Memoria de vida [01]

Por: | 01 de julio de 2015

Memoria_de_vida_01

                                                                                        Ilustración de Roberto Maján

VIDA - Sukina Aali-Taleb

He dejado de buscar tu nombre,
se había instalado en mí, no recuerdo desde cuándo,
quizá desde que la nieve cubría los bancos
y los paseos entre hileras de flores era nuestra rutina de fin de semana.

Dejé de rendirte cuentas,
de comer los domingos, de esperar tu llamada.
Me dijeron que la vida pasa, y que no importan las palabras,
y así una mañana me arrancaron tu nombre
y desde entonces no he vuelto a pronunciarlo.


He dejado de buscar tu nombre,
porque grito y nadie me contesta,
porque pregunto y no hay respuesta,
porque el silencio lo llena todo,
y se ríe de mí sin decir nada.

Es solo una palabra, pienso,
y entonces busco entre mis recuerdos,
y se me escapa el llanto, y no debo,
es solo una palabra, pienso.
Y te veo bailar en la cocina,
una suerte de albóndigas y gazpacho,
de vino dulce, de risas,
y no sé qué hacer con tu nombre.
Quiero decirlo, y no puedo.

De niña me enseñaron a unir sus sílabas,
pero nadie me dijo que un día tendría que aprender
 a dejar de pronunciarlo.
A eso nadie te enseña.
Eso lo aprendes solo.
Mejor rápido que lento.
Es solo una palabra, pienso.

Aprendí tu nombre cuando el mundo era un lugar seguro,
y las amapolas dibujaban un mar rojo
en los descampados,
y nos divertía hacer ramos de novia,
con pétalos que se deshacían en nuestras manos.
Y jugar al balón,
entre hierbas silvestres, abuelillos, espigas,
y olor a campo.
La ciudad lo tenía todo.
Tampoco conocías otro escenario.

Y de pronto  tu nombre,  arraigado en mi cuerpo,
se me hizo extraño.
Nadie me avisó. Lo borraron de mí
un mañana, fría como todas,
como si estuviera escrito con mala caligrafía,
como si ya no valiera.
Como si se hubiera agotado.
Las palabras no pasan, pienso.
Pero la vida pasa, me dijeron,
y que el tiempo no espera.
Cómo utilizar esta palabra que tanto quiero,
que me enseñaron con tanto esmero.
No sé qué debo pensar.
Este vocablo, que me dio la vida,
hoy se  me hace ajeno.

La vida borra con autoridad de un bandazo
vocablos de mi diccionario.
Me dicen que es una simple palabra, que es sencillo.
Mamá, decía ayer,
mamá, no volveré a decirlo.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

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Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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El País

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