Muerte a la intemperie

Por: | 13 de mayo de 2018

                                                     BH262842

Texto: Ali Salem Iselmu

Ilustración: Fadel Jalifa, pintor saharaui

Cuando salió de su casa aquella noche de verano sabía que no iba a volver. En una pequeña caja llevaba sus  objetos de mayor valor y los guardaba para que nadie pudiera verlos. Antes de dejar su tierra, miró el horizonte para captar la luz de la luna con sus ojos. Las piedras afiladas de la llanura, eran extrañas estatuas que iba observando. El coche  que conducía, buscaba de forma desesperada un pequeño poblado en el que vio por primera vez un eclipse solar.

A medida que se alejaba, una extraña nostalgia lo dominaba. El paisaje cambiaba. Los árboles empezaban a escasear y las temperaturas subían unos cuantos grados. La brisa del mar que penetraba en su ciudad, estaba lejos. Aquellas flores con pétalos amarillos que solía regalar a sus amigos, las había dejado en su jardín, expuestas al paso inevitable del tiempo.

Delante de sus ojos, vio la tierra cubierta de una extraña capa de color oscuro que le recordaba los caminos que recorría de pequeño.

Cuando llegó a la meseta seca y salda. Sus ojos se cerraron. Todo el miedo que sentía cuando dormía de noche cerca de las tumbas de sus antepasados, era un recuerdo lejano. Estaba ahora frente a una tierra agrietada de color rojizo. En su interior se veían restos de caracoles fosilizados.

La ciudad de paredes blancas, y de casas anchas, no estaba ya a su alcance. Cuando llegó a aquel pozo rodeado de palmeras, se dio cuenta que el poblado del eclipse solar estaba lejos. La travesía de un camino que aparece y desaparece, lo había llevado a otro lugar.

 Bajó del coche y vio entonces a su mujer, sus  hijos y su mejor amigo, habían subido en los asientos de atrás, sin que él se diera cuenta. Cogió las mantas y las tendió cerca del tronco de una palmera. Sentó a sus hijos y a su mujer. Se fue con su amigo a buscar leña para combatir el frío de aquella noche gélida.

Su hijo pequeño estaba temblando, su madre lo cubría con una manta. Cuando cogió aquel tronco seco se dio cuenta que estaba lejos. Había llegado al lugar más caliente y frío, donde su abuelo iba a comprar pieles curtidas.

Preguntó a su amigo si tenía cerillas para encender la yesca, entonces se dio cuenta que no llevaban nada. Miró las piedras, la escasa vegetación que le rodeaba y se sintió impotente. La madre seguía abrazando a su hijo, mientras los temblores del niño aumentaban.

Buscaron aceite de cabra que llevaban en una garrafa. El padre se lo dio a su mujer  para que lo frotara sobre el cuerpo de su hijo, y lo tapara con la manta del intenso frío que caía de forma incesante aquella noche.

Después de pasarle el aceite por todo el cuerpo y taparlo con una manta, el niño siguió temblando. Su cuerpo estaba helado. Sus ojos se abrían y se cerraban. Pronunciaba constantemente el nombre de sus padres y llevaba su mano al ombligo quejándose de un fuerte dolor.

La madre sacó pequeños restos de hojas secas que llevaba en el interior de una tela. Las machacó entre dos piedras. Cogió el polvo, y lo batió en el agua, que echó en un pequeño vaso. Después dijo unas palabras en voz baja, susurrándolas en los oídos de su hijo. Levantó la cabeza del niño con la ayuda de su mano y lo obligó a beber aquel líquido de sabor agridulce.  El niño tragó un poco y el resto se derramó sobre su cara. Ella lo limpió, mientras el padre y su amigo estaban sentados sujetando los pies y las manos. En ese instante su cuerpo sufría una constante turbulencia.

Después de un silencio total, se cerraron sus ojos, se detuvieron los látidos de su corazón. El aire ya no entraba por su nariz. La madre cayó desmayada en los brazos de su esposo. Aquel hombre que los acompañaba, se dirigió hacia el este con sus manos pegadas y abiertas, próximas a su boca. Iba diciendo palabras en medio del frío, mientras las palmeras iban quedando a su espalda.

La madre seguía tendida en el suelo. Los ojos del padre permanecían estáticos mirando la cara de su hijo y a la vez sujetaba su brazo izquierdo que estaba caído sobre la manta. Intentaba localizar con sus dedos, una última señal de vida que le devolviera algo de esperanza. Empezó a soplar un aire frío y seco, las copas de los árboles se movían. Dos bidones estaban unidos a los troncos formando una línea que servía de cobijo en aquella tormentosa y fría noche.

Entonces levantó el cuerpo de su hijo con sus manos y sus brazos, mientras escuchaba el llanto de su mujer. Pensó en la tumba de su padre, larga y estrecha. Ahora tenía que enterrar al niño que le enseñó  a caminar cerca del océano, cuando observaba el agua penetrar en sus huellas. Las lágrimas iban cayendo de sus ojos y luego recorrían  sus labios.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

01

Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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El País

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