El Charco

Sobre el blog

El Charco. 1- Superficie de agua poco profunda que de no ser por los visitantes podría pasar totalmente desapercibido. 2- Coloq. Arg. Océano que separa el continente americano y el europeo.

Sobre el autor

Santiago Solari

Santiago Solari nació en Rosario, Argentina, en 1976. Jugó al fútbol en River Plate, Atlético de Madrid, Real Madrid, Inter de Milán, San Lorenzo de Almagro, Atlante y Peñarol.

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La pasión

Por: | 30 de octubre de 2011

Los argentinos somos pasionales o, al menos, esa es la forma en la que nos gusta vernos. Asociamos la pasión al ruido, a los gritos, a los gestos ampulosos. En la cancha es ese mantra futbolero del “huevo, huevo, huevo”. No nos entretenemos demasiado en tratar de entender nuestras pasiones y tendemos a medirlas de acuerdo con el nivel de exaltación exhibido. En el fútbol nos consideramos los más apasionados. Quizá porque saltamos sin parar, nos abrazamos, colgamos muchas banderas por todas partes, llenamos los estadios con cantos y papelitos de colores y necesitamos en cada partido más policías que aficionados.
No pensamos en todo esto como formas más o menos pintorescas o más o menos legales de expresarnos sino como una forma superior de sentir, que nos define como argentinos y nos diferencia del resto.
¿En qué momento nos adjudicamos el título de campeones mundiales de la pasión? ¿Cuándo decidimos que lo que definía nuestro compromiso con algo era la forma de mostrarnos y no su contenido? ¿Acaso no es apasionado un filósofo? ¿No lo era Brahms por haber nacido en la fría Hamburgo y no haberse colgado nunca de un paravalanchas? ¿No se vive con pasión un partido de fútbol en el Allianz Arena, el Calderón o el Bernabéu?
Nos resulta difícil percibir la pasión expresada de una forma más callada y profunda. En Argentina alguien que se pasa 10 años dando forma, meticulosamente, a un bonsái, difícilmente sea catalogado como un apasionado. Aquel que en el fútbol disfruta o sufre con su equipo pero es, a la vez, capaz de reconocer el talento o la valentía del rival es visto más bien como un desapasionado, un “pecho frío” o un traidor, a secas. Gente sin pasión, sin alma. Gente sin swing. Descorazonados que no entienden el mundo de los sentimientos, que “no sienten los colores” y que jamás comprenderían lo que significa ser “verdaderamente argentino”, “entender al pueblo”, “ser un hincha de verdad”, un auténtico miembro de La 12 o un borracho del tablón.
Esta tergiversada interpretación sobre las pasiones la aprovechan los violentos. Es una de las tantas razones para que las barras bravas, que son solo una expresión de un problema social más extenso y profundo, sigan camuflando su presencia en el fútbol. Son la sinrazón disfrazada de pasión. La utilizan como valor superior que todo lo explica y todo lo excusa. Dicen: “Lo hacemos por los colores”, “nos dejamos el alma”, “defendemos lo que queremos”, “lo nuestro”. Frases como cáscaras que los aíslan en un mundo sin matices, donde todo da lo mismo porque depende de cómo lo siente cada cual. Un recurso poco original para no tener que reflexionar y para desacreditar a cualquiera que lo intente. La mejor excusa de los intolerantes para justificarse a sí mismos.
Así es como algunos hinchas de San Lorenzo insultan a sus jugadores porque estos “no sienten la camiseta”. Y un jugador reacciona y hace gestos a la hinchada. Y los barrabravas saltan la seguridad en un entrenamiento, amenazan al plantel y golpean a ese jugador para explicarle bien, detalladamente, cómo se deben sentir los sentimientos. Lo golpean para instruirlo sobre la pasión. Le cuentan con los puños cómo ellos transpiran en la tribuna, llueve o truene, incondicionalmente, domingo tras domingo, la camiseta.
Y que cada día la quieren más, porque es un sentimiento que no pueden parar y olé olé olé; olé olé olé olaaá...

