Fernando Galdoni

Ni vencedores ni vencidos

Por: | 11 de octubre de 2011

Rivera y oribe

Fructuoso Rivera y Manuel Oribe, líderes de los colorados y blancos, los bandos uruguayos enfrentados en la Guerra Grande (1839-1851).

 

En España se escucha con frecuencia en estos días que el conflicto con ETA debe acabar "sin vencedores ni vencidos" y se me ocurrió pensar en la primera vez que leí acerca de esa frase. Me puse a revisar las notas para ese libro que nunca escribí y que he ido recopilando a lo largo del tiempo y ahí estaba: 8 de octubre de 1851, el día en que el general uruguayo Manuel Oribe se rindió ante su par argentino (entrerriano para ser más exactos) Justo José de Urquiza. La llamada "Paz de Octubre", sellada ese día, consagró el lema "ni vencedores ni vencidos" como una amnistía para los dos bandos uruguayos enfrentados: blancos y colorados.

Sobre la trascendencia de ese 8 de octubre, el historiador británico John Lynch escribió: "La liga formada por Brasil, Uruguay y Entre Ríos en mayo de 1851 y a la que más tarde se sumaron Corrientes y Paraguay para derrotar a Juan Manuel de Rosas [caudillo y gobernador de Buenos Aires] logra su primera gran victoria" -Argentine caudillo (SR books)-. También lo hizo el historiador argentino Pacho O'Donell en Juan Manuel de Rosas: el maldito de la historia oficial (Norma Editorial): "Oribe, quien sostuvo una prolongada y secreta entrevista con Urquiza, no ofreció resistencia capitulando el 8 de octubre de 1851, 'desacreditado pero no deshonrado' como él mismo escribirá".

¿Ahora bien, la Guerra Grande, como se la conoce en Uruguay, acabó ese 8 de octubre de hace exactamente 160 años sin "vencedores ni vencidos"?

Uruguay logró por fin su territorio independiente pero quedó devastado tras 12 años de guerra. Perdió su territorio de las Misiones Orientales en manos de Brasil y contrajo fuertes deudas de guerra. Oribe fue durante muchos años denostado por los historiadores de su país hasta que su figura fue reinvindicada por un auténtico caudillo uruguayo del siglo XX, Luis Alberto de Herrera.

Argentina vivió una guerra fratricida. Había argentinos en ambos bandos y el conflicto siguió en tierras porteñas hasta el derrocamiento de Rosas en febrero de 1852, en la batalla de Caseros. Rosas marchó al exilio y murió en Inglaterra. Durante el mandato de Carlos Menem sus restos fueron repatriados y su figura también reinvidicada por los historiadores nacionalistas.

Brasil ganó el territorio de las Misiones Orientales pero perdió para siempre la provincia Cisplatina (Uruguay). Eso sí, aseguró sus fronteras y aplastó el movimiento separatista de Rio Grande do Sul. Unos años antes, el imperio ya había sometido los deseos republicanos de las regiones del norte, la llamada Confederación del Ecuador.

Gran Bretaña y Francia lograron con la independencia uruguaya que las aguas del Río de la Plata fueran internacionales. La libre navegación de los ríos era de vital importancia para el comercio de ambos países. Así, como en muchos otros conflictos, las potencias europeas sacaron provecho de los enfrentamientos entre las facciones locales.

Podría enumerar millones de consecuencias más de la Guerra Grande y de ese 8 de octubre de 1851, pero creo que con esto basta para demostrar que la fecha es una de las más significativas de la historia suramericana y, sobre todo, que eso de que no hay vencedores ni vencidos es puro cuento.

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Sobre el autor

, argentino, nacido en el 68, jefe de la sección Internacional de El País y apasionado lector de historia y literatura iberoamericana.

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