Beethoven contra el crimen

Por: | 21 de febrero de 2012

Beetho

El diario StartTribune de Minneapolis informaba hace unos días de una singular iniciativa puesta en marcha el verano pasado en la estación de ferrocarril de Lake Street: programar música clásica por megafonía para combatir la mala vida que allí se daba cita y de la que habían alertado los vecinos. Tras leer el titular, me excité de inmediato con este nuevo poder benéfico de la obra de los grandes maestros que desconocía y recordé que ya Alessandro Baricco, en un ensayo publicado hace unos años, había ponderado las extraordinarias virtudes de este tipo de música en las vacas de Wisconsin, las cuales aumentaban considerablemente su producción de leche si en el establo les era dado escuchar las obras immortales de Bach, Mozart o Beethoven, según había podido constatar un sesudo estudio científico.

Pero leyendo el cuerpo de la noticia del diario de Minneapolis fui desengañándome tan pronto como me había exaltado el titular. Resulta que el experimento de la estación se basa en una teoría que nada tiene que ver con la bondad intrínseca del arte de los sonidos, sino con la idea bastante más ruin de que los malhechores habituales no la soportan y tienden a poner pies en polvorosa de allí donde la escuchan.

Paparruchas, me dije. Pues bien, quizás no tanto. Otras ciudades, como Atlanta o Toronto, realizaron la misma prueba en lugares muy transitados, al parecer con buenos resultados. Una experiencia piloto similar fue realizada en 2003 en algunas estaciones del metro de Londres, y los informes posteriores constataron que los robos habían descendido un tercio y los actos de vandalismo un 37%, en un periodo de 18 meses. Según algunos analistas, la razón de este cambio de comportamiento se hallaría en una inversión de la “teoría de las ventanas rotas” que formuló el sociólogo urbano George L. Kelling, según la cual una ventana rota y no reparada en un edificio actúa como reclamo para que otros bárbaros acudan a romper las ventanas todavía intactas y a partir de ahí a practicar todo tipo de desmanes en una vertiginosa espiral de incivilización. Por movimiento contrario, el orden que inspiraría, por poner el ejemplo mayor, la Novena de Beethoven tendería a actuar como elemento disuasorio en este tipo individuos descentrados. Eso, claro, si se prescinde de La naranja mecánica, donde Anthony Burgess (en la novela) y Stanley Kubrick (en la película) preconizaban justo lo opuesto: la inmortal página del maestro de Bonn inducía a la siniestra banda a cometer sus peores fechorías…

 

Sea como fuere, la culta medida adoptada en Minneapolis forma parte de un conjunto de iniciativas que pretenden hacer de su estación de trenes un lugar más vivible y seguro. Entre estas medidas se encuentra mejorar la iluminación, instalar cámaras de seguridad y aumentar la presencia policial, especialmente al atardecer. Que todo ello se produzca acompañado por buena música, no se sabe con certeza qué efectos puede tener, pero es seguro que mejora el humor de los viajeros. Y si encima ahuyenta a carteristas, violadores y otros psicópatas, entonces miel sobre hojuelas. 

Hay 13 Comentarios

"De toda la música puede decirse que solo cobra pleno sentido en el contexto para la que ha sido creada" (Notas al doble CD Invenciones de Glosas de Antonio de Cabezón)

Me olvidaba de un detalle... los peores criminales de la historia, como fueron los nazis, adoraban (Hitler a la cabeza) a Wagner, y demás titanes de la música alemana. Beethoven no faltaba en el programa tampoco. Por qué a ellos no les bloqueo el instinto criminal?

Como musico clásico no me halagan demasiado las noticias de los efectos terapéuticos "comprobados científicamente" Tal vez plantas crezcan mejor que con heavy metal, pero allí influyen los decibeles también. Parte de un enfoque equivocado de que lo clásico es un murmullo para escuchar de fondo. Esa novena sinfonía, alcanza los 100 decibeles en una sala y su final no busca precisamente favorecer el crecimiento de las plantas- Que se use como "calmante" en ésta época denota que se perdió la capacidad de juzgar esa obra de arte de acuerdo a parámetros de música de los que ya pocos saben. Vivimos en una época de canciones nada más. (con un solo de guitarra en medio tal vez) Es como que las obras de Shakespeare fueran ideales para dormir a los niños, claro, si las lees a media voz y monótonamente, sin duda. Lo positivo es que alguno despierte su sentido musical al mostrar esta obra de arte
Estos artículos no se si nos intentan halagar o que...Beethoven en todo caso tenia ideales muy elevados, de mejorar al mundo con su música, no de música funcional, tranquilizante de inadaptados o píldora de dormir, ni menos servir de abono de plantas

Todo lo escrito anteriormente es parte del motivo por el cual la música de Beethoven tenga tal efecto. Al expresar lo impronunciable, otorga significados a los conceptos del oyente, armonizando sus 2 hemisferios cerebrales y su identidad, dándole seguridad a sí mismo, y a través de su sistema nervioso parasimpático lo pone en un estado de atención placentero, haciendo más difícil que el ladrón le distraiga o sugestione para robarle. La música lo protege psicológicamente. Incluso en un arranchón, el oyente se crecería en valor. El ladrón busca a los distraídos, inseguros, nerviosos y tímidos. La música de un alto contenido espiritual concentra la atención y aumenta la autoestima y autoconfianza.

