¿Quién es más divo arquitecto o cliente?

Por: | 20 de junio de 2012

 

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La diva egocéntrica se entrega al escaparate, a su público, y así nos entrega su vida, despojándose de secretos o de la intimidad -que desprecia porque no le permite ser diva- hasta quedarse, en realidad, sin vida, por lo menos privada. En su actitud egocéntrica, la diva resulta paradójicamente generosa: gastando su esfuerzo y dinero en la representación de su imagen, alimentando su ego, la diva nos entretiene y nos fascina.

Adam Bresnick ha trazado una posible historia de la arquitectura del capricho y el egocentrismo que es, sin embargo, un sobresaliente, fascinante y académico estudio de parte de la historia de la vanguardia arquitectónica doméstica.

La arquitectura de los divos analizados por Bresnick es a medida, alta arquitectura. Entre los clientes más exigentes –los que se esconden detrás de las grandes obras-  los divos son especiales. No son poderosos gracias al miedo, como sucede entre los mecenas habituales: religiosos, políticos o millonarios. El poder de los divos no nace del miedo sino de la pasión que despiertan entre los espectadores. Mantener esa pasión les lleva a cuidar la arquitectura como un artilugio más, como el vestido más real para acicalar la vida y la obra del artista. Así, aunque cuando se habla de divos sea necesario hablar también de espectadores,  el divismo no vive solo entre bambalinas. Es más que evidente que también hay divos arquitectos, aunque, fuera del escenario,  el divismo no vaya siempre asociado con el derecho a serlo. Por eso cuando el divo, o la diva arquitecta, viste al divo, cuando idea su propia casa, el resultado es un escaparate, una  simple caja de cristal en la que no hace falta nada más.

Como apunta Bresnick sobre la casa que Philip Johnson se construyó adelantándose a su maestro Mies van der Rohe, en la Glass House de New Canan “menos era nada: su casa era su templo, su intimidad su muerte, su confort el aplauso”.

En una época en la que los supuestos divos del futbol y el cine encargan sus viviendas a un autor de simulacros modernos, conviene leer este libro para comprender la diferencia entre la arquitectura y el cartón piedra. Y para entender también el cambio social que refleja haber rebajado tanto el esfuerzo y la genialiad de los divos (arquitectos o artistas).

Lo fascinante de La diva en casa, arquitectura para artistas (Ediciones Asimétricas) es que la biografía de la arquitectura doméstica de los artistas resulta indisociable del retrato público de los dueños de esas viviendas pero, al final, termina por retratarlos también en su vertiente menos divina, más oculta, menos pública y mucho más humana. Bresnick demuestra cómo en la arquitectura más glamourosa el arquitecto está al servicio del cliente más exigente del mundo: el que necesita una casa para mostrarse, el que encarga una vivienda para que le retrate como un gran espejo, o más bien como una gran máscara, ampliando la imagen que el divo, o la diva, tienen de sí mismos hasta el infinito.

 

Así, el libro contempla tanto todas las posibilidades del divo como muchas de las posibilidades de la arquitectura para colaborar con esa divinidad.

 

Aparece, por ejemplo, la actriz María Guerrero convertida en arquitecta. Y su casa, sobre el teatro de la Princesa,  convertida en templo, camerino y hasta en cámara mortuoria (con el féretro de la diva expuesto frente al dosel de la cama).

 

También el matrimonio de divos que fueron Diego Rivera y Frida Kalho está en el libro encajado en las  viviendas que Juan  O’Gorman les diseñó en San Ángel: grande, roja y blanca para él y pequeña, privada y azul para ella. Eso sí, comunicadas por un puente, que representa el deseo simultáneo de cercanía y separación y que Frida cerraba cuando su marido la disgustaba acostándose, por ejemplo, con la hermana de la pintora.

 

En Hollywood, la casa de Dolores del Río y Cedric Ribbons tenía efectos especiales: una luna proyectada sobre la pared y el sonido de la lluvia sobre el tejado. La puerta estaba hecha de monel (aleación de níquel y cobre empleada en los pistones de las trompetas), pero con todo,  “la casa imita un decorado que está imitando una casa”, escribe Bresnick adelantando el desenlace: Dolores terminaría residiendo en un apartamento cercado, proyectado por Richard Neutra, donde viviría su idilio con Orson Welles antes de regresar a México y sostener otro romance. Esta vez con Frida Kahlo.

