Carlos Dada

Sobre el autor

Carlos Dada, periodista salvadoreño, es fundador y director de El Faro (www.elfaro.net), un medio reconocido por su independencia y su alta calidad. Dada ha trabajado en prensa, radio y televisión cubriendo noticias en más de 20 países. Es Knight Fellow por la Universidad de Stanford y ha sido galardonado con el LASA Media Award 2010 y el Maria Moors-Cabot de la Universidad de Columbia.

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Don Gato y su pandilla

Por: | 23 de noviembre de 2011

Ahí están. Pardos. Manchados. Sucios y juguetones. Con la cabeza en alto en las afueras del centro psiquiátrico de San Salvador. En un lugar en el que al menos la mitad de la gente camina cabizbaja y triste. Y ni los nota. Son gatos. Muchos gatos. Callejeros diría uno. Son los gatos del psiquiátrico de máxima seguridad. Los que vieron entrar al hombre con la mirada fija que observa desde el otro lado del espejo, con el ceño tenso, con la boca flácida, el cráneo blando y cerebroide, que mató a un sacerdote que lo quiso exorcizar. O a la señora esquizofrénica que mató a su propio hijo y que cree que habla con él por teléfono y todos los días llora y grita que quiere salir para irlo a ver.  Los gatos siempre están ahí. Comen del basurero donde terminan los desperdicios de los enfermos y no se inmutan cuando uno los mira. Ahí están a salvo. 

Las ciudades centroamericanas están llenas de gatos y de perros callejeros. De esos seres sin dueño que deambulan en grupos. La gente los persigue, los apedrea y los insulta por no tener cadenas y de vez en cuando, muy de vez en cuando, la municipalidad los recoge y los sacrifica. Pero esa es la suerte de vivir en países pobres, que el presupuesto para la perrera y gatera no es la prioridad. Que pueden vivir en la calle y perseguir a su antojo carros, agazaparse detrás de un árbol o brincar de tejado en tejado. En San Salvador hay miles de perros y de gatos callejeros. Y en Tegucigalpa, y en San Miguel, y en Granada y en Alajuela y San Pedro Sula y Quezaltenango y Roatán.

En Nueva York, en cambio, no hay perros callejeros. Un perro sin cadena es un condenado a muerte. Encontré un archivo del New York Times de 1908, que consigna que en ese año 150 mil perros callejeros deambulaban por Nueva York. Una fiebre masiva (una histeria colectiva) se desató tras la muerte de William H. Marsh, mordido por un perro rabioso. Los neoyorquinos entraron en shock y la ciudad comenzó la eliminación sistemática de todos los perros sin dueño o sospechosos de hidrofobia. Hoy todos van encadenados y sus amos llevan guantes de plástico para recoger sus heces. A cambio solo tienen que aprender a no ladrar. Y eso es lo que los perros están programados genéticamente para hacer: ladrar. En Nueva York los perros no ladran. Ni siquiera cuando se encuentran en la calle. El que tiene dueño lo tiene a su servicio. El que no tiene dueño está condenado a la inyección letal.  

En México y Centroamérica, mi generación creció con las caricaturas de Hanna Barbera y de Warner Brothers. Había una de gatos que vivían, paradójicamente, en Manhattan. Don Gato y su Pandilla (Top Cat en inglés) contaba la vida de un grupo de gatos callejeros cuyo jefe se las sabía de todas todas para sobrevivir en la ciudad, pero terminaba siempre pasándose de listo. Doblada al español por mexicanos (los mejores del mundo para doblar películas y caricaturas), nos proporcionaron años de entretenimiento viendo a Benito Bodoque, al tartamudo Demóstenes, a Panza y a Cucho el Yucateco pelear con Matute el policía. Todavía, de vez en cuando, en alguna noche de trivia, alguien recuerda a Arabela y a Laszlo Loszla. No sé cómo pasamos tantos años viendo una serie que tuvo apenas 30 episodios, pero fue de esas caricaturas que marcaron a mi generación. Que la vimos y la disfrutamos más que los estadounidenses porque, a diferencia de ellos, nosotros sí teníamos gatos callejeros y muchos hombres vividores con la picardía de esos gatos. A diferencia de ellos, nosotros seguimos teniendo gatos y perros callejeros. Aunque la gente los apedree o los agarre a patadas o desquite con ellos el estrés que provoca vivir en ciudades violentas, hambrientas, desordenadas y atascadas. 

