que habito una Cuba a punto de cambiar.

De EBE al Festival CLIC

Por: | 20 de junio de 2012

Cuenta twitter jlantunez
Una entrevista a José Luis Antúnez, blogger, diseñador y twittero español.

Desde 2006 organizáis Evento Blog España (EBE) ¿Qué os motiva?

Nos motiva y nos motivó la voluntad de servicio. Contribuir de alguna manera al uso de la web en diferentes sectores de la sociedad.
Otro motivo fundamental fue que no había un congreso de convocatoria nacional que analizara el formato blog y las últimas tendencias web en España. En EE.UU, desde principios de 2000, ya empezaban a hacerse eventos. Y en Europa estaban empezando a surgir. París, en 2005, organizó "Les Blogs" ahora conocido como "Le web" y esa cita fue el detonante para que me decidiera a intentar organizar algo similar en España. 
En marzo de 2006 conocí a Benito Castro (http://twitter.com/benitocastro) y Luis Rull (http//twitter.com/luisrull). Les propuse la idea y nos pusimos a ello intentando diferenciarnos desde el primer momento de los eventos de otros países dándole un ambiente muy relajado, cercano, familiar. En estos dos vídeos se puede ver ese famoso "espíritu EBE" que muchos dicen: http://vimeo.com/6924682http://vimeo.com/15327425

Hace poco estuviste por La Habana ¿Desde el punto de vista tecnológico qué fue lo que más te impresionó… positiva y negativamente?

Me impresionó muy positivamente el hambre por la tecnología que vi en algunas personas y especialmente en algunos universitarios de primer año a los que se le tiene prohibido conectarse hasta segundo año de carrera.
Y lo que más me impacto fue constatar que Cuba es un país desconectado del mundo. El acceso a internet es lentísimo, caro y sólo es posible en algunos hoteles, en las universidades, en los edificios de Gobierno y en las embajadas.
Al menos, los móviles han llegado y a pesar del precio elevado de los SMS es una tecnología que se usa habitualmente.

Si a @jlantunez le cerraran ahora mismo la conexión a Internet de su casa y de su móvil, apenas lo dejaran con un Nokia de pantalla monocromática y un PC Pentium I sin acceso a la gran telaraña mundial. ¿Crees que lograrías seguir twitteando? ¿Bloggeando? ¿Cómo?


Lo que planteas sería una de mis peores pesadillas.  Tristemente es una realidad en muchos países.

Ya sé que has apoyado y colaborado con un Festival sobre tecnología y redes sociales que muy pronto se realizará aquí en Cuba ¿Por qué no nos narras de qué va el evento?

#FestivalCLIC nace de la colaboración de varias iniciativas cubanas como Estado de Sats, Academia Blogger... y EBE para crear en La Habana una cita de referencia que evangelice sobre el uso de la web en la sociedad cubana. http://festivalclic.com - http://twitter.com/festivalclic 
La primera edición de Festival CLIC se celebrará del jueves 21 al sábado 23 de noviembre y cualquier cubano, tenga la ideología que tenga, es bienvenido. Festival CLIC es un evento tecnológico e inclusivo. Hablaremos de nuevas tendencias en la web, impartiremos talleres de blogs, habrá música...

Lo de Robinson Crusoe llevándose su libro más preciado a una Isla ya está muy gastado. ¿Qué objeto tecnológico se llevaría @jlantunez en un viaje sin retorno a Cuba… a esa otra Isla de los desconectados?

Me llevaría un iPad bien cargado de aplicaciones que se pudieran usar sin conexión.

¿Cómo ves ahora mismo en España la situación de los Internautas? ¿Cuáles son los temas más candentes en relación al uso de Internet?

Desde hace 2 años me resulta muy curioso observar cómo los políticos buscan conseguir lo que ellos llaman "el voto de internet" sin saber que no existe. Es como decir "el voto de las personas que caminan por la calle" y es que en España el 60% de los hogares están ya conectados y el 55% tienen un smartphone. 
Si hablamos de temas candentes desde la perspectiva de un ciudadano que se conecta diariamente, la "fiebre" por las aplicaciones móviles es el tema del año. Se han instalado en la vida cotidiana de las personas. La "appeconomy" ha llegado para quedarse y va a generar un gran debate: La internet del navegador vs. la internet de las aplicaciones en entornos cerrados.