 

Las casas retrato terminan por retratar lo que no está expuesto. Tal vez por eso, Billy Wilder filmó El crepúsculo de los dioses en una casa real. El título de la película en inglés: Sunset Boulevard era, en realidad, la dirección de la casa. Bresnick sostiene que Wilder no llegó a construir nunca la casa que encargó al matrimonio Eames porque quería una casa real. Aunque a mí me gusta pensar que tal vez encargándosela a los Eames sí hubiera conseguido una casa real. Y pongo como prueba la famosa Lounge Chair, la silla para leer - en realidad era para dormir la siesta y mantener las apariencias- que el matrimonio sí diseñó para Wilder.

 

Por el libro de Bresnick circulan también divos simpáticos aunque, eso sí, siempre obsesionados con serlo. Josephine Baker, por ejemplo, siempre conoció el precio y el esfuerzo que supondría encontrar el escenario en el que mostrar su talento y, tal vez por eso, tampoco llegó nunca a construir la vivienda que le diseñó un Adolf Loos entregado que ideó  la fachada de su casa con franjas horizontales después de haber escrito en Ornamento y Delito que “el hombre moderno que se tatúa es un delincuente o un degenerado”.

Y por ahí llegamos al climax del libro. Lo que más se le puede agradecer a un ensayo, o a una película, es que nos deshagan una idea,que nos hagan dudar sobre una percepción falsa, o incompleta. Esa escena de Loos con traje nuevo, aprendiendo a bailar el Charleston e ideando las franjas horizontales de la fachada de la Baker  parece decir: donde se meta la pasión, que se quite la razón.

 

En el libro todos los divos tienen la voluntad de serlo. Porque ser divo requiere determinación y voluntad: supone un gran esfuerzo. Los arquitectos lo entienden y así, el ilustrado Claude Nicolas Ledoux coloca la toilette de la bailarina Marie Madelaine Guimard en el centro de la casa, donde tradicionalmente se ubicaba la chimenea y donde hoy se encuentra el televisor.

 

Resulta paradójico que sean los divos los que dictan, y exigen, la arquitectura al servicio del cliente. Por eso es tentador establecer el paralelismo entre divos y arquitectos y comprobar que muchos de los adjetivos empleados por Bresnick para describir a la diva:

-Llena el escenario antes de abrir la boca

-Solo existe para el foco de la atención pública

-Sin descanso, siempre en acción. Sin intimidad, sin línea que separe vida real y representación, clientes y amigos, vida y obra.

- Con un talento que parece de origen divino (en giro postmoderno: que quieren hacer ver que parece de origen divino)

-Alejada de su oficio, la diva deja de existir, se podrían aplicar a un buen número de arquitectos sin que nadie se sorprendiese.

 

“Nunca he buscado  a un cliente. Mis clientes vienen ellos solos”, le escribe  Le Corbusier al anglo-mexicano Charles de Beistegui mientras éste duda sobre si encargarle o no su ático en París al suizo. “Nunca se ha marchado ninguno insatisfecho”, remata Le Corbusier en la misma carta deshaciendo la idea que acaba de exponer asegurando que nunca ha buscado un cliente.

 

El multimillonario y, vamos a decir coleccionista, Charles de Beistegui sentía terror ante lo vulgar y lo cotidiano. Parece que hay personas que no pueden soportarlo. A esas personas las acecha el ridículo. Así, Bresnick describe con terminología cinematográfica, un travelling, la curva en el pavimento de la casa que Richard Neutra levantó para el genial Josef von Sternberg, el director que llevó a otra diva, Marlene Dietrich, al estrellato. Pero, pasados unos años, no es von Sternberg –que se puso el von al cruzar el Atlántico- quien recorre esa curva con su Rolls sino la escritora Ayn Rand, autora de El Manantial, el novelón arquitectónico en el que Howard Roak daba lecciones de coherencia, la que posa para las revistas en su casa, -la antigua mansión de von Sternberg-explicando los trabajos a medida y  defendiendo la arquitectura integral, verdadera y coherente.