Hace unos días estuve en Estambul. Ahí los perros y gatos mandan en la tierra como los cuervos en el aire o las medusas en el Bósforo. Se sienta uno a comer y se acercan sin miedo, con la actitud de los patrones, y lo miran a uno recordándole que es obligatorio compartir el pan con ellos. Entra uno a una mezquita y se encuentra un gato de lo más tranquilo observando, sobre la alfombra, cómo los creyentes oran hacia Meca o lo turistas miran a los que oran. En la Mezquita Azul, en Aya Sofía, en Camlica y hasta en los botes que sirven de buses acuáticos. Los gatos tienen vía libre para estar donde se les antoje. Y los perros para pasear por toda la ciudad.

Gato

Los habitantes están tan acostumbrados ya a estas colonias de perros y gatos callejeros que hay parques en los que les llevan comida y les construyen refugios contra la lluvia y la nieve.

El Premio Nobel de Literatura Orhan Pamuk, ha escrito sobre los perros de esta ciudad: "Todos se parecen, sus abrigos todos del mismo color para el cual nadie tiene un nombre -un color entre gris y carbón que no es ningún color… Cuando el ejército lleva a cabo un golpe de Estado, es solo una cuestión de tiempo antes de que un general mencione la amenaza de los perros; el Estado y el sistema escolar han lanzado campaña tras campaña para retirar a los perros de la calle, pero ellos siguen vagando libres. Temerarios como son, unidos como han sido en su desafío al Estado…"

Los que yo vi creen haber ganado la batalla y tienen la actitud de aquellos que viven sin peligros. Que saben que nadie les hará daño. Los perros y gatos de Estambul son amos y señores de la ciudad. 

En El Salvador existe una prisión llamada Mariona. Tiene, en teoría, capacidad para albergar a 800 reos. Ahí están encerrados unos cinco mil hombres, a razón de más de treinta por celda. Solo ellos saben cómo han hecho para dormir. Le han puesto extensiones a los tres camarotes, de tal manera que duermen dos en cada colchoneta, más uno colgando en una hamaca hechiza arriba de esos dos. Así en cada nivel del camarote. Abajo, y gracias a las extensiones de las patas, caben dos en el suelo. Es decir, 8 por camarote. Por tres camarotes son 24. Los demás, según van ingresando a la cárcel, se van ubicando en el suelo. El colchón es por derecho de antigüedad o por estatus criminal. A las seis de la tarde comienza el encierro. Del frenesí que se vivía en los patios una hora antes ya no queda nada. Va cayendo la noche y el silencio se comienza a apoderar de la prisión. Apenas interrumpido por gritos desesperados de alguien a quien le cuesta adaptarse a la prisión. En el patio apesta a orines y basura. Los hombres están todos encerrados. Ya no hay nadie afuera. Nadie, salvo una colonia de gatos que deambula por el recinto presumiendo su libertad de movimiento. Son los gatos de Mariona. Son la envidia de los reos.   

Apéndice Cultural: Hoy decidí escribir sobre perros y gatos porque pensé que, en la actual condición de los españoles, con cinco millones de parados y al menos siete millones de deprimidos por el resultado electoral, vendría bien hablar de otra cosa que no sea crisis. Un abrazo. 

 

 

Vuelven los militares

Por: | 09 de noviembre de 2011

Si algo debería mover un proceso electoral es la ilusión. La posibilidad de un resultado, y un ejercicio, que permita a una comunidad incrementar su calidad de vida y su felicidad. La convicción de que el voto sirve para avanzar el bien común, para abrir caminos, para montar espacios que permitan nuevos acuerdos, nuevos diálogos y nuevas ideas. Para que los nobles, para que los grandes, para que los mejores administren lo de todos y decidan hacia dónde guiarán a nuestra comunidad. Para eso debería servir el voto (Y cómo saben en España de estas cosas: de cuando hay y de cuando no hay).

En América Latina, el derecho a votar libremente es muy reciente. Salvo excepciones notables como Costa Rica o México, los demás países tuvieron que atravesar dictaduras caracterizadas, casi todas, por ejércitos que mantenían con la bota y el fusil el control político y social. La democracia significó, pues, el triunfo de los civiles sobre los militares; de las instituciones sobre las autocracias; de la libertad de expresión y de pensamiento sobre la tortura y la muerte.

