El mártir

Por: | 21 de febrero de 2014

Aletas

Esta entrada ha sido escrita por Larosi Haidar, profesor de Traducción e Interpretación en la Universidad de Granada y miembro del grupo de escritores la Generación de la Amistad Saharaui.

Tras el primer año de negrura y terror, inyectados despiadadamente en toda alma saharaui a fuerza de violaciones, torturas y asesinatos masivos que las hordas alauitas cometían sin miramientos, parecía que se hizo un poco la luz. Engañosa, muy engañosa, pero al fin y al cabo era una luz. Lucecita. Se podía salir a la calle. Los niños podíamos jugar fuera de casa. Fui al cuarto de los trastos en busca de una pelota. Unas cuantas cajas, el armario..., y hete con lo que me topo: unas aletas. Las tomo, acaricio su suave azabache y me sumerjo aleteando en su memoria, pues no eran unas aletas cualesquiera, eran Las aletas. Sus aletas. Las aletas que él utilizaba en su entrenamiento de preparación para ser buceador con la Empresa, años atrás, antes de que España tomara las de Villadiego y llamara a esta acción de abandono Operación Golondrina. Nombre muy pertinente desde el punto de vista de la rapidez del abandono pero que, desde el punto de vista de su espíritu, debió llamarse más bien Operación Gallina.

 

Afortunadamente, las aletas seguían en perfecto estado y más o menos sujetaban mis pies. No como antes, cuando él estaba, que me parecían del tamaño de una tabla de surf. Recuerdo su sonrisa cómplice y su broma:

-Come algo, espera unos minutos para que te haga crecer, y verás cómo te quedan bien.

Así era él. A veces, cuando estaban con él sus amigos pasando el rato y contándose anécdotas, nosotros, los pequeños, nos acercábamos para escuchar boquiabiertos y con los ojos como boliches. No le importaba que estuviéramos, aunque, eso sí, había que respetar las normas de la hashma, que es ese pudor, respeto y discreción que todo saharaui debe guardar, especialmente en presencia de individuos de diferentes edades. Así que cuando él quería tocar un tema que no nos incumbía a los menores, nos decía con su sonrisa perenne:

-Venga niños, salid, practicad la hashma durante un minuto y luego podéis volver.

Así era él. Incluso recuerdo que tocaba la guitarra, canturreando Déjame en paz, niña, déjame del famoso cantante local de entonces, Nayem. Pero sobre todo recuerdo su felicidad y alegría cuando se casó. Fue durante las vacaciones de Semana Santa. En un día soleado y apacible, partimos todos del Aaiún, con el coche dando brincos por la destartalada carretera de Daora, para llegar al lugar de la esperada celebración: Tantán, localidad sobria y orgullosa que encabeza la entrada al desierto; ciudad saharaui amputada injustamente y entregada maniatada e indefensa al vecino Marruecos como pago por traicionar a los saharauis. Y en Tantán todos disfrutamos de la hospitalidad y el cariño de los tantaníes. Él estaba radiante. De hecho, ese fue su último recuerdo, la última imagen suya que tengo grabada en la memoria: envuelto con majestuosidad en una darraa celeste estrepitosa y repartiendo generosamente sonrisas de índigo y Rêve d'or. Luego, se fue, se nos fue al sur, se unió a las filas de los zuwar que luchaban por la liberación de la patria. Corría el año 1974.

Además de las aletas, también hallé las gafas, aunque nunca me gustaron porque me sentía incómodo poniéndomelas. Incluso me inventé un adjetivo para ellas solitas. Decía que no me gustaban porque eran escafandrosas. Supongo que su parecido con una escafandra debió ser escandaloso. En todo caso, las respeté y cuidé con cariño hasta el último día, cuando desaparecieron junto a todas las pertenencias de la familia. Un coronel del ejército de ocupación marroquí aprovechó nuestra ausencia vacacional para convertir en botín de guerra todo lo que había en nuestra casa. Un destacamento de soldados alauitas se encargaría de la faena mediante la ayuda de un camión militar GMC. Se lo llevaron todo. No se salvaron ni las gafas escafandrosas.

Y también recuerdo aquel día fatídico. Lo recuerdo como si fuese ayer mismo. La televisión marroquí no se cansaba de repetir las imágenes una y otra vez. Al parecer, había tenido lugar en Mauritania una importante batalla entre el Ejército mauritano y el Ejército de Liberación saharaui. Las imágenes mostraban a supuestos combatientes saharauis hechos prisioneros, además de cadáveres y material bélico incautado. Entre los caídos, se citaba al líder saharaui Luali Mustafa Sayed. En un primer momento, no supe qué decir ni qué creer ante las imágenes emitidas, sin embargo, pocos segundos después me quedé sin respiración. Era verdad, son saharauis. Había reconocido, entre los presos expuestos ante la cámara, al esposo de mi prima hermana Lamina.

Años más tarde, se me desgarraría el corazón al saber que entre los caídos ese día en combate se encontraba él. Él también había muerto luchando por la libertad. Había entregado lo más valioso, la vida, para que su patria fuera libre; para que todos fuéramos libres. Él, como muchos jóvenes de su generación, se sacrificó en el nombre de la libertad y se convirtió en mártir. Podría tener el nombre de cualquiera, pues fueron muchos los que siguieron la senda de la abnegación y el martirio. Su nombre era Babahmed Buchar Haidar, más conocido como shahid Harma, el mártir Harma. Era mi hermano mayor. Cuando murió, el miércoles nueve de junio de 1976, tenía veintitrés años.


Hay 2 Comentarios

Desgarrador, lleno de emoción; sentido homenaje al mártir Harma. No olvidamos.

¡Cuánto dolor!

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

01

Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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