Información o desinformación

Por: | 24 de mayo de 2012

ALBERTO FERNÁNDEZ TERRICABRAS, profesor asociado de Contabilidad y Control.

Vivimos en la era de la información. La cantidad de medios a través de los que se puede proporcionar información a los ciudadanos es enorme (periódicos, periódicos digitales, radios, televisión, webs, blogs, etc.). La consecuencia de que sea tan fácil publicar y también el acceso a la información genera, en mi opinión, dos problemas.

Alberto_Fernández_TerricabrasUn primer problema lo tiene el receptor de la información que ha de tener la capacidad de elegir a qué información quiere tener acceso y a qué información no. Ha de ser capaz de discriminar la fiabilidad de los datos y su relevancia. Seguramente ambas tienen que ver con la fuente que publica la información. ¿Es creíble? A modo de ejemplo, pondré el caso de un artículo en una publicación digital hace unas semanas donde se decía que yo tenía intereses en la industria armamentística porque el autor de esa información me confundió con otra persona que comparte conmigo el nombre y el primer apellido. Igualmente podemos hablar de la fiabilidad y relevancia de la información económica y política. ¿Qué parte de la información que recibimos es fiable?

El segundo problema está relacionado con el primero. En un entorno en que cuesta tanto conseguir que el lector preste atención a lo que cada persona pública, es fácil caer en la tentación de escribir titulares rimbombantes, medias verdades, informaciones sesgadas o simplemente erróneas para captar la atención del receptor, lector u oyente. Las malas noticias venden más que las buenas noticias ... a pesar de lo necesitados que estamos de buenas noticias hoy en día. Pondré otro ejemplo. De una organización sanitaria que tengo el honor de presidir se publicó que unos directivos llevaron a cabo un lujoso viaje a Mallorca. El viaje, que se hizo, fue a un interesante Congreso y se hizo intentando minimizar los costes. Las personas que desinformaron sobre el viaje hablaron de un gasto de más de siete mil euros confundiendo el asiento contable (pues tuvieron acceso a la información) con el gasto real, que fue mucho menor.

¿Información o desinformación? ¿Noticias rigurosas, medias verdades o, simplemente, mentiras? De la misma manera que la crisis económica actual es consecuencia de una crisis de valores, también mucha de la información que recibimos proviene de informadores con pocos valores. Necesitamos una información de calidad y para ello y, sobre todo, periodistas con mayúsculas, periodistas con valores.

© Alberto Fernández Terricabras. Doctor en Administración de Empresas por la Universidad de Boston, Máster en Dirección de Empresas por el IESE-Universidad de Navarra y Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por la UNED. También es director de Finaves, un centro del IESE que gestiona fondos de capital semilla que invierten en proyectos de alumnos y ex alumnos de esta escuela de negocios; emprendedor y consejero e inversor en diversas empresas.

Hay 3 Comentarios

Coincido con Saray en que España necesita más periodistas y menos folclóricos metidos a comentaristas. Y no quiero más informaciones servidas por periodistas sin valores. En eso también coincido contigo, Alberto. Has abordado libremente un tema muy complejo, pero creo que el resultado ha sido impecable.

Periodistas con valores? Dentro de poco necesitaremos periodistas. A secas. Porque entre todos, periodistas y no periodistas, nos estamos cargando este oficio. A veces lo hacen peor y otras veces mejor, pero se necesitan periodistas. Periodistas bien formados y bien remunerados. Lo malo de internet es que hay de todo. Lo bueno, que los periodistas, las firmas de calidad, pueden generar información y ayudar a clasificar toda esa información. Estamos en una época en la que necesitamos contexto y organización.

Es un problema de gran calado y que tiene muchas dimensiones adicionales: valorar, seleccionar la información, entender qué es relevante y qué no lo es, resulta prácticamente inalcanzable. También está el problema del metalenguaje, la economía utiliza una jerga propia a la que los ciudadanos son ajenos. Aceptarla suele implicar también aceptar las premisas (a veces no ciertas) que subyacen.

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Economía con valores

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