Nayat (1)

Por: | 05 de agosto de 2016


Avion3

Esta entrada ha sido escrita por Bachir Ahmed Aomar, miembro de la Generación de la Amistad Saharaui y director del programa Sahara desde Canarias en la emisora de radio Guiniguada.

- Papá, ¿los cristianos van al cielo?

Ya había viajado en avión, aunque no entendía como  siendo de hierro pudiese volar. Descubrió que el agua del mar era salada y no comprendía que los barcos pudiesen mantenerse a flote siendo tan pesados.

La respuesta no era sencilla. El padre pensó que la abuela le había advertido de los peligros que conlleva viajar a un país de costumbres diferentes. Seguramente, le habría hablado de la diferencia religiosa.

- No.

No quería entrar en contradicción con la abuela, se guardó mucho de expresar una opinión diferente.

- ¿Por qué ?

Había llegado a la ciudad hacía solo unos días y todo le llamaba la atención. Nunca había salido del desierto y era la primera vez que se encontraba en una sociedad diferente a la suya.

- Comen cerdo, beben vino, no rezan y no tienen miedo a pecar.

Era sábado por la tarde. Se habían sentado en una terraza de las mayores avenidas de la ciudad y él la invitó a probar helado. Disfrutaba mirando a la gente mientras saboreaba el contenido de la gran copa que tenía ante si.

- ¿Solo los musulmanes van al cielo?

No dejaba de preguntar. Miraba con interés la cantidad de personas que paseaban en aquel momento a su alrededor.

- Por supuesto.

El padre solo deseaba que terminara el interrogatorio. Se sentía acorralado.

- ¿Por qué?

Algo bullía en su cabeza. Parecía estar muy interesada en el tema. Quería saber más del nuevo mundo al que había entrado. 

- No comen cerdo, ni beben  vino, rezan cinco veces al día, van a la Meca y solo hacen cosas agradables a los ojos de Dios.

Desde que oyó la respuesta pareció quedar convencida. Se concentró en el helado y siguió mirando a la gente que pasaba frente a la mesa en la que estaba sentada.

Pasaban los minutos y su atención parecía estar en saborear lo que quedaba del helado en aquella copa. Después de convencerla, el padre se relajó. Por fin había terminado el turno de preguntas. Había salido victorioso del atolladero en el que lo había metido. Pensó que tendría oportunidad de dar una explicación diferente en futuras ocasiones. Cuando terminara el helado, la invitaría a ver alguna de las películas que se proyectaban en la ciudad.

- Papá, ¿cómo es posible que de las miles de personas que están ahora en esta calle, solo nosotros iremos al cielo?

Nayat tenía ocho años.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

01

Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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El País

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