Diario de viaje - Entre arenas (III)

Por: | 29 de enero de 2016

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Dibujo de Nasra e Ibon

Por Federico Guzmán

9 de octubre de 2015. Diálogo intercultural.

Llevamos pocos días y parece como si nos conociéramos de mucho tiempo. Estoy charlando con Ahmed. El joven cineasta, recién regresado de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños de Cuba, es una persona que irradia confianza y tranquilidad. Perteneciente a la primera promoción de la Escuela de Formación Audiovisual Abidin Kaed Saleh, este año empieza su labor docente en ese mismo centro, que empieza a generar sus propias producciones con profesorado saharaui. Me cuenta que los estudios le han permitido trabajar en equipo con artistas cubanos e internacionales en trabajos que han sido presentados en festivales internacionales de cine, como en México y Brasil. Ahmed considera la propuesta de las residencias especialmente enriquecedora al plantearse como un trabajo de diálogo creativo entre dos artistas y dos culturas. Como nos explica: “El hecho de viajar al terreno en los dos países nos va  a permitir un experimento de primera mano en que abrir la perspectiva sobre nuestras propias historias desde la mirada de los otros. Me motiva especialmente el poder hacer un trabajo que lleve la voz de la causa saharaui a un contexto internacional”1.

 

A lo largo de los días acudimos a la Escuela de Arte. Ahora observo a Ahmed dibujando con Ibon y a Nasra mostrando sus pinturas a Karlos. Antes han estado improvisando collages conceptuales, haciendo juegos performáticos y ejercicios de impersonalización. Con la cámara de mano en mano, han iniciado un experimento foto-narrativo donde cada un+ va captando una nueva imagen inspirada por la imagen anterior. Son visiones del entorno fragmentarias, oblicuas, divergentes, abstractas y a contraluz, que se salen del cliché. Una metodología colectiva parece estar emergiendo de manera espontánea. Hay que observar que estas residencias son una oportunidad única respaldada con recursos y al mismo tiempo un reto lleno de esfuerzo y responsabilidad. Las diferencias de edad, de cultura, de cosmovisiones y experiencias entre l+s artistas son un aliciente pero también un complejo desafío personal.

Hay que adaptarse pacientemente al otro, armonizar las diferencias culturales e idiomáticas, atravesar incertidumbres, soportar incomodidades y aportar algo a la comunidad local. Estas residencias son un experimento co-creativo en el que se cuidan las condiciones de un proceso evolutivo-cognoscitivo iniciado desde un diálogo intercultural, igualitario y conectivo. Por su mismo compromiso experimental, el resultado está abierto y en continua re-evaluación. La obra son las mismas relaciones psico-sociales, micro-políticas e interdependientes que se tejen día a día recíprocamente, entre los artistas y la comunidad. Observo en ellos apertura, respeto, cariño, complicidad y apoyo mutuo. No hace falta apresurarnos, un proverbio saharaui dice ”ngta ngta isy-al ouad” (gota a gota discurre el río) invitando a una sabia paciencia. Después del trabajo, mientras comemos cus cus de camello en casa de Nasra, hacemos balance e Ibon confirma un reconocimiento profundo y memorable: Ya no somos “nosotros” y “ellos”, sólo somos nosotr+s. Brindamos por nosotr+s con Fanta de manzana.

 

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El padre de Ahmed, Omar el Canario, uno de los primeros reporteros de guerra saharauis


Ibon y Karlos están confortablemente acogidos en la casa de Muyeb, una amistosa mujer en la treintena, a quien nuestro poco hasanía no le impide hacerse entender. Hace dos años su marido construyó este bait (casa de adobe) y luego se marchó a Canarias a trabajar. Desde allí manda dinero todos los meses, pero Muyeb cuenta que lo extraña, porque hablan poco, su dulzura está teñida de melancolía. La casa es amplia y bien amueblada y todo está pintado en armoniosos colores rematados con purpurina. Observo que este candoroso acabado es una fina capa decorativa sobre ladrillos de adobe, que son bloques de arena hidratada, prensada y secada al sol. No lleva ningún aglutinante. Un sistema constructivo inventado con los únicos recursos que hay. Pocas casas de Bojador pueden permitirse cemento y ninguna tiene cimentación. Los techos son planchas de zinc colmatadas por pesadas rocas recogidas del desierto, para evitar que las cubiertas salgan volando peligrosamente en los temidos guelgat (vendavales). Estas construcciones se convierten en verdaderos hornos durante el insoportable verano saharaui. El bait tiene las otras casas de la familia cerca, rodeando una jaima colectiva. Y un enorme contenedor de la ayuda humanitaria que funciona como trastero polivalente.

Hablo con Karlos de un concepto que a ambos nos interesa mucho: las vitalidades, y la conversación deriva hacia la forma de habitar el espacio y la arquitectura del campamento. Me habla de la relación entre arquitectura e ideología, entre esfera pública y espacio privado, y entre historia y memoria. Vemos que la vida de las familias en el refugio se extiende en un espacio abierto de forma auto-organizada, los familiares siempre levantan sus jaimas cerca para cuidar de los suyos, no hay puertas cerradas y l+s niñ+s corren alegremente de una a otra. En esta sociedad matrilineal, el cónyuge masculino pasa a construir el bait junto a la jaima de la esposa. El iliwish (alfombra de cordero) donde se acomodan los abuelos, es el lugar más acogedor de la jaima. Aún en el indefinido asentamiento del exilio pervive la continuidad natural entre la genealogía y el espacio de vida que caracterizaba al ancestral frig (campamento) beduino. Sin embargo, en el refugio, esta continuidad es percibida por algunos como contradictoria, entre la necesidad diaria de construir infraestructuras sostenibles para una vida digna y la de volver un día a su tierra de la que fueron violentamente expulsados hace ya cuarenta años.

