El nómada y la ciudad

Por: | 10 de noviembre de 2014

Dromedario_Tiris

Esta entrada ha sido escrita por el poeta Ali Salem Iselmu.

Nació en un campamento nómada, estaba acostumbrado a los largos recorridos que hacía sobre su dromedario, unas veces exploraba la lluvia, otras veces buscaba el pasto; y siempre, casi siempre, elegía para aquel gran frig1, el pozo sobre el que iban a pasar el verano.

Ahmed Salek conocía su manda de camellos, de cabras y ovejas, a ella dedicaba todo su esfuerzo para garantizar la economía de su familia. Dependía exclusivamente de la lluvia y de los ciclos húmedos del otoño. La supervivencia de su ganado obedecía al agua, que iba salvándole de las sequías. Sobrevivía en el desierto, recorriendo miles y miles de kilómetros, desde la península de Río de Oro hasta Saguia El Hamra2.

La lluvia era su verdadero mapa, conocía zonas tantas lejanas como Azawad en el norte de Mali, o las regiones próximas a Nuakchot  capital de Mauritania.

Ahmed Salek curtía las pieles con hojas de acacias y agua, hacía los molinos de piedra para moler la cebada y cuando tenía mucha carne de antílope o gacela, la cortaba en largas tiras y la secaba sobre un árbol y luego la guardaba en un saco hecho de cuero de cordero.

El desierto formaba parte de su vida y sus recuerdos. Las montañas del Tiris3  y sus pozos eran los sitios sobre los cuales veraneaba con sus rebaños, y durante muchos años se acostumbró a comer el pan y la carne cocinados en el interior de la arena que quedaba debajo de la hoguera, una vez que se retiraba la brasa.

Para ordeñar sus camellos y cabras se fijaba en una estrella en el cielo que le indicaba el momento en el que tenía que coger un cuenco y adentrarse para llenar los odres de leche. Por la mañana otra estrella le indicaba, el inicio del rezo de la mañana y los trabajos del ganado.

Alérgico a los coches y a las ciudades, que visitaba en algunas ocasiones, en busca de ropa o de algún cereal como el arroz; todo lo que necesitaba estaba en el desierto del Sáhara que heredó de sus antepasados, a él estaba intensamente apegado; y su mundo eran las nubes, los animales de caza, las dayas4 , las jaimas negras y las estrellas. Toda su felicidad se resumía en la luz intensa de las estrellas, al agua que deja la lluvia a su paso, devolviendo la vida al desierto después de una larga sequía.

Después de muchos años desplazándose con libertad, en el año 1975 estalló la guerra en el Sáhara Occidental y Marruecos construyó un muro de arena, alambradas y minas, lo que impidió a Ahmed Salek recorrer las zonas de pasto que conocen sus camellos. Su recorrido se quedó reducido y empezó a recordar con cierto pesar toda la zona próxima al mar de la que alguna vez, intercambió cebada con pescado seco que ofrecían los Imraguen5. Poco a poco fue cambiando su vida nómada, a una vida sedentaria. Sus hijos construyeron una casa en Fderik6, una ciudad de Mauritania y luego vendieron todo el ganado, y abrieron una pequeña tienda de vívires que sirvió para sustituir el comercio por el ganado.

Ahmed Salek se acordó de su parte nómada a la que no quiere traicionar bajo ninguna circunstancia y apenado dice:

Quién veraneará cerca de Zug,
dónde caerá la lluvia en otoño
y dónde estará la estrella de mis oraciones,
desafía a estás paredes duras
que me impiden entrar y salir.

Soy nómada del desierto
quiero caminar, quiero otear mis pasos
ver las huellas de mi ganado,
quiero salir de esta cárcel.

Oír a mi madre batir la leche en el odre,
caminar y caminar…
hasta encontrar los dromedarios y la lluvia,
luego cavar la arena,
sacar del interior de una duna,
mi brazo húmedo, mojado
y dormir bajo la sombra de una acacia.

Ahmed Salek muy a su pesar y con resignación, vive hoy exiliado en Mauritania, intentando adaptar sus sentimientos a esta nueva situación, recordando en el interior de su mente, los años de lluvia y sequía, que hoy ya no existen en ningún calendario.

1 Campamento nómada, constituido por varias jaimas.
2 Región norte del Sáhara Occidental, su tierra es de color rojizo.
3 Región sureste del Sáhara Occidental, caracterizada por sus montañas negras y su  tierra blanca que forman un bonito contraste.
4 Charcos de agua, que se forman después de la lluvia y que sirven para el consumo del ganado y las personas.                                                                                                     
5 Nombre del pescador, en la lengua dialectal hasania, que se habla en el Sáhara Occidental y Mauritania.
6 Pequeña ciudad de Mauritania, limítrofe con el sureste del Sáhara Occidental.

 


                                                                                                             


 

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

01

Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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