La Güera

Por: | 28 de julio de 2017

LA GUERA

Texto de Mohamidi Mohamed Fakal-la, escritor y periodista saharaui desde los Campamentos de Refugiados Saharauis, Tinduf, Argelia. Foto extraida del articulo "El último testigo La Güera", escrito por Jesús Flores Thies. Imagen en la que pone de nota: "Caravana de camellos pasando frente al fuerte. Esta caravana iba protegida por una (mía) de la policía indígena al mando del teniente La Gándara". 

El crepúsculo vespertino desplazaba los últimos vestigios de bruma que enturbiaban la faena de las embarcaciones de los predicadores a primeras horas de la mañana. Varados, en espera, durante la noche, frente al viejo muelle construido sobre el dique de rocas de donde nace el nombre de La Güera. De este modo, todo el mundo esperaba los comienzos de la jornada diurna en la que se veían enfrascados los habitantes, netamente los hombres y mujeres de la mar.

El sol se asomaba, el cielo se levantaba y la tierra se dejaba descubrir en un encuentro eminentemente de tal manera que sus comienzos se veían claramente en la punta de Cabo Blanco. A la altura del acantilado fronterizo, se vislumbraba el mojón número uno, bendecido por una orden colonial y una Cruz que contemplaba el mar y los intermitentes destellos nocturnos del faro principal de las dos ciudades divididas, y unidas por las mismas aguas: La Güera y Nuadibou, respectivamente.

En ese punto de encuentro, uno se quedaba ilusionado y a la vez apasionado por el embrujo que poseían estas tierras que miraban hacia el sur, apaciguadas por tibias aguas saharianas. Por cierto, en esos momentos, los pescadores lanzaban sus cañas con acierto y prontitud a fin de volver con buen pescado, antes del cierre de la panadería de Joaquín Bravo y del economato de víveres que proveían mensualmente los buques: La Gomera, León y Castilla, con sus altas chimeneas y bramidos, todavía en alta mar, levantaban en un grito de júbilo a la población, después  de tanta espera. Hecho similar ocurría el día del desembarco del barco cisterna, La aljibe que traía desde las Palmas agua potable al vetusto tanque que avecinaba el banco, la casa de Deidih Brahim, la Oficina Comarcal, la Ayudantía de Marina, la Iglesia y el antiguo dispensario gestionado por sanitarios diplomados como Antonio Mosquera, Mohamed Embarek Fakal-la, Aziza Mint Badadi, Antonio Sirvienta y Mohamed Uld Alaita.

Con todo ese Dédalo de construcción colonial, la casa de correos cerraba las colindantes viviendas; todas ellas, miraban uniformes la chiquitita plaza de los domingos, que unía por su parte al centro del poblado con la carretera que se dirigía a la ciudad de Dajla.

En cuanto a la cisterna abandonaba el puesto, los bidones de doscientos litros de agua comenzaban a rondar hacia las viviendas. Mientras, que otros residentes llevaban sobre los hombros las garrafas de cristal con el preciado líquido.

Los güereños son por excelencia gente de litoral, de paz y de cohesión social. Se dice que ellos fueron los primeros en descubrir el misterioso canto de las sirenas en el interior de las colosales canchas arrojadas por el mar. Y se dice igualmente que permitieron al capitán Pérez enterrar a su hija, Chalita, a pocos metros del cementerio musulmán, bajo una pirámide de arena coronada por una cruz. La Güera también era el único lugar del Sahara en el que las focas monje, así como los avestruces y las gacelas compartían por igual el mismo litoral en aquellos tiempos de paz.

Los oriundos de la legendaria ciudad sus almas se encontraban siempre pendientes de los cuatro Fuertes que vigilaban la tierra y el mar. Y parece ser también, que los antiguos muros  contaban en un silencio sepulcral la historia que revelaba que el  lugar fue fundado en 1920 por el coronel Bens. Entonces no era más que un fuerte abandonado por los portugueses y una factoría desconocida de salazón de pescado. El hecho lo confirmaba uno de los nativos del lugar, El Chej Ahmed Alhaiba. La localidad se identificaba en sus mejores tiempos con la célebre Insamarta, donde se fabricaba harina y aceite de pescado destinados al mercado insular. La empresa fue gestionada primeramente por Manuel Ayala que la cedió posteriormente al coronel Emilio en cooperación conjunta con la Cofradía de pescadores canarios. Poco a poco, la ciudad prosperó y, aún más, con el funcionamiento del motor generador de electricidad que trabajaba con gasóleo, a principios de los años  sesenta. El precursor del proyecto fue el señor Manuel Ayala Naranjo. El seguimiento de las averías del motor corrían a cargo de un tal Antonio el mecánico, el del faro; sus ayudantes eran Brahim Uld Chiaa y Ahmaddu Ahmed Labeid. De hecho, próspero el comercio y se destacaron buenos comerciantes, nativos y europeos, de la talla de Deidih Uld Brahim, Aleiwa Uld Emboirik, Brahim Uld Bachir, Juan Sánchez, Benito Rosa y Fefo, entre otros.

En diciembre de 1975, sorpresivamente, todo tuvo su fin. Y la guerra puso su triste velo, y dejó sus nefastas señales sobre el poblado y la población. Todo fue tragado por la arena y el olvido. La población huyó sin rumbo ni destino. Y hoy el sol brillaba sobre la desolación de ruinas y escombros sumergidos en la arena, que glorificaban una ciudad muerta junto al cementerio de sus primeros conquistadores.

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QUE RECUERDOS ME A TRAIDO ESTE ARTICULO. NACI EN LA GUERA EN EL AÑO 1950 MI ABUELO ERA EL MECANICO DEL MOTOR Y EL FARERO SE LLAMABA ANTONIO JIMENEZ TRINIDAD Y FUE UNO DE LOS ULTIMO ESPAÑOLES EN SALIR CON EL CORAZON ROTO.POCO DESPUES MURIO LLORANDO POR LA GUERA

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

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Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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