Memoria de ciudad [01]

Por: | 04 de diciembre de 2015

Ilustración_Roberto Maján_Madrid
Ilustración de Roberto Maján

MADRID – Sukina Aali-Taleb

Nació corista y sin pretenderlo la eligieron protagonista.
No le deslumbran los focos ni los neones.
Linda solista, vive deprisa.
Ha aprendido a estar en el punto de mira.

Protegida por dioses alados con sus pegasos,
que salvaguardan desde lo alto el horizonte de tejados anaranjados.
Y en la azotea del arte descansa Minerva, firme guerrera, que odia las guerras,
y que salpica a quien mira con polvo de estrellas,
la magia que otorga la inteligencia.

En las aceras, árboles con troncos negros
que esperan al alba un aluvión de coches.
Mientras, la ciudad bosteza y se despereza. Lenta.
Crujen sus huesos de animal metropolitano,
luego ruge, protesta y escupe. Despierta.

Renace cada mañana bajo los cielos pintados.
Se venden libros baratos en la cuesta de Moyano,
se vende arte a raudales en los museos y en las calles,
hay casas de empeño que compran oro, y venden sueños.

Tertulias de mesa camilla,
encuentros en bares, cafés y paseos.
Parques de árboles floridos,
capricho de enredaderas y pinos.
Apenas algún madroño, con oso,
mustio y olvidado en la plaza que despide el año.

Noble villa, escenario de paseantes,
navegantes y capitanes de barcos a la deriva,
de mil y una vidas, con sus días y sus noches.

Piedras que rompen farolas,
zapatos que bailan en cables, colgados,
pintadas oportunas, vagones pintarrajeados, descampados,
y peonzas en los patios que giran sobre sí mismas,
al ritmo que la Tierra gira.

Grandes avenidas, de idas y venidas,
de gente que habla diferentes idiomas,
de alguna parte, de ninguna parte.
Gentes de allá y de aquí que luchan por vivir.
En Madrid, a veces, hasta es fácil ser feliz.

Acueductos con cristales para evitar saltos de intrépidos mortales.
Despistada, una diosa pasea altiva guiada por leones.
No muy lejos, Neptuno, irascible,
capaz de desatar a golpe de tridente su furia.
Restaurantes de cinco tenedores,
mercados, mercadillos de fruta y ropa,
bocinas, plazas, rastro, artículos de ocasión,
borrachos tropezando en los adoquines cuadrados
y cuatro torres muy altas que cambian la topografía urbana.

Escenario de risas, amores, cuernos y desengaños.
Barrios alegres, barrios de tabernas, tapas y cucarachas.  
Corralas con ropa colgada, bicis mal aparcadas,
bocas de metro que introducen al visitante en un mundo de subsuelo,
de música, mimos, frenos y ruido.

Desacreditada, denostada, engañada, a veces maltratada.
Fiero animal central,
fiera casa de valientes,
de locos urbanos, cuerdos castizos y menos castizos, acogidos,
de gente que sueña,
que canta, que vive, sobrevive, y ríe.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

01

Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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El País

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