14 mar 2011

Cambio en billetes de tres euros

Por: José Yoldi

Hay tipos que pretenden hacerte creer que existen los billetes de nueve euros y, lo que es peor, que ellos pueden darte cambio en billetes de tres.

Solo así se entiende que siete años después de los atentados del 11-M —y de que la justicia, tras la prueba pericial de explosivos más exhaustiva de la historia de España, estableciera que la matanza fue perpetrada por un grupo de yihadistas con bombas fabricadas con la dinamita de Mina Conchita—, una asociación de víctimas subvencionada por la Comunidad de Madrid siga buscando la razón de su existencia en que los terroristas de ETA estaban detrás de los atentados.

Lo cierto es que a pesar del dolor que provocan a las víctimas, el empecinamiento de estos prestidigitadores ha quedado como un asunto para frikis.

Ya durante el juicio intentaron colarle al tribunal y a todos los españoles que el viaje de Jamal Ahmidan, El Chino, y su equipo con la Goma 2 desde Asturias al chamizo de Chinchón, el 28 de febrero de 2004, estaba relacionada con la caravana de la muerte de ETA, interceptada ese mismo día en Cañaveras (Cuenca) con más de 500 kilos de cloratita. Pero resulta que los etarras Irkus Badillo y Gorka Vidal no tuvieron ni un solo contacto, ni telefónico ni de ningún tipo con Ahmidan, Kounjaa y Oulad, los terroristas del 11M.

Luego, seguro que recuerdan que intentaron vendernos que el ácido bórico, que el yihadista Hassan el Haski tenía para matar cucarachas, era el vínculo con ETA porque cuatro años antes, en un piso de Salamanca, alquilado por etarras, había aparecido también una pequeña cantidad de esa sustancia “llena de pelos”.

Igualmente trataron de colarnos que en el registro del piso usado por los yijadistas en el barrio de la Concepción, de Madrid, había sido incautado un ST o segurtasun tenporizadorea, o sea, un temporizador fabricado por ETA, cuando lo que realmente había sido encontrado era un STA MEC 24 h, un programador de lavadoras, fabricado por la empresa Remle. No se parecen ni en la forma, el primero es una petaca rectangular; el segundo, redondo, como un reloj grande.

Más tarde, la patraña se centró en una llamada telefónica hecha el 6 de marzo, es decir, cinco días antes de los atentados, desde el móvil de El Chino, pero con otra tarjeta SIM.

Los conspiranoicos trataron de vincular la llamada con Oskar Pérez, un individuo relacionado con la kale borroka y condenado por quemar un autobús en Basauri (Vizcaya). Lo cierto es que el abogado ya sabía que el autor de la llamada no era un etarra sino el perito de una aseguradora catalana llamado Óscar García Pérez, que había venido a disfrutar de la noche madrileña y le había pedido el móvil a El Chino porque el suyo se había roto.

Y, por último, el Titadyn, el explosivo francés robado por ETA en Francia y que los conspiranoicos insisten en hacernos creer que fue lo  que explotó en los trenes.  Pero la prueba pericial demostró que todo el explosivo que no estalló y fue  encontrado en los escenarios del 11-M —casucha de Morata donde se prepararon las bombas, Renault Kangoo en la que se transportaron, artefacto de Mocejón con el que se pretendía volar el AVE, artefacto encontrado en el tren de El Pozo y desactivado en Vallecas y piso de Leganés donde se suicidaron siete de los integrantes del comando— es Goma 2 ECO procedente de Mina Conchita, pues están hasta las fajas de los cartuchos. Y respecto de los focos de las explosiones de los trenes, su análisis sólo permite saber que se trata de dinamita, como la Goma 2, pero no ponerle nombre comercial.

Como no están contentos con el resultado, últimamente se dedican a hacerle la vida imposible al que era el jefe de los técnicos en desactivación de explosivos Juan Jesús Sánchez Manzano, un policía que había sido nombrado por el PP y que como no dijo que ETA estaba tras los atentados, le acusan de falso testimonio, ocultación de pruebas, omisión del deber de perseguir delitos y encubrimiento. Todo un catálogo de maldades, cuando lo único que intentó es trabajar para que no hubiera más muertos.

Y todo con la aquiescencia de una juez Coro Cillán —sancionada dos veces por retrasos injusticados y desatención de sus funciones y a la que el Supremo rehabilitó por un defecto formal— que parece que pretende revisar la sentencia del 11-M en otro proceso paralelo, pero que en su desconocimiento pregunta a los tedax a los que llama a declarar si lo que había estallado en los trenes era Betadine (notorio antiséptico cuyo nombre suena parecido a Titadyn, el explosivo usado por ETA en los noventa).

Todo es como un dejà vu, pero cada vez más casposo y es que los billetes que nos pretenden colar ya no son de nueve, sino de ocho euros y el cambio en monedas de cuatro.

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Sobre el autor

(Donostia-San Sebastián, 1954)
es periodista licenciado en la Universidad
de Navarra. Lleva en El País desde 1983, donde ha
sido corresponsal de Interior y miembro del equipo de
Investigación. Como redactor jurídico ha cubierto casi todos los
juicios importantes que ha habido en España, desde el 23-F, el
síndrome tóxico o el crimen de los Urquijo hasta los atentados del 11-M.

Sobre el blog

Este blog es un lugar de encuentro sobre temas jurídicos, pero no es para todo el mundo. Es muy recomendable tener mucho sentido común y ganas de sonreír, ya que el humor es síntoma de inteligencia. La única norma es el respeto a los demás. Si usted prefiere insultar es muy libre, pero le agradecería que no se molestase en seguir leyendo, yo también preferiría estar en la playa.
El blog se alimentará también -o principalmente- con la serie de artículos que bajo el título “El último recurso” se publican los lunes en El País

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El último recurso El último recurso. Los artículos que forman parte de este compendio fueron publicados en EL PAÍS bajo el epígrafe El último recurso durante los años 2010 y 2011. Todos ellos fueron escritos durante esas horas de la noche en la que todo parece estar parado y en silencio. Mi objetivo era centrar el foco o aportar un punto de vista particular hacia algunas noticias que me parecía que merecían mayor atención que la que se les había prestado. La otra finalidad, no menor, era que el lector se lo pasara bien y que, a ser posible, esbozara una sonrisa. Y ello, aunque el tema a tratar fuera tan tremendo como la rebaja de cinco años en la condena de un tipo que dejó a su mujer parapléjica a golpes.

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