El Sáhara en Minnesota: el 'jet lag'

Por: | 05 de mayo de 2014

Bahia Mahmud, Aminetu Haidar y Limam Boisha. Al fondo el Río Mississippi

                                        Bahia M. Awah, Aminetu Haidar y Limam Boisha. Al fondo el río Mississippi

Al parecer sigo todavía con los síntomas del cambio, con la descompensación horaria o, como popularmente se le conoce, el jet lag. Eso me han dicho algunas personas. Porque tengo sueño a todas horas, como si me hubiera picado la mosca tse tse. Y no sé si fue anoche, ayer, la semana anterior o el mes pasado, cuando escribí estas notas.

Para los que no lo han experimentado, parece que cada uno tiene el suyo particular. Bahía, mi compañero de viaje a Minnesota, (EE.UU), me dijo: "Para evitarlo tengo que ayunar durante todo el viaje hasta llegar a destino”. Otros piden comida vegetariana durante el vuelo: “La comida vegetariana es ligera y te evita los efectos". 

Para mí fue como si me hubieran propinado un golpe. Uno contundente y tan efectivo que ni me di cuenta. Y que sin embargo, me dejó noqueado. Sigo sin saber a ciencia cierta qué me estaba pasando. ¿Qué me pasó?

El jet lag provoca insomnio y ganas de ir a orinar a cualquier hora de la madrugada.  Si es de noche, en tu cabeza resulta que es de día. Si es de día, en tu cuerpo y mente resulta que es de noche. Si crees que puedes combatirlo con café o té, estás equivocado. Eso no hace más que empeorarlo.

Ay, el café, el café americano. Por cierto, ¿por qué es tan complicado pedir uno con leche en los Estados Unidos de América? No saber la lengua solo es un obstáculo. Le dices al camarero que te traiga un café con leche y se queda desconcertado. Es como pedir a un saharaui que elija qué tomar entre tantas bebidas. Esa expresión que los saharauis ponemos, sobre todo, cuando venimos por primera vez al mundo desarrollado y nos dicen:

-    ¿Qué quieres beber? ¿Coca Cola, normal, light, zero?... ¿Fanta, Sprite, Acuarios?... ¿Algún zumo?… Hay de naranja,  tropical, mediterráneo? ¿Qué te apetece?
-    ¿…?  
-    ¿Café? ¿descafeinado de máquina o de sobre? ¿Solo? ¿con leche? ¿entera o desnatada?...¿fría, caliente, templada?.. ¿Alguna infusión en especial?
-    ¿?.. Silencio

 

Nos quedamos inmóviles, con una interrogante que atraviesa nuestros cerebros y rostros sin saber qué responder. A uno le dan ganas de gritar: “Quiero beber algo…Lo que sea”. Y el que ofrece, se queda sorprendido. No sabe qué decir y mucho menos elegir por otro, que solo está acostumbrado a una bebida. Agua, leche en polvo o un vaso de té. En el mejor de los casos, cuando hay  invitados, aparecen en el escenario de la jaima un par de bebidas refrescantes.    

Pues una cara de desconcierto y sorpresa así es la que pone un camarero americano cuando le dices con lo que consideras impecable inglés de Oxford o en su caso, acento americano de Minnesota: coffee with milk. Él sacude su cabeza y te responde: “oh, yes, of course”. Con esa expresión jovial  nacida del mismísimo espíritu del sueño americano. Se va a traerte tu café con leche. Y tu dices: "huy, no puedo creerlo, me ha entendido a la primera. Pues no hablo tan mal el inglés como pensaba”. Entonces te relajas y te quedas conversando con tu amigo sobre los paisajes helados de Minnesota, la belleza de algunos monumentos, teatros. La estabilidad de siglos que tienen en su territorio. La eficiencia con que hacen muchas cosas. Se ve enseguida que no tienen ganas de bajarse del burro de la Primera Potencia mundial.

