Cuando el precio se dispara

Por: | 06 de septiembre de 2010

Surtidores de una gasolinera (El País). ¿Qué tienen en común el agua embotellada en Boston, las habitaciones para asistir a la pasada final de la Champions League en Madrid o los coches de alquiler de algunos aeropuertos de Europa durante el caos aéreo causado por el volcán Eyjafjalla? La respuesta es que puede no haber suficientes para todos. Hace unos meses su demanda se disparó de golpe y esto hizo que se llegasen a pedir por ellos precios astronómicos. Como es habitual, no faltaron las quejas por lo que para algunos constituye un abuso. Sin embargo, todos estos casos resultan interesantes para reflexionar sobre la utilización del precio para distribuir un bien escaso, lo que también puede ocurrir con otros recursos limitados como el agua o la energía.

Cualquiera que se haya leído las primeras páginas de un manual de Economía sabe que, en los mercados competitivos, cuando aumenta mucho la demanda de algún bien, dada una oferta más o menos fija, los precios suben. Si la oferta es muy inelástica (es decir, que reacciona poco frente al precio, posiblemente porque sea difícil aumentar la producción rápidamente), los precios se convierten en estratosféricos. Esto es lo que sucedió el pasado mes de mayo en Boston, por una avería que dejó sin suministro de agua potable a más de dos millones de estadounidenses.  El gobernador de Massachusetts declaró el estado de emergencia y los ciudadanos se abalanzaron sobre los supermercados para hacer acopio de agua embotellada. ¿Resultado? El precio del agua envasada cambió de forma repentina.

En realidad, esto no es nada nuevo. Y lo normal en estas situaciones es que se señale a los vendedores por aprovecharse de los ciudadanos en dificultades. En Boston, las propias autoridades cargaron contra los comerciantes y se abrieron investigaciones. Una reacción criticada entonces en un editorial del Boston Globe. ¿Es realmente malo que se disparen en esas circunstancias los precios? Lo cierto es que cuando el bien no resulta imprescindible (¿asistir a un partido de fútbol?), nadie se aprovecha de nadie: el consumidor siempre puede decidir que no le compensa pagar lo que le exigen. Se entiende que, si lo hace, es porque el servicio lo vale. Y esto mismo resulta clave para mejorar en eficiencia, pues sirve para reducir el gasto de un recurso limitado a aquello que sea verdaderamente necesario, evitando derroches sin sentido.

En el caso del agua de beber puede haber más discusión. Al fin y al cabo, se trata de un servicio básico. Como también podría serlo, en cierto modo, el que haya otros medios de transporte para poder volver a casa si una nube de ceniza de un volcán ha obligado a cerrar los aeropuertos durante varios días. Aquí el comprador puede no tener elección y por ello suelen saltar todas las alarmas. Y, sin embargo, es entonces cuando se hace más evidente la razón por la que suben los precios.

Tomemos como ejemplo lo ocurrido hace unos meses en Europa por el cierre de los aeropuertos a causa de la nube de ceniza del volcán Eyjafjalla. Los pasajeros se desesperan y tratan de continuar su ruta en otros medios de transporte. Se van acabando los coches de alquiler en los aeropuertos. También los billetes de autobús, de tren, de barco… La compañía de taxis británica Amber Cars batió esos días su récord de ganancias por una sola carrera: 1.360 euros por llevar a unos ejecutivos con prisas desde Northampton, en el sur de Inglaterra, hasta el aeropuerto de Ginebra, en Suiza. Aunque siempre puede haber algún jeta que intente aprovecharse, lo normal es que el precio se ponga a un nivel lo bastante alto para salir en las noticias, pero lo suficientemente bajo como para que haya gente dispuesta a pagarlo. A nadie le gusta tener que gastarse más dinero. Sin embargo, lo que ocurre en estas circunstancias es que la oportunidad de grandes ganancias hace aparecer más coches de alquiler y taxis dispuestos a recorrer miles de kilómetros. Los altos precios pueden conseguir que aumente la oferta, de forma que haya más gente que consiga llegar a su punto de destino (si están dispuestos a pagar el precio). Esto permite cubrir la demanda y volver al equilibrio, a la normalidad. Conclusión: la subida del precio puede ayudar a salir de una situación de escasez, dando las señales necesarias para movilizar todos los recursos disponibles de la manera más rápida posible.

Volvamos de nuevo a los coches y centrémonos ahora en el carburante que han necesitado para moverse por las carreteras de media Europa. Los ejemplos anteriores resultan interesantes para tratar otro recurso escaso (sobre todo para España): el petróleo. Parece incoherente querer reducir la dependencia exterior del país, o asumir que se está agotando este recurso energético, y a la vez propugnar que los precios de la gasolina no suban. Los precios, cuando se les deja libres, son los que señalan la escasez, y los que nos permiten salir de ella de la forma más rápida y mejor. ¿De qué forma ayudarían estos precios altos a reestablecer el equilibrio entre oferta y demanda? En el caso del petróleo, haciendo más competitivas a las renovables o favoreciendo el desarrollo del coche eléctrico.

Por supuesto, este razonamiento tiene un importante pero: hay gente que no podrá nunca pagar ese precio, por no tener la renta suficiente. Así pues, si se trata de un bien básico, como la energía, habrá que hacer algo para remediarlo.

