Todas las fiebres la fiebre

Por: | 07 de enero de 2019

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Texto y foto: Limam Boicha. I PARTE

 Por más que preguntaba, nadie de mi familia que estaba en Mauritania sabía decirme a ciencia cierta qué fiebre era. ¿Hemet Charg? ¿La fiebre del sur, el Paludismo?, preguntaba. No, me aseguraban. Es una fiebre nueva, me decían, que deja a la persona exhausta, sin fuerzas y dura un par de semanas.

—No te vayas sin consultar a algún médico, a lo mejor es una enfermedad contagiosa—me aconsejó mi padre.

No fui a ver a ningún médico. No tenía tiempo. Estuve debatiéndome entre ir o no ir para ver a mi madre. Al final, el amor superó mis dudas y miedos.

Desde los campamentos de refugiados saharauis en el sur de Argelia viajé en coche al territorio liberado del Sahara Occidental. Primero a la badía, al desierto fértil. Allí estuve tres días tomando leche de camella, y disfrutando con parte de mi familia de la serenidad de esa zona bella y verde, tras las lluvias caídas pocos meses atrás.

Boir Tiguisit

Días después, unos conocidos míos me llevaron en su coche a Boir Tiguisit, un pueblo saharaui de reciente creación, poco más que un cruce de caminos. Próspero y sucio. En la badía todo estaba limpio, verde, sano y hermoso. Armonía entre el ser saharaui y la naturaleza. Porque ella  es la esencia de nuestro pasado,  presente y ojalá que futuro. Y Boir Tiguisit no es nuestro pasado. Boir Tiguisit es nuestro presente; y la primera imagen que ofrece al visitante es deprimente: bolsas azules vagando por todas partes, botellas de plástico, pañales, latas de refrescos. Vertederos aquí y allá. Un decorado mugriento. ¿Acaso una metáfora de nuestro presente, lleno de dejadez y pesimismo?

Vine a Boir Tiguisit pensando que podía encontrar un coche que me llevara el mismo día a Zuerat, pero aquella mañana estuvimos dando vueltas y no pudimos localizar a ninguno. Ni gratis, ni de alquiler.  Es más, encontramos un chaval que ya llevaba tres días buscando la manera de viajar a Mauritania sin resultado.

—Aquí no hay  rezzu— (red) nos dijo el dueño de la tienda, que nos vendió un par de tarjetas con saldo para llamar y nos indicó el lugar donde se supone había algo de cobertura, la codiciada rezzu.   

Una pequeña colina pedregosa a las afueras del pueblo era “el santuario del rezzu” . Ni antena, ni árbol: solo piedras rojas y grisáceas diseminadas por el lugar.

Había en aquel lugar una extraña sacralidad. En un lado de la colina estaba una mujer sola, vestida con una melhfa azul. Miraba hacia el sudeste con el móvil pegado a su oreja. No muy lejos, otro hombre mayor de barba larga y canosa, miraba hacia el Este, inmóvil, como si estuviera meditando o en trance. En la colina soplaba una brisa que dificultaba aún más la comunicación.

La mujer que miraba al sudeste nos daba la espalda. De repente soltó un: Alú, Alú alborozado y habló durante dos o tres minutos. Cuando se cortó la línea apareció un Land Rover de la nada, subió en él y desapareció de nuestra vista.

Volvió el silencio.

Observé al Hombre que miraba al Este. Seguía en la misma posición, petrificado, sin pronunciar una palabra. Tenía un móvil en la mano ¿leía algo en la pantalla?

Intentar coger rezzu era como escalar el Everest descalzo. Había que alzar la mano con el móvil lo más alto posible hacia las alturas. Congelarse en alguna posición donde aparecía una rayita en la pantalla. Y aún así, nada. Escalé hasta colocarme encima del techo del vehículo, pero después de varios intentos de convertirme en poste, antena, árbol y hasta casi en dron, no hubo manera de llamar.

Llegó otro coche y de él bajaron dos hombres. Milagrosamente, sí lograron comunicarse a la primera. Encontraban señal solo los del pueblo, pensé, como si tuvieran algún don o una clave para capturar la señal, mientras que nosotros, no. El hombre que miraba al Este seguía paralizado, sin hacer el más mínimo movimiento, como si estuviera comunicándose con el más allá, no con gestos, ni palabras, sino a través de la pantalla.

—Intenta mandar un SMS a ver si lo reciben—le dije, ya casi rendido,  a mi acompañante.

Después de varios intentos logramos mandar un SMS. Poco más tarde recibimos la confirmación. Con dos o tres mensajes más, logré que un amigo me hiciera la reserva de una plaza en un coche que saldría en un par de días desde Rabuni, pasaría por Boir Tiguisit y me llevaría, por fin a Zuerat. 

Me fui de regreso a la Badía para esperar y escapar de aquel desolado lugar, y regresé a Boir Tiguisit dos días después. Un amigo me dejó delante de una “estación de servicio”, en la parte norte del pueblo. En un sitio un poco apartado. Allí tenía que esperar el coche de pasajeros en el que tenía la plaza reservada.

La estación de servicio consistía en unos grasientos barriles de diesel colocados unos encima de otros con una manguera sujetada a un poste de luz. Tenía un lugar de descanso (y espera), tres habitaciones de adobe, como las que hay en el mujaiam, en los campamentos saharauis cerca de Tinduf. Cada una de ellas con una alfombra de un azul oscuro incierto. No había colchones, ni siquiera cojines. Las alfombras competían en suciedad.

El pueblo estaba lleno de  locales como estos, que se alquilan por noche. Les llaman Istiraha (lugar de descanso). Valen unos dieciséis mil dinares, unos cinco o seis euros. Al menos, el alojamiento está incluido en el precio del billete.

También había una tienda de comestibles. Todo el negocio lo regentaban un anciano y su hijo. Desde que llegué no paraban de llegar landrovers, toyotas, y camiones, para repostar diesel y comprar productos de primera necesidad. El joven, enfundado en un mono militar, no daba abasto. Con mi chaqueta verde olivo y protegiéndome del frío, gracias a mi turbante verde, casi invisible, me senté tranquilamente a contemplar aquel ajetreo.

Luego supe que venían  muchos vehículos a repostar allí, porque la venta de diesel en ese local tenía valor añadido: un filtro. Filtrar el diesel en el desierto era algo que los conductores valoraban mucho, especialmente los toyotas potentes y caros que transportan a los pasajeros entre Rabuni y Zuerat. Una “estación de servicio” con filtro. Nada menos. (...)

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

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Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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El País

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