Mi Himalaya

Por: | 16 de octubre de 2013

El teatro de las dunas_Santiago Barrio Fotógrafo                                                                                      El teatro de las dunas. Fotografía de Santiago Barrio

Esta entrada ha sido escrita por Zahra Hasnaui, miembro del grupo de escritores la Generación de la Amistad Saharaui.

Ya estamos, la abuela ha ganado otra vez. Mar cero, desierto uno. Decidir el destino de la excursión semanal era todo un acontecimiento en mi familia. Tras una cruenta campaña de chantaje emocional contra los mayores, los niños solíamos salirnos con la nuestra. Sin embargo, una palabra de la abuela podría estropear el esfuerzo invertido durante días: Lluvia. Últimamente, nuestro trozo del Sáhara parecía estar bendecido por los dioses meteorológicos. Sospechoso, las malas artes de la abuela, seguro. Como en una pesadillesca Fuentovejuna, el resto del enemigo votaba a una por el desierto, desoyendo nuestras súplicas. Era el momento de aceptar la temida rendición.


Rabia, más rabia e indignación. Una sola palabra, no era justo. Me pasé el trayecto rumiando cómo sobreponerme a la derrota. El día había empezado mal, muy mal, pero no todo estaba perdido. Si la abuela se había apuntado el tanto, con mis hermanos podría llegar a la victoria, o por lo menos al empate. Siempre se habían burlado de mí por esperarles abajo en las dunas, y como castigo a mi cobardía me obligaban a recibirles con una reverencia. Mi decisión convirtió la frustración mañanera en impaciente alegría. No veía el momento de llegar al oasis. Después de lo que se me antojaron horas, bajé del coche corriendo la primera hacia las dunas. Pronto llegarían ellos, recalcando cada sílaba les anuncié mi escalada hacia la igualdad.

 

Me tomé unos minutos para disfrutar de sus caras. Demasiados. Cual heroína de pacotilla había echado el guante a lo desconocido. Diminuta ante el infinito, mi mente no conseguía procesar nada provechoso para tan comprometida aventura. Rebuscaba en busca de ayuda…nada. ¿Por qué no miraría para aprender su técnica? Y de repente, ese dicho repetido hasta la saciedad: “No desprecies la fuerza del viento, de un grano hace montañas”. Como si hiciera falta recordarlo, gracias descerebro. Ahí, a un lado, estaba mi Himalaya: la duna más grande del desierto, al otro mis primos y hermanos retándome a bajarla haciendo la salchicha. In crescendo canturreaban: la ni-ñi-ta no puede, la ni-ñi-ta no puede…Fue tan hiriente el tono que en vista del eficiente socorro neuronal tuve que recurrir al coraje. Ad astra per aspera. Cerré los ojos y me dirigí hacia las estrellas, de una u otra forma. Según me tragaba la duna, entendí el sentimiento de indefensión ante una tormenta del desierto mucho mejor que cualquiera de las descripciones familiares. Rodando, rodando y rodando, la impericia me llevó de bruces al charco del pie de la duna. Maldita lluvia. Me erguí, enfangada en agua y tierra roja, en espera del merecido premio. Fue mejor de lo que esperaban: la reencarnación femenina del Bigfoot. Mi facha no tendría desperdicio a juzgar por la cara de espanto, seguida de la risotada cruel. Una obra maestra de arte grotesco, en cada una de sus acepciones. Completaban el cuadro la respiración ruidosa y las convulsiones por liberar los pulmones hasta vomitar. Cuando conseguí despejar la niebla física y mental, fue demasiado tarde. En ningún momento, los muy machitos, habían pensado en considerarme su igual. Y lo peor estaba por llegar. La confirmación ante todos de la opinión de la abuela: “Esta niña es imposible, ni coser, ni cocinar, ni nada útil sabe. Todo el día con esos libros extranjeros. Le han absorbido el poco seso que tenía.” El Himalaya me había amputado el orgullo, no iba a permitir que la abuela lo extirpara.

Afortunadamente, el agua traído en barriles de la ciudad estaba lejos de las jaimas, bajo unas acacias para mantenerlo fresco. Mi resentida dignidad me arrastró hasta ellos consintiendo que nadie me viera. No osaría mostrar en qué se había convertido su hermoso peinado, ni el resto de mi cuerpo. Ante todo tenía que taparme el pelo. Esa mañana la abuela se había sentido especialmente orgullosa de la tarea de desenredarlo, los chorretones en el cuello me confirmaron la inusitada dosis de aceite. Qué raro, ella nunca se equivocaba en las medidas. Tomé su error como un pequeño triunfo. Cuando por fin llegué a los barriles, el sol había transformado el barro en arquitecturas imposibles en mi abundante cabellera y la arena me pellizcaba el cuello como un ejército de hormigas soldado. Con mucha dificultad, absorbí de la manguera agua suficiente para lavarme la cara y extremidades. Me envolví hasta desaparecer en una vieja melhfa rescatada de entre los barriles y me senté a ayudar a cortar la carne. Apenas podía ver pero al grito de “niña, los dedos!” moví la melhfa el milímetro estrictamente necesario para no volver a llamar la atención. La abuela trajinaba obviando mi reacción. Había dejado de seguir a los chicos para unirme a ellas, me había puesto una melhfa y estaba haciendo algo en beneficio no sólo propio. Ella era omnisciente y omnipresente, sabía qué hacíamos en todo momento con detalles aterradores. ¿Cómo es que no se acercaba a decirme algo? ¿Cuándo caería sobre mi lastimado cuello la espada? ¿Lo dejaría para el té de la sobremesa? “¡Niña!, pero, ¿cómo esperaban que me concentrara con esta tensión? Me levanté y salí para aliviar la asfixia.

Mientras aspiraba el aroma de las flores como si se fuera a acabar, me fijé por primera vez en su variedad. Verde, rojo, violeta y amarillo pintaban el triste ocre bajo la luz del mediodía. Me entretuve dejándome acariciar por los pétalos de las gartufas. Un tamcayut me sobresaltó al posarse en un arbusto de zawaya cercano; le seguí con la intención de tocar su cresta punky. La carrera me llevó hasta las palmeras del otro oasis, y me encaramé para coger unos dátiles tempranos. Cuando quise volver habían pasado horas y estaban a punto de comer. Por una vez, la abuela no dijo nada. Consideraría que de momento mi arrogancia tuvo suficiente lección, y ella, sin pretenderlo, había conseguido su objetivo. Una sonrisa maliciosa acompaño su habitualmente enigmático rostro el resto del día. ¿Sin pretenderlo?

Hay 4 Comentarios

todos deben saberlo

Precioso. Me encantó. Gracias Zahra y que sigas escribiendo más historias.

Zahra, gracias por tu delicioso relato. Es un placer escuchar vuestras historias, vuestros recuerdos y vuestras voces.

Este es el Sáhara que amo, el que es capaz de reinventarse, de describirse, sin recurrir al lamido circular de las heridas. El Sáhara que dice, como Zahra, ad astra per aspera.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

01

Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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El País

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