Exilio, nostalgia y libertad

Por: | 17 de enero de 2021

PINTURA N-18Texto: de Ali Salem Iselmu Abderrahaman, periodista y escritor, natural del Sahara Occidental, forma parte del exilio intelectual saharaui en Europa.

Ilustración: Fadel Jalifa

El derecho a la autodeterminación lo habíamos ganado en un tribunal internacional, a pesar de ese veredicto muchos murieron luchando.

Una y mil veces he visto los golpes absurdos contra mujeres y niños, calles vacías llenas de militares patrullando. Recuerdo desde mi memoria de niño exiliado, cuando dos soldados detuvieron a mi madre en la ciudad de Dajla, tenía entonces siete años. Las balas caían en la gran ría desde el este. Yo temblaba de miedo, ya no podía jugar a las canicas, ni entrar a la tienda de mi abuelo en busca de un puñado de caramelos que compartía con mis amigos.

A medida que crecía, extrañaba la casa de mis padres en el barrio de Colomina Roja, cerca del mar. Entonces los peces saltaban por toda la ría en busca de la luz del día, en busca de la luz de la noche. Recuerdo la azotea a la que subía de noche para ver las estrellas del Sahara y oír el impacto de las olas sobre la arena.

Recuerdo mi último día en la ciudad de Dajla, lloraba por una pelota de plástico amarilla que mis padres dejaron en casa. Mi hermana de tres años agarraba la mano de mi padre y yo me envolvía en la ropa de mi madre. Huíamos hacia el sur, perseguidos por el ejército marroquí. Mi padre llevaba unas galletas, un poco de gofio y leche en polvo.

En medio del desierto cerca de la larga línea de tren que une la ciudad minera de Zouérate con la ciudad portuaria de Nuadibú, allí nos rescató un Land Rover. Hacia el este emprendimos la huida, buena parte de nuestra familia quedó atrapada en la ciudad.

Fueron largas noches y días interminables de travesía. Los aviones bombardeaban, el intercambio de artillería lo oíamos de vez en cuando. Mi padre nos cubría con su túnica azul del polvo de arena, mezclado con el frío del Sahara.

Cada nueva tierra que atravesaba la caravana de coches ofrecía un paisaje distinto, nuevas montañas e interminables colinas desnudas. Aquello parecía el anuncio de un nuevo planeta, pero era la meseta pedregosa de la hammada de Tinduf.

Campamentos formando hileras se veían en aquella inmensidad. Mi hermana pequeña lloraba y mi padre le daba las pocas galletas que quedaban. Yo preguntaba por mis abuelos, por las cabras y los dromedarios. Mi padre estaba callado, mi madre miraba aquella extraña tierra que se abría ante sus ojos.

Así fue como la mayoría de los saharauis perdimos nuestra tierra, hace ya más de cuarenta años. Una generación ha perecido en el exilio y otra ha nacido en él. De pequeño me enseñaban el mapa del Sahara Occidental, sus ciudades, sus playas y dunas. Siempre me habían dicho que teníamos un país bañado por el mar y rico en recursos naturales. Siempre me habían dicho que nuestros abuelos eran guerreros y poetas, hombres duros como el desierto y profundos como la luz de las estrellas en una noche de invierno.

Me habían repetido hasta la saciedad que aquella tierra nos pertenecía. Éramos sus legítimos dueños. Sabía el nombre de las montañas, de los oasis. Conocía la palabra Tiris, Zemmur, Adrar Sutuf y Saguia El Hamra. Allí estaba la leyenda de los campamentos de jaimas, de los pescadores y de los oteadores.

El derecho a la autodeterminación lo habíamos ganado en un tribunal internacional, a pesar de ese veredicto muchos murieron luchando.

Ahora algunos dicen que nuestra tierra, el Sahara Occidental, pertenece a otro país. A pesar de los años de espera y sufrimiento, a pesar del sacrificio y la condena del exilio. No podemos vivir hoy en las ciudades que nos arrebataron, seguimos en un lugar duro e inhóspito.

Se equivocan o no conocen la historia humana de un pueblo. La esperanza en que la razón suprema de la libertad se imponga frente al egoísmo de los intereses. La ceguera de un mundo que observa atónito e indiferente como golpean a una mujer o matan a un niño.

