No es negocio para segundones

Por: | 26 de mayo de 2014

Julie de Libran

Julie de Libran. Foto: cortesía de Sonia Rykiel.

Desde el pasado miércoles 14 de mayo, Julie de Libran es la nueva directora artística de Sonia Rykiel. Campanas al vuelo. Lástima que su tañido haya sido silenciado casi ipso facto por cañonazos más interesados, las típicas salvas en honor de quien impone su ley porque gasta en publicidad: apenas tres días después de que saltara la liebre de tan poco sonado fichaje, Nicolas Ghesquière hacía correr ríos de tinta con su primera colección crucero para Louis Vuitton. Una colección que, hasta la fecha, había sido precisamente responsabilidad de De Libran. Ni una línea de recuerdo/reconocimiento para ella en las crónicas que jalearon el debut en pasarela del puntal comercial de una marca que hoy se quiere más inalcanzable que nunca. 

La moda no es negocio para segundones. En una industria que inflama el ego y da cuerda al culto a la personalidad, la sombra del diseñador-estrella resulta tan alargada que siempre termina eclipsando a sus satélites, por más brillantes que sean. A la derecha del creador padre, consolados con títulos como “jefe de estudio” o “directora creativa de prêt-à-porter femenino” o “director de accesorios”, los asistentes sacan adelante un trabajo que se acomete inevitablemente en equipo pero se vende invariablemente individual. “Ser el número dos no es fácil. Se te exige diseñar piezas soberbias pero también ser increíblemente prolífico, y hay muy poca gente capaz de semejante hazaña en este mundo”, reconocía no hace mucho Marc Beckman, fundador de Designers Management Agency (DMA), agencia de representación neoyorquina única en su especie que negocia contratos entre diseñadores, celebridades y firmas de lujo. Y apostillaba sangrante: “La verdad es que los directores artísticos no quieren que sus segundos obtengan reconocimiento alguno”.

“Me deja espacio y me da mucha cancha. Hemos intimado de tanto trabajar juntos, aunque tampoco es que nos vayamos de cena todos los días”, concedía Julie de Libran al Telegraph hace un año, a propósito del que fuera su jefe durante el último lustro en la más cotizada de las casas de moda francesas. “El arma secreta de Louis Vuitton”, rezaba el titular. Y vaya si lo era: mientras Marc Jacobs gastaba sus cartuchos como gran exhibicionista, De Libran apechugaba como responsable del prêt-à-porter femenino, las precolecciones, la línea resort y la clásica Icons enteramente a sus espaldas. El cargo “extra” de directora del estudio la obligaba además a supervisar el trabajo del equipo de diseño. Pero el único que salía a saludar tras los desfiles era Jacobs, faltaría.

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Vestido inspirado en la obra de Charlotte Perriand de la colección Icons de Louis Vuitton de esta primavera/verano, el último trabajo de De Libran en la casa francesa. Foto: Louis Vuitton.

Si fuimos capaces de discernir una coherencia narrativa en su discurso durante los últimos cinco años, Vuitton debería agradecérselo a ella. También cualquier referencia arty e intelectual, de François Truffaut a Charlotte Perriand (su jefe, ya se sabe, era más de showgirls y cultura popular). Hasta la colaboración con Sofia Coppola vino prácticamente de su mano. Por eso cuando en octubre de 2013 Marc Jacobs dijo que se iba de la maison en aras de la expansión de su propio nombre (que le daban la patada, esto es, que Bernard Arnault no podía soportar más las salidas de tono del neoyorquino), las primeras quinielas parisinas la posicionaron como ganadora y colocada en el trono Monogram. Una solución viable a la luz de unos pocos aunque excelsos ejemplos de segundones ascendidos a número uno (Phoebe Philo, mano derecha de Stella McCartney en Chloé antes de su apoteosis en Céline; Sarah Burton, heredera de Alexander McQueen; Kris Van Assche, relevo de su mentor, Hedi Slimane, en Dior Homme), pero también un pensamiento muy ingenuo, sobre todo cuando a la vuelta de la esquina había disponible una superestrella del diseño con el cartel de “libre” y, encima, muy cabreada con su antiguo empleador. En el campo de batalla de la moda, los segundones siempre son las víctimas colaterales.

La irrupción de Ghesquière con su particular apparatchick se intuía incompatible con De Libran respirando en el mismo espacio. A principios de enero, la diseñadora salía del grupo (Louis Vuitton Moët Hennessy) por la puerta de atrás, casi de puntillas, sin comunicados de prensa rimbombantes por ninguna de las partes. Claro que tampoco los hubo cuando abandonó su anterior puesto en Prada como segunda al frente de la división indumentaria femenina, que ella se encargó de pulir durante 10 años y medio aunque nadie se diera por enterado. Ahora que, a sus 42 años, esta aristocrática francesa criada en California y formada para la moda en Milán, entrenada en Dior, Jean Charles de Castelbajac y Versace (allí estaba cuando el fundador de la casa de la Medusa fue asesinado, en 1997), asume al fin el protagonismo, la discreción vuelve a imponerse al estruendo mediático. Y eso que le espera otra misión poco menos que titánica: devolverle el lustre a una etiqueta que hace tiempo que no vibra en el escaparate de la industria.

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De Libran en un acto junto a su antiguo jefe en Louis Vuitton, Marc Jacobs.

Hay grandes planes para Sonia Rykiel, santo y seña del punto francés (he ahí su identidad como marca) con cuatro décadas de historia que se ha quedado poco menos que para vestir santos, a pesar incluso de aliarse con H&M en una de esas colaboraciones, ejem, democráticas en 2010. Los hay porque, desde hace un par de años, ha dejado de ser una empresa familiar (comandada por Nathalie Rykiel, hija de la insigne fundadora, a partir de 1995) para formar parte de uno de esos nuevos conglomerados del lujo con capital chino, el grupo de inversiones hongkonés con sede británica Fung Brands (las sastrerías inglesas Hardy Amies y Gieves & Hawkes, la italiana Cerruti, la zapatera gala Robert Clergerie y el malletier belga Delvaux también en su haber), dueño del 80% de la firma. “No es un negocio multimillonario, pero sí una empresa que podemos desarrollar como genuina marca de lujo internacional”, concedía el holding en el momento de la compra a través de su consejero delegado, Jean-Marc Loubier. En él, precisamente, está el quid de la cuestión: antiguo director ejecutivo de Céline y Louis Vuitton, Loubier sabe quiénes están detrás de tanto postureo. Por eso sustituyó a la escocesa April Chrichton (22 años al servicio de Rykiel, primero en su línea de difusión, Sonia, y apenas desde 2011 al frente de todo el producto) por el canadiense Geraldo da Conceiçao (otro ilustre segundón en Miu Miu, Yves Saint Laurent y Vuitton) en la dirección creativa al minuto uno de su adquisición, hasta que por fin ha podido fichar a De Libran.

Sin mayores preámbulos, el debut de Julie de Libran como directora artística de la colección principal de Sonia Rykiel –en principio, se trata solo de re-eleaborar la primera línea- se verá en la próxima semana del prêt-à-porter femenino en París, en septiembre. Otra cosa, claro, es que se oiga.

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Entresijos y entretelas. La moda vista desde el forro de sus prendas. Otra mirada de los desfiles, los diseñadores, las tendencias, los héroes y los villanos que pueblan el ecosistema fashion y todos sus aledaños. Una bitácora sobre estilos de vida y maneras de vivir coordinada por y .

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