El problema del polizón

Por: | 07 de mayo de 2010

Aserradero de madera certificada con el sello FSC en Camerún (Foto C.Á.) ¿Qué es mejor para reducir la contaminación: concienciar al ciudadano para que utilice de forma voluntaria el transporte público o cerrar el centro de las ciudades a los coches privados? Estas dos opciones representan dos estrategias muy diferentes para intentar algo tan complicado como cambiar hábitos de conducta dentro de la sociedad: los enfoques voluntarios o los obligatorios. Unos y otros tienen ventajas e inconvenientes, aunque no se puede abordar esta cuestión sin incidir en el llamado "problema del polizón”.

¿En qué se parecen los atascos de tráfico, la deforestación de las selvas o el turismo de observación de cetáceos? Pues que todos están relacionados con la existencia de bienes públicos. En teoría económica los bienes públicos son no-excluibles y no-rivales, lo que quiere decir que no se puede excluir a nadie de su uso y que el que una persona los utilice no influye en la utilización de los demás.

El que haya menos coches en las calles mejora la calidad del aire que van a respirar todos los ciudadanos, el que no se destruyan los bosques va a beneficiar a toda la humanidad y el que no se moleste a las ballenas permite que sigamos emocionándonos con sus increíbles saltos en el mar. Lo mismo ocurrirá si se mejora la calidad del agua de los ríos o si aumenta la generación con energías renovables: son acciones que beneficiarán a todo el mundo.

Sin embargo, todos los ciudadanos van a verse favorecidos por igual de ese bien colectivo independientemente de lo que hagan, lo que para los economistas significa que no hay ningún incentivo para tomar una decisión determinada. Y aquí es donde aparece el denominado problema del polizón (free-rider effect): el pasajero que viaja con el resto del mundo sin pagar billete. Si el resultado va a ser el mismo, resulta tentador dejar que sean los demás los que realicen el esfuerzo.

Esto tiene una importante contrapartida y es que si son muchos los polizones, se corre el riesgo de que al final no se produzca suficiente de ese bien (reducción de emisiones, aire más limpio, renovables…).

En general, en Europa estamos más acostumbrados a los enfoques obligatorios; alguien nos dice qué hay que hacer, o nos incentiva (mediante premios o subvenciones) o desincentiva (mediante multas o impuestos) a modificar nuestro comportamiento. Pero en otros países, y EEUU es un ejemplo típico, se suele preferir que tengan más peso los enfoques voluntarios.

En este caso, se trata de dejar que sean los consumidores, por sí mismos, los que decidan sobre el bien público. Para ayudar a reducir la deforestación de las selvas, pueden comprar productos de madera con el sello FSC; y para contribuir a frenar el cambio climático, pueden utilizar el transporte público en vez del coche privado o mejorar la eficiencia de sus casas o comprar electricidad de empresas productoras de energías renovables. Todo ello, sin que nadie les obligue a ello o les cobre más por hacer lo incorrecto.

Según un informe del International Fund for Animal Welfare, hay diferentes ventajas y desventajas de los enfoques voluntarios y obligatorios en el turismo de observación de cetáceos. Para estos defensores de las ballenas, si bien las normas para no molestar a los cetáceos en la práctica de esta actividad turística tienen un importante valor disuasivo, su efecto se ve debilitado si fallan los mecanismos de control. En el lado contrario, las pautas no vinculantes, códigos éticos o recomendaciones pueden llegar a no ser respetadas por ciertas sociedades si no existen penalizaciones.

Lo cierto es que hay gente que considera que las elecciones voluntarias constituyen la forma más adecuada de conseguir lo mejor para la sociedad: entienden que si los consumidores no quieren solucionar el problema del cambio climático o aumentar la cantidad de energías renovables por si mismos para qué va a venir el Estado a hacerlo. ¿Acaso no son los ciudadanos la propia sociedad? De alguna forma, la elección en la compra puede no ser muy diferente de decidir a quién se vota (a representantes políticos que a su vez pondrán normas sobre el bien público).

