El sol en las redes

Por: | 03 de febrero de 2017

Hombre_saharaui_haciendo té
Mahmud hace té en los territorios liberados del Sáhara Occidental

Ruge el viento tras la lona de la jaima. Hoy ha sido un día más de calor. En su interior, nuestro hombre saca una libreta donde anota recuerdos, inventa historias y relata la vida en el campamento. A veces le gusta pensar cómo era la vida en la ciudad, el ajetreo, el ruido, sus gentes y el olor a mar. Escribe a mano para luego trasladarlo al bloc de notas de su Samsung Galaxy, con paciencia y esmero. Y entonces, cuando todos duermen, mientras  los escarabajos excavan túneles en la tierra, camina hasta un lugar elevado en busca de un poco de cobertura. Consigue enviarnos su crónica, su relato, su historia. Memoria viva de todo un pueblo que deja escapar los días en un campamento de refugiados en el más inhóspito de todos los desiertos. Mi admiración y respeto a nuestro compañero, Mohamidi Fakal-la, un valiente caballero del desierto.

Esta entrada ha sido escrita por Mohamidi Fakal-la desde los campamentos de refugiados saharauis.

Las manecillas del tiempo se detienen en la vastedad del desierto, kilómetro tras kilómetro, adentrándose en los parajes de una tierra que desciende lentamente en un encuentro inevitable con las costas atlánticas.

El peso del viaje se nota desde el primer momento en que las ruedas comienzan a girar desde los campamentos de refugiados saharauis en dirección al oeste, al son del rugir del motor del Land-Rover, y con el sabor de las trufas blancas y marrones en el paladar, bendición de las últimas lluvias de otoño.

En el kilómetro doscientos cuarenta los gigantescos focos de un cuartel de las Naciones Unidas son señal inequívoca de que te encuentras en las altitudes del poblado saharaui de Birlehlu, lugar donde fue constituida la República Saharaui en febrero de 1976, tras la apresurada y traicionera salida de España del territorio. A pocos kilómetros, hacia el sur, se divisa la frontera con Mauritania. Y entre dos líneas de demarcación geográfica se constata claramente por el viajero cómo se muere sin prisa el efecto de los aires intranquilos del este, que vienen empujando el vehículo, envuelto en una polvareda de los terraplenes. En un alto en el camino, rodeado de barracones y contenedores, emerge el poblado en los últimos años, y la vida parece florecer de nuevo en el semblante del carnicero, el carbonero, el comerciante, el enfermero, el ganadero y el del maestro. A pesar del adiós a las armas. Sin embargo, las ruinas de la guerra continúan todavía mostrando su feo rostro en las callejuelas y en las paredes del único hospital de la zona. Los restos de minas y de obuses se amontonan en el recuerdo de un antiguo cementerio de chatarra bélica, en torno a un vetusto carro de combate, carcomido por el óxido y el permanente azote de las inclementes tormentas del desierto.

Es el universo del desierto y el afán de su gente. Gentilmente, representada en la profecía santuaria de los reflejos que encarna la badia en tiempos de lluvia, de historia y de leyendas en el canto de voz de una asamblea de notables en cada rincón de las jaimas, desperdigadas en la vasta región de Zemur. En aquellas soledades Mahmud cuenta los días de buenos pastos antes de que le sorprenda el verano, a la altura de una terrosa ladera. El rostro surcado por un laberinto de arrugas que se pierden en el encuentro de una barba de mechones blancos. Pero en todo ese recuento el tiempo continúa estático sin desvelar los años del anciano, sentado a solas, parco en el habla y en los utensilios que le rodean. En un viaje en el tiempo y con una atención increíble hacia todo el entorno, incluidos los hatos de cabras, mientras saborea el ritual té que combina con los sentimientos de una paz inconclusa. Nos invita a pasar la noche en su modesta jaima, levantada por un solo mástil como la yurta de los nómadas de Mongolia.

Con el silbido de los pájaros, sorprendidos por las luces del día que reivindican a las siluetas ensombrecidas que les dejen paso, y en el fulgor de aquellas luces transcurre el día sin novedad. Desde la ladera de Mahmud me quedo contemplando el sol en la misma dirección que nos subyuga a todos. En esos momentos de catarsis sé que el oeste retiene la lejanía en el silencio ensombrecido y que la naturaleza envuelve el perfil en la justa medida de los cauces de la vida.

En el momento en el que el astro rey de las luces se pone en el difuso horizonte buscando otras fronteras distantes, ya no cabe ninguna duda: en este instante, al acercarse a los bordes de la tierra, cae de un solo golpe en las redes de los pescadores.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

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Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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El País

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