Minutos después llega el camarero con una enorme jarra de plástico llena a rebosar de café. La coloca que te tapa la vista. No acompañada de la leche que has pedido, of course, sino de una sonrisa blanca y contagiosa que te impide reaccionar y corregir el pedido. Y mientras, miras el tamaño del vaso y tus ojos resbalan y se  ahogan en la sorpresa de tanto café. Al mismo tiempo intentas construir tu mejor frase, para decirle que se ha equivocado de mesa y que tú no has pedido dos coca-colas en un mismo vaso, (a no ser que ellos hagan la oferta del 2x1), sino un café con leche. Buscas al camarero y ves que éste ya desapareció tras una pared infranqueable, que imaginas que puede ser la de la cocina.

Observas los comensales de las mesas del restaurante y llama tu atención que todos están ante enormes platos  de carne, patatas, verduras y te quedas con la duda: ¿La gente está comiendo o cenando? ¿Cómo es posible que esté pidiendo el desayuno? ¿Qué hora es? ¿Es el efecto del jet lag?

Luego te relajas e intentas solucionar el desaguisado con  el camarero. Preparas tu frase de intelectual africano de visita en una universidad americana, que viene por una semana. En seguida, otro extraño pensamiento (no puede ser más que producto del jet lag),  cruza por tu febril mente: ¿Qué es la tan cacareada multiculturalidad? ¿Acaso no es integrarse en otra cultura? 

Si es así multiculturalidad significa, en este caso, probar un café americano. Uno de verdad, auténtico. Entonces, decides dejar al camarero en paz y te tomas el café-jarra-cocacola. Lo pruebas y no puedes con él. Sabe más a agua que a café. (aunque a ellos les sirve para combatir el frío). Te armas de valor y te rebelas. Ya tienes tu frase hecha y vuelves a llamar al camarero.  Viene con su misma sonrisa, pero sin la leche que has pedido y no te digo ya las tostadas. Le pides que te traiga otro vaso vacío, leche caliente, un par de tostadas y un vaso de agua sin hielo.  Le haces entender que te corre prisa. ¡Vas a dar una charla sobre cultura saharaui! Please. Se va con cara de qué es lo que ha pedido este hombre.

No tarda ni tres minutos y te trae dos enormes termos,  uno de café y otro de leche, dos vasos de agua fría, uno con y otro sin hielo, otro más con agua del tiempo.  Te coloca el pedido encima de la mesa. Consciente de que no sabe ni lo que has pedido. Pero  ya se sabe que el eslogan de algunos camareros es “vamos a ver si cuela o no cuela”.

El camarero se aleja con una expresión, que no puede ser más que una frase: ¡Qué raros son estos extranjeros! Mandas tras él las gracias, porque se ha esfumado. Te pones a preparar  tu extraño pedido. Miras el escenario: hay tres vasos llenos de agua. ¿Para qué tres vasos? Resignado coges el de agua con hielo. Miras y ves que nadie te observa. Lo vacías en la jarra del café. Y dices: estoy mejorando la fórmula del café americano. En ese vaso vacío, pones café por aquí, leche por allá y ya tienes un café con leche versión española. ¡No me lo puedo creer! ¡Por fin he podido tomar un buen café con leche!

Vas confuso a todas partes. No entiendes nada y nadie te entiende. La sensación es la de ser como un ordenador lleno de virus. Lento y en el que hay varias ventanas abiertas. Le han dado unas cuantas órdenes al mismo tiempo: encender, apagar, reiniciar, abrir pestañas, cerrar pestañas. Cuando quieres dormir estás comiendo o hablando y cuando estás durmiendo crees que tienes que conferenciar, recitar un poema o comer. ¿Es esto el jet lag o es mi propio jet lag?

Hay 2 Comentarios

Muchas gracias Conx. Un abrazo.

Delicioso artículo, Limam. Me ha encantado.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

01

Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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El País

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