Bitácora del viaje al campo latinoamericano (II)

Por: | 12 de febrero de 2014

La semana pasada publicamos en la sección Planeta Futuro un reportaje de un viaje al noreste de la provincia argentina de Córdoba en un intento por conocer más de cerca la realidad de los campesinos latinoamericanos, en sus luchas que se repiten por toda la región para sobrellevar la pobreza y mantener sus tierras frente al avance de grandes y medianos agricultores y empresas agrícolas, mineras o petroleras. Quedó mucho más para contar y por eso en esta entrada del blog seguiremos recogiendo los testimonios de la tierra cordobesa.

 

De la ciudad de Córdoba partimos por la carretera nacional 9, con plantaciones de soja y maíz transgénicos a los costados, hasta Cerro Colorado, la tierra donde se radicó el famoso músico floklórico argentino Atahualpa Yunpanqui. Girando en la provincial 21, donde los algarrobos, chañares, quebrachos, itines, tuscas y otros arbustos ofrecían otro paisaje, donde ya se podían hallar vacas andando por el camino, nos encontramos con Germán Pez, profesor de secundaria que hace 13 años se mudó de la capital provincial hasta allí para militar en el Movimiento Campesino de Córdoba (MCC). Llevaba una gorra del Movimiento Nacional Campesino Indígena, al que pertenece el MCC; una camiseta de una agrupación amiga llamada Felipe Varela, en honor a un caudillo argentino del siglo XIX; y bermudas, dado el calor del verano austral.

-Vinieron por la ruta de la expansión de la frontera de la soja. Desde Jesús María hasta acá, fue todo expansión en los últimos años. El norte de Córdoba y (las provincias de) Chaco y Santiago del Estero eran ganaderos. En los años 70 la agricultura fue mecanizándose y en la década pasada se sumaron los químicos, los fertilizantes, los agronegocios. Entonces comenzó la expulsión de campesinos por parte de nuevos actores de la agricultora, impulsados a su vez por las multinacionales –se refiere Pez a los fabricantes de semillas, fertilizantes y herbicidas como las norteamericanas Monsanto, Dow o Dupont, la suiza Syngenta o las alemanas Bayer y BASF. La voz de Monsanto apareció en la primera entrega de esta bitácora de viaje.

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Pez vive de las clases, pero en su casa cuenta con media hectárea donde tiene algunas pocas vacas y cabras. Participa desde su fundación, hace 12 años, en la Unión de Campesinos del Norte (UCAN), que a su vez integra el MCC.

-La UCAN surgió por el desmonte (deforestación) y la expansión de la frontera agrícola. Entonces muchos campesinos comenzaron a organizarse para defenderse. La expansión ya venía de los 90, pero cuando Argentina devaluó el peso en la crisis de 2002 se fue al diablo (subió) el precio de la soja, vino gente a comprar tierras, tierras en las que había campesinos sin títulos de propiedad, pero con derechos de posesión. De una u otra manera terminaban expulsándolos. Hasta ahora hay gente que lleva 50 años en su tierra sin reconocerse ella misma dueña –cuenta este maestro de 35 años, casado y con dos hijos, de diez y seis años.

De los 41 millones de argentinos, el 89% (36,5 millones) vive en las ciudades. En un país con tierras tan ricas como Argentina, solo 4,5 millones residen en el campo o en pueblos.

 

-En Argentina, un millón deberían volver al campo para ser un país más equilibrado –opina Pez, nieto de un agricultor de la pequeña ciudad cordobesa de Colonia Coroya-. La gente que se va del campo no encuentra trabajo digno en la ciudad, donde hay delincuencia y violencia. En general, el campesino llega a la ciudad sin capacitación en otros temas que no sean rurales. Argentina es uno de los países latinoamericanos con menos ruralidad. Y cada vez hay más necesidad de producción de alimentos, no de soja, sino de alimentos sanos. Para contrarrestar el éxodo, necesitamos un campo digno donde se pueda vivir sin sufrimiento, con agua, luz, caminos. Por un lado, la gente se quiere ir del campo. Por otro, desde hace diez años que hay todo el tiempo desalojos. Se han logrado resistir muchos de ellos por la organización. Mucho también se perdió porque hubo gente que no se acercó a la organización. Algunos campesinos perdieron mucho territorio, pero evitaron la expulsión. Los encerraron. Ya no pueden criar más a campo abierto, con las vacas sueltas, sin alambres entre los campos. Hubo una privatización de la tierra que antes no existía. El problema es que en estas tierras no podés tener vacas y cabras en diez hectáreas, sin tecnología, sin posibilidades de implantar pasturas. Ni los productores (agrícolas) medianos tienen los tractores sino que contratan los servicios. Pero los que tienen dos o tres hectáreas no tienen acceso a eso. En los últimos 30 años en la zona se redujo la población en un 70%. Con la soja vive una persona cada 500 hectáreas.