El Madrid se redimensiona

Por: | 23 de octubre de 2011

Bastos2

El Lyon llegó a Madrid a encerrarse en el último tercio o el último cuarto de la cancha y convertir en lateral a un centrocampista y en centrocampista a un delantero cuando no dispusiera del balón. El planteamiento, más cercano al terror que a la cautela, buscaba evitar ceder espacios a los ya famosos contragolpes blancos. Luego, esperar que en esa verticalidad se produjeran los huecos necesarios para la salida.

Desde el primer minuto se percibió que el Madrid conocía esas intenciones. Respondió al hacinamiento con 700 pases, circulación horizontal, gran movilidad y una dosis de paciencia a la que no nos tiene acostumbrados. A esto agregó la habitual atención de la defensa, muy alta, y la agresividad de Arbeloa y Marcelo a la hora de mantener cercanas las líneas y frenar cualquier intento de salida por los costados. La cadencia del Madrid con el balón dejó pasmados a los jugadores del conjunto francés, que, al igual que esos estudiantes que solo leyeron la sinopsis del libro, no supieron articular una respuesta ante un planteamiento inesperado.

Si bien la pasividad de los rivales a la hora de presionar para recuperar (no importa en qué parte del campo un equipo decida esperar, en algún sitio la presión debe comenzar) facilitó el trámite, sería una reducción pensar que el Madrid se permitió desplegar ese juego por debilidad del adversario o por su planteamiento. La táctica sugestionada del Lyon fue producto del temor por la fase más destructiva del juego blanco. Los cuatro goles y las eficaces variantes en su juego fueron méritos propios.

En Málaga un muy mejorado Kaká hizo de Özil e Higuaín volvió al equipo de entrada. El cuadro local, al revés que el Lyon, salió a presionar alto y con ímpetu, pero se perdió rápidamente en ese laberinto de variantes que fue el Madrid la última semana. En apenas 37 minutos desfondó el partido con un juego tan sólido y agresivo en la fase de recuperación del balón y tan variado y eficaz en la fase ofensiva que daba la impresión de estar mirando una edición o un resumen con jugadas de partidos diferentes. Basta con repasar los cuatro goles del sábado, que fueron un compendio de aptitudes, para darnos cuenta de la amplitud del registro que recorrió el Madrid en Málaga.

A los 10 minutos lució su versión vertical. En solo 15 segundos un anticipo de Pepe lo transformó Xabi Alonso en una pelota de ataque para que una precisa y rápida combinación entre los cuatro de arriba culminara en el primer gol.

Para el segundo combinó el juego horizontal con velocidad en corto y en largo. La pelota se movió sin pausa de derecha a izquierda utilizando todo el ancho del campo para luego volver a cruzar hasta llegar a Di María con un lanzamiento tendido de Kaká. Dos giros horizontales completos y un centro a pierna cambiada que conectó Cristiano para el mejor gol del partido.

Hambre, coordinación colectiva y talento individual se combinaron para el tercer gol. Presión altísima del Madrid que recuperó el balón tres veces en menos de 30 segundos en los tres cuartos de cancha. Demasiado para cualquiera. Más aún si tras el robo recibe y gira Cristiano en la medialuna. Más aún si Kaká cruza y le arrastra la marca para limpiarle el camino.

El cuarto gol corrobora el trabajo ofensivo a balón parado. Si contra el Lyon Cristiano atacó el primer palo y Benzema agrandó el arco con Ramos, el sábado Pepe arrastró marcas y el resto buscó el segundo palo. Cristiano, liberado, marcó por el centro.

Si las premisas en el plan de ataque no son invariables y el equipo acierta al elegir cuándo conviene la velocidad y cuándo la paciencia, el compendio de soluciones se amplía. La capacidad para entender los partidos y responder con un juego más plástico o más vertical según los momentos o las intenciones del rival o para lograr combinarlos en un mismo partido representa un salto cualitativo al alcance de pocos. El juego del equipo cobra una nueva dimensión.

La última semana, el Madrid subió un escalón y se superó a sí mismo. Reafirmó la alegría por su presente y multiplicó la ilusión por su futuro.

