Después del gran río, nadie habla bambara

Por: | 15 de enero de 2019

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 Texto de Ali Salem Iselmu. Foto red

Vete hacia el norte le dijeron, no te detengas, aunque las olas del mar te impidan alcanzar el paraíso con el que has soñado y del que tantas veces te han hablado. Observó sus dos vacas y a sus hijos que corrían felices persiguiendo mariposas, cortando flores con sus pequeñas manos alrededor de aquel río, en el que a veces se detenían en su orilla, para ver el reflejo de sus sombras en el interior del agua.

La pequeña choza de ramas y troncos, tenía el suelo de tierra y estaba cubierta por varias esteras. En una esquina estaba el pequeño horno de barro que usaba su mujer para cocinar el pan. En su largo recorrido por el campo, iba a las plantaciones de mijo que le habían dado buenas cosechas y le recordaban a sus padres, y aquel lejano día en el que colocaron varios estacas para marcar el límite de las tierras que cultivaban.

Él tenía que tomar una decisión, ofrecer una nueva oportunidad a su familia, alejándose del Sur en el que nació, abandonado la inmensa planicie, de árboles, pájaros y pequeñas chozas de madera que acompañan la trayectoria río.

Era el menor de cinco hermanos, el único que se había quedado cuidando las vacas que heredó de sus padres. Los demás se marcharon hacia el Norte, el lugar donde dicen que florecen enormes ciudades y se congelan las gotas de lluvia. Miró sus sandalias hechas del cuero de un animal que cazó su padre, cuando él tenía ocho años. Entonces corría descalzo con sus hermanos, hablaba en voz alta, las palabras de bambara que le enseñaron, cuando andaba desnudo entre los árboles que protegían las plantaciones de mijo que fueron el alimento de sus antepasados.

¿Adónde voy, si sólo hablo bambara? sé preguntaba varias veces él sabía que la lengua que hablaba desaparecía una vez cruzaba el gran río en dirección norte.

Cuando llegaba la noche, acercaba las vacas a su pequeña choza, las inspeccionaba detalladamente, observando sus ubres. Luego salían los pequeños terneros a mamar a sus madres. Después apartaba las crías, se lavaba sus manos antes de empezar a ordeñar.

Su mujer intentaba avivar el fuego en el interior del pequeño horno de barro, mientras sus hijos hablaban del león blanco que mató su abuelo con una poderosa lanza, cuando intentaba atacar a sus vacas.

Ellos también al igual que su padre querían emprender su viaje hacia el norte, pero sabían que después del gran río nadie hablaba bambara. Sabían que sus antepasados fueron pastores de vacas, grandes guerreros y cazadores.

 El padre entró en la pequeña choza con el jarro de madera lleno de leche. Su mujer había cocido las dos tortas de mijo, mientras sus hijos seguían hablando de las proezas de su abuelo, cuando detuvo a los elefantes y evitó que entraran a las plantaciones.

Él padre, se sentó en cuclillas cerca del fuego, abrió sus manos y las colocó cerca de la brasa, luego se dirigió a su mujer.

Los terneros están creciendo muy rápido y deben ir a pastar con sus madres, cuando llegue el invierno podemos vender uno y emprender el viaje hacia el Norte.

La mirada quieta de su mujer y el silencio que acompañaba sus gestos, mientras iba cortando la torta de mijo en pedazos pequeños, añadiéndole un poco de leche. Lo sorprendió dejándolo sin palabras.

Pensó en el mijo, las vacas y las palabras de bambara que dejará en el interior de aquella agua, una vez haya cruzado el río.

Sus hijos mientras tanto iban recordando la primera jirafa que vieron beber en el río. Entonces pintaban sus cuerpos de barro y volvían corriendo hacia su madre pidiéndole que les diera una torta de mijo.

El pequeño horno de barro quedó apagado y la luz del candil seguía iluminando la puerta, todos dormían. El padre seguía pensando en cruzar el gran río y emprender su viaje hacia el norte.

Pequeñas palabras de bambara invadían su mente, mientras soñaba con sus antepasados, cuando cazaban en la sabana y cultivaban mijo.

Sus ojos se iban cerrando lentamente, mientras la luz del candil se iba apagando y del interior de aquella tierra volvía a nacer de la oscuridad de la noche, el rugido de los leones, las pisadas de los elefantes y el aullido de las hienas que se mezclaba con el sonido de las olas del gran río.

Él seguía persiguiendo sus sueños, imaginando enormes cocodrilos que querían devorar su cuerpo, ahogando las pequeñas frases de bambara que iba pronunciando con mucha timidez, mientras las gotas de sudor caían de su frente.

Por la mañana emprendió su viaje en un pequeña barca quería cruzar el gran río, en su mente tenía aprendido el camino, el largo camino que estaba lleno de obstáculos que él tenía que superar. Cuando se subió a la barca miró los campos de mijo y sus vacas por última vez, en su interior nacía una nueva esperanza, mientras tocaba el agua con sus manos. La frágil embarcación se hundió en aquel río, todos iban cayendo, él quería despedirse de su mujer antes de que su cuerpo llegara a la otra orilla, y no podría pronunciar las palabras de bambara que había enseñado a sus hijos.

Lo último que se vio fue la mano de un hombre, pidiendo auxilio. La fuerza de las olas se apoderó de aquella embarcación, el agua iba introduciéndose de un lado a otro hasta que se hundió definitivamente.

En el gran río quedó atrapado su sueño, las olas fueron empujando su cuerpo hasta la otra orilla, la última palabra que pronunció fue el nombre de su mujer, gritó varias veces «Fatu, Fatu», mientras su cuerpo asustado se iba hundiendo lentamente.

Nadie se imaginó que el oleaje iba a destruir el cayuco. El océano y el río se habían llevado demasiadas vidas. Él dejaba a Fatu y a sus hijos en medio de aquellas plantaciones de mijo, tenían que empezar el camino solos y recordar las últimas palabras de bambara que les dijo aquella noche antes de marcharse «gnom, gnom[1]», mijo, cuidar el mijo, el alimento de nuestros antepasados, los primeros agricultores de esta tierra».

 

 

 

 

 

[1] Significa mijo en bambara, lengua que se habla en Mali.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

01

Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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