La mayoría de los nuevos agricultores que llegaron a la zona provenía del sur de Córdoba o de las provincias de Santa Fe y Buenos Aires. No es que se mudaban aquí sino que invertían en tierras. Pero el interés por el norte de Córdoba ha mermado, según Pez.

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-Hace siete años que tenemos seca (sequía). También hubo desgaste del suelo con las fumigaciones con aviones, que también traen cáncer en la población. Ahora donde tienen más conflictos es en Santiago del Estero, Chaco, Salta. En Córdoba vinieron hace diez años con el paquete del desmonte y la siembra directa (un tipo de tecnología avanzada en agricultura), pero ahora están invirtiendo en vacas porque cayó el rinde de la soja. Vinieron a trabajar acá como si fuera la pampa húmeda y no lo es –comenta Pez desde la llamada región chaqueña.

En la ciudad de Córdoba, la justicia condenó en 2012 a tres años de prisión condicional a un agricultor y a un piloto de aviones por fumigar cerca de áreas pobladas. Allí mismo ecologistas llevan cuatro meses bloqueando una calle de acceso a una futura planta de Monsanto, de modo de impedir su construcción. Un tribunal les ha dado la razón hasta que se complete un estudio de impacto ambiental y una discusión pública del proyecto. A su vez, la provincia de Córdoba, gobernada por el peronismo opositor al kirchnerismo, rechazó este lunes el informe ambiental presentado por Monsanto. La compañía presentará otro.

-Acá en Córdoba el campesino no pasa hambre –aclara Pez-. Se practica la soberanía alimentaria. Pero no le alcanza para sobrevivir bien. No tiene (servicio de) salud, la educación le es retaceada, no maneja mucho dinero. Donde se ve mayor pobreza en el campo argentino es en los pueblos originarios (indígenas) porque les han achicado sus territorios, los encierran, como en Chaco. Les quitan el acceso al monte (árboles) –añade este profesor de un pueblo llamado Rayo Cortado, rodeado de cultivos de soja, pero con población pobre que solo vive de tareas temporarias informales, como cuando los terratenientes los contratan para cuidar el alambrado.

 

Y así, hablando, por caminos de tierra, llegamos al paraje Las Maravillas, cerca del pueblo de Puesto de Castro, donde la anciana Ramona Bustamante resiste el desalojo de sus tierras desde hace diez años.

-Ramona vivía en el campo que era de su padre –cuenta Pez-. La madrastra vendió el campo a unos hermanos de Oncativo (Córdoba) que vinieron un día y le hicieron firmar a Ramona un papel en el que renunciaba a sus derechos. Ella no sabía lo que firmaba. Y entonces hace diez años vinieron a desalojarlos y les tiraron a bajo dos casas. Entonces nos organizamos y se metió de vuelta en su campo. Armamos un rancherío –se refiere Pez a una tienda precaria de plástico.

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Los campesinos también llevaron entonces a Ramona al principal festival folklórico de Argentina, en la ciudad cordobesa de Cosquín, y el músico Raly Barrionuevo, muy comprometido con causas populares, la hizo subir al escenario. Su situación tomó estado público y las autoridades le ofrecieron una casa en un pueblo próximo, Sebastián Elcano. Pero ella quería quedarse en sus tierras. Tenía 77 años. Ahora, 87. Vive con uno de sus tres hijos, Orlando, de 58 años, y con uno de los seis niños ajenos que crió como propios, Facundo, de 17. “Si nos íbamos a Elcano nos íbamos a quedar sin animales y se nos iban a quedar con nuestras tierras. La gente se va a la ciudad a recibir bolsones (de comida entregada por el Estado a familias pobres)”, recuerda Orlando el ofrecimiento de los políticos de turno. En Las Maravillas nos recibe su madre con una toalla en la cabeza para protegerse del calor, con un vestido con flores y un bastón, entre gatos y patos. Facundo lleva un rebenque en la mano. Es de tarde, pero Ramona nos ofrece “fideos, bifes”.

