Arquitectura y verano 4: Arquitectos-mirlo y arquitectos-ruiseñor

Por: | 31 de agosto de 2010

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THE HEPWORTH EN WAKEFIELD DE DAVID CHIPPERFIELD


Con su pico amarillo y su larga cola, el mirlo canta con voz pastosa “de una manera levemente ácida y en otros momentos dulcísima”. Explica Josep Pla que es uno de los pájaros que llevan el exhibicionismo hasta la desaparición. Su presencia fugitiva es su coquetería. Juega a esconderse y a exhibirse. Sus plumas son oscuras, pero es un pájaro burlón. Su canto es sorprendente. Cuando inicia un trino, las primeras frases causan una impresión de seriedad auténtica: parecen un reflejo de sentimientos musicales graves, elevados incluso ligeramente severos. Pero, de repente, el canto adquiere otro aspecto. Aparece una frase musical aberrante, descoyuntada. Sus primeras frases se habían producido en un sentido ascendente. Pero en lugar de rematar la elevación, todo queda destruido. Y aparece el pájaro burlón, cínico. Lo hacen siempre. No pueden evitarlo.

Contaba Josep Pla que el canto del mirlo no es susceptible de ningún progreso. Que los mirlos son como la vida: “En el momento de dar el do de pecho sublime resulta que se deshinchan y hacen el ridículo. Los mirlos nos enseñan a tener de la providencia una idea modesta.

El ruiseñor es el antimirlo. “Su destino es tomarse las cosas en serio. No es exhibicionista. Es casi invisible. No tiene vistosidad ni coquetería. Sus dimensiones son pequeñas, sus colores apenas se recuerdan. Pero el ruiseñor no falla nunca en los crescendos. Remata siempre sus frases con una elevación y una temperatura perfectas. Es un pájaro tan severo, de una educación tan rígida, que estoy seguro de que preferiría romper su garganta y morirse antes que le fallase la figura musical que elabora”, escribe Pla observando en Oxford a los mirlos un amanecer y añorando a los ruiseñores de su pueblo. Para entonces una ya se ha puesto a pensar en una ornitología de la arquitectura que, más allá de distinguir entre dandies y hacendosos, podría diferenciar entre cartesianos y artistas.

Lo vemos todo el tiempo. El cartesiano es un arquitecto que halla seguridad en los números exactos, redondos. Precisa que las cuentas le cuadren. Se mueve cómodo entre las referencias de su biblioteca, pero es la simetría la que le proporciona paz de espíritu. Para él los ángulos rectos son la medida de un trabajo bien hecho. El arquitecto cartesiano ha entendido que la modernidad es desnudar y simplificar y a esa ascesis dedica todos sus esfuerzos. No es que no le interesen las curvas, los colores, las emociones, los espacios inesperados u otros materiales más allá de los nobles, es que decidió excluirlos de su campo de actuación por miedo a perderse sin asideros. Lo último que haría sería saltarse sus propias normas. Como en todos los fundamentalismos, sabe que en el límite está su fuerza. Y hace lo mismo con su vida. Viste siempre de negro para no meter nunca la pata. Pero en realidad, se encierra en ese uniforme para tener un problema menos. El asunto es más evitar las dudas que afrontarlas. Y lo mismo hace con sus edificios. Evita estridencias. También tentaciones.  Naturalmente, cuando uno de estos arquitectos se lanza a inclinar un pilar el peligro de resultar tímido, inocente o cómico crece. De la misma manera que sobre un mantel blanco brilla más una mancha de vino que sobre un mantel estampado. Así, el arquitecto cartesiano se lo piensa mucho antes de lanzarse a caminar sin muletas. No basta abrocharse el cinturón de seguridad para conducir bien. Pero ellos viven dedicados al cumplimiento estricto de todas las normas. Con todo, hay cartesianos, como David Chipperfield, que de repente se sienten con ánimos de saltarse sus propias normas. El británico lo ha hecho en el museo Hepworth que ha concluido en Wakefield (Reino Unido). Y el resultado proporciona la triple alegría de haber intentado hacer algo, de haber sabido cuándo intentarlo y, finalmente, de haberlo logrado. Aunque el logro es subjetivo y ante esa duda, un cartesiano amante de certezas se pierda.

El arquitecto artista es otra cosa. No le interesan las certezas. Y no es que las ensaye, las fuerce o las planifique, simplemente es que no puede evitar la atracción de las dudas y la afinidad de las mezclas. Tal vez más guiado por las emociones o las impresiones que por los cálculos, el artista ve donde otros no perciben nada. Pero no es un mero observador.  Sabe digerir las impresiones. Es la digestión lo que lo hace artista. Visitando edificios, como Pla observaba a los mirlos, uno llega a pensar que, incluso en arquitectura, la genialidad es algo genético. Sólo se refina la puntería. Pero no se puede obtener por muchas normas que uno se autoimponga. Alvar Aalto fue un artista. Arne Jacobsen, un sobresaliente cartesiano. Un tipo tan responsable que ensayó ser otro con el diseño, no con los edificios.