Siempre me ha sorprendido que la estacion de autobuses de NY, PORT AUTHORITY, pongan musica clasica, pero es asi.

Simplemente genial, Yarkoviz.

No es nada raro. Cuando pongo los conciertos de Vivaldi, noto que mi gato está mucho más relajado y se queda sentado en el sofá hasta que la música termina. a veces me digo: será un gato prodigio. Bueno, no creo. Más bien es la música, me digo. Un día hice un experimento. Recorté un retrato de Beethoven de una vieja revista, el mismo retrato que aparece en la noticia. Se lo puse al gato al lado y comenzó a mordisquearlo. Ya le devoraba el flequillo al sordo de Bonn cuando puse en el tocadiscos un concierto para cuatro violines de Vivaldi y el bicho comenzó a lamentarse como un bebé. Hice la misma prueba con el retrato de Vivaldi, recortado de un viejo magazine. El gato le lamía el rostro al genio veneciano. Llevado por la curiosidad organicé otro experimento: coloqué a mi hijo de 9 meses en el sofá y puse el disco de Vivaldi. Al lado del bebé coloqué una fotocopia de mi gato. El niño agarró el papel y comenzó a lamerlo (se lo quité rápido porque no quería terminar en urgencias, no soy un padre desnaturalizado).
Está claro que algo tiene la música.

Ese efecto repulsivo de la música llamada clásica creo que ha de proceder más bien del componente sociológico que del estético. Ciertamente las obras de Beethoven, Mozart, Bach están basadas en una controlada elaboración de sonidos según las reglas de la armonía (con sus transgresiones expresivas incluidas) pero no difieren, en el fondo, de los procedimientos básicos de la música popular, anclada en las formas más sencillas de composición sonora. ¿Es la complejidad lo que produce el desagrado de la marginalidad criminal?. Podría ser. La falta de comprensión de algo induce el rechazo no porque el objeto sonoro en sí mismo contenga el desagrado sino porque, al ser percibido como inaccesible, refuerza la impresión de la propia mediocridad personal en el individuo marginal. Pero creo que es una explicación insuficiente. Basta hacer un pequeño esfuerzo intelectual, mantener una atención sotenida cierto tiempo, al alcance de la inmensa mayoría de la población, para extraer un placer intelectual y afectivo de las grandes composiciones de música "clasica". Lo que sucede es que hay muchos que no quieren, ya por pereza, ya por influjo ambiental, emplear la conciencia más allá de sus referentes más inmediatos. De ello se provechan cuantas formas de marketing comercial y político pululan por la realidad contemporánea...pero esta es un deriva aparte de la cuestión que nos ocupa. El hecho es que la simple escucha de una música ambiental no debería tener efectos repulsivos porque se trata por definición de una audición banal y desatenta, sin verdadero calado. La causa debe estar en otra parte: quizá en la relación que se establece entre el tipo de música y los distintos nichos sociiológicos de población. Los jóvenes, los universitarios, los trabajadores del campo... suelen compartir inquietudes y hábitos estéticos hasta el punto de que, grosso modo, ciertos tipos de música acompañan con más frecuencia su vida cotidiana. Lo mismo podría decirse de los grupos marginales o de las tribus urbanas: la música los identifica tanto hacia afuera como hacia dentro del propio grupo y el individuo, deseoso siempre de la aceptación y la convivencia en su ámbito particular, busca aquel sonido, aquel lugar en que se siente menos incómodo, menos extraño. Pero, claro, todo esto no son sino intuiciones. Alguien habrá que haya fundado en el análisis una conclusión mejor argumentada.

yyyyyy

Un comentario más breve: La razón por la que los ladrones dejan de roban, si les ponen música, es porque se ponen a escucharla. La mayoría de los delitos, y hasta crímenes, se comenten por falta de oído. Y ahora viene el pero: No todos los ladrones se pondrán a escuchar la música. Si lo hicieran, la delincuencia quedaría erradicada. Y también estarán aquellos a los que, atentos a Beethoven y descuidado el bolsillo, les roban la cartera. El sistema funciona si los ladrones escuchan la música pero las personas honradas no, aunque no sea más que para evitar que, arrobadas por la música, pierdan el tren. ¡Un mundo feliz, ladrones con oído y personas honradas sordas!