-Mi padre se casó con una chinita (como le llaman a las jóvenes en el campo argentino) que después dijo que había vendido las 236 hectáreas del campo. Pero ella tenía nada más que 86 –cuenta Ramona, cuyo padre ya falleció y cuyos cinco hermanos le han cedido su parte de la finca a ella. Los hermanos no permanecieron en Las Maravillas sino que se fueron a ciudades de Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires-. Yo acá vivía tranquilamente. Yo pagaba esos papeles que te cobran… -se refiere a los impuestos-. Un día vinieron los que le compraron la tierra a la chinita. Vinieron con un montón de policías. Me dijeron que me iba a sacar las cosas y a quemarlas. Yo les dije que no lo hicieron porque me las iba a tener que devolver.

-‘Vendé o te vamos a desalojar’, nos dijeron los policías –relata Orlando.

 

No les importó. Aquello fue en noviembre de 2003. El 30 de diciembre siguiente le derribaron la primera casa. El 23 de enero de 2004, la segunda.

-Uno se olvida de lo que pasó, pero fue terrible –recuerda Orlando.

-Fue feo. Yo tenía una chinita a la que crié. Ella lloraba y gritaba: ‘¡Le han volteado la casita a la abuela!’ -añade Ramona.

Hasta el obispo de la diócesis de aquel tiempo fue a visitar a Ramona para celebrar una misa allí.

-Nos dejaron sin nada –recuerda Ramona-. La gente nos traía para comer.

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-Después construimos nuevas casas, pero no de material (firme) –añade Orlando, vestido con un polo de marca Penguin, bombachas (pantalones) de gaucho y una gorra con el logo de Nike-. Antes era mejor, había más pasto para los animales, no los molestaban, no te fumigaban. Ahora, si se mete un animal tuyo en otro campo vecino, te lo matan –se refiere a los inversores que compraron las tierras que rodean su finca en disputa-. Desde los 2000, la gente empezó a alambrar. Ahora tenemos que conseguir comida para darle a las vacas.

 

Antes del conflicto, Ramona contaba normalmente con más de 100 ovejas y 200 cabras. Ahora solo suma 60 de las primeras y 100 de las segundas. Crían esos y otros animales para su propia alimentación y también para venderlos y con el dinero comprar patatas o tomates. También venden huevos y queso de cabra. Para alimentar a los pollos y pavos, usan el maíz que queda en el suelo sin cosechar por los tractores en los campos de los empresarios que los rodean. Lo consiguen a cambio de darles cabritos a los capataces de esas fincas.

-La juventud se va de acá –reconoce Orlando-. Acá sufrís calor, necesidades, tormentas, tornados. Nadie te ayuda. Los políticos no te ayudan. Te dicen que te van a dar unos ladrillos para la casa, pero yo sigo viviendo entre chapas y el nylon que tiran los empresarios cuando no les sirve para sus silos. Tampoco podemos hacer una casa buena de materiales porque si hacemos algo, viene la Policía. Antes teníamos calefón (aparato que calienta el agua que desemboca en los grifos), cocina con garrafa (bombona), pero ahora no tenemos agua caliente y cocinamos con leña. Tenemos una pantalla solar que solo hace funcionar un foquito.

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El conflicto judicial por esas tierras continúa.

-Una vez quisimos alambrar y a los diez minutos vinieron policías –recuerda Ramona-. Nos pintaron los dedos a todos los que estábamos –se refiere a que les tomaron las huellas dactilares.

-La justicia va a tener que hacer algo. Quizá terminan diciendo: ‘Acá lo mataron a Orlando por no salir de su casa’ –se pone serio el gaucho

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Sobre el blog

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Sobre el autor

Alejandro Rebossio es periodista. Su especialidad es la economía y trabaja en la corresponsalía de El País en Buenos Aires. Coautor del libro Estoy verde. Dólar, una pasión argentina (Aguilar) y Vaca Muerta (Planeta) junto con Alejandro Bercovich.

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