En el nuevo proyecto de Tuñón y Mansilla

Por: | 25 de mayo de 2010


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La Casa Grande de Cáceres es ahora más grande. El antiguo caserón de la calle Pizarro se inaugura la semana que viene convertido ya en la Fundación Helga de Alvear, un museo inesperado en medio de la sobriedad de la ciudad antigua cacereña.

Con una colección de más de 2.500 obras que retratan el arte de las cuatro últimas décadas, la reforma de la primitiva facultad de informática dotará a esta primera fase del museo de 3.500m2, “suficientes para exponer una antología de 116 piezas que resume la colección”, explica José María Viñuela, autor de la selección que compone Márgenes de silencio, la muestra con la que se inaugura el centro. Así, cuando dentro de tres años se concluya el museo de nueva planta anexo que también han diseñado Emilio Tuñón y Luis M. Mansilla, la ciudad habrá ganado además un nuevo enlace peatonal entre dos calles de distinta cota (20 metros de diferencia) y la galería remodelada que ahora se abre se convertirá en las oficinas de la Fundación.
¿Cómo se transforma un palacete con cien años de solera en un museo contemporáneo y temporal? ¿Cómo hacer que las grandes salas que precisa el arte actual convivan con las dimensiones de un viejo caserón en una calle estrecha? ¿Cómo anunciar la llegada de una importante colección a la ciudad? Tuñón y Mansilla han optado por hacerlo con sobriedad cacereña y rigor moderno. Y a ese orden y a esa contención le han añadido tacto.
Limpiar la cara y cambiar las tripas. En el interior, radicalmente reordenado en tres plantas que giran en torno a un patio cubierto, el ambiente es nórdico. Los materiales y la precisión de la obra, escandinavos. Lamas de madera pintadas de blanco forran el acceso acogiendo al visitante. Luego lo sueltan al vacío blanco, el espacio de soledad que precisa el arte contemporáneo, pensado directamente para los museos y no para la escala doméstica. Ya dentro, las escaleras de acero pintadas de blanco hacen que las comunicaciones verticales floten. Los suelos de roble y hormigón pulido y los peldaños de granito hablan de los usuarios, del arte y del lugar, respectivamente.
En el interior inmaculado, el patio ilumina y unifica los antiguos desniveles de la casa y una envoltura de pladur engulle todas las instalaciones. Las decisiones racionales y la voluntad de ordenar el espacio conviven con el propósito de humanizarlo con recursos como la conversión de los alféizares de las ventanas en bancos y miradores.
Más allá del orden y el cuidado, el resto es un ejercicio entre la limpieza y la prestidigitación que busca integrar en la arquitectura todo lo que normalmente interrumpe la percepción y el paso. El esforzado trabajo por ocultar luminarias y el ejército de mecanismos de seguridad y mantenimiento (de extintores en las salas a secadores en los baños) habla de unos arquitectos con ideas capaces de velar por cada centímetro de su obra transmitiendo más rigor y limpieza que fundamentalismo. Como en todos los trabajos de estos proyectistas, Dios está en los detalles, pero no busca predicarlos.
En una semana, Cáceres tendrá una de las colecciones de arte contemporáneo mejor dotadas de España. Paseando por la calle Pizarro, nadie reparará en el cambio. Además, dentro de unos meses, en otoño, cuando se inaugure en la cercana plaza de San Mateo el hotel del mismo nombre, un relais château de los dueños del restaurante Atrio obra también de Tuñón y Mansilla, el nuevo inmueble mejorará –lo hace ya- el conjunto renacentista. Las carpinterías de las ventanas de las 14 habitaciones con vistas trazadas por topógrafos ya invitan al tacto. Su asimetría habla de un edificio pensado desde dentro, para sus usuarios, que se relaciona con la ciudad con el orden desordenado que imprimen en los inmuebles los cambios y el paso del tiempo.
¿Puede un edificio actual asentarse en un denso enclave monumental y mejorarlo? El hotel no está listo. Pero la celosía blanca que enmarca el patio que proporciona luz a todas las estancias -incluidos los maravillosos pasillos y sótanos del hotel- ya asoma. Y la fachada habla sin levantar la voz. Cáceres ha cambiado un pastiche que se había asimilado a la plaza por una obra fuera del tiempo convertida sutilmente en contexto de la iglesia. Si visitan la Fundación Helga de Alvear, no dejen de remontar la calle Ancha –sólo de nombre- hasta San Mateo. La emoción del chef Toño Pérez, copropietario de Atrio y, con José Polo, dueño del futuro hotel, revela todos los viajes que la arquitectura puede invitar a hacer. La calidez y la luminosidad de su nuevo local contrastan con el barroquismo del restaurante que los llevó a figurar entre los mejores del mundo. Cambiar cuando se está arriba habla de ambición vital. La compleja manera de simplificar un proyecto difícil habla, de nuevo, del tacto y la visión de Tuñón y Mansilla.

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Hay 2 Comentarios

a mí lo que me gusta es el folio arrugado que cita el texto "no tocar", junto a la pieza de jenny holzer.

que buenoas las fotos!

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Del tirador a la ciudad

Sobre el blog

Del tirador a la ciudad. Ése era para Mies van der Rohe el ámbito de su oficio. La arquitectura, como la sanidad o la educación, nos afecta a todos. Puede también fascinarnos. Como todo informador, me valdré de lo que creo saber. Trataré de no enmascarar lo que ignoro.

Sobre el autor

Anatxu Zabalbeascoa

La periodista e historiadora escribe sobre todas las escalas de la arquitectura y el diseño en El País y en libros como The New Spanish Architecture, Las casas del siglo, Minimalismos o Vidas construidas, biografías de arquitectos.

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