El domingo pasado, Guatemala eligió a un ex militar para la presidencia. El general Otto Pérez Molina pertenece a la llamada Promoción 73, un grupo de militares activos durante el conflicto armado que dejó más de doscientos mil muertos en ese país, y que registró la eliminación sistemática de comunidades indígenas sospechosas de filias comunistas por el hecho de ser pobres. Pérez Molina fue director de la temible inteligencia militar y, antes, estuvo a cargo de un destacamento en la zona indígena de Nebaj, que no se salvó de las operaciones de "limpieza" que significaron muertos y desaparecidos por puños. 

A su favor hay que decir que se granjeó la enemistad del dictador Efraín Ríos Montt y de un superior suyo considerado como uno de los mayores capos del crimen organizado en Guatemala. A su grupo militar, que se autonombró "El Sindicato", las agencias de seguridad de Estados Unidos (muy activas en Centroamérica en los ochentas) le llamó "los progresistas que crecieron con las manos manchadas de sangre". 

Este espacio es insuficiente para intentar explicar las complejidades de la política guatemalteca que permitan entender por qué han electo a un militar como presidente. Hay que decir que el otro candidato, Manuel Baldizón, es un empresario con mucho menos carisma, vinculado al crimen organizado y cuya prepotencia le ayudó muy poco para ganar votos. A veces uno se pregunta si de verdad eran estos los mejores hombres con los que Guatemala cuenta para gobernar el país. 

En Guatemala los partidos políticos son simplemente vehículos para transportar aspirantes a caudillos y que se mueren y nacen con cada elección. Pérez Molina fundó el Partido Patriota para competir por la presidencia y supo mantener el partido, la presencia en el Congreso y la candidatura como el gran opositor al gobierno de Álvaro Colom. Ganó en segunda vuelta con casi el 55 por ciento de los votos válidos en una elección con participación de poco más de la mitad de los ciudadanos con derecho a hacerlo.   

Guatemala es hoy el país latinoamericano más cerca de convertirse en un Estado fallido. La penetración del narcotráfico y el crimen organizado en las estructuras del Estado, y el control territorial de los carteles de la droga, lo han vuelto ingobernable. Muchos alcaldes están al servicio de los narcos. Muchos fiscales. Muchos policías. Muchos jueces. El presidente Álvaro Colom tuvo que despedir a su jefe de seguridad cuando supo que lo estaba espiando; el mandatario debió haber pensado que, si ni siquiera podía confiar en su jefe de seguridad, pues ya no había mucho más por hacer. 

El general Pérez Molina, que en 2007 perdió las elecciones contra Colom, mantuvo un solo mensaje durante la campaña: Mano dura contra los criminales. Con eso bastó. Ni siquiera necesitó explicar el origen de los fondos de su campaña, una de las más caras en la historia de Guatemala. Pero hoy, ante el fracaso de los gobiernos civiles para garantizar la seguridad pública, un militar fácilmente se vuelve atractivo si promete mano dura, porque la historia de nuestros pueblos demuestra que no tienen reparos de ningún tipo para eliminar a sus enemigos.

La desesperación de las poblaciones sometidas a una constante agresión de pandillas y carteles de la droga, y la incapacidad del sistema político de frenar esta agresión permite el ascenso político de militares como Otto Pérez. En otros países, más uniformados comienzan a asomarse, con el fusil en la mano. Esta vez los enemigos ya no son los comunistas, sino los narcotraficantes y los pandilleros. Esos que han comprado a alcaldes, diputados, empresarios, policías, fiscales y jueces. Esos que actúan, también, con la complicidad de militares. En Guatemala, en Honduras y en El Salvador. "En tiempos de mi general…" Esta es una frase recurrente en el vocabulario de estos países. "En tiempos de mi general ya no quedaría ni un solo pandillero". 

En sus primeras declaraciones a la prensa, Otto Pérez ha dicho que no militarizará Guatemala y que exigirá a Estados Unidos que, siendo el principal consumidor de drogas, ponga tres dólares para combatir el narcotráfico por cada dólar que ponga Guatemala. Pero que ese dinero servirá para profesionalizar a las fuerzas de seguridad. "Aquí no hay ningún regreso al pasado", dijo. "Tengo vocación democrática". Estas palabras son paradójicas cuando las pronuncia un militar. Pero un presidente que no ha comenzado su mandato merece, ciertamente, el beneficio de la duda. El general Otto Pérez comenzará a gobernar Guatemala en enero. Los militares están de vuelta. Por desesperación. No por ilusión. 

El País

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