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21 noviembre, 2006 - 19:17

Fue de lejos el peor día del año

Tan pronto mi coche llegó al edificio principal, escuché dos grandes explosiones. Extremistas suníes atacaron con morteros la ciudad sanitaria y el Ministerio de Sanidad. Ambos edificios están a 200 metros de nuestra institución. El ministro de Sanidad es un chíi extremista. Su predecesor también lo era. Ambos sustituyeron a los altos y medios cargos del ministerio con chiíes leales. El Ministerio de Sanidad es ahora un bastión chií, mientras que el Ministerio de Educación Superior lo es de los suníes. Este último fue atacado la semana pasada por extremistas chiíes, y 100 de sus empleados suníes fueron tomados como rehenes. Hay una guerra abierta entre estos dos bandos extremistas, lo que pone en peligro nuestras vidas de día y de noche.

Mi secretaria, Um Haitham, estaba un poco asustada, ya que dos bombas cayeron a 70 metros de su coche. Al igual que otras personas, habló del incidente unos dos minutos y después continuó con sus tareas diarias. Escuché otra explosión 50 minutos después. El intercambio de fuego siguió durante una hora y 30 minutos.

Nadia, una bibliotecaria que trabaja en el departamento de Informática, no vino a trabajar. Me dijeron que ayer hirieron a su padre; le quitaron una bala de su pierna. Me reuní con la jefa del departamento de Bibliografía, Nadhal, y su supervisor, Jamal, para hablar sobre su trabajo.

Antes de las 11 de la mañana la mayor parte de mi personal recibió su sueldo mensual. Visité varios departamentos y hablé con muchos de mis empleados. Estoy haciéndolo lo mejor que puedo para mantener la moral alta.

A las 11 recibí noticias devastadoras. Me comunicaron que Ali Salih fue asesinado delante de su hermana menor. Ali era un joven brillante. Le había enviado a Florencia, en Italia, para recibir formación como diseñador web. Cuando regresó, él y Nadia empezaron a crear y mantener nuestra página oficial en Internet. Él era un símbolo de la modernización y el proceso de reforma de la Biblioteca Nacional. Le contraté en enero de 2004, al igual que a muchos otros jóvenes bibliotecarios y documentalistas, con la esperanza de que la nueva generación tome las riendas.

Fue un día muy triste. Todas las personas que conocían a Ali lloraron. Todos estaban deprimidos y la moral estaba más baja que nunca. Amal, la jefa del departamento de Informática en el que trabajaba Alí, no podía controlar su tristeza. Cuando el personal dejó el edificio y se marchó a casa, Amal todavía estaba en su oficina llorando en silencio. Pensaba que yo era el último en irme, pero en ese momento tuve la fuerte sensación de que ella aún estaba en su oficina. Así que decidí ir a verla. Después de 15 minutos de charla conseguí persuadirla para que se fuese a casa. A ella no le oculté mis verdaderos sentimientos y mi preocupación por la seguridad del resto de mis jóvenes empleados.

Antes había tenido una reunión con los jefes de todos los departamentos. Les propuse que, por razones de seguridad, deberíamos dividir al personal en tres grupos, que cada grupo trabajaría sólo dos días, y que las salas de lectura de la Biblioteca y del Archivo permanecerán abiertas como siempre, para servir a nuestros estudiantes universitarios e investigadores. Todos votaron a favor de mi propuesta. Algunos de mis empleados se acercaron para decirme que me vaya del país tan pronto como pueda. Están muy preocupados por mí y por el hecho de que pueda morir asesinado en vano.

Llegué a mi casa muy deprimido. Abracé a mi hijo de seis meses y me acordé de que Alí tenía dos hijos, de 6 meses y 3 años.

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