El silencio de las nubes o el fragor de la libertad. De Zahra Hasanui, Arma Poética

Por: | 04 de junio de 2018

Zahra

Fuente: Arma Poética. Por Elena Marqués

Es «una suerte» que el pueblo saharaui, tan maltratado en demasiados aspectos, recibiera el don de la palabra en español. Del mismo modo que esa lengua común nos permite escuchar las voces del otro lado del Atlántico, contactar con sus culturas antiguas y esa realidad maravillosa que los hace contar de un modo tan rico y diferente y enriquece nuestra visión (a veces provinciana o al menos demasiado occidental) del mundo, podemos conocer esta otra realidad olvidada sin necesidad de intermediarios. Así, entre El silencio de las nubes y a través de la palabra de Zahra El Hasmaoui Ahmed (El Aaiún, 1964), sabemos del exilio (del «enigma del exilio», «de los muchos exilios», del deseo de «espantar el exilio»; una palabra que, obviamente, se repite), de la extrañeza, de la amarga conmoción de sentirse por siempre nómadas o simplemente inexistentes. De mantener una «sed longeva» que quizás, en algunos aspectos, solo la poesía pueda paliar.

Con la delicadeza de las flores y la sal como continuos referentes, junto a los colores del recuerdo y sonoras palabras hasaníes que nombran en un prístino acto creativo la especial naturaleza de su tierra (qué hermosos los versos que cierran el poema «Los pozos de la vida»: «El desierto, / donde la fagonia hospitalaria / abre su flor al peregrino vespertino, / donde la arena se convierte en humo / y la montaña en tambor»), nos deslizamos por este libro con una extraña sensación mezcla de ternura y desengaño.

El silencio de las nubes no es en absoluto un grito de libertad mudo, sino directo, que nos habla con esperanza, a veces afirmando («No pudo morder / la mentira / la geografía inmensa / de tus alas blancas»), otras acusando («De vez en cuando, culpables somos todos»), pero siempre regalando versos tocados por la luz como estos: «En la plaza / resuena la alegría, / la mano de una niña / deja caer la / entrada de un cine de dunas / para asirse a la barandilla / de la inocencia y las gacelas». Nos cuenta de tradiciones y objetos queridos, como el «tagrauen» y el «hayrit guiyim»; de un muro que «serpentea siseante / su cicatriz por la tierra». Se pregunta quién es, quién fue, qué les queda, qué vendrá. Corrobora las palabras del prólogo de Antonia Pons Valldosera («No todos los rebeldes son poetas pero sí que todos los poetas han de ser, forzosamente, rebeldes») cuando confirma «nada puede domar / las voces que rozan el alma».

Porque la poesía con mayúsculas tiene esa función. No acariciar los sentidos (o no exclusivamente), sino agitarnos las entrañas con una construcción llevada también por la razón «donde el poema no sea azar». Zahra El Hasnaoui decide sentir, convertirse en raíz, levantarse sobre palabras equilibradas y versos generalmente concisos y contundentes como las rosas crecidas en el desierto. Su obra poética, junto a la de otros componentes de la Generación de la Amistad, es lucha y reivindicación y compromiso con su tierra traicionada, es comunicación y entendimiento (léase «Julio 2014. Diálogo entre un niño palestino y un saharaui», que «Juntos se sentaron / a beber en la fuente del olvido»); pero también luz y mar y respuesta.

Y no solo como poeta, sino como mujer, siente esa responsabilidad (incluso dedica un poema a la princesa omeya «Wallada Almustakfi», ejemplo de elevación por la cultura) de recuperar «la voz, / el viento y las flores», de representar a todos (léase al respecto el poema «Radio Rabuni», «donde la palabra / es sólo ella. / Y al mismo tiempo, / muchos, y nosotros, / y nuestros sueños».), de rendir homenaje a quienes sobrevivieron «la inmensidad de la desesperanza», de superar el destierro y recuperar lo que le corresponde.

Quizás por ello me vea casi obligada a terminar mis palabras con estos versos que deberían ser premonición pero por ahora, desgraciadamente, solo quedan en deseo:

«Volveré,

envuelta en mantos

de estrellas roja,

a sanar las

aguas amargas.

A morir y renacer

en las entrañas atlánticas».

Zahra El Hasnaoui Ahmed (El Aaiún, 1964), integrante de la Generación de la Amistad, ha participado en antologías poéticas como Um Draiga Aaiun, gritando lo que se siente, Las voces del viento, La primavera saharaui; en las ediciones bilingües Thrty-One y Generación de la Amistad, poésie sahraouie contemporaine; y en antologías de relatos cortos como La fuente de Saguia y El Quijote saharaui. Su obra poética se caracteriza por su identificación con los ciudadanos saharauis y su lucha por la independencia. Gran parte de su creación literaria se centra en la mujer.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

01

Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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El País

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