Es el derecho del veto de Francia a favor de un muro lleno de minas. A favor de cada golpe silencioso, la hoguera ardiente de Gdeim Izik, miles de jaimas quemadas.

Se repetirá una y otra vez, en cada generación, en cada horizonte y todos los días. La injusticia no derrotará la determinación de un pueblo que ha dejado escrito para la historia, un largo relato sobre una tierra que no perece, una tierra que resiste ante cada revés, ante cada golpe.

Sobre las montañas del Tiris

volará el pájaro Bubisher

se posará encima de cada jaima

buscará el viento del oeste

la brisa del mar

las lágrimas de una niña

el rostro de la libertad

el viento de arena

la mirada de un dromedario

que busca un pozo

después de muchos años

cerca de algún oasis

poblado de acacias.

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Y… ¿dónde queda el Sáhara?

Sobre el blog

Intentar mostrar la riqueza de la cultura saharaui. Ese es el objetivo de este espacio. Una cultura nacida de la narración oral, de los bellos paisajes del desierto, de las vidas nómadas y el apego a la tierra, de su origen árabe, bereber y musulmán, de sus costumbres únicas y de la relación con España que se remonta a más de un siglo. Una cultura vitalista, condicionada por una historia en pelea por la supervivencia desde 1975. Coordina Sukeina Aali Taleb

Sobre los autores

Sukina Aali-Taleb Hija del exilio, Sukina Aali-Taleb nació en Madrid por casualidad, de padre saharaui y madre gallega. Es miembro del grupo de escritores La Generación de la Amistad Saharaui y coautora del libro "La primavera saharaui, los escritores saharauis con Gdeim Izik", tras los acontecimientos de El Aaiún, en 2010. Periodista y profesora de Lengua Castellana y Literatura en institutos públicos de Madrid. Como no puede ser de otra manera, apoya al Frente POLISARIO en proyectos de ayuda a su pueblo, refugiado y abandonado a su suerte en Tinduf (Argelia), desde hace cuatro décadas.

Roberto MajánRoberto Maján, ilustrador. Le gusta decir que fue el último humano nacido en su pueblo; piensa que eso lo hace especial. Y que su abuela se empeñó en llamarle Roberto en memoria de Robert Kennedy asesinado cuatro días antes. En la época en que nació y se bautizó, el Sahara era español, en el mal sentido de la palabra. El lo sabía por las cartas que recibía de su tío Ramón, destinado allí en su servicio militar. Los sellos que las franqueaban prefiguraron el universo imaginario que tratará de recrear en las imágenes de este blog.

Bahia Mahmud Awah Bahia Mahmud Awah. Escritor, poeta y profesor honorario de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid, natural de la República del Sahara Occidental. Nacido en los sesenta en la región sur del Sahara, Tiris, la patria del verso y los eruditos. Cursó estudios superiores entre La Habana y Madrid, donde reside. Pertenece al grupo de Escritores Saharauis en lengua castellana.

Willy Veleta Willy Veleta. Willy Veleta consiguió su licenciatura de periodismo de una universidad estadounidense (ahí queda eso) y ha trabajado en todos los canales privados de TV en España… de los que huyó cuando se dio cuenta de que querían becarios guapos. Ahora es profesor de periodismo en inglés y prepara su tercer libro, una novela sobre los medios.

Liman Boicha Liman Boicha. Se licenció en Periodismo en la Universidad de Oriente en Cuba. Después de una larga ausencia regresó a los campamentos de refugiados saharauis y durante cuatro años trabajó en la Radio Nacional Saharaui. Actualmente reside en Madrid. Ha publicado Los versos de la madera y ha participado en varias antologías de poesía saharaui: Añoranza, Um Draiga, Aaiún, gritando lo que se siente, entre otras. Forma parte del grupo poético Generación de la Amistad Saharaui y es miembro de la Asociación de Escritores por el Sahara-Bubisher.

Larosi Haidar Larosi Haidar. Tras el alto el fuego, se instaló en Granada, donde se licenció y doctoró en Traducción e Interpretación. Actualmente es profesor de esta misma disciplina en la Universidad de Granada y ha publicado varios trabajos relacionados con la cultura saharaui. También ha participado en varias antologías de poesía saharaui.

1000 voces para un poema

01

Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui)  cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

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El País

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