Ahora hay una pregunta que está muy en boga, una interrogante que tiene mucho de teoría de la conspiración y que voy a hacerte… por eso de estar al ritmo de los tiempos ¿Quién está detrás de José Luis Antúnez? O mejor dicho ¿Quién está bajo la piel, bajo el nick de Twitter y en lo profundo del blog y de la cuenta de Skype de José Luís Antúnez?

Está una persona que cada 5, 6 años necesita encontrar nuevos retos en los que el diseño y la empatía con el usuario sean los grandes protagonistas: http://jlantunez.com

Un pasaporte, un salvoconducto

Por: | 13 de junio de 2012

Salida
Tiene apenas treinta y dos páginas, una cubierta azul y el escudo de la república grabado en la portada. El pasaporte cubano parece más un salvoconducto que una identificación, con él podemos saltarnos la insularidad pero su tenencia tampoco garantiza que logremos tomar un avión. Vivimos en el único país del mundo donde para adquirir dicho documento de viaje hay que pagar en una moneda diferente a la que se reciben en los salarios. Su costo de “cincuenta y cinco pesos convertibles” significa para un trabajador promedio guardar el sueldo íntegro de tres meses en aras de conseguir ese librito de filigrana y hojas numeradas. Lo que debería ser una credencial que se obtuviera por el sólo hecho de haber nacido en determinada nación, es aquí un privilegio para los que poseen la moneda fuerte, esos billetes de colores que se alcanzan haciendo justo lo contrario de lo que promueve el discurso oficial. Sin embargo, en este principio del siglo XXI ya no es tan inusual encontrar a un cubano con pasaporte, algo extremadamente raro en los años setenta y ochenta. En aquella época sólo unos pocos elegidos podían mostrar una credencial que les permitiera abordar un vuelo y arribar con ella a algún aeropuerto extranjero. Nos volvimos un pueblo inmóvil y los pocos que lograban salir iban en misión oficial o camino al exilio definitivo. Cruzar la barrera del mar se constituyó en un premio para quienes habían escalado en las estructuras de poder; la gran masa de los “no confiables” no podía ni soñar con salir del archipiélago. Afortunadamente eso comenzó a cambiar con la llegada de la década de los noventa. Quizás fue el arribo masivo de turistas que nos contagió con la curiosidad por el afuera o la caída del campo socialista que puso al gobierno ante la evidencia de que ya no podría regalarles “viaje de estímulos” a los más leales. Lo cierto es que por esos años comenzó a destrabarse el mecanismo para salir de la Isla. El acceso creciente a la moneda convertible -ya fuera a través de la remesa, el trabajo por cuenta propia o las labores ilegales- contribuyó también a que pudiéramos iniciar la exploración de otros horizontes. La mayoría de las veces esto se logra gracias a la solidaridad de un amigo o de un pariente radicado en otro país, que sufraga los excesivos costos de un viaje. Si dependiera sólo de nuestro bolsillo, muy pocos lograríamos abordar un vuelo con destino a cualquier lugar. Es cierto que el acto de viajar dejó de ser una prerrogativa de la que sólo disfrutan los elegidos, pero el gobierno mantuvo un filtro ideológico para evitar que los críticos accedieran a tan suculento regalo. Hasta el día de hoy se mantienen fuertes restricciones para la entrada o salida de territorio nacional. Para los que estamos adentro, el cerrojo se llama “permiso de salida” y se otorga teniendo en cuenta considerandos de tipo político. Quienes han emigrado, también deben pasar un proceso similar que culmina con la aceptación o no para que entren como turistas a su propia patria. La decisión final de ambas autorizaciones la tiene una institución militar que se arroga el derecho de no dar explicaciones. De ahí que en las oficinas donde se solicita la llamada “tarjeta blanca” o en los consulados donde nuestros exiliados deben pedir la aprobación de acceso, los dramas humanos se suceden, las arbitrariedades están a la orden del día. Aquellos que emiten opiniones críticas, pertenecen a un grupo de oposición o han osado ejercer el periodismo independiente, rara vez alcanzan un permiso de viaje. Otro sector también muy controlado es el de personas que trabajan en la salud pública, quienes necesitan de una licencia del mismísimo ministro del ramo, para lograr salir. La situación toma tintes muy dramáticos entre esos emigrados que después de décadas de estar viviendo lejos, no se les deja entrar para visitar a su familia o ver a sus hijos ya crecidos. Algunos mueren en la distancia, sin poder siquiera volver a besar la frente de la madre que dejaron atrás o echar una última mirada a la casa donde nacieron. Un partido, una ideología en el poder, se ha atribuido la potestad de regular nuestro flujo migratorio, como si la plataforma insular no fuera hogar, patria, refugio, sino cárcel, reducto, trinchera. Para los afortunados que obtienen su permiso de viaje, viene entonces la segunda etapa del calvario que consiste en llegar a un aeropuerto y mostrar ese pasaporte que muchos miran con sospecha. El alto número de cubanos que cada mes se queda de forma ilegal en cualquier rincón del globo terráqueo, hace que estemos en la lista de los más dudosos a la hora de entregarnos una visa. De ahí que en cuanto consiguen radicarse y nacionalizarse en otro país, mis compatriotas respiran aliviados de poder contar con otro documento de identificación que les devuelva el sentido de pertenencia a algún lugar. Unas breves páginas, una carátula forrada en piel y el escudo de otra nación, pueden hacer la diferencia. Mientras, aquel librito azulado donde dice que nacieron en Cuba queda escondido en la gaveta, a la espera de que algún día sea motivo de orgullo y no de pena.

