Zoila, mi madre cubana

Por: | 11 de diciembre de 2013

El niño y la jaima_Nanna Bachir

                                                                                        Ilustración de Nanna Bachir

Esta entrada ha sido escrita por Mohamed Salem Abdelfatah, Ebnu, miembro del grupo de escritores la Gerenación de la Amistad Saharaui.

 A la memoria de Zoila Lubián León, mi madre cubana

En el número 9 de la calle Almendares, en el municipio Plaza, vivía Zoila, una admirable mujer cubana. La conocí a principios de enero de 1979 en la cuidad de la Habana, en el pasillo de una sala del Hospital Materno Infantil Ángel Arturo Aballí. Estaba tiritando de fiebre debajo de una frazada azul en medio del pasillo, donde habían instalado mi cama, porque dentro no había sitio.

-    ¿Eres Mohamé?
Asentí sin fijarme mucho en quién me preguntaba.
-    Soy Zoila, vengo de parte de Baldomero.

Estuvo mucho tiempo hablándome, mientras yo la miraba, con la colcha hasta las mandíbulas. No entendía mucho de lo que me decía y ya apenas recuerdo sus palabras, sin embargo lo que no he podido olvidar es la paz que radiaba su rostro y la confianza que me despertó su sonriente mirada.

 

Baldomero, era el director del internado donde estábamos 38 niños saharauis, además de cerca de doscientos niños cubanos, que se quedaban de lunes a viernes y el fin de semana se iban a sus casas. Él la había llamado porque era la única persona que era natural de Güines que conocía en la Habana y era una antigua compañera de la campaña de alfabetización, a mediados de los sesenta allá por la sierra del Escambray. Cuando ella llevaba a su hijo a casa de sus tíos de Güines siempre buscaba tiempo para ver a Baldomero, para tomar un café y recordar aquellos tiempos de su juventud.

Vino el día siguiente y habló con alguien del hospital y me cambiaron a otra cama dentro de la sala, junto a una ventana que daba a un pasillo por el que pasaba mucha gente. Gente que iba y venía, que pasaba buscando a familiares, buscando puertas, buscando números. Algunos me veían asomado a la ventana y sonreían, otros pasaban de largo sin mirar y otros me preguntaban, ¿es la sala 8? Y yo respondía: no, es la 7.

Unos caminaban con prisa otros iban arrastrando los pies, sin ganas, como si no quisieran llegar a ningún sitio; en sus rostros  reflejaban sus achaques, sus dolencias, sus alegrías, sus sanaciones,  y a veces también, reflejaban sus difuntos. Y yo, los días que podía, iba contando y sumando a ver quienes ganaban si las caras tristes o las contentas. Siempre ganaban los rostros de alegría.

Zoila, acudía casi todos los días, desde enero hasta marzo, que me dieron el alta. A medida que iban pasando los días fuimos construyendo unos lazos como los que se desarrollaban durante la gestación de una vida nueva. Yo prácticamente acababa de volver a la vida, acababa de nacer y ella después de creerme muerto se unió tanto a mí, como si me hubiese parido.

La tarde de nuestro encuentro, ella había preguntado en Información por un niño extranjero que recientemente habían ingresado…

-    Lo siento mucho, pero ha fallecido, le dijeron.
-    Y quien se ha hecho cargo del cadáver, preguntó afligida.
-    Ya está todo arreglado, esta tarde sale pa’ Angola.
-    ¡¿Angola?! ¡Pero si mi niño es saharaui!

Entonces volvieron a mirar y aparecí en la lista de la sala 7, aunque entonces estaba en un pasillo, al margen, donde Zoila me encontró temblando de fiebre.

Pásate a ver cómo está, le había dicho, Baldomero. Menos mal que está vivo pensaba ella  que había pasado de la tristeza a una repentina alegría.

“Viniendo de tan lejos no podías morirte en Cuba, mijito” me decía riendo años después al recordar aquel encuentro.





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Gracias Ebnu por este tributo a Zoila y a todas las personas que nos acogieron - y nos acogen- desinteresadamente. Gracias, también, por presentarme a Zoila. Nunca olvidare sus lagrimas y su sonrisa cada vez que nos veía!
Zoila fue una madre para muchos Saharauis!

Bonito y emotivo relato. Cuba, siempre Cuba en el corazón de una generación de saharauis.

Qué precioso el escribir de Ebnu. La solidaridad de Cuba, amorosa madre de acogida de tantos niños y niñas saharauis a lo largo de décadas; un ejemplo para el mundo.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

01

Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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