19 sep 2011

La paradoja de los 10 años de cárcel

Por: José Yoldi

Otegi 
Otegi reta puño en alto a simpatizantes de la ultraderecha y de la AVT que habían acudido a insultarle y amenazarle, cuando se acerca a la Audiencia Nacional para ser juzgado, flanqueado por sus abogadas Jone Goirizelaia (i) y Arantza Zulueta.

Los pilotos de Fórmula 1 o de motociclismo saben por experiencia que, por mucha ventaja que lleven a sus rivales, todo puede cambiar –una rotura de motor, un accidente, un pinchazo- hasta el último segundo de la carrera. Y eso suele ser así en casi cualquier deporte de competición. La condena a 10 años de cárcel para los dirigentes de la izquierda abertzale Arnaldo Otegi y Rafa Díez Usabiaga por pertenencia a ETA ha constituido una gran alegría para algunos, en la creencia de que por fin se hacía justicia, y un jarro de agua fría para otros, que creían que el nuevo rumbo de la formación independentista exigía la excarcelación de Otegi para que encauzase el definitivo abandono de la violencia por parte de la banda terrorista.

Pues bien, esa condena (10 años de prisión, a los que se añaden otros 10 de inhabilitación para ejercer cargo público, lo que de hecho impediría a Otegi y Usabiaga liderar las listas de su formación en nada menos que 20 años) puede conllevar una gran paradoja, que haga que unos y otros vean en relativo poco tiempo cómo se troca su alegría por decepción y viceversa. Aunque se trata de pura lógica jurídica, seguro que alguien se lo achacará al Gobierno o a pactos políticos, que nada tendrán que ver con el caso, pero siempre hay personas que prefieren intuir conspiraciones que asomarse a la realidad. 

Otegi nunca había sido condenado a penas superiores a dos años de cárcel mientras ha sido la cabeza visible de Batasuna y siempre por enaltecimiento del terrorismo en homenajes a etarras o por injurias al Rey. Algunas las ha cumplido, otras no y la del Rey le fue condonada, porque según el Tribunal Europeo de Derechos Humanos se había vulnerado su libertad de expresión. En el pasado, en 1989, le impusieron seis años, de los que cumplió la mitad, por participar, como miembro de un comando de ETA en el secuestro del empresario Luis Abaitua. Pero, en el caso Bateragune le ha caído la primera pena realmente importante, 10 años por pertenencia a banda terrorista en calidad de dirigente. Precisamente, el proceso en el que ahora ha sido condenado y el de Batasuna-Herriko tabernas, en el que la fiscalía pide 12 años de prisión para él, son los dos últimos, de los siete que tenía pendientes hace cinco años.

Lo peculiar del caso es que tanto en uno como en otro proceso Otegi está acusado del mismo delito, integración en banda terrorista, que tiene carácter de delito permanente y por el que no puede ser juzgado dos veces. Es decir, un criminal puede ser condenado por dos o más asesinatos diferentes en otros tantos juicios, pero la pertenencia a ETA no se puede dividir en periodos, por ejemplo, de 1998 a 2005 y de 2005 a 2008 y condenar por cada uno de ellos. Es el mismo delito hasta que se deja de pertenecer a la organización. La Audiencia Nacional ha absuelto en las segundas vistas a terroristas condenados anteriormente. Seguro que recuerdan el caso de Rabei Osman, el Egipcio, absuelto en el caso del 11-M, porque ya había sido penado en Italia; el de Xabier Alegría, procesado, pero exonerado antes del juicio de Egunkaria por haber sido condenado en el caso Ekin, o el de numerosos etarras que han cumplido condena en Francia por asociación de malhechores con fines terroristas, delito equivalente a la pertenencia a banda armada del Código Penal español, es decir, por ser miembros de ETA.

Claro que se preguntarán ¿Por qué dice eso, si ya ha sido condenado a 10 años?

Pues verán, con anterioridad a todo esto, el 27 de enero de 2010, Otegi fue juzgado por delito de enaltecimiento del terrorismo por su participación en 2005 en el homenaje al etarra José María Sagarduy, Gatza, el preso que más tiempo llevaba encarcelado. Durante el juicio, Otegi se negó a contestar a las preguntas de las acusaciones, pero la presidenta del Tribunal, Ángela Murillo, le preguntó si condenaba la violencia de ETA. Como el acusado se negó a responder, la magistrada comentó en voz alta: “ya sabía yo que no me iba a contestar a esa pregunta”. “Y yo que iba a hacerla”, replicó Otegi, que fue condenado a dos años de prisión.

Precisamente por ese rifirrafe, la defensa de Otegi recurrió la sentencia por considerar que Ángela Murillo tenía prejuicios contra él y el Supremo le dio la razón. En febrero, anuló la condena y ordenó la repetición del juicio con otros magistrados debido a las dudas existentes sobre la falta de imparcialidad de la presidenta del tribunal. Y en julio otro tribunal de la Audiencia no encontró pruebas para condenar al dirigente abertzale.

