Fernando Galdoni

Llamémosle Indoamérica

Por: | 04 de diciembre de 2011

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La reciente cumbre en Caracas de los jefes de Estado y ministros de Exteriores de 33 países de América Latina y el Caribe para la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), el nuevo foro de integración continental que excluye a EEUU y Canadá (también a las ex metrópolis de España y Portugal), es una buena ocasión para recordar los años que han tenido que pasar para que se recuperara una idea que básicamente enterraron las guerras posteriores a las independencias: la de Triple Alianza (1865-1870) y la del Pacífico (1879-1883), cuyas heridas aun sangran en la región.

Aquellos enfrentamientos entre latinoamericanos allanaron el camino para que los partidarios de la expansión estadounidense encabezados por James Blaine –dos veces secretario de Estado y candidato republicano a la presidencia- buscaran arrebatar a la Gran Bretaña la influencia que ejercía sobre Hispanoamérica desde antes de la emancipación, y proclamaran la doctrina del panamericanismo, que se materializa en la Primera Conferencia Panamericana (Washington, 1889-1990). José Martí fue testigo y cronista de aquella reunión clave para la historia de la región. Le preocupó ver que Blaine defendía la anexión de Cuba por parte de EEUU y el uso de América Latina como una plataforma natural para la expansión industrial estadounidense. Allí, en oposición a la nueva conquista, germina la célebre expresión “Nuestra América” del escritor cubano.

A la cumbre con la EEUU pretendía aumentar su comercio con el resto de América asistieron todos los gobiernos del hemisferio, salvo República Dominicana. El logro más duradero de la conferencia fue la creación de la Oficina Comercial, que tenía la labor de recopilar información económica de los países del hemisferio. Pronto se convirtió en la Oficina de Repúblicas Americanas, para 1910 se la rebautizó Oficina de la Unión Panamericana, en 1948, se transformó en la Organización de los Estados Americanos (OEA).

Y esta a esta OEA es a la que la Celac aspira a reemplazar para desterrar una doctrina Blaine que ha imperado prácticamente un siglo. “A medida que pasen los años, [la Celac] dejará atrás a la vieja y desgastada OEA”, declaró el presidente venezolano Hugo Chávez. La OEA “es un organismo mellado por lo viejo, por el desgaste de los años, muy lejos del espíritu de nuestros pueblos, de la independencia, de la integración de América Latina”, añadió. Prescindir de la OEA es, para muchos latinoamericanos, prescindir de la tutela estadounidense, un ideal que proviene desde los primeros días de las repúblicas independientes iberoamericanas.

A medias del siglo XIX, en plena ebullición de ideas procedentes de todos los rincones ilustrados de América para impulsar la integración, los discursos más encendidos a favor de la unidad comenzaron a incorporar el sentimiento antiestadounidense. La relación de admiración y cierto recelo que Simón Bolívar había mantenido con el poderoso vecino del Norte empiezan a tener tintes de desconfianza y temor al sur del río Bravo y, desde luego, a ser motivo de división en el continente. El escritor y diplomático colombiano José María Torres Caicedo reforzó la visión bolivariana de integración al proponer la creación de un Estado supranacional tendiente a desterrar “la inferioridad que el aislamiento engendra en cada uno de los Estados latinoamericanos”. Su propuesta de confederación perseguía reunir “en un haz único y robusto todas las fuerzas dispersas de América”. Abogó por la conformación de un parlamento y un tribunal superior comunes, además de un ejército para impedir que potencias extranjeras pudieran apropiarse de territorios de la unión. Torres Caicedo también concibió la abolición de los pasaportes locales en favor de la nacionalidad latinoamericana y hasta imaginó un sistema educativo primario homologable.

Para entonces, el chileno Francisco Bilbao, a quien se le atribuye haber sido el primero en utilizar la expresión América Latina durante una conferencia celebrada el 22 de junio de 1856 en París frente a un grupo de exiliados hispanoamericanos, intensifica su campaña para impulsar una Confederación Latinoamericana o de Repúblicas del Sur. “Tenemos que perpetuar nuestra raza americana y latina; que desarrollar la república, desvanecer las pequeñeces nacionales para elevar la gran nación americana… y nada de esto se puede conseguir sin la unión, sin la unidad, sin la asociación”, declaró. Más de un historiador interpreta que Bilbao empleó la expresión América Latina en un contexto antiimperialista puesto que, como muchos de los pensadores hispanoamericanos a mediados del siglo XIX, ya temía al expansionismo continental impulsado desde Washington.

En un extenso ensayo a favor de la unidad continental titulado La Confederación Colombiana (1859), el neogranadino José María Samper rechazó la búsqueda de la identidad hispanoamericana en un simple parentesco racial o por la comunidad de lengua, cultura o religión. “El hecho determinante de las razas es la civilización. Y la civilización colombiana es una, la democrática, fundada en la fusión de todas las viejas razas en la idea del derecho. Tal es la obra que debemos conservar y adelantar, y es para ese fin de unificación que conviene crear la Confederación Colombiana...”. Más tarde, Samper recoge en otro ensayo la idea de las dos Américas y propone utilizar el término de Colombia para designar a todo el territorio al sur de Estados Unidos.

La guerra mexicano-estadounidense (1846-1848), tras la que México pierde la mitad de su territorio, las andanzas del aventurero William Walker en Centroamérica -se autoproclamó presidente de Nicaragua entre 1856 y 1857 y acabó fusilado en Honduras tres años después-, el incidente conocido como de la “tajada de sandía” entre estadounidenses y panameños de 1856, y los intentos por apoderarse de Cuba, avivaron el debate sobre la necesidad de una integración hispanoamericana en contra de la América sajona. 

Justo Arosemena, considerado “el padre de la nacionalidad panameña, pronunció en Bogotá un discurso incendiario en julio de 1856: “Señores: Hace más de veinte años que el Águila del Norte dirige su vuelo hacia las regiones ecuatoriales. No contenta ya con haber pasado sobre una gran parte del territorio mexicano, lanza su atrevida mirada mucho más acá. Cuba y Nicaragua son, al parecer sus presas del momento, para facilitar la usurpación de las comarcas intermedias, y consumar sus vastos planes de conquista un día no muy remoto”.

Recupera Arosemena el concepto bolivariano de “mancomunidad” hispanoamericana y también propone renunciar al nombre de América. “Siga la del Norte desarrollando su civilización, sin atentar a la nuestra. Continúe, si le place, monopolizando el nombre de América hoy común al hemisferio. Nosotros, los hijos del Sur, no le disputaremos una denominación usurpada, que impuso también un usurpador. Preferimos devolver al ilustre genovés la parte de honra y de gloria que se le había arrebatado: nos llamaremos colombianos; y de Panamá al Cabo de Hornos seremos una sola familia, con un solo nombre, un Gobierno común y un designio. Para ello, señores, lo repito, debemos apresurarnos a echar las bases y anudar los vínculos de la Gran confederación colombiana”.

Muchos años después, ya entrado el siglo XX, Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador y líder histórico de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (el hoy Partido Aprista Peruano) acuña para todo ese territorio el nombre de Indoamérica.

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Sobre el autor

, argentino, nacido en el 68, jefe de la sección Internacional de El País y apasionado lector de historia y literatura iberoamericana.

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