Bitácora de viaje a tierra wichí

Por: | 27 de mayo de 2014

En nuestro viaje a tierra qom en la provincia de Chaco, en el noreste de Argentina, recalamos también en territorio de otro pueblo originario de este país: el wichí. Se trata del séptimo colectivo indígena de Argentina en términos de población. Son unas 50.000 personas. Nos encontramos con ellos en El Impenetrable, bosque nativo surcado por caminos de tierras y algunos esteros. Así llegamos al paraje de Techat, donde viven 100 familias en el medio de la vegetación frondosa. A diferencia de los qom, no muchos wichí dominan demasiado el español. Allí nos encontramos con el pastor evangélico Delfín Aranda, de 44 años.

 

Aranda cobra su pensión por ser enfermo de chagas. Una de sus hijas, María Sol, es una de las nuevas agentes sanitarias que ha formado la provincia para hacer de vínculo entre los médicos criollos (blancos y mestizos) y los pacientes wichí. Su esposa, María Rodríguez, hace canastos y bolsos artesanales. Los vende por 4,40 euros. Además crían cabras, gallinas, pero “no muchas”, aclara Aranda. Cuando escucha una pregunta en español, el pastor consulta en wichí a su mujer y a su hija. Solo después responde. Recuerda su niñez y la compara con la actual situación de su comunidad: “En aquellos tiempos no había ayuda. Pero cambiaron los Gobiernos y los tiempos. Ahora hay más medicamentos, hay seis enfermeros (se refiere a los agentes sanitarios, que hacen un curso de seis meses). Pero no estamos bien”.

Aranda llegó allí en 1989, a sus 19 años, cuando aún no se había edificado la escuela primaria que hay enfrente de su casa de ladrillos. “Esto era todo monte”, señala su vivienda, el colegio y el campo de tierra en el que los niños juegan al fútbol. En tiempos del gobernador chaqueño Ángel Rozas (1995-2003), los wichí de Techat recibieron el título de propiedad comunitaria. Se cumplió así con lo que disponía la reforma constitucional de Argentina de 1994, que reconoció a los pueblos originarios como preexistentes a este estado sudamericano y les dio derecho a tierras consideradas ancestrales. Cuando se le pregunta a Aranda por qué dice que no están bien, le consulta a su esposa, vestida con una blusa con palabras en inglés, y contesta: “Falta que llegue la ambulancia cuando la necesitamos”. Hace poco un vecino de su misma edad, Manuel Canciano, perdió a su esposa en el camino cuando daba a luz a mellizos. “No hay escuela secundaria. Las familias que quieren que sus hijos sigan estudiando se tienen que mudar a la ciudad, pero no alcanza la plata para vivir allá y los chicos se quedan acá”. También se queja de las huelgas provinciales de maestros que el año pasado afectaron a la primaria: “Los chicos viven del comedor (del colegio). A veces no vienen los maestros desde Miraflores (el pueblo más cercano) porque llueve”. Los caminos se embarran y resultan casi intransitables. Mientras Aranda habla, ocho niños esperan aquel día que lleguen los docentes. En esta escuela, a diferencia de otras rurales, no hay habitación para que el docente viva allí.

 

El pastor suma otra reclamación: vivienda digna para sus compañeros. Cuenta que los wichí de allí han formado dos agrupaciones piqueteras (activistas que cortan las carreteras para protestar). Una de ellas es la Unión Campesina, que lidera Ricardo Pajales, de 48 años. “No es que nuestra vida haya mejorado mucho, pero mejoró”, reconoce Pajales, que se suma a la conversación debajo de un árbol, enfrente de la casa de Aranda. “Pero hacen falta viviendas, salud, educación y comedor, porque acá el Gobierno (provincial) no da bolsines (de comida). Solo a los alumnos de primaria les dan de comer. Para ir a la secundaria a Miraflores, hay que pagar cama (en un albergue), pero nosotros, como aborígenes, no tenemos plata. Acá los doctores (médicos) no vienen nunca. Solo hay un enfermero”. Pajales cuenta que sus abuelos murieron esperando que el Gobierno provincial les construyera una casa de material sólido. “Yo conseguí diez casas para la comunidad”, se enorgullece el dirigente piquetero, mientras un loro apostado en el árbol no deja de hablar. La mayoría de las viviendas son de abobe, plásticos y palos de madera. “A veces, cuando reclamamos, tenemos que viajar y dormimos en el suelo. Vamos a Resistencia (capital de Chaco), dos veces alcancé Buenos Aires. Hay gente que te atiende y que gente que no”, relata Pajales.

El dirigente piquetero cobra también su pensión por chagásico. “El Gobierno (provincial) da la pensión, pero no alcanza porque aumentan (los precios de) las cosas”, se refiere Pajales a la inflación, que en Argentina asciende al 33% anual. Además, él cuenta con 15 cabras. Está casado y tiene seis hijos, cinco de ellos menores de 18 años. Sin embargo, Pajales no cobra la asignación universal por hijo que creó el Gobierno de la peronista Cristina Fernández de Kirchner en 2009. “No la cobro. Hicimos el trámite, pero dura mucho. Para conseguir cosas, hay que luchar, cortar la ruta. Nosotros no estamos contra el Gobierno, pero la bolsa (saco) de harina antes costaba 200 pesos y ahora está a 400 (35 euros), y te dura 20 días”, ejemplifica Pajales, bebe el mate y se lo pasa a Aranda. Cuando se le pregunta por la política del gobernador de Chaco, el peronista Juan Carlos Bacileff Ivanov, de reprimir los piquetes, a diferencia de la tolerancia que ha demostrado Fernández frente a este método de protesta extendido en Argentina, Pajales responde: “Dicen que (el gobernador) es malo, pero no tenemos miedo. Si morimos, a dónde van a conseguir votos”.