Este argumento tiene dos fallos: uno es el problema del polizón y otro la falta de información de los ciudadanos sobre las consecuencias de sus decisiones. De hecho, lo lógico sería esperar que el enfoque voluntario no sirviera para nada, pues es mejor viajar de gorra sin billete y dejar que sean los otros los que hagan algo. O ir en coche y que sean los demás los que vayan en autobús. Sin embargo, sí que funciona, por aquello llamado altruismo, el mismo proceso por el que se dona dinero a una organización de ayuda al desarrollo. A esto se le puede denominar también a veces redención de culpa y en ocasiones lleva incluso a comportamientos poco coherentes, como ocurre cuando alguien se siente menos culpable para emitir más CO2 por compensar sus emisiones (pagar para que en alguna parte del mundo se ponga en marcha un proyecto para reducir CO2).

La demostración de que el altruismo sí puede funcionar está en nuestra basura. Cada vez son más los ciudadanos que separan de forma voluntaria sus residuos de papel, vidrio o envases de plástico para que puedan ser reciclados (aunque siempre habrá polizones). Un avance significativo al que, por otra parte, ayuda mucho el que se coloquen más contenedores en las calles, se informe a los ciudadanos y se realicen campañas de concienciación. Ahora bien, este altruismo tiene sus limitaciones. Igual que no se puede erradicar el hambre o la pobreza en el mundo sólo con donaciones a las organizaciones de ayuda al desarrollo, tampoco se puede frenar el cambio climático con acciones voluntarias. Si bien hay decisiones que pueden tener una gran trascendencia repetidas millones de veces por los ciudadanos, como llevar cada residuo a su contenedor correspondiente o utilizar el transporte público, otras no supondrán en realidad un gran cambio para el medio ambiente.


* Pedro Linares es profesor de la Universidad Pontificia Comillas.

Hay 12 Comentarios

Todo el mundo sabe que fumar puede matar... y muchos, muchísmos siguen fumando.
No es una cuestión de información, es una cuestión de actitud. De que me da igual lo que me pasea mí, como para preocuparme por lo que le pase al planeta y al resto de la humanidad.

Como bien dice Rober, nadie se plantea que los impuestos deban o no ser obligatorios. Lo mismo que las normas y multas de tráfico, a veces nos parecen exageradas, pero todo sentendemos que debenexistir unas normas de circulación obligatorias para el bien de todos. Al cabo de un tiempo esa obligatoriedad ha calado en los hábitos y entonces ya no se distingue si se hace por obligación o por hábito. Y en el caso de las emisiones, la urgencia manda, no hay tiempo sufiente para permitir a una buena parte de los ciudadanos que cambien de forma paulatina sus hábitos...

Este tipo de disquisiciones sólo se pueden hacer desde una posición en la que no se reconoce, a priori, la importancia del asunto. De lo contrario, la respuesta es obvia.

Si consideramos que es importante arreglar la situación medio-ambiental, todo este desarrollo académico sobre el polizonte y el no polizonte sobra: nadie se plantearía que pagar impuestos sea o no voluntario, porque es obvio que son algo vital y también que sería imposible plantearlos como algo voluntario.

Pues con el medio ambiente lo mismo. Sólo desde una perspectiva en la que no se piense que es un tema prioritario tiene cabida un planteamiento de voluntariedad.

Lo que pasa es que la imposición de medidas tiene un coste político, así que los dirigentes prefieren pasar antes por un trámite de concienciación social para poder abordar posteriormente una postura más rígida.

Y, en el interín, algunos se plantean estas disquisiciones. Pero la solución final es tan obvia como la de los impuestos: obligatoriedad. Al menos hasta que la sociedad cambie su esquema de valores como apuntan en otros comentarios. Difícil lo veo.

Se puede incentivar a las compañias para que sus empleados no necesiten ni transporte publico ni privado y puedan asistir al trabajo andando, que es muy sano, siempre que la hubicación de su residencia sea suficientemente cercana a la empresa. Esta es la razón del incentivo y que seguramente sería mas barato compaarando precio de transporte contra el incentivo.

