Fernando Galdoni

Homenaje al Ferrocarril Oeste

Por: | 06 de marzo de 2012

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al vez por solo por los ratos muertos en la somnolienta estación de Gowland, o por el poderío industrial que inspiran los talleres de Mechita, o simplemente por las horas de imaginación echadas al son del traqueteo de esos trenes que atraviesan el paisaje infinito de la llanura bonaerense; el viejo Ferrocarril Oeste (rebautizado Domingo F. Sarmiento tras la nacionalización de 1947) merece un destino mucho mejor que el de ser asociado a tragedias como la que acabó con la vida de 51 personas en la estación de Once el miércoles 22 de febrero. O mejor dicho, no merece ser un sitio tan privilegiado en el deterioro social y político argentino.

Porque aparte de las numerosas víctimas y de que todo apunta a que jamás habrá un culpable y si lo hay será uno que pasaba por ahí, el hecho de que se tardaran 40 horas en recuperar un cadáver en un convoy de seis vagones es indignante y deprimente. Recuerda un poco al caso Pomar, donde se tardaron 24 días en hallar un coche accidentado (y los cadáveres de los cuatro miembros de la familia) a la vera de una carretera en la provincia más poblada y con más recursos del país: Buenos Aires. En televisión, un periodista le preguntó al jefe de la policía por qué habían tardado tanto y éste respondió. "Buscábamos un coche rojo, no uno dado vuelta". Otro reportero increpó al secretario de seguridad de la provincia sobre la mala señalización del camino y el funcionario respondió: "No lo se, yo nunca paso por acá". ¿Puede haber un mayor ejercicio de dejadez y desfachatez? Difícil pensar que si.

El Ferrocarril del Oeste, volviendo a la historia, fue el primero de Argentina, un país que llegó a tener una de las más extensas redes del mundo y la mayor de América Latina y que aun hoy, pese a todo, sigue siendo de las más importantes. Inaugurado en 1857, el Ferrocarril Oeste fue originalmente un emprendimiento argentino que más tarde pasó a manos británicas como el resto de los diferentes trazados; hasta la nacionalización del sector en 1947 por parte del Gobierno de Perón. A partir de entonces se rebautizó como Ferrocarril Sarmiento. Los seis grandes ramales nacionales llevan el nombre de un prócer cuya vida ha transcurrido por los lugares por donde pasa el tren y, lo más curioso, es que fueron del bando liberal, el contrario al bando nacionalista en el que se suscribe el peronismo. Esto podría responder a la ironía fina de Perón o bien a un acto de grandeza de un líder que reconoce los méritos de otros aun sin compartir su ideología.

La presidenta Cristina Fernández remontó el deterioro del ferrocarril a los años del gobierno del presidente Arturo Frondizi a principios de los 60. Es verdad que con el Plan Larkin, impuesto por el Banco Mundial, se cerraron muchos ramales y re redujo el número de vías. Pero la huelga de 1961, de más de 40 días de duración -siempre recordada en los fogones ferroviarios- frenó aquel plan. La verdadera destrucción del mejor ferrocarril latinoamericano empezó con la última dictadura militar y el gobierno de Carlos Menem le dio la estocada fatal a mediados de los 90. Pero cuidado, si el deterioro empezó hace 15 años, más de mitad corresponden a la era kirchnerista. Así que es cierto que el deterioro empezó en los sesenta, se agudizó en los ochenta y noventa, pero siguió acentuándose desde que los Kirchner tomaron el poder en mayo de 2003, en uno de los periodos de mayor bonanza economíca del país en cien años. Sí hubo dinero para nacionalizar Aerolíneas Argentinas y ponerla en manos de La Cámpora, pero no para invertir en los ferrocarriles, clave en la vertebración territorial argentina desde su constitución como país.

Pobre Ferrocarril Oeste, que hasta dio nombre a uno de los clubes de fútbol otrora más importantes de Buenos Aires, y que cada día acarrea apiñados en sus vagones a miles y miles de personas que solo quieren trabajar para subsistir -los muchos- o tener una vida mejor -los menos-. Pena por la Unión Ferroviaria o La Fraternidad, antaño dos de los sindicatos más fuertes de Argentina, que se descamisaron para salvar el pellejo del general Perón y que encontraron en dos gobiernos de herederos peronistas el final de su historia.

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Sobre el autor

, argentino, nacido en el 68, jefe de la sección Internacional de El País y apasionado lector de historia y literatura iberoamericana.

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