Ricardo nunca fue a la escuela. Delfín dice que solo “uno o dos días”. Al colegio de enfrente de su casa asisten aquel día 27 niños de diversos grados, todos en una misma aula. Ya llegaron los dos maestros y los alumnos desayunan mate cocido y pan. Uno de los pibes lleva una camiseta argentina con el nombre de Messi en la espalda. Los maestros no saben si verán en el aula los partidos de la albiceleste en el Mundial, como en las demás escuelas de Argentina, porque se les rompió el decodificador del televisor. En realidad, hay 80 alumnos inscriptos, pero solo van con regularidad unos 50, admite Alfio Maciel, docente. Además concurren algunos niños en edad de escuela inicial.

 

Maciel cuenta que los alumnos de Techat están más “contenidos” por sus familias que los de las ciudades. Si bien marchan más lento en el aprendizaje, “cuando llegan a cuarto o quinto grado, se destapan”, confía el maestro. “El problema es que no tenemos jardín de infantes (nivel inicial) y la secundaria está 10 kilómetros por camino de tierra. Por la cantidad de chicos que hay en Techat deberíamos tener jardín y secundaria”, calcula Maciel, que con su compañera no han adherido aquel día a la huelga provincial. “No nos sumamos porque en 2013 (por los paros) nos atrasamos mucho con los chicos”, explica el maestro. Un docente en Chaco puede ganar 425 euros mensuales. “Y encima tenés gasto de combustible para llegar acá, tener que comprarles cuadernos y lápices a los alumnos que no tienen. Necesitás ayuda de algún padrino (donante)”, añade Maciel.   

De la escuela nos vamos a 5 kilómetros de allí, a visitar a Canciano, el wichí que perdió a su mujer cuando dio a luz a mellizos. El viudo tiene otros diez hijos, todos pequeños. Apenas habla español, pero explica que sus bebés han quedado en un hospital de la pequeña ciudad de Castelli, autodenominada portal de El Impenetrable. Los médicos no les dieron el alta y consideran que allí están seguros de que tendrán leche. “Dicen que acá van a estar solos, que allá los van a poner más grandes”, dice Canciano, que vive con otros tres parientes adultos. En las redes sociales, algunos chaqueños solidarios han organizado colectas para ayudar al viudo y sus 12 hijos. “Necesitamos para comer, pero (el Gobierno provincial) trae poca mercadería. Estamos sufriendo hambre. Tenemos pocos animales: cinco chivas (cabras). Casi no comemos, no hay nada, hay poquito”, muestra un plato con lo que le queda de harina y una botella vacía de aceite. “Estamos pobres”, agrega Canciano, mientras sus diez hijos lo acompañan de un lado para el otro, descalzos. Él lleva unas zapatillas azules, un pantalón corto y una camiseta de la cementera Loma Negra, propiedad de la brasileña Camargo Corrêa. El suelo está embarrado y con basura. La casa está rodeada del cerrado bosque nativo.

 

“Manuel no tiene asignación (universal por hijo)”, cuenta el piquetero Pajales. “Es que para conseguirla tenés que ir a Sáenz Peña (segunda ciudad más poblada de Chaco) y no tenemos cómo ir. Manuel no tiene ni pensión (por chagas). Tanta propaganda hace el Gobierno de que anda bien Chaco, pero no es así”, protesta Pajales. “Acá siempre hubo hambre”, lamenta Canciano. Los niños no habían ido aquel día a la escuela. ¿Van? “Sí, van, pero queda lejos”, contesta el padre. “Van muy poco”, añade Pajales. A Canciano también le falta el agua y por eso su familia bebe de los charcos que se forman con la lluvia. Lo que sobran son los mosquitos.

Pero los wichí no solo padecen en Chaco. El pasado 22 de mayo, una docena de iglesias y organizaciones de la sociedad civil de las provincias también norteñas de Salta y Formosa se reunieron para manifestar su "preocupación y repudio sobre los reiterados hechos de violencia, abuso y descontrol institucional evidenciados en el accionar de las fuerzas de seguridad". En concreto se refirieron a agresiones policiales ocurrida entre marzo y mayo de este años en varias localidades y comunidades wichí contra niños y jóvenes. Entre los firmantes figuran la Fundación para el Desarrollo en Justicia y Paz (Fundapaz) de Salta y la Vicaría de Pueblos Originarios de Formosa.

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Ojalá el contenido de esta nota no caiga en saco roto y le entren a las autoridades un poco de vergüenza por tener a toda esta gente peor que en la Edad de Piedra. Se gastan millones en Aeropuertos Internacionales cuyas tierras eran de los nativos, pero no son capaces de proveerles siquiera de agua potable.

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Sobre el blog

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Sobre el autor

Alejandro Rebossio es periodista. Su especialidad es la economía y trabaja en la corresponsalía de El País en Buenos Aires. Coautor del libro Estoy verde. Dólar, una pasión argentina (Aguilar) y Vaca Muerta (Planeta) junto con Alejandro Bercovich.

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