Soluciones ambidiestras

Por: | 17 de octubre de 2011

Cuando hablamos de lateralidad en el fútbol, solemos pensar en dos categorías bien definidas: diestros y zurdos. Si aparece un jugador al que no nos atrevemos a encasillar en uno u otro lado, enseguida le encontramos una etiqueta nueva, que no requiera mayores explicaciones y nos clarifique el pensamiento. Son ambidiestros.
Pero la realidad nunca es tan homogénea. Para cada acción que realizamos en nuestra vida cotidiana mostramos una preferencia por el uso de una u otra mano y no es siempre la misma mano para dos acciones diferentes. Podemos escribir con la mano izquierda y jugar al tenis con la derecha. O afeitarnos con una mano y lavarnos los dientes con la otra siempre que no corramos el riesgo mortal de intentar hacer ambas cosas al tiempo. Yo, por ejemplo, hace varios años que intento definir qué palos debo pedir a la hora de jugar al golf. Ante la duda, siempre me defino por un café con leche y me vuelvo a casa.
Vemos así que ser diestro o zurdo, sea con las manos o con los pies, no puede ser una categoría general, sino que se define de acuerdo con cada acción que realizamos.
Nos encontramos a veces con futbolistas que utilizan una pierna para trasladar el balón para luego rematar con cualquiera de las dos o, en su defecto, no tienen inconvenientes para moverlo con ambas piernas, pero utilizan siempre la misma para rematar.
Por lo general, el perfil preferido a la hora de cabecear es el opuesto al de la pierna más hábil para rematar, con lo cual deberíamos considerar cabeceadores zurdos a los pateadores derechos y viceversa.
Cuando hablamos de ambidiestros, normalmente nos referimos al remate. Jugadores como Cristiano Ronaldo, Forlán o Higuaín son capaces de rematar con ambas piernas con precisión y potencia. Sin embargo, solo utilizan una de las dos piernas cuando la acción se torna más fina, como en una vaselina. En cambio, el rumano Hagi, que tenía en su zurda magistral un golpeo exquisito, a veces doblaba hacia adentro y podía sorprender a todos con un toque sutil con la derecha por encima del portero.
Pero el remate es solo uno de los muchos elementos técnicos del fútbol. Algunos jugadores que utilizan ambas piernas de manera menos definida para diferentes acciones resultan aún más difíciles de encasillar.
Michael Laudrup era derecho, pero la facilidad que mostraba para recortar, centrar o asistir con elegancia y precisión con la pierna izquierda nos hacía dudar sobre su lateralidad en esas acciones. Si observamos a Andrea Pirlo, jugador del Juventus, lo veremos capaz de controlar, pisar, lanzar e incluso rematar con la pierna izquierda. Todas, funciones diferentes que también realiza con la derecha, aunque prefiere esta última para llevar el balón dominado.
Es difícil definir, en cada caso, si el perfil utilizado para cada acción o el dominio de ambos es algo innato o fruto de un aprendizaje. Xavi, que utiliza la pierna derecha para casi todo, controla con la izquierda los balones que le llegan al centro desde la derecha. No sabemos si lo hace desde siempre o si es una adecuación deliberada del perfil, lograda por repetición, por convencimiento de la importancia en la velocidad y el sentido con que debe circular el balón. Se asegura así un ángulo visual mucho mayor y, a la vez, quedar acomodado para su otra pierna en un movimiento simple. Y lo hace de forma natural, como quien extiende la mano para abrir el picaporte.
Esta ambigüedad que algunos muestran en el remate, el control o el lanzamiento la encontramos en Pedro aplicada a la conducción del balón. Cuando recibe alto en la banda y decide llegar al fondo, suele encarar al lateral rival a pierna cambiada. Desde la derecha suele trasladar el balón con la izquierda para poder fintar, ganar un paso y empujarlo con la pierna derecha hacia la línea final. Desde la izquierda es capaz de hacer exactamente lo mismo, pero al revés.
Pero quizá el ejemplo que más claramente muestre la idea de que se es derecho o zurdo con el pie no según una categoría general, sino según la acción específica a realizar, sea el de Andreas Brehme, el famoso lateral izquierdo alemán. Dueño de un potentísimo disparo con su zurda, solía rematar los tiros libres con esa pierna, pero para tirar los penales prefería la derecha. Así sucedió en el Mundial de 1990, cuando convirtió de zurda un tiro libre en la semifinal contra Inglaterra y luego marcó con la derecha el penalti de la final contra Argentina.
La próxima vez que vaya al driving range le pediré consejo.