Cuba en sepia

Por: | 03 de junio de 2012

Ernest_hemingway

 Foto tomada de http://www.floridita-cuba.com/contenido/restaurante_floridita_noticias.htm

La escultura de bronce fundido apoya uno de sus brazos en la barra del bar. Parece que va a pedir otro daiquiri, pero en realidad está observando con sus ojos de metal a todo el que entra y sale de El Floridita. Algunos lanzan los destellos de sus cámaras sobre aquella estatua de Hemingway, tamaño natural, mientras otros lo miran como un ser salido del pasado, de aquella lejana época en que no era nada extraordinario encontrar un norteamericano bebiendo en alguna cantina o caminando por las apretadas calles de La Habana. Tiempos en que noventa millas no parecían una distancia tan grande y la barrera del idioma se saltaba a fuerza de tragos, música, abrazos y bromas.

A pesar de la cercanía geográfica, hoy Cuba es para la gran mayoría de los estadounidenses un territorio desconocido, un región hundida en el misterio. Puede ocurrir incluso que muchos de ellos ni siquiera puedan situar a nuestro país en un mapa, o se imaginen una islita en la que se puede avistar la periferia total de sus costas desde la altura de un cocotero. Algo así como el espacio habitado por Robinson Crusoe, pero en este caso no está ocupado por un solitario hombre sino por 11 millones de personas. En ese inmenso país que nos queda al Norte, todavía hay quienes se creen la historia del heroico David resistiendo los embates de Goliat para implantar el reino de la justicia social. Y otros que nos ven más como un engendro político donde un pueblo robotizado, hundido en la miseria material y moral, amenaza con invadirlos, lo mismo como soldado que como emigrante.

Hace ya medio siglo que los ciudadanos norteamericanos se ven privados del derecho legal de visitar nuestro país. Mientras ellos han tenido que aprenderse los nombres de once mandatarios diferentes que han pasado por la Casa Blanca en cinco décadas, nuestra Plaza de la Revolución apenas ha tenido dos inquilinos con el mismo apellido. En todo ese tiempo la mayor parte de los enemigos de Estados Unidos han evolucionado hasta convertirse en socios comerciales, como Rusia, China o Viet Nam o en aliados de la OTAN como lo han hecho varias naciones de Europa del Este. Se ha dado el caso contrario de ex amigos que se hicieron adversarios, como Irán o Venezuela, sin embargo el nombre de Cuba (junto al de Corea del Norte) permanece en la misma lista.