El arquitecto artista sabe rectificar. No es esclavo de un estilo, pero sí de su propia necesidad de dar rodeos, de no conformarse. Ese imperativo que le mueve a idear  no forma parte de su voluntad. Está dentro de él. Tampoco lo puede evitar. No se apoya en muletas ni en estilos ni en lecciones aprendidas. Tiene la mente abierta. O completamente cerrada a lo que no sea hacer lo que considera que debe hacer. Pero no da explicaciones. No es una lección la que le ha llevado a ser como es. Son sus vísceras tanto como su cerebro, y la reacción de éstas ante todo lo que es capaz de asimilar. Así, el artista no busca teorías que expliquen sus ideas. Si acaso, las explica en simple, como si se las contara a su madre. Es en su madre en quien piensa cuando trabaja. En realidad, cuando idea un edificio lo que busca es averiguar algo. Ponerse a prueba. No se trata de demostrarse nada a sí mismo. Ni a nadie. Se trata de comprobar una intuición. En realidad, el artista tiene alma de científico. El cartesiano está más cerca de un notario. El primero adora partir de cero. El segundo vive cómodo entre los límites de una disciplina autoimpuesta. Llama orden a lo que podría ser rutina. Responsabilidad a lo que podría ser conservadurismo. Pero es un tipo realista y sabe que artistas hay muy pocos. Y ambiciosos (cegados por esa ambición) muchos más. Qué destino complicado tener que atreverse sin poder ser osado.

No hace falta ser ornitólogo para reparar en el comportamiento de los pájaros. También puede uno dedicarse a observar en un campo de futbol. En el pasado mundial Carles Puyol, tras cabecear el gol que haría pasar a España a la final ante la portería alemana explicó que, en la final, ante Holanda, él seguiría dándolo todo.
-“Siempre lo hago. No tengo el talento de alguno de mis compañeros. Lo mío es salir al campo y entregarme”.

Los cartesianos, cuando cumplen con sus propios objetivos de una manera severa e iluminada, pueden llegar a ser artistas. Mies van der Rohe es el cartesiano artista. El problema, como con los pájaros (imagino), se da cuando uno no sabe bien lo que es. Ni siquiera lo que quiere llegar a ser. Y sin saber ya quiere ser.  El mirlo y el ruiseñor quizás sean pájaros que se complementan –continúa Pla-. En el mundo tiene que haber de todo, al parecer.

Hay 10 Comentarios

..Eres una verguenza para la profesión...¡ah no calla! que es que no eres arquitecta. Pero no importa, como buen periodista, has abierto tanto tus campos de conocimiento sobre los que informar que no quedaba otra que ser especialista de todo...me retracto...eres un orgullo para el periodismo.

Chica, no sé, me parece muy poco asequible este texto....Igual se podría hacer inteligible a base de reducirlo un 20% alardear menos, no sé.
A veces me parece que los críticos de arquitectura pierden el norte....

Este articulo no es muy bueno.

Anatxu, Anatxu... Que el tren en el que montaste ahora no tiene paradas? Tu sigue defendiendo lo indefendible, que es condición de burros, ya que te da por la vida animal, tirar para adelante sin poder mirar a los lados.

Cuando para hablar de la variedad y la complejidad de la arquitectura hacen falta tantas líneas y recurrir a ejercicios de escritura tan rebuscados, es que algo falla.

Si llego a saber que vestir de negro me convierte en un "mirlo cartesiano", me hubiese puesto unos pantalones de pitillo y una camiseta amarilla y algunas cadenas, a lo mejor así parezco más "artista canario" (urbano), pero mi tejido adiposo hubiese aflorado inexcusablemente y mi "imagen" cartesiana, resentida. Un texto más, frívolo y carente de sentido alguno. Y sí, amiga mía, yo no opino acerca de si un médico es "artista o cartesiano", no tengo autoridad alguna para ello.

Y YO QUE PENSABA QUE ERA UN "PRIUS" CON TECNOLOGIA "HSD".

Un texto pretencioso y estereotipado. Vacío de contenido. Sin duda no entiende la arquitectura de Aalto, porque encasillarlo como "el artista", es como poco, muy limitado... Esa supuesta dualidad existente entre arquitectos "cartesianos" y "artistas" me hace reir. Y fomentar esas ideas me parece infantil.
http://archmaps.blogspot.com/

El eterno problema de la divulgación de la arquitectura, estos textos inexplicables y sin sentido que te obligan con su pedantería a no querer leer nada de arquitectura.

Tanta verborrea, símil ornitológico y referencias culturales para decir algo tan sencillo como que Mies y Le Corbusier, en sus diferencias, y precisamente por ellas, fueron dos genios. Pero mucho más lo fue Aalto porque no tenía ataduras para hacer de una u otra forma

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Del tirador a la ciudad

Sobre el blog

Del tirador a la ciudad. Ése era para Mies van der Rohe el ámbito de su oficio. La arquitectura, como la sanidad o la educación, nos afecta a todos. Puede también fascinarnos. Como todo informador, me valdré de lo que creo saber. Trataré de no enmascarar lo que ignoro.

Sobre el autor

Anatxu Zabalbeascoa

La periodista e historiadora escribe sobre todas las escalas de la arquitectura y el diseño en El País y en libros como The New Spanish Architecture, Las casas del siglo, Minimalismos o Vidas construidas, biografías de arquitectos.

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