La complejidad del goleador simple

Por: | 10 de octubre de 2011

Higuain_ejecuta_caracteristico_golpeo

Solemos pensar que nuestros hijos se nos parecen cuando encontramos en ellos características nuestras que consideramos virtudes.

El Pipa Jorge Higuaín fue un fuerte y aguerrido defensor que jugó en River, Boca y San Lorenzo en los años ochenta. Viendo los viejos vídeos del padre, un caudillo de la zaga, se hace difícil reconocer hoy a su hijo, Gonzalo, el rápido y ágil centrodelantero que disfruta el madridismo desde hace seis temporadas. Sin embargo, hay una cualidad fundamental que El Pipita heredó de su padre y en la que se basa gran parte de su éxito: su tremendo espíritu competitivo.

Gonzalo Higuaín debutó en River Plate en mayo de 2005 y en diciembre de 2006 saltó el charco. No es tarea fácil llegar al Real Madrid con 18 años y menos aún sin que haya ninguna escala intermedia que ayude a la adaptación.

Forjó su personalidad en una familia numerosa, unida y futbolera. No bajó los brazos cuando tuvo que esperar, tras los consagrados Raúl y Van Nistelrooy, por su oportunidad. Cuando la tuvo, no la desaprovechó.

Higuaín es un goleador simple, pero esta definición no debe llevarnos a la confusión. Hacer goles es lo más difícil del fútbol y hacerlo parecer simple es precisamente lo complicado. Para serlo se requieren demasiados requisitos y son muy pocos los nueves que los reúnen todos.

Con buena altura y peso y mucha potencia de piernas, le sobran condiciones físicas para el juego de ataque y es un arma letal en el contragolpe. Maneja con criterio la elección de la posición con respecto a la circulación del balón y entiende cabalmente cuándo se debe apoyar, cuándo puede girar y cuándo es el momento de alargar el campo o pedir la profundidad.

Además de estos atributos tácticos, domina a la perfección una suerte de vital importancia en su zona del campo: el desmarque. Allí donde espacio y tiempo se colapsan y se alejan los aliados, Higuaín se desenvuelve con total naturalidad. Genera sus propias extensiones. Se procura holgura cuando escasea el espacio o dibuja el camino más corto hacia el arco rival cuando su equipo recupera la pelota. Consigue resolver una ecuación difícil: alejarse de los defensas sin alejarse de la portería.

Cuando busca la profundidad, muestra claramente el callejón del pase a quien lo asiste. Si su desmarque no es utilizado por el lanzador, enseguida busca un espacio nuevo que ofrecerle. En el intento, rara vez tropieza con el fuera de juego.

No sorprende, así, verlo a menudo con oportunidades para definir, sea desde fuera del área o frente al portero, como si la defensa contraria hubiera cometido errores.

Una vez allí, Higuaín es sencillo y expeditivo. Domina con fluidez ambos perfiles. Gira sin problema hacia ambos lados. Apunta y remata con la izquierda y la derecha de forma indistinta y con ambas se permite el tiro firme o con rosca. Emplea su pie pequeño con maestría metiendo el empeine en el punto exacto, en mitad de la superficie de la pelota, para dar al disparo el efecto de precisión necesario: la parábola que baja con violencia y dirección hacia el palo largo o el tiro cruzado. En el mano a mano también emplea la gambeta y la vaselina.

No le gusta perder el tiempo. Cada vez que descarga vuela al área. Es tiempista en el anticipo y, si bien no cabecea como Morientes, la semana pasada logró superarlo en cantidad de goles en la Liga con la camiseta blanca: nada menos que 74.

La lesión discal que lo mantuvo alejado de la cancha durante varios meses y de la que se recuperó al final de la temporada pasada, lo desplazó del equipo titular y permitió a Benzema afianzarse. Pero, fiel a su estilo, lejos de rendirse, solo estaba esperando otra oportunidad.

Volvió a ser titular contra el Rayo Vallecano y marcó un gol. A este le sumo su hat-trick al Espanyol.

Con sus tres goles en el Monumental ante Chile anunció a Mourinho, a Sabella, a Benzema y a quien quiera escuchar lo que todos sabíamos: Pipita salió igualito a Pipa.

