EL JAZZ Y EL COLONIALISMO EN ÁFRICA, CASO EL SAHARA OCCIDENTAL

Por: | 19 de julio de 2020

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Crónica de Bahia MH Awah. Fotos de FiSahara 2014

Decía Martin Luther King: “Ahora es tiempo de alzar nuestra nación desde las arenas movedizas de la injusticia”. La percepción que siempre he tenido de la música es la que tuvo Dick Clark, el transgresor periodista americano que dirigió en los años sesenta el célebre programa televisivo American Bandstand, al considerar que «La música es la banda sonora de la vida». Clark inequívoco en su apreciación; la música en su función es amplia e inabarcable en su rol reivindicativo en la vida social y política de los pueblos desvalidos. Si observamos su enorme dinámica de visibilizar y denunciar atropellos de las injusticias en nuestro mundo, nos topamos con muchos ejemplos, el jazz antiapartheid en la Sudáfrica de aquellos horrorosos años de segregación racial que azotó el pueblo sudafricano desde la época del primer presidente apartheidiano Charles Robberts Swart hasta el último de esa saga de supremacías de blancos, que tuvo su fin con el inevitable punto de convergencia de la razón por la que ha luchado  Nelson Mandela y ante la que se rindió el presidente Frederik Willem de Klerk.

La historia del jazz ha demostrado que este género de la música es una potente arma necesaria para dinámicas en procesos sociales y políticos que desempeñó tanto en África que es su origen, como su pasado papel en la lucha que libraron los movimientos de derechos civiles en los Estados Unidos. Y no solo el jazz acaparó esta militancia de música, sino también, el soul, el rock, el funk, el blus y que en gran medida tuvieron su impacto en varios procesos de luchas políticas, de derechos civiles y humanos. El jazz se convirtió en un poderoso fenómeno de lucha cultural que en la lengua afrikaans le llamaron “Ingoma” for the Stragle, es decir, la música en la lucha contra el apartheid.

James Brwon tras el asesinato de Martin Luther King compuso la cancion «Say it loud I’m black and I’m proud». El jazz desde entonces nació como expresión rebelde de su relación con los sistemas injustos y opresores a los que en cierta ocasión se refirió el nobel sudafricano Desmond Tutu: “En Suráfrica hemos aprendido que si apoyas un sistema injusto, el alma se resiente". Y el alma aquí se entiende por esa banda sonora de lucha en la vida de los pueblos y los individuos que pelean por su libertad e inalienables derechos.  Es por ello que el jazz surgió del entorno de los negros que fueron esclavos y los blancos pobres, que lo tomaron como medio de expresión humana que tenían a su disposición en sus primeras revoluciones contra el poder. Pero el jazz sudafricano no solo se limitó a ese alcance antiapartheid, sino que trascendió  más allá, para acompañar otros procesos en
África como la lucha del pueblo saharaui contra la invasión y ocupación militar marroquí a los territorios de la excolonia española, hoy único caso de anacronismo  en el continente africano.

Sobre este poder cultural si buscamos un ejemplo en concreto, nos encontramos con el anteriormente mencionado “Jazz revolucionario sudafricano” que la historia del continente negro dejó fundamentado en la banda Jonás Gwangwa. Una evidencia clara que asentó un precedente en la lucha política contra ese mal epidemial que asoló largos años al pueblo sudafricano y que su lucha en este contexto la abanderó la banda de Jonás Gwangwa.   “El jazz trata acerca de estar en el momento presente”, según el compositor negro estadounidense  Herbie Hanckoc. Muchos años transcurrieron de ese activismo del jazz antiapartheid. Pero en el presente también está activo en su misión de acompañar y cristalizar posiciones respecto a buenas causas como la del pueblo del Sahara Occidental en su lucha por recuperar la sobera

 

nía de sus territorios, sus riquezas y librarlas de las garras del régimen marroquí y su cófrade, la Francia, que le sigue persiguiendo la sombra de su derrotado pasado colonial en África.

El Sahara Occidental, es uno de los procesos de descolonización impropio de nuestro tiempo. El más largo que ha conocido África y tal vez, el que posiblemente sería el deshonroso precedente de la historia que desacreditará a las Naciones Unidas como sistema universal disfuncional en su papel ante la implementación de su esquema “teórico” de legalidad internacional por la que ha sido fundada. En nuestro mundo de hoy el poder ya no es el de los poderosos militarmente, sino, es el de los movimientos culturales movilizados en masas y el mundo académico e intelectual… y si nos detenemos a repasar la historia del poder cultural, probablemente nos acordamos de esta frase de la humanista española María Zambrano, “La cultura es el despertar del hombre”, un grito y clamor de los pueblos oprimidos contra las injusticias
que comenten los intereses de las superpotencias occidentales y sus “subordinados satélites” del tercer mundo, es decir, regímenes surgidos de los sistemas coloniales.

