De diluvios y marchas

Por: | 15 de diciembre de 2015

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Los niños juegan en los charcos tras las lluvias torrenciales en los campamentos de refugiados saharauis


Esta entrada ha sido escrita por Larosi Haidar, profesor de Traducción e Interpretación en la Universidad de Granada y miembro del grupo de escritores la Generación de la Amistad Saharaui.

Se veía venir. Estaba cantado. Las implacables fauces del destino lo anunciaban goteando sangre oscura y polvorienta sobre los inocentes semblantes de polvo y arena del desierto. Rayos y truenos se afanaban en amedrentar a todo un pueblo abandonado en la nada, a la deriva blasfema en el abismo del olvido cruel y planificado que todo lo destruye, carcome, ablanda; a un pueblo que simple y llanamente se niega a rendirse, a ser absorbido, fagocitado, digerido. Estertores de agonía apenas audibles sellan la inevitable realidad que todo el mundo acepta, e incluso desea, como un hecho irreversible.

Tras el diluvio, esa marabunta líquida inyectada de homúnculos esclavizados al servicio de su amiguete rey y verdugo, el silencio mezquino de los poderosos tomó las riendas y se dispuso a hacer el trabajo sucio. Sonó el abrumador silencio y las gallináceas, defecando su propia miseria, se volvieron reptantes de la última hornada. El depredador inasible e infiltrado se presentó y lo ahogó todo, asfixió la humilde existencia de las criaturas del desierto, barrenó su fatigada nave de las esperanzas con afilados utensilios y traidores quebrados y no quebrados, de esos que nunca supieron de caballetes de tortura y que, sin embargo, en menos de un santiamén se metamorfoseaban en asnos sarnosos de Troya, gusanos de aguas empantanadas. Abyectos vientos del norte soplaron iracundos y vomitaron su rojez sanguinolenta sobre los indefensos vecinos del sur. Huyeron, lucharon y resistieron como nadie lo había hecho, mas continuó lloviendo y siguieron siendo pisoteados como harapientos indignos de ser visibilizados. Continuó, desvergonzado y canallesco, el silencio ecuménico del resto de la humanidad deshumanizada. Cayeron las lluvias destruyendo humildes hogares de barro y esperanza, marcharon las hordas pisoteando cadáveres y sueños saharauis. Y siguió lloviendo lágrimas y dolor sobre el infeliz desierto. Del cielo, caían gotas infames disolventes de hogares e ilusiones perdidas, se precipitaban fosforescentes bombas de racimo y fósforo blanco que todo lo ennegrecían. El agua ruidosa se lo llevó todo con su diluvio imparable. La marcha ensordecedora de las hordas quemó el universo beduino, paralizó la vida con su abominable curare y sus mugrientas botas chapotearon en sangre inocente. En la acera de enfrente, nadie vio nada merecedor de alarma, pues apenas se trataba de un sirimiri que, con un paraguas, fácilmente se solucionaba. Nadie oyó nada. La agonía de las víctimas, el rugido de los cañones, no eran más que lejanas sensaciones sonoras, imperceptibles acúfenos que cosquillean en el interior del oído.

El mundo de las avutardas de cagalera pronta es un mundo sordo y ciego. Y lo fue desde la desafortunada Operación Gallina de finales de 1975, cuando se malvendió y abandonó cobardemente lo que se suponía parte integrante de la piel de toro. En ese preciso instante, empezó el destructor diluvio y empezó la funesta marcha fúnebre, hasta hoy, cuatro décadas después. Mas al séptimo día, y afortunadamente, salió el sol y auténticos brotes verdes aparecieron victoriosos para vestir al desierto con su noble capa de fertilidad y justicia; el ave fénix renació de las cenizas del olvido y la injusticia, y levantó su vuelo inquebrantable hacia los queridos horizontes de su tierra natal; los niños, futuros valedores del indomable espíritu beduino, desecharon la triste endecha de ayer y cantaron alegres sones mientras saltaban y chapoteaban entre risas y gritos de júbilo en las polvorientas aguas del charco de la felicidad. Luego, inevitablemente, alguien dirá que nunca llueve a gusto de todos.

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No me cabe en la cabeza que un pueblo esté viviendo en las condiciones de los saharauis, se puede ser muy digno por haber ocupado tu país pero se es menos digno si te están manteniendo y olvidando en mitad del desierto y los niños se crian en esas condiciones, por lo que el agua ha sido una bendición para ellos.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

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Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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El País

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