Sin embargo, por el camino, llegó el momento de juzgar a Otegi por el caso Bateragune y ¡mira que mala suerte!, el tribunal estaba de nuevo presidido por Murillo. La magistrada podía haberse abstenido, habida cuenta de la anterior resolución del Supremo, pero no. Otegi la recusó, pero ella decidió seguir adelante. Y los restantes magistrados de la Sala, por siete votos contra dos, en un corporativismo mal entendido, y en lo que desde fuera de la Audiencia se consideró una torpeza, decidieron no apartarla del caso por tratarse de tipos penales distintos.  ¡Cómo si la imparcialidad tuviera que ver con los tipos penales!

Así que ahora tenemos que la condena a 10 años por pertenecer a ETA supondrá  que Otegi, por el principio ne bis in idem, no podrá ser juzgado por Batasuna (nadie lo ha planteado todavía, pero Iruin y Goirizelaia son dos estupendos abogados, es un argumento de manual y ya lo han esgrimido en otros procesos) y la causa quedará sobreseída para él. Y, mientras en Bateragune Otegi ha argumentado que sus reuniones eran para distanciarse de ETA y buscar la participación política por vías pacíficas y democráticas, en el proceso de Batasuna –en el que le pedían 12 años de cárcel- no existe esa posibilidad, ya que hace referencia a los años en los que los dirigentes de la izquierda abertzale iban de la mano con la estrategia de la banda terrorista, de lo que existen numerosas pruebas.

¿Y qué pasa con la condena a 10 años? Pues que es muy posible que dentro de unos meses el Supremo la anule –como ya pasó con la del homenaje a Sagarduy- por aparente falta de imparcialidad de la presidenta y que las alegrías se trasformen en decepciones y viceversa. Como un pinchazo en la última vuelta o un gol en el tiempo de descuento.

Hay quien ha querido ver en la condena a Otegi un mensaje de la Audiencia Nacional hacia la izquierda abertzale, en el sentido de que seguirá la mano dura mientras ETA no abandone definitivamente las armas. Otros, sin embargo, creen que no existe tal mensaje supuestamente unánime, sino que la decisión obedece a un ejercicio de la independencia judicial por parte de tres magistrados, a un juicio desde las tripas en lugar de las pruebas del sumario, e incluso, a un posicionamiento de los jueces ante el previsible relevo en el Gobierno. Decían en la serie Juego de tronos que “un león nunca se preocupa por las opiniones de la oveja”.

Decidan ustedes.

Hay 11 Comentarios

Muy pero que muy bueno y preciso. A propósito, la secta jurídica mos mete continuamente en más lios que nos saca.

Muy buen articulo.

40 años de franquismo con cientos de miles de muertos se acabaron simplemente con la llegada de la democracia y las víctimas (que todavía no han encontrado los cadáveres de sus familiares)se tuvieron que conformar con aquel final y con una amnistía para los que estaban en la cárcel.
40 años de terrorismo iniciado para luchar contra aquella dictadura deberían de terminarse con el mismo rasero, es decir, amnistía, borrón y cuenta nueva y las víctimas deberían de ser tan generosas como lo fueron las del franquismo y conformarse con que aquello se acabe.

Va a resultar difícil sustraerse a la parcialidad que refleja el pie de foto. Se requiere verdadero fanatismo para imaginarse al “Gordo”, teniendo que hacer frente con intrepidez a las amenazas de los familiares de los que las bombas de los suyos reventaron (¡Es que son unos sanguinarios!) o a esa sempiterna extrema derecha, que nadie acaba de encontrar más que en el PP, y que resulta tan intimidatoria para con quienes entran en la cárcel y en las comisarías partiéndose de risa. Y ahí tenemos la foto para demostrarlo.

La condena de estos etarras que también dirigen la izquierda abertzale, como muy bien se le escapa a Yoldi, no es alegría lo que produce sino satisfacción. El “jarro de agua fría” se lo habrán llevado los que consideran la ley subordinada a las coyunturas de intereses o el polvo del camino aquel.

El que Otegui sea un compulsivo de los homenajes a etarras, debería sugerir algo a cualquiera cuyo sentido común no estuviera en la UCI aquejado de fanatismoitis gravísima. También el que cumpla unas condenas y otras no, e incluso el que tenga la posibilidad expresar libremente sus injurias al monarca, sobre todo si lo comparamos con los escarmientos que a cualquier otro le pueden caer gratis en situación similar.

Lo peculiar de la doble condena por el mismo delito de pertenencia a banda terrorista sí que puede ser un cante. Sin duda los avispados letrados que continuamente rebuscan en las leyes que odian hasta encontrar siempre soluciones a la opresión española, volverán a poder realizar su trabajo. No sé si algún otro perfeccionista de la justicia intentará buscar después solución para el obcecado que una vez condenado por un delito de pertenencia a banda de asesinos, vuelve a reincidir. Veremos. Podría servir que en realidad no se les condena por la simple pertenencia, pudiera ser en forma de presidente honorífico de etarras carniceros y jodería poco, sino por las maldades que colaboran a urdir y a ejecutar mientras desarrollan la profesión de destripador etarra.