 

 

 

Marruecos como ejemplo sigue entumecido en su trasnochada ambición territorial, que no viene de ahora con el caso del Sahara Occidental,  o el de partes del territorio de Argelia y Mauritania, que sigue reivindicando, sino desde mucho antes.  En 1591 el sultán marroquí Ahmad Al-Mansur invadió la ciudad de Tombuctú, y su “imperio Songhai”. Anecdótica historia que la cuenta en su obra “Los contrabandistas de libros”,  el periodista y escritor estadounidense Joshou Hammer. La causa de ese propio padecimiento ambicioncita marroquí, sucedió cuando en el siglo XVI el sultán Al-Mansur pidió del rey de Songhai, Askia Ishak II que le cediera las ricas salinas de Taghaza y este lo rechazó. Fue entonces el motivo de llevarle la guerra a un territorio que le distaba dos meses y quince días a trote de camellos, ocuparle la mítica ciudad de Tombuctú, destruir su milenaria biblioteca de manuscritos y llevar encarcelado su fundador, el erudito Ahmed Baba, por instar a la población a resistir  a los ignorantes invasores que “destruyen valiosos manuscritos”. Y como reza el aforismo “tus actos te definen”, el erudito fue encadenado, atado a lomos de camellos y trasladado a Marrakech para cumplir dos lustros en la cárcel. Tiempo en el que filtró un mensaje que hoy es el epitafio más conocido de la historia de la biblioteca de Tombuctú, que fue asolada y quemada por los infieles al culto. «Oh amigo, si vas a Gao, acércate a Tombuctú y susúrrales mi nombre a mis amigos y llévales el saludo profundo de un exiliado que aún suspira por la tierra donde sus amigos, familiares y vecinos habitan»; y esto es el ejemplo de ese otro poder cultural que suscitan sus palabras de balas que nunca caducan ni pierden eficacia ante cualquier injusticia cometida por los lacayos de poder.

El rock de conciencia que encarnaron los Beatles es otro de esos fenómenos de doble filo que  eclosionó con fuerza transfroteriza en las protestas contra la guerra del Vietnam de aquellos años setenta. Y que fue un despertar para el movimiento Hippy que abanderó esa causa contra el colonialismo en sus múltiples tentáculos en Asía, África y América Latina. “Mi rol en la sociedad, o la de cualquier artista o poeta es intentar expresar lo que sentimos todos”, decía John Lennon. Esas históricas voces que surgieron como luchas transfronterizas, ahora emanan desde la mano del que fue sujeto subordinado por el dominio extranjero.  “Cuando la dictadura es un hecho, la revolución se vuelve un derecho”, decía Victor Hugo, y la revolución es la conciencia que individual o colectivamente mueve individuos o masas entorno a justas causas y en contra de los poderes opresores. Entendidas como fuerzas sin armas de fuego que provienen del  mundo de la creatividad para estar al lado de los desvalidos como es el caso del pueblo saharaui. En más de cuarenta años el proceso de lucha de los saharauis ha hecho resurgir poderosos movimientos culturales que tuvieron sus antecedentes de solidaridad en la guerra de Argelia contra el bestial dominio colonial francés, las guerras de Vietnam, Camboya, Laos, Bangladesh y el muy reciente caso de Sudáfrica.

En estos últimos años el proceso de liberación del Sahara Occidental a través de varios movimientos culturales pudo proyectarse y consolidarse sobre la escena internacional y nacional saharaui, a través del Festival de Cine del Sahara, (FiSahara); la plataforma británica de artes por el Sahara (Sandblast-Arts); el festival internacional de artes plásticas por el Sahara, (ArtiFariti) y el evento deportivo internacional, (Sahara Maratón). Y a este auge de solidaridad que ahora proyecta luz de anti olvido y de denuncia a la ocupación marroquí al Sahara Occidental se  ha sumado la voz de uno de los grandes músicos del jazz sudafricano y mundial, Jonás Gwangwa.  Un nuevo actor cultural presente al lado de los saharauis desde 2014 con sus armónicos de pianos, trompetas, trombones, clarinetes, saxofones, contrabajos, guitarras y baterías. Un poderoso jazz que los sudafricanos consagraron como unos de los métodos de lucha con la que acompañaron el ANC en su militancia y lucha contra el apartheid. Ahora Jonás ve necesario que su rol es el de acompañar el pueblo saharaui en su lucha de liberación frente al ayer dominado protectorado francés, Marruecos. Fue en el verano de 2014 durante la XI edición del FiSahara en la wilaya de Dajla, campos de refugiados saharauis.

