Fernando Galdoni

Sobre el autor

, argentino, nacido en el 68, jefe de la sección Internacional de El País y apasionado lector de historia y literatura iberoamericana.

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La deriva de Rafael Correa

Por: | 17 de enero de 2012

Rafael Correa tenía que ganar las elecciones de 2006. La victoria de su adversario entonces, el magnate bananero Álvaro Noboa, hubiera supuesto la continuidad de un modelo que había llevado a Ecuador a cambiar ocho presidentes en 10 años. Mientras Noboa vivía aislado en su réplica de la Casa

Blanca dentro de una urbanización cerrada de Guayaquil, Correa vivía pegado a la realidad del país y tejía desde Quito la red de apoyo popular que en buena parte aun le apoya.

Los colegas de Correa en la Universidad San Francisco de la capital hablaban bien de él. Todos coincidían en que era un hombre honesto aunque también arrogante. Algunos, los menos, lo acusaban de insolente y resentido. Correa sabe muy bien lo que abrirse paso en una sociedad tan clasista como la ecuatoriana. Él es hijo de la clase media guayaquileña y fue gracias a las becas que logró cursar y profundizar sus estudios de Economía en su país, en Bélgica y en EEUU. Sabe también lo que es tener un padre en una cárcel de EEUU por narcotráfico, un flagelo demasiado corriente en la zona andina.

Alianza País, el movimiento encabezado por Correa, sembró mucha ilusión en ese Ecuador de 2006. Prometía borrar las antiguas diferencias geográficas (sierra y costa) y culturales (blancos, mestizos e indígenas) y construir una sociedad más justa. Correa hizo que muchos redescubrieran Huasipungo, la novela de Jorge Icaza de lectura obligada para cualquier latinoamericano, y sembró en la comunidad indígena la esperanza de que sus reivindicaciones iban por fin a ser tenidas en cuenta. El presidente ha dado muchas ayudas a los menos favorecidos, pero solo con las dádivas del Estado no se construye una sociedad más igualitaria.

En los primeros tiempos de mandato Correa estuvo acompañado por personas consideradas muy capaces por seguidores y detractores. Estaban Alberto Acosta, Fader Falconí, Fernando Bustamante, y otros moderados que probablemente acabaron distanciándose de Correa a medida que éste iba radicalizando su populismo. Y es que la comprensible necesidad del presidente de refundar la sociedad ecuatoriana acabó en una guerra sin cuartel contra los ricos y, en general, contra cualquier detractor de las políticas oficiales. El presidente está en pie de guerra contra la prensa ecuatoriana y parece dispuesto a todo para hundir a los medios críticos con su gestión.

Ahora también muchos de los sectores sociales con menos recursos en los que Correa se apoyó están a la greña con el gobierno. Son los que Correa tildó durante un discurso en Caracas de "izquierda infantil" porque, por ejemplo, son capaces de oponerse a futuros emprendimientos mineros o hidroeléctricos para defender sus intereses territoriales o sectoriales, algo que él mismo alentó cuando aun no detentaba el poder. La urgencia por dar la espalda a Washington y a los organismos financieros internacionales también ha llevado a Correa a buscar alianzas con China y con Irán, dos países con los que un profundo cristiano como él tiene poco que compartir a la hora de hablar de derechos humanos.

Correa se ha vuelto con los años especialmente sensibles a las conspiraciones, provengan de la policía, de EEUU, de Colombia, de los empresarios, banqueros o de la Iglesia. Da igual, solo él es un verdadero ecuatoriano y solo él puede transformar a Ecuador. Es una pena creer que aquellos profesores de la Universidad de San Francisco de Quito que enfatizaban la soberbia de Correa por encima de sus otras cualidades tenían razón. Y es más triste aun pensar que ese país tan maravilloso que es Ecuador, que merecía un líder lúcido para dar un vuelco a su injusta historia, solo haya ganado un prepotente mesías.

El País

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