La función y la forma

Por: | 02 de octubre de 2011

El arte no posee límites precisos y es un concepto que, en su recorrido histórico, ha ido ampliando el territorio de su significado. Es habitual en el mundo del fútbol escuchar sentencias del tipo “eres un artista” o “ese gol fue una obra de arte” para expresar la belleza de tal o cual acción o las cualidades de determinado futbolista o equipo. Si bien estas son solo expresiones y no pretenden trazar una comparación entre el fútbol y las manifestaciones artísticas, la amplitud de lo que hoy entendemos, o creemos entender, por arte nos permite echar en esa bolsa casi cualquier cosa que se nos ocurra.

Pero este es un enfoque permitido desde el expansivo universo del arte. El fútbol profesional, en cambio, es un territorio acotado. El fútbol no es arte porque ser arte no es su fin ni su esencia. Tampoco lo es ser hermoso. En todo caso, esto puede ser un resultado o una de las consecuencias de otra búsqueda, más compleja y sutil. Por eso sorprende, a estas alturas del partido, encontrar aficionados y protagonistas que se empeñan en avivar el fuego de un viejo debate: ¿se juega para gustar o se juega para ganar?, ¿se debe pensar en el juego o se debe pensar en el resultado?

Cuando nos enroscamos en este tipo de preguntas, partimos de un lugar equivocado al intentar oponer conceptos que no son antagónicos. Es difícil llegar así a respuestas convincentes.

No intentaré definir aquí lo que entendemos por estética o si este es un concepto que debe o no debe incluir un propósito funcional. Un tema demasiado amplio y fuera de mi alcance que es todavía motivo de discusiones filosóficas. Lo que sí podemos asegurar es que el fútbol profesional es un juego competitivo, delimitado por un conjunto de reglas, en el que el objetivo es ganar. O, a lo sumo, no perder.

A diferencia de lo que sucede en algunas disciplinas artísticas, el fútbol no permite una búsqueda exclusivamente estética. No es posible perseguir la belleza por la belleza en sí ni mirar un partido solo desde un punto de vista estético. La exploración de soluciones es obligadamente funcional. El objetivo y la forma son, entonces, elementos inseparables a la hora de juzgar su belleza.

Lo que existe es una búsqueda de la armonía que permita a un equipo lograr sus objetivos y es esa búsqueda la que ofrece múltiples acercamientos, distintas formas de expresión, para intentar llegar al mismo sitio. Por eso carecen de sentido frases tan opuestas como “me gusta el fútbol lindo” o “yo soy <i>resultadista</i>”. Es una frivolidad dar a un partido de fútbol tratamiento de pintura flamenca. No es más que un grito redundante y vacío proclamar como filosofía el simple deseo de ganar en una actividad en la que el objetivo es ganar y todos quieren hacerlo.

Podríamos, entonces, centrar el debate en la pregunta siguiente: siendo lo importante conseguir el objetivo, que es ganar respetando el reglamento, ¿se torna irrelevante la forma de conseguirlo?
He aquí donde se produce una gran bifurcación ideológica. Por un lado estarían aquellos a los que no les interesa qué medios utiliza su equipo para intentar conseguir el objetivo. Por otro, aquellos a los cuales no les convence una victoria si se llega a ella sin cumplir con ciertos requisitos formales.
Pero esta gran división esconde, a su vez, una trampa. Dado que ningún medio garantiza de antemano la obtención del resultado, no es posible desinteresarse por las distintas formas que se pueden utilizar para intentar conseguirlo sin admitir una enorme dolencia: la falta de identidad, algo que solo puede permitirse quien no tiene preferencias ni posee características propias.

La construcción de la identidad es un trabajo arduo, sutil y que requiere tiempo. La belleza primera en el fútbol la encontramos precisamente en los equipos que poseen un estilo reconocible. Si ese estilo es más o menos aburrido, más o menos emocionante, más o menos bello, depende de otros muchos factores. Entre ellos se encuentra uno ineludiblemente subjetivo: el ojo del que mira.
Aquí se abre otra antigua e interesante discusión, que es la de las preferencias sobre los distintos estilos y los gustos de cada cual. Pero eso ya es parte de otra historia.

El País

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