Aún tengo memoria de esa noche que vistió gloria del jazz y de la proyección de la inmensa revolución africana. Fue en escenario de un cielo abierto, estrellado e infinito, donde el jazz susurraba sobre a las dunas para decir “Pueblo saharaui, no estás solo en tu sueño y lucha de libertad”.

De muy temprana edad me ha inquietado el poder conmovedor de la música, tal vez porque mi padre era conocido durante el periodo colonial español por su templada garganta de voz grave, modulada y su seductor silbido de houl, que a su manera cuando se silba, tiene magia y fusión con las inconfundibles melodías del jazz. Tengo recuerdos de los nueve años, un niño agarrado en el extremo de la melhfa de mi madre presencié en directo un concierto de los clásicos del houl hasaní, Sidati Uld Abba y su mujer la gran dama, la griot, Munina Mint Aleya. Y también a esa edad escuchaba a través de un transistor y en presencia de mis padres la prodigiosa voz y tidinit del clásico Chej Uld Abba. Y aquello me llenaba de infinita curiosidad por descubrir en el interior de aquella misteriosa caja, radio Philips, ¿dónde están escondidas esas voces del houl? que oía dentro de un pequeño cajón lleno de cables, botones, números y un sinfín de pequeños cuerpos que por mi ignorancia no entendía de su funcionalidad, hasta muchos años más tarde cuando comencé a estudiar las telecomunicaciones… condensadores, resistencias, circuitos integrales, amplificadores, transformadores, bobinas, señal de alimentación, de retroalimentación, rejillas, cátodos, circuitos en serie, en paralelo, emisor, receptor…  y claro mi curiosidad e ignorancia estaban atrapadas entre un emisor y un receptor que por su insuficiente señal no reproducía esa heterodinación para entender del porqué de aquellas voces ocultas.

Tuve un tío que trabajó los años sesenta tocando la trompeta y el clarinete en una banda militar de la época de la colonia. Entonces siento que la música tuvo su especial rincón en mi desde hace tiempo y por circunstancias de influencias familiares.

A mitad de los años setenta mi tía Alia me regaló una guitarra acústica que le había dejado un músico de los kadihin[1]mauritanos que estuvo en su casa y nunca más regreso por circunstancias del precipitado estallido de la guerra. En aquella guitarra aprendí junto a un amigo de infancia a tocar las primeras canciones revolucionarias contra el dominio colonial español. Recuerdo ثوار الصحرء كايمين  Zuar Sahara Gaimin, تعالو تعالو يااحرار  Taalu Taalu Ya Ahrar y otras como وانت يفرنكو يلحمار يلكافر  “Y tú Franco el burro, el cafre”… entre otras, pero mis años de destierro, éxodo y exilio, todo lo que había aprendido de la guitarra se me ha ido, por lo que dejé una vocación que siempre he sentido y creído en su eficaz papel en las luchas.

En 2014 junto a dos profesores investigadores del mundo de la antropología, Juan Ignacio Robles y Juan Carlos Gimeno, produjimos la película “Legna[2], habla el verso saharaui”, una producción etnográfica que versa sobre el registro del verso anticolonial saharaui y su historia en los periodos colonial y postcolonial que conoció y conoce en el proceso de liberación del Sahara Occidental. Obtuvo el primer premio del festival, FiSahara 2014, era un camello blanco equipado con su silla tradicional y su hermosa brida labrada artesanalmente de cuero. Un acontecimiento que recogió el periódico británico The Guardian en este titular, “el segundo premio fue para la película Invictus, de Clint Eastwood's y el tercero para el documental Dirty Wars del director de cine estadounidense David Riker. Películas que fueron proyectadas como parte del homenaje del festival de este año a Nelson Mandela”. Notas que fueron recogidas en una amplia crónica del periodista Stefan Simanowitz que trabajaba para el periódico británico The Gardian.