Así que la imagen que se tiene de los cubanos al otro lado del estrecho de La Florida, se ha ido conformando con mucho de imaginación, otro tanto de recuerdos pasados y con parte de las historias de los exiliados. De ahí que no resulte raro que se nos vea como una de esas postales antiguas de colores sepias, donde se ha congelado para siempre una imagen de mediados del siglo veinte. Un pueblo que todavía se mueve sobre los viejos autos marca Cadillac, Chevrolet y Plymouth que nacieron justamente en fabricas norteamericanas. Una Isla atrapada entre la belleza de su naturaleza y el deterioro de su arquitectura, con barrios que por momentos parecen ubicados en New York o Washington DC, mientras otros recuerdan a Calcuta o a Somalia. Pasear por las amplías avenidas de La Habana actúa como un detonante para la nostalgia de aquellos estadounidenses que superan los sesenta años. Una especie de deja vu, que los hace rescatar recuerdos de su infancia, sensaciones de adolescente. Somos algo así como un museo de principio del siglo XX, pero en el cual los encargados de la “colección” no se han ocupado de cuidar las piezas que se muestran al público; una aglomeración de objetos obsoletos y remendados, que evocan el glamour de lo ya extinto.

Salta a la vista que somos los únicos pobladores de Latinoamérica que no llaman a estos rosados visitantes de camisas floreadas, con el despectivo de gringos. Aquí no, aquí le decimos “yumas” que tiene un tono laudatorio, admirativo, hasta de cierta fascinación. Aunque la propaganda política los trata todo el tiempo de “yanquis”, tal palabrita no ha logrado calar en el lenguaje cotidiano. Y lo mismo ocurre en la otra dirección. Muchos norteamericanos nos ven con el cariño con que se mira al primo más joven y pobre, que todavía tiene mucho que aprender. A veces, con cierta arrogancia, nos hacen preguntas que sólo ellos entienden ¿Por qué no funciona aquí mi Blackberry? ¿Dónde está la máquina para pagar el parking? ¿Se pueden encontrar kleenex en algún lugar? Y cada una de esas interrogantes rezuma una ingenuidad que nos da gracia, que nos hace reír. Quizás de ahí sale parte de esa imagen de que somos un pueblo que siempre sonríe, que después ellos contarán a sus amigos en New Orleans, Arkansas, Texas.

Entre los norteamericanos que han podido pisar esta tierra en las últimas cinco décadas hay también muchas personas excepcionales. Desde académicos o estrellas televisivas, hasta directores de cine de la talla de Spielberg, (¿por qué no viajar a un Parque Jurásico?) y expresidentes como Jimmy Carter, llenos todos de buena voluntad más que de ingenuidad. Otros miles vienen cada año y se atreven a desafiar los controles que impone la propia legalidad de Estados Unidos, usando el viejo truco de viajar a través de un tercer país y aprovechándose de que las autoridades migratorias no estampan un cuño en su pasaporte para que nadie descubra su entrada a este demonizado territorio. Entre esos intrépidos visitantes estuvo Jaime, un muchacho de New York, que no conforme con apasionarse con la literatura cubana, se enamoró perdidamente de una joven trigueña de ojos oblicuos y manos de curandera. Un día, hace más de cinco años alguien le preguntó justamente cómo veía a Cuba. “Mi experiencia es singular –dijo- así que no sirve para hacer generalizaciones. Tengo conciencia de que estoy en esta Isla cuando abro los ojos en la mañana y la primera pregunta que me viene a la mente es ¿Qué voy a comer hoy?”

¿Apáticos o fanáticos?

Por: | 02 de junio de 2012


 Noche de sábado y la calle G, en la parte más céntrica de la ciudad, está atiborrada de jóvenes sentados sobre el césped o apretados en las zonas más oscuras del parque. Exhiben con jactancia todo tipo de tendencias estéticas, existenciales, musicales y hasta de preferencia sexual. Son parte de las tribus urbanas que poco a poco han invadido una Habana donde hace unos años un hombre que llevara un arete ya era conducido de inmediato a la estación de policía. Ahora, da la impresión, que de golpe los cubanos quieren recuperar el tiempo perdido, dejar a atrás esas décadas de grisura militante en las que todos vestíamos prácticamente iguales. Los adolecentes optan por remarcar una individualidad que contrasta con el uso de consignas políticas en las que todavía se enfatiza el “nosotros”, la masa informe del grupo o el pelotón.

