Aquel abrazo

Por: | 05 de septiembre de 2018

  PINTURA N-19

Texto: Ali Salem Iselmu. Ilustración de Fadel Jalifa

Esta vez el escritor Ali Salem Iselmu nos regala este relato que nos lleva a pensar en las familias saharauis que siguen separadas desde 1976 a raíz de la anexión militar marroquí a los territorios del Sahara Occidental. Pero el fortuito reencuentro tras muchos años a veces redime el dolor de la separación y mitiga la sed del desterrado.

La última vez que se abrazaron, había silencio en sus manos, las lágrimas caían de sus mejillas. Aquella despedida era dolorosa e inaceptable. Pero el destino iba marcando sus pasos. Él era un notable que venía a identificar a su gente, después de muchos años de guerra. El reencuentro en aquel campamento, después de tantos años iba a ser un milagro.

Ella pensó durante su huida, que no iba a sobrevivir a las bombas, a las minas y jamás volvería a encontrar a su hermano. Su casa, el hospital donde trabajaba como enfermera y sus vacaciones en las Islas Canarias, todo eso lo había perdido. Ahora lo único que le quedaba, era rezar con su rosario y seguir nombrando los nombres de Dios. Pidiendo que vuelva a salir el sol, que el humo de los coches quemados después del ruido de las bombas, no le impida ver el cielo.

Todas las mañanas se levantaba, y con la ayuda de su nieto, salía de aquella humilde casa de paredes agrietadas, en las que penetraba el calor y el frío con mucha intensidad. Empezaba con su plegaria, pidiendo a Dios volver a encontrar a sus hermanos, a sus hijos y que el largo destierro llegue a su fin. Cogía un puñado de arena con sus manos y lo esparcía sobre su cuerpo, luego movía su cabeza hacia todas las direcciones y finalmente dibujaba un círculo imaginario sobre la cabeza de su nieto, susurrándole pequeñas frases en sus oídos. Esa era su particular forma de darle la bienvenida al día.

El nieto le acercaba un cuenco lleno de leche de cabra, mezclada con azúcar y agua, ella bebía lo justo, lo que necesitaba su cuerpo. Luego comía seis dátiles, ese era su desayuno.

Empezaba a escribir pequeñas letras sobre una tabla de madera, introducía un lápiz tintero tradicional en la mezcla de agua y carbón vegetal, y le decía a su nieto.

 ̶  Hoy hijo mío, tienes que dibujar diez letras y mañana otras diez. Ya tienes diez años y no sabes escribir.

El nieto la miraba con cierta resignación, y le decía.

̶   Abuela, yo tengo que cuidarte. Tus hermanos, tus hijos se han quedado en nuestra tierra, a la que no podemos volver.

Hijo mío, le decía ella pasándole la mano por la cabeza.

̶ En esta tabla aprendieron a escribir, cuatro generaciones de nuestra familia, incluso un bisabuelo nuestro dejó un extenso poema escrito y lo hemos ido transmitiendo de  forma oral de unos a otros.

El niño entonces, dibujaba una raya horizontal, terminada con dos pequeñas rayas verticales en las puntas y abajo un punto, y gritaba:

̶  Abuela, he dibujado una B en árabe, esta es mi primera letra, la primera que he aprendido a escribir.

Así se pasaban todas las mañanas, mientras el niño tenía que traer garrafas de agua a su abuela de un depósito que estaba a unos 100 metros de su humilde vivienda.

Cuando ella terminó de rezar y encomendarse a Dios como lo hacía todas las mañanas, llegaron unos hombres en un coche y la llevaron al centro de identificación y el censo, para inscribirla.

Su hermano que era el notable que identificaba a las personas para el censo electoral, la vio entrar despacio con la ayuda del niño, tenía la vista débil y su rostro había envejecido de forma acelerada. Antes de preguntarle su nombre, abandonó la silla donde estaba sentado y la abrazó con tanta fuerza que todos en la sala se quedaron sorprendidos. Él lloraba, ella lloraba y el niño decía.

̶  ¿Quién es este hombre?

Muchos años de separación, terminaban en aquella oficina de la que él no podía salir, las autoridades no se lo permitían. Su ropa de color blanco, la mirada profunda y su determinación dejaron a todos, sin aliento, sin palabras.

Una vez que la abuela salió de aquella oficina, su hermano se sintió impotente. Algo en su interior, le decía que no iba a volver a verla, esta vez sería la última.

El niño, llevaba en sus manos el regalo que le dio su tío abuelo, una carpeta llena de libros, lápices y cuadernos. Aquel encuentro había surgido de la memoria de los recuerdos, de la fuerza del destino.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

01

Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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