La noche que nos entregó el premio recuerdo que ocupó el escenario la banda del jazz más conocida en Sudáfrica “Jonas Gwangwa”. No sabía de ella hasta que en un escenario abierto al cielo, repleto de gente, rodeado de dunas y con cielo estrellado comenzó a sonar el saxofón que me sorprendió y me hizo vibrar algo interior que los saharauis tenemos de nuestro mestizaje de negritud africana, tanto de espíritu, como de lo cultural que está en consonancia con nuestra música houl hasaní, totalmente de origen africano.

Desde mitades de los años setenta a principios del segundo milenio la batuta de ese movimiento artístico la encarnó la cantautora saharaui Mariem Hasan, uno de los iconos más celebres de la música revolucionaria saharaui, de la talla de las divas negras como Miriam Makeba, Nina Simone y Marlena Shaw. Estás últimas luchadoras americanas que se inspiraron en las canciones de Billie Holiday, “Strange fruits”, que hablaba de los negros que en aquellos años de luchas en Estados Unidos aparecían sus cuerpos mutilados y colgados de los árboles. Indagando más tarde sobre la banda sudafricana Jonás Gwanga encontré que su historia la registra en su web oficial la presidencia del gobierno de Suráfrica que me sirvió entre otras fuentes para recoger datos de su impecable trayectoria de lucha.

El tabloide The Guardian, durante el XI FiSahara destacó la importancia de ese músico y su banda, “Conciertos nocturnos a cargo de la reconocida estrella mundial de la música Mariem Hassan y el músico Jonás Mosa Gwangwa que voló desde Sudáfrica con su banda de nueve integrantes”. El reconocido periodista Stefan Simanowitz quien escribió la crónica, se dejó seducir por la banda y recordó que Gwanga, “escribió la partitura nominada al Oscar para Cry Freedom de Richard David Attenbough, fue solo una de las grandes delegaciones sudafricanas invitadas como parte del tributo del festival a Nelson Mandela”. Y subrayó palabras del músico dedicadas a la cultura y al pueblo saharaui, «La cultura puede reemplazar el arma. Puede ser mucho más poderoso», aseveraba Gwanga a una audiencia en una conferencia realizada en una jaima saharaui que también incluyó al luchador contra el apartheid Andrew Mlangeni, que fue encarcelado con Nelson Mandela durante un cuarto de siglo”. The Guardian en su crónica sobre el XI FiSahara de 2014 recordó que  “junto a Gwangwa, estaba también Andrew Mlangeni quien trazó paralelos con la lucha saharaui por la autodeterminación y la lucha de liberación de Sudáfrica y destacó la importancia de la cultura como arma en la lucha por la libertad”.

“Jonas Mosa Gwangwa, que es el nombre del cantante del jazz, nació en 1937 en el feudo barrio de luchas contra el apartheid Orlando East, Soweto. Músico, compositor y productor de jazz. Figura referente en el jazz sudafricano durante más de cuatro décadas. Su música de jazz en la década de 1960 comenzó a ganar notoriedad en los Estados Unidos. Es de trayectoria larga y llena de aportes para muchas luchas. En 1965 apareció en un concierto de "Sound Of Africa" ​​en el Carnegie Hall en Manhattan, Nueva York.  Compartió escenario con Miriam Makeba, Hugh Masekela y Letta Mbulu haciendo vibrar un potente publico anticolonial. Gwagwa al ser declarado persona non grata por el gobierno del apartheid, se marchó al exilio en la década de 1970. Durante ese periodo de su exilio produjo Amandla, en los idiomas Nguni, que significa "poder" y que representó el Centro Cultural del Congreso Nacional Africano, ANC”.

Posteriormente Janás, se hizo importante como compositor para el mundo de la cinematografía culta produciendo partituras de películas como Cry Freedom; y en los años sesenta en la entrega anual de los Premios de la Academia interpretó su canción Cry Freedom. En 1988, actuó en el estadio de Wembley por el homenaje a Nelson Mandela por sus 70 cumpleaños. En 1991, regresó de su exilio en Estados Unidos a Sudáfrica para vivir el fin del Aparheid y la nueva era revolucionaria de la nueva Sudáfrica de apoyo a los que luchan por su libertad como el pueblo del Sahara Occidental, Palestina entre otros. La fuerza para vencer esta en muchos frentes, pero Jonás Gwanga ese año nos dejó claro que «La cultura puede reemplazar el arma. Puede ser mucho más poderoso»

 

[1]  Izquierdistas mauritanos seguidores del pensamiento del líder egipcio antisionista y antiimperialista Gamal Abdenaser

[2] Literatura hasanía y en su mayor acepción la música saharaui en todos sus géneros.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

01

Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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