El escrito

Por: | 12 de septiembre de 2016

El Aaiun_Sahara Occidental
El Aaiun, capital del Sáhara Occidental

Esta entrada ha sido escrita por Larosi Haidar, profesor de Traducción e Interpretación en la Universidad de Granada y miembro del grupo de escritores la Generación de la Amistad Saharaui.

El sol lucía ya todo su fuego, todo su poder, cuando los tres amigos, después de desayunar leche de cabra y té, se disponían a buscar entre las acacias cercanas a la jaima una con suficiente sombra para cobijarlos. El anciano se encargó de llevar una botella de agua fresca de la noche y avisó a la bella dama del desafortunado lugar de las arenas que no vendrían hasta terminar de leer todos los escritos de su difunto esposo, su querido combatiente. Y así fue; tras elegir una majestuosa y frondosa acacia de esas que llevan el eterno cartel "Sombra, frescor y tranquilidad", los tres se acomodaron como pudieron y se sumergieron de inmediato en la alucinante lectura de las líneas del desierto. Fue tal su subyugación que apenas tenían tiempo para respirar. No se oía nada salvo, de vez en cuando, el estremecimiento de las espinosas ramas bajo el efecto acariciador de extraviadas brisas. Leyeron todo de una vez, sin parar, sin cambiar de postura, sin preguntar, sin beber... de una vez leyeron profundamente absortos las sabias y originales palabras del gran combatiente. Entre lo que leyeron, estaba el siguiente escrito:
De cuando era niño, de cuando España... "Un día de mi vida".

Solían ser las cinco de la madrugada cuando mi padre nos despertaba con su querido "levantaos hijos, y rezad que ya es tarde". Éramos cuatro hermanos, siendo yo el tercero en edad, y ese día, como todos desde que finalizó la temporada de lluvia, teníamos que levantarnos temprano para así llegar a tiempo a la “sakuila”, que estaba en la ciudad, unos doce kilómetros al sur. Lo primero que hacíamos era rezar, medio dormidos y casi bajo las mantas, la oración matutina y luego, fuera ya de la jaima nos lavábamos con el agua fría de los bidones. Todavía recuerdo la sensación de misterio e infinito que me producían las relucientes estrellas en el límpido cielo de nuestro querido desierto. Otras veces, era la luna llena que esparcía su nívea luz en el firmamento ahogando triunfalmente la mortecina luz estelar.

Entonces, sólo podíamos beber un vaso de leche de camella debido a la larga caminata que nos esperaba. Teníamos que andar durante dos horas, primero atravesando Ad-raah, la bella banda de dunas solemnes, erguidas y llenas de orgullo como sus gentes vecinas del desierto; luego vendría Afttut, terreno pedregoso y muy accidentado, difícil de andar y en el cual había que tener mucho cuidado con las terribles “lefaas” cuya mordedura a menudo era mortal. Era el trayecto que más me hacía sufrir, no sólo por las muchas y cortantes piedras difíciles de esquivar sino, ante todo, por el permanente temor que me mantenía en vilo, mirando cada roca, cada arbusto, cada hueco, pensando que podría albergar al temible ofidio. Qué alivio sentía yo al dejar atrás Afttut y ver, cerca ya, salvadora, la ribera norte del Gran Río. Los cuatro soltábamos un suspiro y Sidi, mi hermano menor, a horcajadas sobre los hombros de mi padre desde que salimos de las dunas, se decidía por fin a bajar y andar como los demás.

Al borde del Gran Río y al otro lado, la ciudad se amontonaba fluyendo tímidamente del seco cauce fluvial. Nosotros, desde la otra ribera, la contemplábamos obnubilados por el resplandor del alba en sus blancas y menudas casas de cartón. Ya habíamos llegado; simplemente, era cuestión de cruzar el sediento río medio ocupado por arenas cristalinas y subir la vieja carretera. Íbamos directo a casa. Al llegar, mientras nosotros nos limpiábamos el polvo y volvíamos a lavarnos, nuestro padre nos preparaba el desayuno.

Como la “sakuila” estaba cerca de casa, no salíamos hasta pocos minutos antes de la hora de clase. Dos sesiones de árabe y tres de español comprendía el horario de mañana. Luego, comíamos en el comedor escolar e íbamos a casa para tomarnos nuestro vaso de té, nuestro “atai”. A las tres, volvíamos a clase, esta vez para recibir dos sesiones de español. Por la tarde, volvíamos a encontrarnos en casa y era mi hermano mayor el que nos preparaba la merienda. Mientras merendábamos, cada uno contaba cosas que le habían sucedido ese día y, así, seguíamos hasta la llegada de mi padre.

De nuevo se repetía la marcha, esta vez en sentido contrario, hacia el “frig”, el querido campamento de jaimas. Primero, el Gran Río dormido ya bajo el haz crepuscular; después, el traicionero Afttut, más acechante, más temible todavía; y para terminar, nuestras amigas las dunas coronadas majestuosamente por el manto dorado del ocaso. Allá, agazapadas una al lado de la otra, las jaimas ansiosas nos esperaban desprendiendo nubes de ternura que nos guiaban una vez sorprendidos por la oscuridad de la noche. El sol, sorprendido, ya se había ahogado tiñendo con su sangre todo el horizonte. Agonizaba un día más de 1972.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

01

Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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