Sagarduy Gatza, no era el preso más antiguo (lo es Miguel Montes, que lleva más de 34 años en prisión por delitos menores). Quien homenajeó a este triple asesino, tiene que sentirse abrumado por las deferencias que para con él tienen, aparte sus compinches, todo un ejército de tuertos, miopes o invidentes que deberían preguntarse qué es lo que en el matón había que homenajear. Entre esas pródigas gentilezas, para él y otros de sus conmilitones, están también las ofrecidas por algunos a veces puntillosos de la judicatura que hoy empura por colaboración con banda armada a quien paga el impuesto revolucionario o a quien da cobijo una noche en la iglesia a un etarra y mañana eximen de la misma acusación a quien pega un chivatazo a una docena de etarras para que escapen con la documentación y la pasta de la extorsión a conciudadanos. Y claro, cuando no te toca el puntilloso apropiado, el ejército auxiliar protesta y exige que debería haber habido una lección de imparcialidad para la juez blasfema que presupuso que el etarra no iba a condenar la violencia terrorista de ETA. A tamaña presunción, tal vez la inhabilitación perenne porque, descartado que el aceptar el recurso contra Murillo fuera otra de esas acomplejadas decisiones que jalonan los procesamientos de los matones, se es imparcial o no se es. Así de tiernos con los crueles, así de rigurosos con los que les hacen frente con honor y así de sonrientes los que homenajean asesinos.
Y hablando de leones y ovejas, sin duda debe ser el caso de un presidente de sala al que le ha dado por acabar con el azar que campa por sus respetos en las decisiones de la Aaudiencia, sin importarle el striptis integral al que se ha visto obligado y que escandaliza al medio rebaño que quiere recordar su sentencia del 11 M.

Estimado José:
"Ne bis in idem" no es una errata, ni un error, Es incluso más correcto que "non bis in idem", aunque los dos son perfectamente válidos y se usan indistintamente. Aunque no soy un experto, parece que Ne ocupa un lugar superior en las negaciones latinas y además es la forma que se usa cuando rige el subjuntivo (no sea juzgado el mismo dos veces por lo mismo).
Gracias por su interés.

Hay una errata, el principio es "NON bis in idem"

Magistral. Otegi es el nuevo Gnomo.

Los de la ultraderecha y la politizada AVT, poniendo su grano de arena para la campaña de Bildu. Saben bien lo que hacen, si se olvida a ETA de una vez, como queremos casi todos los españoles, ellos pierden tanto como los violentos.

Aún no he leído el artículo, pero al ver la foto quería comentar esto antes que nada:

En la foto A. Otegi no está saludando a sus adeptos, sino a simpatizantes de la Falange, Democracia Nacional y la AVT que se encontraban allí insultándole y amenazándole de muerte.

Sí, la parcialidad.

El panorama que su reflexión proporciona acerca de la imparcialidad de la justicia española es desolador. ¿Es que no hay nada en este país que funcione?

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Sobre el autor

(Donostia-San Sebastián, 1954)
es periodista licenciado en la Universidad
de Navarra. Lleva en El País desde 1983, donde ha
sido corresponsal de Interior y miembro del equipo de
Investigación. Como redactor jurídico ha cubierto casi todos los
juicios importantes que ha habido en España, desde el 23-F, el
síndrome tóxico o el crimen de los Urquijo hasta los atentados del 11-M.

Sobre el blog

Este blog es un lugar de encuentro sobre temas jurídicos, pero no es para todo el mundo. Es muy recomendable tener mucho sentido común y ganas de sonreír, ya que el humor es síntoma de inteligencia. La única norma es el respeto a los demás. Si usted prefiere insultar es muy libre, pero le agradecería que no se molestase en seguir leyendo, yo también preferiría estar en la playa.
El blog se alimentará también -o principalmente- con la serie de artículos que bajo el título “El último recurso” se publican los lunes en El País

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El último recurso El último recurso. Los artículos que forman parte de este compendio fueron publicados en EL PAÍS bajo el epígrafe El último recurso durante los años 2010 y 2011. Todos ellos fueron escritos durante esas horas de la noche en la que todo parece estar parado y en silencio. Mi objetivo era centrar el foco o aportar un punto de vista particular hacia algunas noticias que me parecía que merecían mayor atención que la que se les había prestado. La otra finalidad, no menor, era que el lector se lo pasara bien y que, a ser posible, esbozara una sonrisa. Y ello, aunque el tema a tratar fuera tan tremendo como la rebaja de cinco años en la condena de un tipo que dejó a su mujer parapléjica a golpes.

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