El Gobierno puede intervenir para proteger a los ciudadanos y fijar un precio máximo para el petróleo. Ahora bien, de esta forma serán muchas menos las empresas a las que compense desarrollar tecnologías renovables y la gente no tendrá tampoco demasiados incentivos para reducir su consumo. El resultado es que no se resolverá el problema de la escasez.

Como en las economías socialistas, también se puede recurrir al racionamiento, para repartir lo que se tenga, o incluso intervenir para aumentar la oferta y obligar a las empresas a desarrollar nuevas tecnologías. Paradójicamente, lo habitual en estas circunstancias es que siempre haya gente dispuesta a pagar un precio más alto antes que quedarse sin lo que quiere. Y esto supone la aparición del mercado negro, con todos sus inconvenientes: precios altos, desigualdad…

Así pues, lo suyo sería mantener los precios altos. Ni racionar, ni tampoco subsidiar ese consumo (porque entonces estamos animando a consumir más de lo necesario). Pero sí garantizar que todo el mundo tiene una renta mínima suficiente como para proveerse de todos los servicios básicos. Como en el sistema de racionamiento, habrá una redistribución de la renta, ahora bien, mucho más eficiente.


* Pedro Linares es profesor de la Universidad Pontificia Comillas.

Hay 9 Comentarios

... Y de esta forma con esa renta mínima procurarse el consumo hasta del mas pobre y seguir engrasando la maquina del mercado, fuente de desigualdad entre seres humanos...

Vamos una sinrazón

A mí me parece que la conclusión final del artículo implica la creación de inflación o incluso hiperinflación, con lo cual estamos igual o peor que antes. En cualquier caso, todo lo que se desequilibra acaba en otro equilibrio, con más o menos dolor en el trance. Lo que tenemos dentro de la cabeza sirve para tratar de huir de ese dolor usando los recursos que tenemos a mano.

mUY INTERESANTE... COMO SIEMPRE EN ESTE BLOG

Lo que yo siempre digo: "Cuando debe haber pero no hay, suben los ¡ay!"

Estoy impresionado, Clemente, y enhorabuena a Pedro Linares por intentar hacer un poco de pedagogía. ¿Para cuándo mentar el nombre de la bicha: Peak Oil? Señores lectores: lo que Clemente ya sabe y para lo que les está preparando es para la bofetada que se nos viene encima. Pensar que los mercados regularán la escasez es bastante ingenuo. La inquietud se extiende en Europa: Conversaciones secretas del Gobierno Británico con la industria (apareció en The Guardian, ¿no se enteraron?: http://www.crisisenergetica.org/article.php?story=20100825114927976 ), el ejército alemán que se prepara para dar un paso al frente (http://www.crisisenergetica.org/article.php?story=20100903105301631 ), similarmente el ejército de los EE.UU. (http://crashoil.blogspot.com/2010/06/los-militares-denuncian-los-gobiernos.html )... Señores, el Peak Oil ya está aquí, y eso hará que nunca salgamos de esta crisis: http://crashoil.blogspot.com/2010/06/digamos-alto-y-claro-esta-crisis.html . Conviene que nos vayamos mentalizando.

Gracias, Clemente, por el trabajo que haces desde esta tribuna. Hasta pronto,

Antonio

Joer qué bonito: "Pero sí garantizar que todo el mundo tiene una renta mínima suficiente como para proveerse de todos los servicios básicos. Como en el sistema de racionamiento, habrá una redistribución de la renta, ahora bien, mucho más eficiente." Sí, se montará la Tercera Guerra Mundial, ya que el aborto no se cepilla suficiente cantidad de gente y cada vez hay más paro amén de la amenaza inmigrante... Se va a redistribuir la renta "eficientemente".

La energía y la comunicación, han sido la base de todo el devenir de la humanidad. Se podría llegar a un estado futuro donde ambos factores no fueran un problema y sería asequible y no contaminante, mejorando nuestra calidad de vida. Pero para eso hace falta intervención en el mercado y una base educativa o pedagogía del hábitat suficientemente fuerte.

Pero, si todo el mundo tiene suficiente renta aumenta la demanda y por tanto subirá el precio ¿No? La única manera de lograr que los mas pobres accedan a una serie de bienes es controlando el precio de los mismos. Un mercado no intervenido a la larga solo genera injusticias. Al fin y al cabo algunos nunca tienen suficiente.

¿Y qué tienen en común el agua embotellada en Boston, etc, con el atún en conserva en Chile? http://www.elpais.com/articulo/internacional/mineros/atrapados/Chile/organizan/tierra/sobrevivir/elpepiint/20100825elpepiint_2/Tes
La respuesta es que puede no haber suficientes para todos. ¿Les hubiese ido mejor con un sistema de oferta/demanda y dejar que subiese el precio de la lata de atún?

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Ecolaboratorio

Sobre el blog

Como si mirásemos por el ocular de un microscopio, Ecolaboratorio es un blog ambiental que trata de ver más de cerca todo aquello que nos rodea. En este particular laboratorio se buscan respuestas a las cuestiones más enrevesadas que nos asaltan de forma cotidiana.

Sobre el autor

Clemente Álvarez

(Madrid, 1973) es un periodista especializado en medio ambiente y ciencia. Colaborador de El País desde 2004, le entusiasma mezclar elementos de la ecología con reactivos de la energía y la economía, aunque la fórmula pueda resultar inflamable.

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