 

 

Truman Capote ya advirtió contra las Plegarias Atendidas. Y André Gide dijo que “nos darían la felicidad de otro y no sabríamos qué hacer con ella”.  Pero la escritora Ayn Rand los desdice apoderándose de la genialidad y excentricidad de Neutra y de von Sternberg en una casa racionalista rodeada de un foso como un castillo medieval. Hay Kitsch y retratos colaterales en el libro. También hay filosofía:

 

“Tan rey sería yo de mi estado como cada uno del suyo: y siéndolo, haría lo que quisiese; y, haciendo lo que quisiese, haría mi gusto; y, haciendo mi gusto, estaría contento; y, en estando uno contento, no tiene más que desear; y, no teniendo más que desear, acabose”, escribe von Sternberg, citando el Quijote para explicar, como Capote con sus Plegarias Atendidas, que una vez conseguida la presa se termina el placer de la caza.  Por eso él vendió su casa- castillo.

 

Para concluir, el libro termina con un duelo apasionante. La Farnsworth de Mies versus la Glass House de Philippe Johnson. Los ingredientes son clásicos:

Discípulo contra maestro.

Deuda intelectual reconocida

Voladizos y  estructura metálica en blanco en la Farnsworth

Caja y estructura metálica negra en la Glass House frente a un paisaje artificial en el que Johnson hizo talar algunos árboles porque los troncos de los robles eran más oscuros que los de los arces, tras la lluvia, y oscurecían las vistas.

 

Y, de nuevo, lo fascinante del libro es que gana el perdedor habitual.  A pesar de sus impurezas, a pesar de llegar después a las ideas, al final, en un giro inesperado digno de las mejores películas, el discípulo supera al maestro. No lo logra por la frescura ni por la fuerza de su obra sino por el as que guarda en la manga. La Glass House era para sí mismo. Y así y allí, sin cambiar jamás nada, vivió Jonhson hasta sus últimos días en 2005. Todo lo contrario de lo que le sucedió a Edith Farnsworth que no pudo soportar vivir en un edificio mítico y terminó por denunciar a Mies van der Rohe. Lo explica Bresnick en su libro:” Un escaparate no puede ser una casa. Pero es la casa perfecta para un divo”.

 

 

(Extracto de las ideas que apunté para presentar el libro La diva en Casa en El Colegio de Arquitectos de Madrid)

 

 

 

Hay 5 Comentarios

La verdad es que acabo de terminar el libro y es estupendo. La Diva Casa merece la pena sin duda.
Gracias Anatxu por descubrírmelo.
Samuel.

Creo que un arqutecto nunca puede ser un divo ... somos un servicio a la sociedad no unos genios

"Alejada de su oficio, la diva deja de existir"
“nos darían la felicidad de otro y no sabríamos qué hacer con ella”
“el hombre moderno que se tatúa es un delincuente o un degenerado”.
"una vez conseguida la presa se termina el placer de la caza"
Me han gustado estas frases, y la casa roja y la azul unidas por el puente...
Buenas ideas.

Enhorabuena. De los posts màs interesantes que he leido en este blog. Me quedo con la frase: "En una época en la que los supuestos divos del futbol y el cine encargan sus viviendas a un autor de simulacros modernos"

Cuando los arquitectos son divos, la sociedad no puede dejar de tomarse a broma la profesión.

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Del tirador a la ciudad

Sobre el blog

Del tirador a la ciudad. Ése era para Mies van der Rohe el ámbito de su oficio. La arquitectura, como la sanidad o la educación, nos afecta a todos. Puede también fascinarnos. Como todo informador, me valdré de lo que creo saber. Trataré de no enmascarar lo que ignoro.

Sobre el autor

Anatxu Zabalbeascoa

La periodista e historiadora escribe sobre todas las escalas de la arquitectura y el diseño en El País y en libros como The New Spanish Architecture, Las casas del siglo, Minimalismos o Vidas construidas, biografías de arquitectos.

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