La noche de fiesta en la céntrica avenida apenas comienza. Sigue llenándose de figuras estrafalarias y simpáticas. Viene un grupo de supuestos “hombres lobos” con indumentaria oscura y en la otra esquina intercambian saludos varias chicas maquilladas como vampiros. Desde algunos balcones cercanos, la gente mayor los mira y comenta algo que de tan repetido ya aburre “esta juventud está perdida”. Lo dicen porque les parecen grotescos la forma de vestir de algunos, los tatuajes de motivos agresivos y la languidez de aquellos que parecen salidos de un animado de mangas japoneses. Pero sobre todo, los adultos critican la apatía que perciben entre los de menor edad. Los acusan de vivir al margen de la realidad, de estar subidos en la nube de la abulia, de ser capaces de pasar toda la madrugada conversando sobre el último juego de playstation que salió al mercado o escuchando la música de Lady Gaga que llevan grabada en el móvil. Tal pareciera que viven en otro lugar, en una dimensión remota, donde las penurias materiales y la prolongada crisis no logran desviarles la atención; en una cosmogonía propia que se han creado para escapar del aquí y del ahora.

Sin embargo, al evocar aquellos días en que yo tenía la edad de quienes hoy pernoctan en la calle G, caigo en cuenta de que a nosotros nos tocó una etapa demasiado sobria, demasiado vieja. Eran los tiempos de los trabajos voluntarios durante los fines de semana, de las prácticas militares que parecía infinitas y de la aburrida televisión oficial como único medio de distracción. A diferencia de estos jóvenes de hoy, para nosotros salir con el pelo teñido de un color llamativo o llevando un jeans podía ser interpretado como una desviación ideológica. ¡Ni hablar de tener acceso a una revista de comics importados! Toda tendencia a enfatizar la individualidad era rechazada y soñar con historias fantásticas al estilo de Drácula, El señor de los Anillos o Momo, podía ser interpretado como un desequilibrio psiquiátrico o una fascinación por el capitalismo. Diferenciarse era el camino más corto para señalarse como un posible desafecto al sistema. La evasión podía tomarse como un acto opositor y los primeros hippies o rockeros que se atrevieron a caminar por las calles vestidos a su usanza, recibieron el insulto y la represión oficiales. Los camiones de la policía hacían redadas en los puntos de reunión de estas tribus urbanas y el arquetipo del lumpen se personificaba en la televisión nacional como alguien con pantalones muy estrechos, pelo revuelto y gafas de sol.

Se abusó tanto de la uniformidad durante tan largo tiempo, que cuando empezaron a aparecer las nuevas formas de vestir, de vivir y de amar, el rechazo de los más viejos se escuchaba por todas partes. Muchos de ellos no pueden aceptar aún la existencia de estos emos, licántropos, travestis, punks y guerks, justo en esta sociedad que intentaron hacer a partir de unos manuales de marxismo escritos en el siglo XIX. Para los militantes del partido comunista y para los militares, ha sido especialmente difícil aceptar la convivencia con todos estos fenómenos de la modernidad, con el atrevimiento de los más jóvenes y la explosión de accesorios decorativos y marcas corporales que ellos se hacen. Pero lo que más les disgusta es su tendencia a ser apolíticos, ajenos a los vaivenes de la ideología, difíciles de convocar cuando de un acto oficial se trata.

Por eso, cuando veo a estos indolentes chiquillos de ahora siento alivio y alegría. Los prefiero apáticos que fanáticos, pendientes del MP3 que organizándose para ir a combatir en una trinchera. Me hace feliz que se les haya vuelto anacrónico militar en la única organización juvenil permitida por la ley o aplaudir a un líder octogenario que grita en al tribuna. Al verlos, sé que ellos podrán despertar de esa inercia, sacudirse un día la apatía que muestran en este momento. Les será mucho más fácil de lo que resultó para nosotros dejar a un lado el fanatismo, romper con el adoctrinamiento.

El País

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