Otro de los campos que Karlos ha explorado es el de la labor femenina, como su estudio sobre las artistas de la Bauhaus o su colaboración con tejedoras bereberes. Conversando ahora con Nasra, ella nos explica que desde la antigüedad, las mujeres saharauis han gozado de gran reconocimiento en las tribus. Esto se basa en la conciencia social de que su trabajo es muy duro y necesario para la vida de la comunidad. La educación de las niñas significó un gran énfasis en las tareas que implican la especialización: diferentes tipos de tejido de la tela, la construcción de largas tiras de pelo de camello y cabra para la fabricación de jaimas y la preparación de alimentos. Las mujeres también eran responsables de transportar el agua y la recolección de leña; también se hicieron cargo de las cabras y la leche de las camellas. Desde entonces la solidaridad femenina se considera esencial para la transmisión de la cultura saharaui y la capacidad de mantener lazos familiares cohesivos. Esta solidaridad entre todas las mujeres, conocida como tuiza, incluye a las madres e hijas, primas y hermanas y a todas las mujeres. El espíritu de la tuiza hace más fácil para las mujeres saharauis hacer frente colectivamente al trabajo duro o completamente nuevo sin perder sus tradiciones y transmitir información vital, discutir las condiciones sociales, tomar decisiones colectivas sobre la educación y la participación política, y en última instancia, influir en las decisiones de la tribu y, actualmente, en la política de los órganos de gobierno de la República Árabe Saharaui Democrática. En la actualidad, la RASD es uno de los pocos, si no el único país árabe, donde el derecho a la educación, la salud, el bienestar y la representación popular se centra en el logro de la igualdad entre mujeres y hombres.

El trabajo avanza cada día y los artistas aportan su experiencia. Ahmed relata uno de los ejercicios que realizaron en la Escuela de Cine de Cuba. Consiste en ubicar la cámara en una plaza pública y empezar a grabar. Gente paseando, descansando, niños jugando, pájaros, árboles, vehículos, edificios… Al principio todo parece una escena normal. Después la cámara se va acercando a los detalles que componen el cuadro. Una anciana se levanta con esfuerzo de un banco, un vendedor de jugos se ríe con un cliente, una pareja discute, todo se vuelve vivo y lleno de historias que se van revelando a medida que acercamos la lente. La cámara vuelve al plano general y las historias se entrelazan: el cliente del carrito de jugos toma a la anciana del brazo y se detienen a hablar con la pareja de novios, más niños entran jugando en la escena... Ahmed comenta que “algunas veces hace falta una mirada nueva de alguien que viene de fuera y puede observar cosas que tenemos delante y que por lo cotidiano hemos dejado de ver”. En un recorrido inverso, la mirada del avezado saharaui es capaz de vislumbrar en el desierto detalles, plantas, animales y comida que resultan invisibles a nuestros ojos de europeos recién llegados. Más aún aventuraría que existe una sutil diferencia en la experiencia cognitiva-emocional del espacio: mientras el urbanita occidental es hábil en distinguir el detalle, lo cercano, el beduino observa el conjunto, y aprecia la distancia en el paisaje.

Sería interesante voltear la cámara hacia nosotros mismos y grabar por un tiempo indefinido. Quizás abriéramos los ojos a la realidad de ser parte de un paisaje mayor. Cuando los binomios charlan y comparten el diálogo intercultural, no se trata sólo de un diálogo entre dos artistas individuales desarraigados de su substrato y de su historia, sino de una ósmosis entre dos visiones de la realidad. Más aún, entre dos mundos representados, por así decirlo, por dos personas humanas que llevan consigo todo el peso y la historia de sus respectivas culturas. El diálogo intercultural no intenta dar una respuesta “multicultural” a problemas que se presuponen “universales”, pero se interroga sobre la propia universalidad de los propios problemas. Como explica Raimon Panikkar: “Interculturalidad no significa relativismo cultural (una cultura vale tanto como otra), ni fragmentación de la naturaleza humana. Toda cultura es cultura humana, aunque pueda degenerar. Dicho de manera más filosófica, existen invariantes humanos, pero no existen universales culturales. Su relación es trascendental: el invariante humano se percibe solamente dentro de un determinado universal cultural. Todos los hombres comen y duermen, pero el sentido del comer y del dormir no es el mismo en las distintas culturas”2. Un profundo universal cultural se desvela en el hermoso versículo del Corán que me ha recitado Abdalah esta mañana: “Os hice pueblos y naciones para que aprendierais a convivir unos con otros”.

1 Ahmed Omar. Carta de motivación para la candidatura a las residencias Entre arenas, 2015.
2 Raimon Panikkar. Paz e interculturalidad. Una reflexión filosófica. Herder, 2006.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

01

Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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