Paco Rubio, Ministriles de Marsias

La música ordena la naturaleza; hecho lo cual, se inspira en el orden de la naturaleza para imitarlo con la música, en un eterno círculo virtuoso donde no se puede saber qué fue primero, si la música o la naturaleza: La consonancia de la música ordena de manera armoniosa los cristales del agua (cf. los estudios de Masaru Emoto); de la misma manera, el movimiento lento de la Sinfonía Pastoral traduce la armonía del agua. Beethoven, evidentemente, no conocía a Emoto pero el japonés prueba lo que siempre se supo. Nuestros músicos antiguos lo supieron, como prueban los prólogos de sus libros de música práctica (de nuestros vihuelistas, de las Obras de Cabezón publicadas por su hijo Hernando), donde se enseña, mediante la autoridad de los clásicos latinos y griegos y de la Biblia, que "la música humana" es imagen de la armonía de "la música mundana" del universo." Lo sabían los músicos más cultos y lo sabía el pueblo: "donde hay música, no puede haber cosa mala" (Sancho).

Pero ese círculo virtuoso se puede romper: La música es un lenguaje universal porque puede traducir todo el universo, el bien y el mal. La reacción de los cristales del agua no es la misma ante la consonancia que ante la disonancia. La música clásica usa la disonancia en su justa medida. Lo que enseña La Naranja Mecánica es que el bien de la música puede ser una superestructura para ocultar el mal: Así la usaron los nazis, sirviéndose en buena medida de música antigua (o sea, de autores ya muertos) mientras que los músicos que reflejaron la incertidumbre, porque el arte es espejo de la vida, como los dodecafonistas o incluso Mahler, fueron desdeñados.

Pero el protagonista de La Naranja Mecánica nunca escucha a Beethoven mientras hace el mal y reacciona contra la irrupción de Beethoven en medio del mal (o del mal en medio de Beethoven): como, cuando, contemplando las imágenes del mal (los nazis), suena Beethoven o cuando, en el pub, su compañero obstruye la interpretación de la Oda a la Alegría, de la Novena. Kubrick usa, con humor, a Rossini (que no a Beethoven, que es un icono sagrado en la película) como fondo musical de algunas peleas barriobajeras o sexuales de su personaje. Y lo que desnuda, en definitiva, es un uso político de la música para ocultar el mal, instaurado por los nazis y conservado tras su derrota (que se lo digan a Karajan), apoyado por la tecnología, que provocó la mecanización del intérprete y vació las salas de conciertos, salvo si se tocaba música antigua.

Ahí pueden encontrarse los orígenes de la separación entre la música culta y el pueblo. Irónicamente, los nazis y sus secuelas tras la Segunda Guerra Mundial, popularizando la música clásica (usándola de manera populista e interesada), la apartaron del pueblo, se la robaron, la mataron. Y hoy la música clásica está muerta. El pueblo inculto, desposeído de algo tan profundo y tan suyo como la buena música, queda más desnudo e inerme, y puede ser manipulado mejor que sin la reflexión que aporta el arte: La música, como todo el arte, es un modo de conocimiento.

(La música por los altavoces de la estación para espantar ladrones no deja de ser un uso instrumental y conductista de la música, a la manera nazi, que no tiene nada que ver con la música, con el Beethoven del antihéroe de La Naranja Mecánica).

Paco Rubio, Ministriles de Marsias

Nada nuevo, hace años se hicieron las primeras pruebas de este tipo en el metro de Amsterdan con iguales resultados, parece probado que la música clásica no es tolerada en enfermos drogadictos, no solo Beethoven también Mozart

Yo tuve, tiempo ha, un bar coqueto de pueblo. Empezaron a aparecer cliente jóvenes consumidores de drogas. Mi clientela fue despareciendo a medida que entraban ellos, pero ellos oconsumían apenas. Una ruína. Yo sabía que ya habían arruinado y obligado a cerrar dos bares más. Se me ocurrió quitar el flamenco de los altavoces y poner música clásica. El resultado fue una progresiva diáspora de los fumadores de cosas raras y su hueco lo rellenaron unos profesores de instituto a los que mimé y fueron creciendo en número hasta devolver la rentabilidad a mi negocio. Corrían los años 80.
Levanté los brazos al cielo y exclamé: "Gracias, Beethoven, picha."

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El Concertino

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Una visión de la música culta para el siglo XXI. Valores, desafíos, debates, tendencias y análisis de la mano de los periodistas de EL PAÍS. Un blog para vivir y disfrutar de la ópera y la clásica. Textos para saber más y, sobre todo, para acercarse hasta donde permiten las palabras a la emoción de la música.

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Daniel Verdú. Periodista de la sección de Cultura.

Jesús Ruiz Mantilla.Periodista de El País Semanal.

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