Opino que hay que obligar a la gente (multas, sanciones, marco legal), es una solucion mas rapida que el dificil, lento, estenuante y costoso proceso de concientizar, hay q actuar. De todas formas el ser humano esta acostaumbrado a ello, antes por las leyes sagradas ( la biblia), ahora lo son las leyes de los hombres. Siempre las grandes masas han actuado mas por obligacion que por sentido comun.

Yo creo que el problema es también de modelos. De modelos sociales. Admiramos a los que más tienen, a los que más contaminan con modos de vida derrochadores: casas enormes con piscinas, cochazos, viajes en avión...Y nuestros dirigentes son los primeros que se apuntan a ese modelo. Mientras lo chulo sea lo más contaminante y coger el bus, lo más cutre, será difícil que voluntariamente cambiemos nada.

Sinceramente, me parece interesante el artículo en si y por el diálgo o la discusión que propone. Sin embargo, echo mucho en falta que no se haya mencionado ni una sola vez la bicicleta. Sí, es una obviedad, pero el diseño y la mentalidad urbana debe cambiar, radicalmente. No, no es tan difícil ni tan caro...simplemente, miro a los ojos de los niños cuando me ven pasar en bici, y veo el deseo de ser más humanos, de vivir fuera de la caja con ruedas y no dentro...Desde luego, cuánto nos queda por madurar y dejar atrás esta mentalidad de nuevo rico...
Dos ruedas mejor que cuatro.

No nos engañemos, por muchas campañas informativas que se realicen, siempre, habrá demasiados polizones, ¿por que me voy a molestar si con ello no gano nada?. Unos dirán que gana el planeta y las futuras generaciones, pero desgraciadamente somos tan egocentricos que eso nos suele importar muy poco o nada. El ser humano, esa es su naturaleza, se comporta, por regla general, como si él mismo fuera el centro del mundo, demasiado individualista para sentirse como una parte, infima, de un todo que es este planeta, y por ende, el universo. No solemos tener una visión global de nuestra realidad y nos encerramos en nuestros pequeños universos particulares infravalorando y menospreciando todo lo que nos rodea, y de lo que somos responsables.
Lo único que puede funcionar es la penalización, siempre económica, en forma de multas cuantiosas por cualquier atentado o falta de civismo a la hora de proteger el medio ambiente. De este modo si que dejará de haber tanto polizón.

Ahora mismo lo que está sucediendo en muchas ciudades españolas es que por fin los centros urbanos se están peatonalizando, se está haciendo de una forma indirecta (disminuyendo plazas de aparcamiento en superficie, estrechando calzadas,..) pero también de una forma directa restringiendo o prohibiendo el paso del vehículo privado por muchas calles de sus centros. De esta forma el coche ha cedido terreno al peatón y esto está sucediendo ahora en muchas localidades españolas. Han sido unas medidas de reforma urbanística tomadas por las administraciones locales sin necesitar ningún tipo de consenso popular y que están siendo muy eficaces, aunque reconozco que todavía queda mucho por avanzar.
Respecto a las "medidas voluntaristas" el número de "polizones" actuales es muchísimo mayor que el de ciudadanos responsables por lo que su efecto sobre la mejora del medioambiente todavía sería muy pequeño.

Se podría implantar un sistema de gestión de residuos como en Alemania, donde la gente paga en función de los kilos de basura no reciclable que genera. Obviamente, con multazos a los que reciclen mal.

Por lo demás, no iría nada mal la implantación de sistemas de pagos por servicios ambientales de una vez.

Por cierto, que no hace falta comprar madera con sello de certificación (y menos aún el de FSC, una de las muchas opciones) para saber que proviene de un bosque bien gestionado. Basta con comprar madera europea.

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Ecolaboratorio

Sobre el blog

Como si mirásemos por el ocular de un microscopio, Ecolaboratorio es un blog ambiental que trata de ver más de cerca todo aquello que nos rodea. En este particular laboratorio se buscan respuestas a las cuestiones más enrevesadas que nos asaltan de forma cotidiana.

Sobre el autor

Clemente Álvarez

(Madrid, 1973) es un periodista especializado en medio ambiente y ciencia. Colaborador de El País desde 2004, le entusiasma mezclar elementos de la ecología con reactivos de la energía y la economía, aunque la fórmula pueda resultar inflamable.

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